Arte y Cultura

La novela latinoamericana después del Boom

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Jueves, 19 Octubre 2017
Agencia de Noticias Univalle

El siguiente texto es una conferencia dada por Alejandro José López, profesor de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, durante el V Festival de Literatura en español de Copenhague, el 28 de septiembre de 2017. El texto fue publicado originalmente por la revista virtual Aurora Boreal.

Crecimos admirando el Boom Latinoamericano. Quienes vivimos en condición de lectores la segunda mitad del siglo XX, frecuentamos con gran entusiasmo novelas tan emblemáticas como “La región más transparente” (1958) de Carlos Fuentes, “La ciudad y los perros” (1963) de Mario Vargas Llosa, “Rayuela” (1963) de Julio Cortázar, “Cien años de soledad” (1967) de Gabriel García Márquez, o “El obsceno pájaro de la noche” (1970) de José Donoso. Estos autores nos deslumbraron y sus opiniones fueron seguidas con gran interés en Latinoamérica, en los Estados Unidos y también en otras latitudes. No obstante, aunque dichas obras maestras de nuestra narrativa ―entre otras― iluminaron el panorama literario de la lengua española, también es cierto que produjeron un efecto de eclipse sobre otra novelística escrita simultánea o posteriormente en esta región. Bien es sabido que los narradores del Post-boom tuvieron, desde el inicio de sus carreras, enormes dificultades para legitimarse culturalmente. En este orden de ideas, estudiar la novelística latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX implica realizar una mirada contrastiva entre lo que ha dado en llamarse Boom y Post-boom en nuestra literatura.

Detengámonos brevemente para hacer algunas consideraciones iniciales respecto del Boom. Entre algunos críticos y escritores jóvenes se ha puesto en boga una cierta mirada descalificadora de estos autores. Dicha perspectiva pone el énfasis en el efecto de eclipse del cual hemos hablado, antes que en los grandes logros creativos de aquellas obras maestras; de allí que estos nuevos detractores hayan sacado otra vez a la luz pública el viejo memorial de agravios y repetido las vetustas diatribas de siempre. Dado que me cuento entre quienes han crecido leyéndoles y aprendiendo de su maravillosa literatura, mi perspectiva crítica es otra. Entiendo que hay mucho por agradecerles. Aunque teníamos en Latinoamérica novelas importantes antes de los años 60 del siglo pasado, lo cierto es que apenas sí teníamos novelistas. Quiero decir que aquellas obras previas al Boom o fueron libros únicos de sus autores o, con muy honrosas excepciones, pertenecieron a repertorios bastante magros. Para mal y para bien, en América Latina el novelista profesional fue inventado en aquella década prodigiosa.

Son muchos más, por supuesto, los aportes de estos autores. A mediados del siglo pasado, en la narrativa de nuestra lengua predominaba un realismo más bien convencional, esquemático. La poesía, en cambio, venía de recorrer varias décadas de esplendor a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, nuestra novela no acababa de modernizarse, no terminaba asimilar el ímpetu renovador que las vanguardias artísticas introdujeron en otros ámbitos de la cultura. Así fue hasta “La llegada de los bárbaros” (2004), como llamaron Joaquín Marco y Jordi Gracia a los narradores del Boom, precisamente en un volumen recopilatorio sobre la recepción de sus obras en España. Cierto: no es posible formular una estética común al leer las novelas publicadas en esos años, porque no la hay; pero sí es notorio, de una a otra, el empeño de sus autores por reinventar el género, por zafarle esa rémora tradicionalista que ya le impedía respirar. Y eso, en mi opinión, es un aporte que amerita gratitud.

En esa época empezó el influjo desorbitado que el marketing del libro tiene hoy en el medio literario. Muchos críticos de entonces atribuyeron esta indeseable anomalía a los autores del Boom. A esta parte, sin embargo, nos resulta evidente que se trata de un fenómeno extendido y complejo que desborda el ámbito de una lengua en particular. Y a pesar de todo, cabría recordar algo que es evidente: por potente que sea, ninguna campaña publicitaria puede dotar a una novela de las calidades literarias que no tiene. Una cosa es vender libros y otra muy distinta conseguir que perduren en la memoria de los lectores. Si bien es cierto que los novelistas del Boom recibieron la primera gran bendición de la publicidad editorial globalizada, el tiempo se ha ido encargando de poner a cada quien en su sitio. Y aquellas novelas extraordinarias siguen ahí, de pie.

