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Fallece líder social y profesora de Univalle

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Lunes, 12 Febrero 2018
Agencia de Noticias Univalle

El domingo 11 de febrero de 2018 falleció Soffy Arboleda de Vega, líder social, música, columnista, confundadora del Museo La Tertulia, historiadora de arte y por 30 años docente de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle. La Dirección de Comunicaciones comparte una semblanza publicada este lunes 12 de febrero en el diario El País.

Soffy Arboleda, considerada la mujer más importante de la cultura caleña, murió a las 8:00 a.m. del 11 de febrero, a los 87 años, en su residencia. Se fue tranquila, rodeada de su hermana Pubenza, de su hija y de sus dos nietos, después de haber dejado un vasto legado de conocimientos como historiadora de arte, gastronomía y forjadora del Museo La Tertulia.

Exalumna del Liceo Benalcázar, cofundadora de La Tertulia, exconcejal de Cali, académica y docente por 30 años en la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle, fue directora de Bellas Artes, integró las juntas de entidades como el Teatro Municipal y el Jorge Isaacs, Colcultura, Centro Cultural Comfandi, Museo La Merced, entre otros.

Su amplia visión artística fue tenida en cuenta en Cali y Colombia, de allí que toda una generación de maestros de la pintura y la escultura honró su amistad: Edgar Negret, Alejandro Obregón, Fernando Botero, Eduardo Ramírez Villamizar, Débora Arango. A Luis Caballero y a Darío Morales los conoció en París, la ciudad que amó desde su primer viaje. Fue curadora de una exposición de Obregón para el Museo Nacional de Colombia e hizo el inventario de la obra de Grau en Cali.

Su amor incondicional por Cali y el Valle del Cauca la llevó a acompañar a su mamá, Rosa Cadavid de Arboleda, bajo un sol inclemente, a sembrar los árboles que hoy en día embellecen la recta Cali-Palmira.

De la gran vocación de servicio de Soffy da fe la concejal Clementina Vélez, quien la consideraba su ángel de la guarda y su maestra de vida. “Me enseñó que uno jamás habla de lo que no ha estudiado, jamás opina de lo que no conoce y que lo único que hay que hacer en la vida es estudiar, estudiar y estudiar, ser honrado, trabajador y luchador, lecciones que he seguido al pie de la letra”.

Precisamente, aunque Soffy fue columnista de El País desde el 27 de marzo de 1987 a diciembre de 2017, y escribió varios artículos en Gaceta, siempre pidió que no la llamaran “periodista”, decía que no quería atribuirse méritos que no tenía. “Soy música de profesión”, aclaraba la historiadora del arte y reconocida gourmand que dio clases y orientó a los amantes de la gastronomía.

“No creo que vuelva a nacer otra Soffy Arboleda de Vega, lo que ella hizo en la vida no tiene igual. Se fue sin dolor porque, como ella se lo merecía, Dios en su infinito amor, le dio esa tranquilidad para morir”, cuenta Clementina, quien ahora tiene 71 años y tenía 19 cuando la conoció.

Soffy nació en Palmira, el 2 de diciembre de 1930, pero desde muy niña vivió en Cali. Y justamente, en diciembre pasado, sus amigas le celebraron el cumpleaños en su casa. “Le llevamos la serenata, como lo hacíamos cada año, estuvo muy contenta, bailó con Paula, su hija, disfrutó la serenata, la torta, se rió mucho, adoraba a sus nietos y compartió mucho con ellos en los últimos días”, relata Clementina.

Por su parte, Beatriz López, amiga suya, asegura que “además de su pasión por la cocina, la lectura y el liberalismo de trapo rojo, que la hizo merecedora de participar cada mes en una mesa del Club Colombia, donde era la única mujer, fue la mejor anfitriona que he conocido”.

Así lo constata el relacionista público Juan Carlos Uribe: “Ir a la casa de Soffy era deleitarse con los gustos más grandes y elegantes de una mujer sencilla. Amante de las sopas, hacía recetas tradicionales como la sopa de patacón, acompañada de jugo de lulo, pues, aunque era conocedora de la gastronomía internacional, en su casa nunca faltaban los platos típicos de su región. Y eso sí, la mesa la servía como si fuera a llegar la mismísima reina de Inglaterra. Definitivamente, ella sabía del arte de atender con buen gusto a sus invitados”.

Solía regalar a sus amigos sus mermeladas de naranja, uva y ají, revela el crítico de arte Miguel González.

Era muy buena amiga de los hombres, al punto que tenía un grupo que cada semana se reunía y en el cual ella era la única dama. Fue siempre la reina de la mesa liberal de los martes en el Club Colombia, aunque ella no aceptaba ese título de nobleza: “No la reina, pero sí la única mujer. Me fascina y soy feliz con ellos. Cuando entré les dije: ‘Sé que ustedes echan chistes fuertes, pero quiero decirles que soy mujer, ya mayor, y les advierto que si no cuentan los cuentos verdes no vuelvo. ¡Qué no me han enseñado esos hombres!”, le dijo a El País. Y ellos también aceptan que aprendieron mucho de ella. “Es excelente instructora en el póker, tiene 20 o 30 formas de ser jugado y ella nos ha enseñado como diez”, contaba alguna vez su amigo Jorge Restrepo Potes, con quien Soffy, cada martes, después del almuerzo de la mesa liberal, dedicaba tiempo al juego.

