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Un reconocimiento justo a la memoria del profesor Aníbal Patiño

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Martes, 14 Marzo 2017
Agencia de Noticias Univalle

Aníbal Patiño era un autodidacta, escritor, investigador, científico, maestro y ambientalista, que dejó un importante legado a las ciencias ambientales por haber asumido la ecología no sólo como una ciencia, sino como una práctica social. El profesor del Instituto de Educación y Pedagogía Walter Lara publicó recientemente una semblanza, que compartimos hoy con la comunidad universitaria.

Ha circulado en distintos medios de comunicación regional y nacional -y de manera reiterada, a partir del martes pasado-, la noticia acerca de la muerte del profesor Aníbal Patiño. Han abundado los calificativos para exaltar sus calidades de investigador en el campo de la ecología, desde donde hizo contribuciones reconocidas alrededor de la preservación de los recursos naturales estratégicos para el mantenimiento de los ecosistemas imprescindibles en la reproducción de la vida humana y no humana. Por esos aportes fue sujeto de distinciones de academias e instituciones encargadas de alertar y orientar a la sociedad y al Estado sobre los riesgos, controles y desequilibrios ambientales. Su deceso puede ser un dato que se suma a los que hacen parte de las estadísticas de ese sector de la población que, después de pasar por la universidad bajo distintas formas y tiempos de vinculación laboral, cumple la última fase del ciclo de la vida; sin embargo, por tratarse de una persona cuyo tránsito por la universidad abrió brechas para su desarrollo académico crítico, de cara a los retos y desafíos que la agroindustria regional imponía, es preciso sugerir a la universidad, facultad de ciencias y al instituto de educación y pedagogía que se pronuncien de manera particular y contundente para hacer un reconocimiento a sus aportes.

El profesor Aníbal Patiño fue el primero en hablar de ecología en el departamento de biología en la segunda mitad de la década del 60. Ofrecía una asignatura muy extraña para ese tiempo, pero muy innovadora, limnología. Allí se estudiaban los orígenes, evolución y transformaciones de los humedales y sus relaciones con la preservación de la fauna y flora tropical. Organizaba cada semestre una jornada ecológica, las cuales, en su conjunto, no eran otra cosa que salidas de campo durante todo un día a visitar humedales, cuencas de ríos, madre viejas, lagos, lagunas, cañones, esteros, rebalses, ensenadas, pendientes, saltos, accidentes orográficos, etc. Eran unos espacios pedagógicos y educativos abiertos donde concurrían estudiantes no sólo de biología sino de distintas carreras de la facultad de ciencias y de la universidad; igualmente asistían profesores y expertos en distintos campos de las ciencias naturales y de la tierra e ingenierías. Era una experiencia de docencia en equipo y de aprendizaje y construcción colectiva del conocimiento a través de la práctica empírica de relación directa con la naturaleza: el geólogo explicaba las condiciones edáficas y los problemas de la erosión antrópica; el agrónomo mostraba los problemas técnicos del manejo de los suelos para la agricultura, el impacto de cultivo de especies vegetales foráneas; el químico hacía mediciones de oxígeno disuelto y turbidez del agua; el biólogo analizaba los niveles de las cadenas energéticas; el botánico hablaba de la representación de la botánica económica de las especies del lugar o lugares que se visitaban; el zoólogo de vertebrados hacía referencia a la variedad de aves y su distribución geográfica, entre otras. La jornada se cerraba, casi siempre, con una sesión cultural: conjuntos típicos de los lugares, cuentachistes… y hasta con la presentación de un grupo de danzas de la Universidad del Valle. En la medida en que avanzaba la jornada, así mismo se iban agregando a los expedicionarios gruesos grupos de pobladores y lugareños. De esta manera la universidad, sin saberlo quizás, hacía pedagogía social, educación de adultos, formación universitaria en contexto territorial y educación popular.