No pretendo ignorar los desaciertos que se propiciaron en los entornos del Boom, sobre todo los concernientes a las odiosas listas y a las exclusiones inaceptables. Con todo, cabe preguntarse qué tanto de aquel barullo puede atribuírsele directamente a los autores. Sabemos que durante unos pocos años hubo un grupo de novelistas latinoamericanos que se apoyaron entre sí; sabemos que recibieron el respaldo de las industrias editoriales catalanas y argentinas; sabemos que estuvieron solidarizados con la causa de Cuba y que esa misma Revolución los distanció después; sabemos que alrededor suyo hubo trastienda, hay habladurías y siempre habrá leyenda; pero sabemos, sobre todo, que del Boom proviene un puñado de obras maestras que han permanecido vigentes durante todos estos años y que sabrán hacerlo por mucho tiempo más. Y eso, en definitiva, deberíamos agradecerlo.

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Cuando un fenómeno literario o estético logra una gran repercusión cultural, le sobrevienen epígonos por doquier. Todo el mundo quiere su pedacito de gloria, ya se sabe; incluso hay quienes, para conseguirlo, imitan sin pudor. Hasta este punto, no he dicho más que una obviedad: cada ratón va por su queso. La cuestión se pone verdaderamente espinosa, sin embrago, cuando dicho fenómeno literario o estético se vuelve hegemónico. El prestigio que logra un determinado núcleo de autores y de obras resulta asaz contundente; de manera que, en lo sucesivo, no parece posible crear de una forma alternativa. Y esto ahoga, desde luego, cualquier exploración artística distinta. Algo parecido ocurrió con el Boom de la novelística latinoamericana.

Aunque hubo una gran pluralidad de estilos e inclinaciones en la narrativa de aquellos años 60 y 70, algunos rasgos generales predominaron en sus obras más emblemáticas. La búsqueda de la novela total, por ejemplo; o la experimentación formal; o el rompimiento de la linealidad temporal en la narración. Trazas como éstas presuponen un atento trabajo de lectura; es decir, un esfuerzo para desentrañar los hilos del relato. También es cierto que ponen de manifiesto una vocación de trascendencia, una filiación de sus autores con la alta cultura. Bueno, nada que objetar: estas características del Boom son tan válidas literariamente como sus opuestas. He aquí la nuez del asunto que quiero plantear.

Sucede que hacia finales de los años 60 surgió otra tendencia en la novelística de este continente. Y digo tendencia y no momento, ni generación, porque tanto el Boom como el Post-boom han sido precisamente esto: maneras de concebir el arte de la novela. Pues bien, quienes acogieron esta segunda desde el inicio de sus carreras tuvieron, durante muchos años, serias dificultades para legitimarse como escritores. Dado que la corriente mayoritaria del Post-boom transitó por senderos narrativos muy diferentes a los del Boom, sus obras no parecieron entonces dignas de mayor consideración. Teniendo las perlas tan bien vistas, los lectores y la crítica no iban a molestarse en escudriñar una cantera de esmeraldas.

Lo primero que distinguía a esa otra narrativa era su alejamiento de la alta cultura. Y la incorporación de manifestaciones estéticas provenientes de la entraña popular, en especial aquellas que pasaban por los medios masivos de comunicación. Entre divas y boleros, películas y tangos, galanes y tebeos, estos novelistas hallarían el mejor repertorio de tonos y de personajes para su propia literatura. De esta suerte, géneros como el melodrama y el folletín serían revisitados creativamente por ellos y, sin duda, reivindicados con sus obras. Tal es el caso de Manuel Puig, principal precursor del Post-boom y, posteriormente, autor de una de sus obras más señeras: “El beso de la mujer araña” (1976).

