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Seis estrategias para defender a la
universidad pública
Ideas para la discusión en esta
encrucijada particularmente difícil
Preámbulo
Sobra decir
que las reflexiones aquí expresadas recogen un ejercicio de
análisis llevado a cabo en el Consejo de la Facultad de
Humanidades, en los claustros de profesores de las escuelas y
departamentos y en dos asambleas generales de la Facultad. Como
un ejercicio colectivo que urge profundizar, todo lo que aquí
se plantea tiene como fin promover una amplia discusión - una
en la que prime la argumentación razonada- y el simple hecho de
decirlo es ya una invitación a la misma. Nos anima un propósito
central: que la universidad encuentre, por sí misma, una salida
a esta encrucijada particularmente difícil; una salida que sea
consistente con su espíritu universitario.
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La necesidad de clarificar la
defensa de la autonomía universitaria
Si se quiere
realmente defender la autonomía universitaria (es decir, si este
propósito es genuino y no una mera excusa para alcanzar otros
fines), ello no es posible esgrimiendo armas y métodos propios de
la guerra. La autonomía universitaria está íntimamente ligada al
espíritu de la universidad, esto es, a las libertades y a las
lealtades que imponen la ciencia, el arte, las humanidades y la
técnica; a los derechos de la investigación, del saber, de la
creación y de la crítica; a la ética de la pedagogía, de la
persuasión y del libre examen. Como puede verse, éste es un
espíritu contrario al del combate militar. Nada más
desproporcionado, entonces, que proponer enfrentar a las fuerzas
del Estado con las armas que ellas mismas, o los grupos armados,
utilizan; situación en la cual los universitarios nos negaríamos a
nosotros mismos al tiempo que nos entregaríamos, inermes, a la más
brutal represión.
Tampoco es
acertado defender la autonomía universitaria tratando como
traidores a quienes piensan distinto de nosotros y proponiendo, en
cambio, un alinderamiento cerrado, sin ninguna discusión ni
objeción, muy propio de la lógica maniquea de que “el que no
está conmigo está contra mí”. Por ese camino, a todas luces
errado, no se haría otra cosa que convertir la universidad en una
secta regida por la más cerrada disciplina, por la obediencia sin
objeciones, la condena sin matices y el castigo sin apelación. Y
no sobra decir que, por muy paradójico que parezca, ésa es la
situación a la que se llega cuando los que se llaman a sí mismos
‘luchadores por la libertad’ imponen sus verticalidades
confesionales que intimidan cualquier disenso.
En conclusión,
tanto con los métodos de la guerra como con los estilos del
sectarismo ideológico se niega el espíritu universitario y se
corre el riesgo de que quedemos todos atrapados en un campus
donde ya es prohibido disentir, repensar y replicar. La defensa de
la autonomía universitaria, al contrario, implica desterrar del
campus esas prácticas que la estatalizan, en el sentido
fascista del término, y la convierten en un crudo mecanismo de
disciplinamiento y alinderamiento ideológico; prácticas que son
capaces de adormecer las verdaderas potencialidades de la
universidad y de entregarla inerme a quienes quisieran
instrumentalizarla por completo o borrarla por completo del mapa.
La autonomía
universitaria no quiere decir, tampoco, falta de regulaciones y de
control interno. Como su nombre lo dice, autonomía es estar
en capacidad de darse uno mismo una norma, un nomos, un
norte. Volverse libre y responsablemente un sujeto histórico.
Darse un norte antes de que se lo den otros, en cuyo caso la
autonomía se habrá transformado en heretonomía. Y se estará
más cerca de la heteronomía en la medida en que la universidad se
convierta no sólo en una correa de transmisión de las órdenes que
emanan del Estado sino también de las que emanan de las dinámicas
de la guerra y de las militancias más radicales e impositivas,
pues unas y otras se deciden desde fuera de la universidad.
Si bien es
utópico pensar que la universidad pueda llegar a estar por encima
de todo eso, especialmente en un país en conflicto como el nuestro
–donde las luchas sociales y políticas necesitan urgentemente
procurarse aliados por todas partes y convertir en campos de lucha
todos los espacios-, lo propio de una universidad viva y activa es
convertir esas dinámicas en algo distinto, algo que se ha
impregnado de la lógica de la investigación, la creación y la
crítica y puede ser devuelto al exterior enriquecido y potenciado
para ayudar a hacer más justo y humano el orden social. Pero si la
universidad no sólo se deja invadir sino también domesticar por
las lógicas del Estado y de los grupos y las dinámicas del
conflicto, se habrá convertido en un simple apéndice de lo externo
y habrá perdido por completo la autonomía.