El profesor Aníbal Patiño es el autor y el actor protagonista de la plantación de los mangos, carboneros, achiotes y nogales en el campus de Meléndez. Conjuntamente con el personal auxiliar de campo del departamento de biología y de algunos estudiantes voluntarios del programa de biólogo, se sembraban los árboles que se recogían en el vivero departamental de la secretaría de agricultura del valle en el predio que se ubica detrás del parque del avión de la calle 34 con carrera 5. Desde allá eran transportados en volquetas de la secretaría de obras públicas hasta la universidad. Las jornadas se realizaban los sábados, precisamente el día en que concurrían sólo los estudiantes que iban al centro deportivo universitario, CDU. La actividad era coordinada y dirigida por el profesor Aníbal Patiño, enfrentando y superando la crítica de la academia acartonada de la universidad de ese entonces que calificaba la jornada de trabajo de activista y carente de reflexión. Pero ocurría lo contrario: con el apoyo energético de un refrigerio muy modesto, el escenario de relaciones directas con el trabajo del campo constituía la manifestación de una modalidad de la enseñanza peripatética. Mientras se hoyaba o abrían los huecos para la siembra, había lugar para hablar de la microfauna, capacidad de retención hídrica, parasitismo vegetal, etc. Con su lenguaje directo y típico de la hibridación cultural producida por el cruce de la colonización antioqueña del norte del valle con la cultura precolombina de los putimaes del centro de este departamento, inquietaba a sus estudiantes por la nutrición orgánica y sana; decía que el mejor sancocho era el que se hacía con “gallina mierdera” porque no obstante alimentarse de los residuos de la digestión de los porcinos -lo cual tenía ya su gran valor nutricional-, se alimentaba también de lo procesado por éstos. Era una lección de nutrición basada en la cocina y alimentación tradicional.

Al profesor Aníbal Patiño se le debe la iniciativa de la construcción del Lago. Como buen ecólogo propendía por los microclimas para estimular el inicio del entendimiento de lo macro. Estimuló el inicio de cría de tilapias por la facilidad y disponibilidad de su alimentación con especies vegetales que se producían en los predios de la universidad como tallos de yuca y hojas de hojarota. Este proyecto fue reemplazado por el de la siembra de plantas oxigenantes del agua (buchón de agua, elodeas…) y algunas ornamentales (cola de caballo). Posteriormente, se trajeron unos patos que no alcanzaron a reproducirse. Por muchos años fue el lugar donde se “bautizaron” los primíparos que, implícitamente, autedenunciaban su condición ante los estudiantes quienes a partir del segundo semestre presumían de su condición de “jerarcas”. El Lago hace parte del capital paisajístico del campus de hoy y es uno de los escenarios de socialización estudiantil y de relaciones románticas de la universidad.

El profesor Aníbal Patiño fue decano de la Facultad de Educación. Bajo su gestión impulsó y se dió inicio al programa de Licenciatura en Educación Agropecuaria en coordinación logística con el Instituto Técnico Agropecuario, ITA, en Buga. Era un programa de formación de docentes en ejercicio. Funcionaba los sábados y asistían bachilleres y normalistas agrícolas, agrónomos y veterinarios quienes trabajaban en las concentraciones agrícolas, núcleos educativos rurales, ITA’s e institutos agropecuarios. Provenían de los departamentos del Valle, Cauca, Quindío y Risaralda. En la historia de la regionalización de la universidad del valle se registra este hecho como uno de los primigenios de ese proceso, conjuntamente con el programa de enfermería de la facultad de salud. Siendo decano y, fundamentalmente, siendo un académico comprometido con la autonomía universitaria, no pocas veces intervino directamente bajo el papel de mediador en las confrontaciones que los estudiantes sostenían con la policía a punta de piedra en la Panamericana, cuando la avenida Pasoancho no existía y la expansión urbana heterogénica de Cali llegaba, en el sur, hasta ciudad Capri, el Refugio y el barrio Caldas. En el seno de la confrontación y bajo la lluvia de objetos de agresión violenta (piedras, ladrillos, balas de salva…) se acercaba a los piquetes armados para pedirles el retiro de los predios de la Universidad, por lo demás, sin ningún medio de encerramiento como protección del campus, muy distinto al que se observa y vive hoy.

Por la Universidad del Valle han pasado no pocos intelectuales y académicos ilustres. En algunos edificios se honra su memoria con placas con nombres como los de Ernesto Guhl Naneti y Enrique Low Murtra, entre otros, de los últimos tiempos. El primero como una de las cabezas visibles de la geografía moderna de Colombia y el segundo como uno de los juristas defensores de la institucionalidad del Estado de derecho. Por lo expuesto anteriormente, el profesor Aníbal Patiño reúne de lejos las condiciones para ser reconocido, también, como uno de los personajes de alta estatura académica, humana, científica y política que dejaron su legado en esta universidad y en la región vallecaucana y del suroccidente colombiano. Además, constituye un ejemplo de la superación de los hijos de la provincia y de la descendencia de la raza y cultura precolombina de Zarzal. Sería un gesto de elemental justicia y una evidencia de la valoración del desarrollo institucional y organizacional de la Universidad del Valle al resaltar de esta manera su memoria. La Facultad de Ciencias y el Instituto de Educación y Pedagogía serían los primeros apéndices académico-administrativos de la Universidad en abanderar y protagonizar las iniciativas que surjan a ese respecto.


Walter Lara González
Profesor IEP
Cali, marzo 9 de 2017

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