Talento Vallecaucano

"Los caleños perdimos el hábito de caminar el barrio": Carlos Moreno

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Lunes, 16 Julio 2018
Agencia de Noticias Univalle

Carlos Moreno, cineasta egresado de la Universidad del Valle, habló con la revista Gaceta de El País sobre su trayectoria, el oficio de contar historias y la ciudad.

Tomado de El País

Las ciudades son caldo de cultivo para muchas historias, sombrillas que que encierran relatos que dan cuenta de la condición humana. Uno de los testigos más inquietos de nuestros días es Carlos Moreno. Director de cine caleño, un sanfernandino, un contador de historias, que ha escarbado en la naturaleza de los caleños para encontrar un reflejo de los dramas más humanos. Relatos de ambición y corrupción desmedida, de conflictos sociales y políticos, de viajes de iniciación y exploraciones sensoriales.

Iniciado en la escuela documental de ‘Rostros y Rastros’ del Canal Telepacífico, su primera película fue ‘Perro come perro’, seguida por ‘Todos tus muertos’. Años después hizo parte del ambicioso proyecto ‘Escobar, el patrón del mal’. En años más recientes, se embarcó en una adaptación -no exenta de polémica- de ‘¡Que viva la música!’ y en producciones internacionales de alto vuelo para Netflix y Canal+, además de una extensa filmografía en publicidad, el videoclip y la televisión nacional.

Con más de 20 años de carrera, Carlos Moreno hace parte de una generación ya consagrada del cine caleño, que tomó lecciones de los grandes del Grupo de Cali y reinterpretó a su forma la Cali y la Colombia de los noventa y años dos mil. Relatos atravesados por el auge del narcotráfico, el terrorismo y la guerra contra las drogas, una identidad social fragmentada y en este escenario se atrevieron a contar el drama y la épica nacional, las complejidades morales y los roles que retaron el establecimiento de nuestro país. Una generación -Andy Baiz, Jorge Navas, Juan Carlos Gil, Óscar Ruíz Navia, César Acevedo etc.- que ha enriquecido el cine nacional con producciones celebradas por la crítica y un ejercicio de salud mental para narrar y aceptar nuestra propia historia.

Con generosidad, Carlos nos recibió en su casa en el muy caleño barrio San Fernando, un lugar donde se atisban sus inquietudes como narrador, pero sobretodo se siente de cerca ese espíritu de barrio que caracterizó la cinefilia local pre-narcos y que sigue alimentando el mito y la nostalgia de una Cali cinéfila y caminante que ya parece haberse perdido para siempre.

Carlos, ¿cómo llega al cine y la televisión?

Yo llegué al cine casi por accidente. Yo estaba buscando otras cosas. Cuando estaba por terminar el colegio entré al Conservatorio a estudiar música, pero rápidamente desistí. Y en ese desubique del colegio, sentía una inclinación más hacia la literatura. Y siguiendo la literatura y un poco el periodismo, llegué a Univalle, tratando de encontrar un espacio en esto. Una vocación audiovisual realmente no tanto.

Entonces, ¿no tiene esta historia romántica del director que vio una película que le marcó desde niño o que siguiendo la tradición cineasta caleña, quiso ser director?

Sí, pero eso lo descubrí después. La historia viene cuando ya estoy en la Universidad. Yo creo que Cali tenía una gran actividad en cines de barrio y yo crecí aquí en San Fernando. En general, el cine estaba presente, en las calles. No en Centros Comerciales, sino que hacían parte de la vida del barrio. Recuerdo que frente al Teatro San Fernando se hacían unos carros que vendían dulces y cigarrillos. Un sábado, mi papá me mandó a comprarle cigarrillos y en ese momento abrieron las puertas del teatro. Al ser mediodía, seguramente era una película del Cine Club. Vi la puerta abierta y entré. La película estaba terminando con una escena de una casa que explotaba y una pelada la miraba, con música rock de fondo. Me pareció una escena impresionante. Salieron los créditos y la gente se fue. Yo seguía aterrado con lo visto porque no sabía que eso se podía hacer en el cine. Yo acostumbraba a ver películas de aventuras, como Tarzán. Pero esa escena me sorprendió mucho. Años después, en Univalle, Óscar Campo nos puso una película y me encontré esa escena. Era Zabriskie Point, de Antonioni. Y ahí pensé que tenía una cita con esto del cine. Ese asombro, esa invitación me hizo pensar que había llegado al lugar que era.

Era un momento importante en la historia de la Universidad. Estaba naciendo el canal regional y Univalle tenía un espacio que era ‘Rostros y Rastros’, que más que un programa, era una escuela documental. Y en esa escuela, estaban lo grandes forjadores de un proyecto documental: Luis Ospina, Carlos Mayolo, Óscar Campo, Antonio Dorado, y estos fueron nuestros profesores. Y sin darnos cuenta estábamos iniciando un relevo generacional, empezamos a entender la expresión documentalista y mirar la ciudad de una forma que no conocíamos. Y así, sin saberlo, nos matriculamos en una escuela. Estábamos ahí. Y no lo digo por mí. Lo digo por una generación, de amigos y colegas, como Juan Carlos Gil, Diego Jiménez, Jorge Navas y muchos más que arrancamos con esos modelos de narrativos. Y entonces, desde diferentes lugares, toda una generación aprendió la técnica, aunque mi aspiración era mucho más académica, yo quería ser profesor y lo iba a ser en Univalle, pero la vida quiso que no fuera así.