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La necesidad de
una amplia discusión política sobre el sentido y defensa de la
universidad pública
La situación
interna de nuestra universidad y la velocidad que están imponiendo
los cambios institucionales, incluyendo los de las instituciones
rectoras de la Educación Superior, exigen de nosotros la más
amplia discusión política (en el sentido más alto e inclusivo de
la política) sobre la misión y destino de la universidad pública.
Es entendible que, como están las cosas, una propuesta como ésta
pueda parecer a muchos peligrosa, por creerse que el problema es
técnico y no político y, como tal, debe ser dejado a los expertos.
Quienes así piensan usualmente temen que, a mayor politización,
mayores desmanes, con los consiguientes efectos negativos sobre la
dinámica propia de la universidad y las metas de excelencia
académica que ella se ha trazado.
A quienes así
sienten habría que explicarles que, tal vez, ha sido precisamente
la expertocracia la que nos está llevando a este relativo divorcio
entre los cambios a que se va sometiendo a la universidad y la
universidad misma, como comunidad académica afectada por esos
cambios, que se ve jalonada, sin saber muy bien por qué, por esas
nuevas exigencias, nuevas fichas, nuevos formularios, nuevos
requisitos y nuevos estándares de medición que muy a menudo siente
como una imposición a la que debe responder acríticamente y sin
mayores discusiones. Por otra parte habría que decir que la
politización de la discusión sobre la universidad pública (en el
sentido más amplio, responsable e inclusivo del término
politización) no es lo opuesto a la excelencia académica, a
la investigación o a la profesionalización; ni que una
politización así planteada tiene por qué conducir, necesariamente,
a más violencia. Quizás lo que está ocurriendo es lo contrario:
que la violencia se está apoderando de la universidad por un vacío
en la discusión sobre los fines; un vacío que está siendo llenado
por quienes se creen (al otro lado de espectro, en el sitio
diametralmente opuesto al de los expertos) los poseedores de la
verdad.
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La necesidad de
llegar a acuerdos sobre los modos de expresión y protesta
Son muchos los
que reclaman una discusión sobre los métodos y pocos los que se
atreven a proponer algo. Sería bueno comenzar una discusión sobre
ello, pero en modo alguno conviene hacerla a partir de un lenguaje
puramente condenatorio, que radicalice las posiciones de manera
innecesaria. Por lo pronto habría que recordar que,
tradicionalmente, han sido modos de protesta propios de la vida
universitaria el boletín, el comunicado, el manifiesto, el
panfleto, el graffiti, la consigna, el mitin, la marcha y hasta el
enfrentamiento con las fuerzas policiales del régimen imperante.
Basta con echar una mirada a la historia misma de la universidad
europea o al papel que cumplieron los centros educativos en
nuestra gesta independentista o en los grandes momentos de cambio
en nuestro país, para ver que así han sido siempre las cosas.
Pero la misma
historia nos muestra que la academia, por su espíritu crítico,
tiende siempre a ponerle un límite a la preeminencia de la acción
sobre la reflexión, porque una acción acéfala, sin ideas, es en sí
misma autofágica; es ya violencia caótica y no acción política.
Basta con observar que esos métodos, en el mismo orden en que se
han expuesto (que va del boletín al enfretamiento), y a medida que
se abusa de la acción, van anulando el medio que por excelencia
define a la mayoría de ellos: la palabra (hablada, escrita,
pintada, simbolizada o gritada). En cuanto se exprese la violencia
y no la palabra, la dinámica de la protesta se habrá trastocado en
la de la guerra y del conflicto irreflexivo, incapaces de
garantizarse su propia base política y social porque son ya
incapaces de argumentar razonadamente. Al tenor de esta lectura,
se podría decir que la pedrea, desprovista de consigna, de
discurso, de argumentos, dando por supuestas (nunca expuestas y
menos discutidas) las razones morales que la justifican, no sería
otra cosa que el triunfo de la violencia sobre la política. Porque
es la palabra y la articulación de voluntades a través de la
palabra la forma de construcción, por excelencia, de lo político.
