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El
modo de ser público de la Universidad Pública
Por:
Delfín Grueso
Filósofo, Vice-decano de investigación
Facultad de Humanidades
Hay varios modos en que la universidad pública es pública.
En primer lugar, por ser la universidad financiada por el Estado.
Este rasgo, que es muy a menudo recordado casi como una culpa,
como una simple carga presupuestal, debe ser reivindicado a través
de un carácter público positivo. Debe afirmarse institucionalmente
el carácter de bien público de la universidad pública y
esto connota, al menos, dos cosas. Por una parte, que frente a
ella la sociedad, como un todo, tiene el mismo tipo de derecho de
acceso que se tiene sobre todo bien público. Por otra
parte, que además de ser un servicio al que se debe garantizar un
acceso abierto e igualitario, es también un patrimonio público,
algo que no sólo identifica a una determinada sociedad, nación o
comarca, sino una poderosa reserva con que la misma cuenta para
proyectarse a sí misma. Finalmente, debe destacarse que, como
otras instituciones de lo público, la universidad pública cumple
un importante rol en el proceso de construcción de la identidad
colectiva, de superación de las barreras sociales y económicas y
de canalización de las tendencias críticas que permiten a una
sociedad, nación o comarca renovarse y lograr consensos nuevos
para la vida en común.
En
cuanto bien público, la universidad debe existir como un
derecho abierto a todos, en igualdad de condiciones, para evitar
la tiranía que imponen las leyes del mercado, las barreras
sociales, las diversas formas de discriminación, exclusión e
invisibilización social. En todo momento se debe tener presente
que esa tiranía está más propensa a emerger si sólo existieran
universidades privadas o si se careciera en absoluto de
universidad. El que exista, alienta la esperanza de que esa
sociedad puede aún luchar contra la fragmentación.
En
cuanto patrimonio científico e intelectual, la universidad pública
es una reserva que no debe ser feudalizada por ninguna clase,
confesión religiosa, credo político o ideología social. Es un
espacio en permanente renovación, un espacio de libertad que a
veces se expresa en conflicto social, no pocas veces utilizado por
sectores radicales, pero la mayor parte del tiempo un espacio para
el ejercicio de la investigación, la innovación, la crítica y la
creación artística. En él la ciencia y las humanidades, el arte y
la tecnología, se recrean a sí mismas y, a través de ello, la
sociedad misma. Esa es la realidad funcional de las universidades
en las sociedades modernas. Sólo que en las públicas esa realidad
no está condicionada por directrices extraacadémicas como las
confesionales, las que emergen de las demandas del mercado y las
que imponen los ocasionales dueños de los centros privados de
enseñanza e investigación.
Por lo anterior, la universidad pública no puede ser tiranizada
por los criterios de eficiencia que rigen la empresa privada, ni
medida por parámetros puramente eficientistas en términos
cortoplacistas. Esto implica, en gran medida, revisar la tendencia
a medir la eficiencia universitaria exclusivamente por el número
de estudiantes en clase, por el tiempo de profesionalización
meramente funcional de un estudiante, por la utilidad inmediata de
una investigación o por la apropiación acrítica de una tecnología
foránea. No se trata de propender por una universidad de calidad y
sin exigencias. Se trata de respetar y hacer respetar los propios
ritmos que la universidad, desde su práctica, se da para definir
su contribución al contexto, una contribución que puede ser más
creativa que reproductiva, más crítica que complaciente, más
formativa que simplemente profesionalizante y utilizable en
términos de pura ganancia económica.
La
universidad pública tiene, anexo a su carácter de bien público,
una función política de alto nivel, y esta vez es en la
construcción de lo público. Por ser la universidad de más
amplio espectro social en su composición, es un espacio de
concertación de las diferencias. Es un espacio de creación de lo
público como esfera que trasciende las fragmentaciones e inaugura
lo común. Y es, cada vez más, un espacio justiciero en el sentido
de que ayuda a cerrar la brecha distribuyendo, lo más
democráticamente posible, las oportunidades de movilidad social a
través del conocimiento. La universidad pública debe, entonces,
mantener sus puertas abiertas a todos los sectores garantizando
financieramente el acceso a aquellos que, queriendo estudiar y
teniendo capacidades, no dispongan de los medios necesarios para
hacerlo; a aquellos que, por sus limitaciones físicas, orientación
social o creencia religiosa (o falta de ella), no son aceptados en
los centros donde se privilegia cierto funcionalismo profesional,
cierta hegemonía confesional o moral, etc.; a aquellos que, por su
desventajosa situación social, llevan a cuestas deficiencias
educativas; etc. La universidad cumple una función niveladora y
por ello, además de estar al servicio del saber y de la crítica,
está al servicio de la sociedad ayudando a superar la inequidad
social, cerrando la negativa influencia de las diferencias
sociales sobre las oportunidades educativas y, a través de ellas,
sobre la movilidad social.
Adicionalmente, la universidad pública toma a su cargo aquella
labor investigativa y creativa de más largo plazo, aquella que no
se mide por los cortoplacistas parámetros de la utilidad ni por
los actuales criterios de lo aceptable sino que se da un mayor
plazo para mostrar sus bondades. De esa manera, se hace cargo de
disciplinas no rentables, de investigaciones cuya bondad no se ve
inmediatamente, del arte cuya factura trasciende los actuales
cánones, de la crítica que no encuentra aceptación en los
círculos actuales del poder. Sintoniza, además, los saberes
internacionales con las realidades contextuales, con la
idiosincracia del medio, produciendo de esta manera, de nuevo, una
identidad común fundamental para lo público. Y esto es de nuevo
una función política en el más alto sentido.
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