¿Otra casualidad que lo llevó al cine?

Sí. Otra casualidad. Honestamente, quería ser profesor. De hecho, me gané una beca en España, donde estudié Narrativa y venía a ser profesor acá pero unos asuntos de huelgas y una carambola donde mis amigos ya estaban haciendo Producción Publicitaria en Bogotá y allá fui a parar. Así empecé en haciendo cine publicitario.

La literatura me llevó a buscar el periodismo y de ahí, al cine. Pero no fue hasta que hice mi primera película, cuando me encontré un proyecto para conspirar, con un amigo con aspiraciones de novelista, Alonso Torres, quien me mostró un manuscrito de un proyecto de novela que tenía y yo le dije que eso era un guión. Esto terminó siendo el guión de ’Perro come perro’. Yo no sé si hubiera sido mejor novela que guion, pero igual la hicimos. De alguna manera, volvía a pasar por la literatura. De la literatura al periodismo, ahí al documental, la televisión regional me llevó al cine publicitario. La publicidad al cine de ficción y del cine pasé a la televisión comercial. Es un camino muy cruzado donde también me han tocado dos cosas muy importantes: una es la aparición del cine digital, un cambio en la tecnología, que revolucionó la producción, y la aparición de la Ley de Cine. Antes había que tener recursos y/o contactos para producir en Colombia y realmente no tenía ninguno de las dos.Pero lo cierto es que ese cambio tecnológico y en las políticas culturales me tocó. De hecho, hoy siento que produzco para medios digitales. Creo que ya me despedí de la televisión abierta y ahora hago productos para plataformas digitales, y eso es un gran cambio, con un espectro de producción enorme. Esa es la coyuntura que me está tocando vivir y en la que pienso seguir haciendo cosas.

Usted ha trabajado en mega producciones para plataformas bajo demanda, como ‘El Chapo’ para Netflix, con nueva visión de la producción en Colombia. ¿Cuéntenos cómo han sido esas experiencias de producir para el exterior?

Esencialmente, lo que he encontrado es que hemos vivido muy encerrados. Tuvimos la hegemonía de dos canales de televisión y las programadoras, eran los mismos siempre. En esa hegemonía siento que hay unas dinámicas de producción anquilosadas hace mucho tiempo. Y la diferencia que sentí es que estaba participando de otra forma, que nos estábamos abriendo a nuevas dinámicas de producción, estaban enfocadas en un valor de producción que se suele olvidar en la producción nacional. Esa exigencia es algo normal en un mercado internacional que se hace más exigente. Como espectador, ya no dependés de los canales, sino que abrís tu computador o tablet y si algo te parece hecho a las patadas, te salís de ahí. Debe existir una preocupación en lo que se muestra. Y ese es el mayor cambio que yo veo. Es un cambio de actitud, no de plata.

Habiendo recorrido la coyuntura que lo trajo y le tiene hoy haciendo cine, quisiera que habláramos de las historias y el oficio de contarlas. ¿Cuál es la importancia para en el oficio de contar historias?

De eso se trata todo. Mi gran inquietud, que me llevó al cine y no sé si algún día me saque, es contar una historia. A través de qué medio, no sé. Cuando era niño pensé que iba a hacer cómics. Hoy pienso que pretendía era contar una historia. Y el paso por el cine es un paso importante, pero no es el lugar definitivo necesariamente.

Para mí, se trata de tener el valor, buscar el talento y la paciencia de contar una historia.

¿Cuál es la fuente donde surgen esas historias que quiere contar?

Sin duda, muchas historias que he contado y que he querido contar están en Cali. Y no es una mirada regionalista, ni chauvinista del asunto. Hay una frase de Chéjov que dice ‘habla de tu aldea y serás universal”, y yo creo que lo dice todo. Creo que el drama de la ambición, del exceso, de la corrupción, del abuso, de la tiranía, del caos se puede contar en cualquier lugar del mundo. Historias que yo podría contar en cualquier parte, como creo que Perro come perro se podría filmar en cualquier entorno urbano, Cali es un marco auténtico, con unos conflictos, unas paradojas y unas contradicciones enormes y es un estupendo lienzo para hablar de la contradicción.

¿Qué tan contada cree que está Cali? 

Yo creo que es interminable. Y cada vez más, porque Cali es una ciudad que es casi un caleidoscopio donde se combina, se combina y se vuelve a combinar, y cada vez entran más piezas. Si vos echás para atrás 20 años en Cali, su población afrodescendiente creció al punto de ser hoy casi el 60%. Eso ya es hoy una ciudad diferente. Y se han hecho intentos por contarla. Siembra toca esos temas. Pero falta contarse más.

