Recorrer las calles de Cali después del 10 de agosto es una experiencia nueva cada día, cada momento. El primer día luego del terremoto las congestiones eran evidentes en medio de los cruces y encuentros para brindar ayuda.
Por: Nelson Molina Valencia
Psicólogo Social. Profesor Titular de la Universidad del Valle.
Los supermercados llenos como si la guerra hubiera llegado, pero ya había pasado su catástrofe. Las compras no eran las habituales para abastecer los hogares sino dispuestas para la ayuda humanitaria; en pocas horas y por una semana se agotó el agua embotellada, el arroz y otros víveres no perecederos como algunos objetos de aseo. Al tercer día comenzaron las regulaciones del tránsito para habilitar espacio en las vías que hicieran posible la movilidad ágil para el transporte de personas, cuerpos, heridos, materiales y todo lo necesario para atender la emergencia. Los puntos de acopio de la ayuda humanitaria estaban cada vez más llenos, pero a la vez en un flujo permanente de entrada y salida dada la apremiante necesidad en muchos puntos de la ciudad, del departamento del Valle y del país. Así por una semana. Habitar la ciudad comenzó a ser un recorrido silencioso, prudente, menos agitado que la vida cotidiana de la ciudad, aunque las personas seamos las mismas.
Nueve o diez días después del terremoto las medidas para la movilidad fueron modificadas y las actividades en los espacios afectados comenzaron a tener nuevas dinámicas. De hecho, hoy, se mantiene un cerco de emergencia en la zona más afectada de la ciudad para que las labores de remoción de escombros y el milagro humano pueda hacerse posible. Sin embargo, de norte a sur y de oriente a oeste hay daños, afectaciones, transformaciones y pérdidas en cada calle. Decir cada calle no es una figura literaria, es una evidencia que se expresa en el sentir de la ciudad, en el sentir de quienes habitamos la "sucursal del cielo".
Cali está triste. Es una tristeza compuesta por muchos motivos, y con mayor o menor densidad quienes habitamos esta ciudad tenemos un sentimiento insondable de tristeza y quizá tan real como inefable que deviene en una cadencia diferente, en una mirada que se opaca tras el resplandor del sol de estos días y en un ritmo tan pausado como sea posible aunque haya más espacio en las calles para acumular un cansancio que no siempre conduce al plácido descanso y equilibrio bípedo sobre el suelo del planeta que nos sacudió.
En Cali tenemos una tristeza compuesta por diferentes formas de dolor combinadas; nadie tiene una tristeza simple, tenemos tristezas combinadas. La pérdida de un ser querido o una persona conocida, la pérdida completa del hogar, el abandono del hogar por riesgo de colapso de la estructura, el desplazamiento del hogar mientras se atienden los daños sufridos por el terremoto y el recuerdo emocional que resiste a desvanecerse de aquellos 90 segundos infinitos. Estos son los motivos primarios de nuestra tristeza, pero hay otro: además de la experiencia en primera persona, estamos viviendo la tristeza por el vínculo que tenemos entre quienes vivimos en Cali. ¡Sí! a la tristeza por las afectaciones primarias, se suma aquella que comenzamos a vivir por el conocimiento que tenemos de lo que les ha sucedido a las personas que conocemos, así como a las personas que son importantes de otras personas a las que conocemos. Esta sensación no se ha hecho presente bajo el argumento egoísta que no me ha pasado a mí y que en mi entorno todo está bien. Mi entorno, el de cada quien, es un entorno del nosotros y mi entorno siempre va a ser "el entre", el entorno de mis relaciones, de la fuerza de aquellos vínculos, así como del valor que tienen para definir quiénes somos.
Por estos motivos las afectaciones del terremoto son en primera persona.
En 1967 Stanley Milgram hizo un experimento derivado de una obra literaria húngara, en el que demostró, sin las aplicaciones informáticas contemporáneas, que todas las personas del planeta estamos en promedio de una distancia de seis personas sin importar el lugar del planeta en que nos encontremos. Esta conclusión se hizo cada día más plausible con el internet y completamente razonable con las actuales aplicaciones de redes sociales, que en sí mismas no son la red ni sus inventoras. Los seis grados de separación que Milgram definió supusieron una sociedad de red mucho más que de estructura y puso en evidencia la forma en que podemos tener vínculos con tantas personas como lo quisiéramos si trazamos la ruta precisa de relación. El terremoto de Cali y las afectaciones que tenemos quienes vivimos en la ciudad nos han puesto a la certeza de un grado de separación, o incluso cero, de quienes las han vivido. La existencia de ese vínculo en cero o un grado de separación indica que se trata de una relación importante, cercana, de la que podemos dar cuenta biográficamente y por tanto se cruza con significados de la existencia propia y cruzada. Por tanto, la afectación de quienes están en ese primer grado de separación es tan propia que nos afecta de forma directa y en forma particular.
En Cali todos tenemos tristeza porque la tragedia del terremoto nos afecta en máximo un grado de separación, haciéndola una experiencia en primera persona y compartida, que me afecta porque moviliza la pregunta por el quién soy, qué hago, a dónde pertenezco, con quién me relaciono, qué viene y el intento constante por comprender lo que pasó y pasará. Es una experiencia compartida que en cada cuerpo toma la forma específica de sus historias.
A todos quienes nos acompañan desde fuera de la ciudad y más lejos de este primer grado de separación su tristeza y empatía es diferente y necesaria de esa forma para que nos puedan brindar apoyo. Sus identidades no se han modificado de la misma forma que las nuestras y pueden brindarnos otras palabras que en la pertinencia son muy importantes. En Cali estamos tristes porque estamos a máximo un grado de separación de las grandes afectaciones del terremoto; porque conocemos en primera persona del singular y del plural el dolor de la tragedia mediante los vínculos que definen la ciudad, sus comunidades, sus rutinas, sus proyectos y que ahora están, aún, bajo la nube de polvo de la incertidumbre. En Cali todos estamos tristes... desde este sentir estamos retomando y sosteniendo.