Y es propio de la lógica del medio universitario que esa palabra
emerja articulada al análisis, a la propuesta creativa, al arte y
a la crítica, como un producto único de esta factoría creativa y
recreativa, antes que repetitiva, que es la universidad. En
cambio, en la lógica creciente de la pedrea desprovista de
palabra, lo que podría ser un poder universitario se convierte en
su antítesis. El grupo de estudio de los problemas actuales, el
seminario de reflexión en torno a las ideas, el cuerpo colegiado
que traza y evalúa metas, la asamblea estamentaria que discute sus
objetivos gremiales, en fin, esa dinámica de ideas y propuestas
que se supone que puede emerger en la universidad pública, está
siendo sobredimensionada e ignorada por lo que algunos han
calificado de una suerte de deporte extremo, una protesta que es
pura acción que tiende a agotarse en sí misma.
Se podría argüir
que la pedrea se nutre, como la marcha, el mitin o la
revolución, de la consigna, el más corto e incisivo de los
modos verbales de la protesta. Pero la consigna universitaria no
puede agotarse en su efecto anímico y momentáneo. Si, en general,
cada consigna sintetiza un pensamiento, no puede suplantar nuevos
pensamientos ni eludir la necesidad imperiosa de volver a poner
sobre el tapete lo que la consigna toma como verdades sacrosantas.
Un verdadero movimiento universitario, pues, requiere algo más que
consignas; requiere análisis, reflexión, confrontación de ideas. A
diferencia de otros espacios, aquí la consigna puede revisarse,
nutrirse, reinventarse y lanzarse nuevamente a la calle. ¡Cuánto
podrían contribuir aquí los recursos de la argumentación razonada!
¡Cuán necesarios son los foros y simposios sobre los males que las
consignas condenan, pero cuyos agitadores no acaban de entender!.
Y esto no es una necesidad sólo de los adolescentes a quienes, al
día siguiente de su ingreso a la universidad, ya se lo ve
entregados a las fáciles consignas. Hasta cierto punto, su
idealismo y su pasión son lo que mantiene vivo el espíritu rebelde
de la universidad. Pero la universidad debe proveerles un ambiente
más amplio y diverso para que nutran argumentativamente sus
posiciones, en lugar de dejarlos expuestos a las lógicas
acaparadoras de la pasión idealista. Por otra parte, sería un
error pensar que la necesidad de entendimiento de lo que está
pasando es sólo para ellos: en todo momento las realidades son
cambiantes e imponen la necesidad de una educación cívica
continuada y siempre ligada al análisis.
De cara a las
dinámicas que ya han cogido ventaja en nuestro medio, habrá que
insistir, y probar con los hechos, que con ellas se expone cada
vez más a los universitarios para que sean golpeados desde afuera
y se les dan armas y argumentos a los enemigos de la universidad
pública para que agiten sus banderas privatizadoras y represivas.
Se requiere mucho de paciencia, diálogo y pedagogía para hacer ver
esto; se requiere mucha discusión política. Y con esto queremos
decir, también, que no se puede adoptar para con aquellos que
persisten en los métodos violentos una medida puramente policiva,
o sugerir que sean entregados a la represión externa. Por
supuesto, extramuros, las fuerzas del orden tienen sus funciones y
sus fueros. Pero la universidad no debe descansar en ellos; debe
hacer valer, hacia adentro, sus recursos; debe encontrar sus
métodos para zanjar internamente esas diferencias y, en nuestro
parecer, el principal de ellos es el empoderamiento creciente de
los cuerpos colegiados y las asambleas estamentarias; que ellas
tengan una injerencia mayor en las grandes decisiones de la
universidad.
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La necesidad de
construir poder universitario
La universidad
necesita empoderarse. Necesita construir voluntad común en medio
de la diferencia; fijarse metas colectivas a partir de los mínimos
comunes que se encuentran entre la multiplicidad de cosmovisiones
que habitan en su interior y que son los que la van a defender de
los más diversos intentos por llevarla por caminos peligrosos.