Creo que todavía no se ha contado y la velocidad como se transforma Cali, una sociedad que se transforma a un ritmo diferente al que trazan sus gobiernos, una ciudad indomable, nadie podrá alcanzar esa velocidad. Ni siquiera los que se inspiran en ese crisol para contarlo.

Habla de una ciudad inabarcable, entonces bajemos a una entidad más asible: el barrio. Hablemos de su barrio, San Fernando, donde sucede su historia familiar. ¿Cómo expresa el espíritu de su barrio?

De hecho, una vez alguien me preguntó y yo le dije que por encima de ser caleño soy sanfernandino. Yo nací y me crié en este barrio. Muchas cosas en mi vida vienen del barrio, incluso el estadio. Tengo un montón de recuerdos y vivencias que se forjaron en San Fernando, con unos amigos muy callejeros.

Creo que la dimensión de barrio te da una sensibilidad para entender la diferencia, para respetar, para convivir, que hoy en día las ciudades se diseñan para que esto no ocurra. Aquí podemos estar en el mismo San Fernando pero estamos en un conjunto amurallado, donde no llega el personaje que timbraba a pedir plata o vendiendo algo, o la vecina a saludar. No es la misma sensibilidad. En su historia, San Fernando no es un barrio marginal. Tampoco es un barrio privilegiado, está entre lo popular y la clase trabajadora. Y en Cali se daba esta particularidad de barrios con diferentes realidades que se combinan. La primera frontera en Cali fue la Autopista Sur, que declaró un territorio como algo separado. Esa visión anterior, de más tolerancia, hasta ecléctica, creo que me la dio el barrio. Y mirá, en Cali, el narcotráfico fue una revolución social. Una bomba atómica donde las clases populares tuvieron el camino o al menos la promesa de ser clase privilegiada. En Cali, esta ha sido nuestra única revolución social. La estética cambió. Las mujeres, el gusto por los carros, el tipo de entretenimiento, la ideología del más fuerte, de “vos no sabés quién soy yo”. Eso formó parte de despedirse del barrio.

¿Cómo busca las historias que quiere contar?

De las historias de una comunidad, diría yo. Y no sólo el cine. Para mí, un ejercicio que debe hacer un buen periodista es tener la disciplina de saber escuchar. Uno no se da cuenta que no tiene disposición a escuchar. Vos no escuchás a todo el mundo de la misma manera, pero para tener una visión de algo, tenés que aprender a escuchar. La ingenuidad es muy para eso, cuando sos niño tenés más disposición a escuchar. Seguramente, cuando niños, alguna vez oímos la historia de un mendigo y nos conmovía. De adulto, probablemente no. Y eso es la capacidad de escuchar.

Con todo este camino por el documental urbano, el ser sanfernandino de corazón, la ciudad que enmarca sus historias… ¿Lo podemos llamar un caleñólogo?

¡Huy, no! No creo. Me gustaría llegar a serlo. Aspiro a ser un caleñólogo. Pero que lo sea, no. Es una aspiración.

El caleño parece tener una particularidad de dar vueltas, el ser ‘pateperro’, una disposición a moverse, a curiosear. ¿Cree que hace parte del ser caleño?

Tiene mucho sentido. Hace tiempo, cuando Jorge Navas estaba haciendo Calicalabozo me dijo que quería una “walk movie”, una película caminando. Y eso me parecía un concepto bellísimo, sobretodo en una historia que se inspiraba en el acervo literario de Andrés Caicedo, de una ciudad donde se caminaba mucho. Jorge hizo una historia donde los personajes caminan mucho. Eso es muy interesante y un recuerdo al que muchos nos resistimos porque Cali es una ciudad donde cada vez menos se puede caminar. Si te das cuenta, cada vez hay menos andenes, como peatón encontrás mil obstáculos. Los caleños perdimos mucho espacio público. Buena parte de nuestra literatura, de nuestra televisión, de nuestros recuerdos, de nuestro ocio era de caminar. Pero ese espacio lo perdimos y ese caminante, por el motivo que sea, hoy es más una resistencia, un recuerdo en una ciudad donde la gente anda más en carro y mucho más, en moto.

¿Camina por el barrio?

Todo el tiempo. Camino, troto.

Llegué a este tema porque supe que su gran deuda es contar una historia sobre San Fernando. ¿Cómo va esto?

Realmente, es un proyecto literario. Por ahora, ni sé qué va a pasar con eso. Pero tiene que ver con mi adolescencia y está enmarcada en San Fernando. Es una situación de un recuerdo de época. ¿Cómo va? Más o menos porque no tengo la disciplina de un novelista. De pronto, es un intento. Son montañas de proyectos que he emprendido, hay unos que he terminado y otros que por ahí se han quedado.

Lo decía, el contar historias es tener el valor…

Sí, y el talento, y la disciplina y un montón de cosas.

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