Durante algunos años estas dos tendencias coexistieron, se traslaparon; de allí que no sean propiamente momentos literarios. Tampoco diría que son generaciones si nos remitimos a un pequeño pero significativo ejercicio de memoria. Pensemos en tres obras muy representativas del Boom. “La ciudad y los perros” (1963), “Cien años de soledad” (1967) y “El obsceno pájaro de la noche” (1970). Ahora, movámonos unos cuantos años hacia adelante. La sensibilidad mayoritaria, fatigada del experimentalismo, empezó a reclamar sencillez y comunicabilidad; incluso historias de amor. Lo diré sin más rodeos: los lectores y la crítica se acordaron de que, además de las perlas, existían las esmeraldas. Y las buscaron. Rememoremos tres novelas típicas del Post-boom. “La tía Julia y el escribidor” (1977), “El amor en los tiempos del cólera” (1985) y “La misteriosa desaparición de la Marquesita de Loria” (1979). Tal cual: Vargas Llosa, García Márquez y Donoso.

No estoy queriendo decir que los novelistas del Boom y del Post-boom sean exactamente los mismos. Sólo afirmo que cuando uno se aproxima a estas dos tendencias narrativas acierta más si piensa en obras y no en autores. Pero desde luego que en esta segunda hubo una espléndida afluencia de nuevos escritores y, sobre todo, de nuevas escritoras. Allí se destacan algunos nombres, como el de Isabel Allende, o el de Laura Esquivel, o el de Ángeles Mastretta, entre otros. Valdría la pena anotar, eso sí, que al cabo de varias décadas se presentó un agotamiento del Post-boom. Digámoslo de este modo: con demasiada frecuencia el parámetro de la sencillez devino en simpleza, lo cual resultó indicativo de un desgaste evidente. Quizá había llegado el tiempo de recordar que, además de perlas y esmeraldas, existían rubíes y amatistas y diamantes. Aún así, cabe preguntarse si hubo algún fenómeno histórico que precipitara el declive del Post-boom y su modo de concebir el arte de la novela.

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Para algunos críticos que se han ocupado de este asunto, el Post-boom fue una respuesta a la convulsa realidad del continente durante los años 70. Y, de modo muy concreto, una expresión necesaria ante las cruentas dictaduras militares que se afincaron allí. Lo cierto es que la corriente mayoritaria o mainstream de esta narrativa se caracterizó por una fuerte vocación mimética, lo cual hizo que un estudioso como Ángel Rama llamara a estos autores “Los contestatarios del poder” (1981). Muchas de estas novelas adoptaron trasfondos de denuncia social y buscaron, en todo caso, un tipo de construcción cercana al lector. Esto implicó el alejamiento de la experimentación formal y determinó un tipo de trabajo ficcional orientado hacia la reconciliación con la trama. En dicho orden de ideas, la cotidianidad de las urbes latinoamericanas tomó carta de ciudadanía en aquellas novelas y los jóvenes se volvieron protagonistas recurrentes en aquellas narraciones. Un buen ejemplo de esto lo encontramos en los febriles muchachos que pueblan los relatos del chileno Antonio Skármeta y en los frenéticos adolescentes que se deshojan en los libros del colombiano Andrés Caicedo.

Con todo, así sea de forma bastante perfectible, la democracia retornó al continente. Y la Guerra Fría concluyó su sombrío capítulo, incluido el que se vivió en Latinoamérica de modo inclemente y brutal. También es verdad que el inicio de los años 90 trajo consigo otras transformaciones sociales muy fuertes. Seguramente, una de las más importantes tiene que ver con la creación y popularización de la Web. Las dinámicas de circulación del saber y las prácticas de consumo cultural se transformaron para siempre. Esto ha tenido implicaciones diversas y profundas en el entorno del libro y, desde luego, en el contexto de la representación ficcional. Dichas implicaciones han acabado bajando la persiana a los debates, querellas y requerimientos que dieron lugar al Post-boom. Pero como nos ha ocurrido siempre en la historia de la novela, otras encrucijadas han aparecido y, con ellas, nuevos desafíos para quienes se empeñan en mantener vigente la maravillosa, la indispensable aventura de Cervantes.

 

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