Juan Carlos Uribe, uno de sus grandes amigos, dice que “pese a su edad, tuvo una mente liberal, abierta y avanzada para su época, nada le escandalizaba y abogaba por la igualdad de los derechos. Era mágica, tenía el apunte perfecto para cada comentario. Amaba las charlas intelectuales, le encantaba bailar, no perdonaba tertulia sin vino, pero aun así, sus principios personales eran religiosos y católicos. Tuvo gran cercanía con sacerdotes como Rubiano Sáenz y Juan Francisco Sarasti”.

“No soy rezandera, pero sí muy creyente y piadosa”, advertía. Devota a los santos —se encomendaba al Espíritu Santo y a la Milagrosa— contaba que una vez entraron los ladrones a su casa a robar sus obras de arte, la ataron de manos, y frente a ella había un cuadro muy antiguo de la Virgen, al que Soffy le dijo: “Virgencita, no te dejés robar”, y efectivamente, el cuadro pareció fijarse tan fuerte a la pared que los ladrones no lograron desmontarlo.

La columnista de El País, que cada viernes, religiosamente, en esta sección, escribía temas de arte y gastronomía, con visos de política y sin nunca descuidar los aconteceres de la ciudad, amaba que le regalaran lápices y que sus lectores le escribieran a su correo electrónico.

Fue merecedora en vida de múltiples reconocimientos, como la Gran Orden del Ministerio de Cultura, y otros más de la Universidad del Valle y del Departamento de Historia y algunos gastronómicos, como los Premios La Barra Makro. Luchó por su ciudad desde la academia, las artes, la política y las causas cívicas. “Estuvo siempre involucrada en todas las juntas que tenían que ver con los grandes eventos culturales de la ciudad”, enfatiza el crítico de arte Miguel González.

De su padre heredó la inquietud intelectual, a través de un lema: “Nunca te acuestes sin haber aprendido algo y si no has aprendido algo, anda al diccionario”. Eso mismo ella se lo inculcó a sus hijos y alumnos.

Liceísta total, amaba al Líceo Benalcázar, del cual se graduaron mujeres ejemplares del Valle del Cauca; estudió música en el Conservatorio de Cali, en New England Conservatory de Boston y en el Conservatorio Nacional de París. Se formó en historia del arte en Boston, en La Sorbona y Ecole du Louvre, en París. Y tenía un Máster en Historia del Arte en Boston University. En medio de su vida en Boston y París cultivó su otra pasión, la cocina. Tomó clases en el Cordon Blue de París con la famosa Julia Child. “No soy graduada de allá, tomé clases, allí puede ir cualquiera, el que compre la boleta”.

La habilidad para la culinaria no la heredó de su mamá, “era pésima cocinera. Lo supe cuando yo vivía en París. El gusto viene porque me gusta comer”. Relataba que cuando estudiaba en Boston y luego en París con su hermana Mireya, ella le puso el reto de cocinar todo lo que probaban en los restaurantes, y mejorarlo. “Me regaló libros de cocina”, decía esta defensora de la cocina tradicional.

Tenía tantos libros, que regalaba muchos. “Me gusta leer mucho sobre el español, sobre el idioma, no soy escritora, pero me cuido de los términos y las cosas, que sean en buen español. Me gusta leer cosas bien escritas”.

Según Miguel González, a su saber artístico y sus dotes intelectuales, se suma que en la sociedad caleña, Soffy integraba la lista de las mujeres más elegantes y fue de las últimas personas que en Cali usó guantes, hasta daba clases con ellos y los lucía con mucho porte. Aunque no se consideraba bella, era vanidosa. Su hija Paula Vega le contó una vez a El País que aun, cuando iban a la finca, no le faltaban el collar, los aretes, los anillos y el bolso.

Conformó un hogar con el ingeniero Alfredo Vega Córdoba. Ella liberal y él conservador, tenían en común su humor negro. “Qué godo tan godo, pero era sensacional. La política nunca fue motivo de discusión. Tuve novios y todos me propusieron matrimonio, menos Alfredo, entonces, yo se lo propuse, me fascinaba su rectitud impresionante y no tenía doblez”.

Perderlo a él, en diciembre de 2005, y luego a su hijo Lorenzo, en mayo de 2007, fueron los duelos más grandes de su vida. Desde entonces, guardó los colores y vistió de luto.

Abuela permisiva, era amante de ejercitar su mente, sentada ante su computador. “Noctámbula, tenía la manía de revisar todos los periódicos locales que circulaban durante sus ausencias de la ciudad. Le molestaba que no se hicieran las cosas rápido y como ella quería, debido a su perfeccionismo y no permitía que a sus columnas de El País les tocaran una coma”, contó su hija.

En 2012, cuando este medio le propuso hacerle un perfil, dijo con su peculiar humor: “Me huele a muerto. Cuando a la gente le hacen tantos reconocimientos es porque ya está bien viejita o quieren hacerlo antes de que se muera, para que la medalla no se les quede”, le respondió con risas a la periodista Claudia Bedoya.

Por esos días Soffy había recibido varios reconocimientos. Sobre estos y el salón que lleva su nombre en la Escuela Gastronómica de Occidente, dijo en esa ocasión: “no me las doy de nada y me parece que no lo merezco. Sin embargo, pienso que he ayudado muchísimo con la columna de El País a la gastronomía, porque la cocina me apasiona, me encanta estudiarla”.

A ella no solo la extrañarán sus seres queridos, también sus lectores de la ‘Columna de Soffy’, quienes incluso, coleccionaban sus recetas.

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