Para eso, antes que de combos estudiantiles (que de todas
maneras tienen su razón de ser, hacen parte de la vida
universitaria y estarán siempre allí), necesita un movimiento
estudiantil fuerte y orgánico; en lugar de mesianismos
profesorales (que se incuban por una indeferencia de la base
profesoral, que elige pero no apoya ni controla) necesita de un
profesorado organizado y en permanente discusión; necesita de un
sindicato fuerte y claramente anclado en la universidad y
conciente del destino y potencial de ésta; necesita, en fin, de
una dinámica más activa y vigilante de sus cuerpos colegiados y de
una circulación más de ideas que de consignas y en cercana ligazón
con lo que es la misión de la universidad.
Atentan contra
ese empoderamiento de la universidad los que se apropian de ella y
hablan y actúan por fuera de las decisiones de las asambleas y los
que, a nombre de sus estamentos, emprenden acciones aisladas; los
que caen en el desespero propio de los salvadores mesiánicos y los
que cierran las puertas a la concertación interestamentaria.
Atentan contra ese empoderamiento los que, desde la
administración, desoyen la vocería organizada y atienden la
beligerancia sin respaldo y la arrogancia sin poder colectivo.
La idea no
es salir a enfrentar los combos. Ellos están allí también
por efecto de un vacío. Los que no trabajan para agendas políticas
de más largo aliento y mayor cobertura, totalmente comprensibles
en un país en crisis como el nuestro, lo hacen al impulso de
nostalgias de `tiempos idos` del movimiento estudiantil o
jalonados por la esperanza de ‘un mejor mañana para todos’
en medio de un ambiente universitario ‘que ya no está para esas
cosas’. Otros han identificado nuevos propósitos en la nueva
universidad y otros más se pliegan a la dinámica del tropel
por el tropel mismo. En lugar de producir un desgaste
enfrentando a quienes hacen algo ‘a su modo’, el
estudiantado, el profesorado y los trabajadores pueden avanzar sus
agendas en las asambleas, creando hechos políticos que
sobredimensionen las prácticas aisladas y vuelvan a darle a los
estamentos de la universidad la capacidad de hablar por sí mismos
y tomar de nuevo en sus manos el destino de la universidad. Claro,
las asambleas necesitan claridad para actuar y por eso siempre
tienen que llegar a la verdad política de los hechos, sin
la cual no pueden decidirse a actuar. Ahora bien, llegar a la
verdad política de los hechos era más fácil antes, cuando la
universidad parecía uniformada por un mismo manto ideológico, así
esto no fuera más que una ilusión de uniformidad. Es más difícil
hoy, en medio de un pluralismo más franco y profundo y de un gran
escepticismo con respecto a las verdades últimas, los fines
incuestionables y los métodos aceptables para lograrlos. Pese a
todo, necesita establecer la verdad
política de los hechos.
Las verdades del
campo de lo político son diferentes a las verdades del campo de la
ciencia en el sentido de que aquellas son verdades consensuadas;
es decir, en sentido estricto, no son verdades sino versiones que
llegan a ser colectivamente aceptadas. Su aceptación puede ser
pasiva (resultante de la indiferencia -que se satisface con
cualquier versión-, de la seducción retórica -que acomoda
astutamente los hechos que presenta-, o de la ceguera ideológica
–que se niega a ver los hechos que cuestionan sus ideas) o
activa (resultante del intenso debate entre versiones
plausibles que se examinan públicamente y dan paso a una versión
ampliamente aceptada). Una voluntad política fuerte no puede
proceder sino de verdades políticas públicamente examinadas y
luego ampliamente aceptadas y sólo ellas le dan cohesión y poder a
la comunidad que crean y sólo durante el tiempo en que sean
capaces de ser aceptadas como verdades políticas. Como puede
verse, el campo de lo político carece de verdades estables y por
ello debe reinventarse día a día. Pero eludir ese fatigoso
procedimiento es altamente costoso y es allí donde pelechan los
sectarismos y se incuban las tecnocracias.
Finalmente, no
habrá verdadero empoderamiento de la universidad si el papel de
los estamentos y los cuerpos colegiados cesa en los momentos
decisorios; si la elección de rector se decide en otros centros de
poder; si el sentir general de los profesores, los trabajadores y
los estudiantes puede ser impunemente ignorado en los momentos
neurálgicos de decisión universitaria; si la estructura de la
universidad está rezagada con respecto a la nueva
constitucionalidad democrática. Si no se actualizan ni
democratizan estas estructuras, la discusión razonada al interior
de la universidad no será otra cosa que un vano ejercicio
retórico.
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La necesidad de
un cambio en la lógica administrativa
Flaco favor le
hace al empoderamiento de la universidad cierta práctica de
administrar el conflicto mediante una estrategia puramente
reactiva; una que sólo oye a aquellos que apelan a la violencia y,
en cambio, desoye a quienes utilizan otros métodos. Con esta
lógica administrativa, largamente incubada y nunca reconocida, se
le ha dado alas a lo que –precisamente- se quiere apaciguar y se
le han cerrado las puertas a las más sensatas propuestas de
asentar la convivencia en medio de la diferencia, exhibiendo de
paso un evidente desdén hacia quienes han querido hacerse escuchar
utilizando sólo la sana lógica de la argumentación y la
exploración de caminos alternativos. Otra sería, sin duda, la
situación si no se hubieran clausurado procesos ya emprendidos y
si no se hubiera optado por cierto desdén para con dimensiones de
la vida universitaria que, cultivados con esmero y dedicación,
harían mucho a favor de la tolerancia y la convivencia.
Por paradójico
que parezca, esta lógica reactiva, que convive con los métodos
menos universitarios, convive también con los dictámenes de un
gobierno claramente vertical e impositivo, tratando de sacar
adelante sus más caprichosos decretos y leyes, cumpliendo metas
que bien podrían fijarse sin sacrificar la autonomía universitaria
e invocando su defensa. En tanto ha logrado sus cometidos, aún
aquellos que luego han sido declarados inconstitucionales y que ya
desde el comienzo se vieron como lesivos de la autonomía
universitaria, esa lógica administrativa ha sido parcialmente
exitosa. Pero en su camino ha ido entregando la universidad a
indebidas presiones externas y a inaceptables chantajes internos;
ha ido debilitando las fuerzas más constructivas que brotan de la
vida académica y que son las que podrían, justamente, fortalecer
su dirección. Los dolorosos hechos recientes y el oscuro horizonte
que se cierne amenazante en el inmediato futuro, llaman a un
timonazo sensato, a volver sobre los cuerpos colegiados y
estamentarios en busca de luces y apoyo para reorientar el rumbo.
La reciente audiencia o asamblea multiestamentaria, algo sin
precedentes en la última década, es el mejor ejemplo de ese nuevo
rumbo; hay allí un acierto que debe aplaudirse y la universidad
sabrá rodear a una dirección si esta trabaja sobre mínimos
acuerdos de su comunidad universitaria.
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La necesidad de
oponerse a la tentación de irrumpir en la universidad
Los dos últimos
gobiernos han intentado, de un modo particular, domesticar la
universidad y vulnerar su misión. En cuanto se propende por una
política de privatización, de sometimiento de la función
universitaria a una pasiva producción de mano de obra calificada,
se tiende a cercenar su función en la construcción de opinión,
voluntad política, propuestas para el cambio, en fin, su papel
dentro de la democratización del país. Recientes intentos
legislativos le han impuesto tareas y dinámicas que socavan su
autonomía; por fortuna algunos de ellos oportunamente enfrentados
desde la universidad misma. La universidad, especialmente la
pública, debe estar siempre alerta contra todos esos intentos de
domesticación y contra la nueva tendencia de ponerla a competir,
en condiciones puramente mercantiles, y en detrimento de su
carácter democrático y como empresas culturales, con empresas
puramente profesionalizantes y tecnificantes que vendrían aquí
favorecidas por desventajosos acuerdos de libre comercio.
La más reciente
de estas amenazas, la orden presidencial de entrar a la
universidad policivamente, al menor desorden, debe ser igualmente
enfrentada por el grueso de la comunidad universitaria, con los
directivos a su cabeza. La más amplia discusión sobre los métodos,
de nuevo, y la identificación de los mínimos comunes puede ser la
mejor defensa de la universidad ante esta amenaza. Cerrar filas
frente a ella enarbolando la misión de la universidad pública es
un imperativo para superar la encrucijada del momento.
Cali, septiembre
de 2005
FACULTAD DE
HUMANIDADES |
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