Rescatistas y voluntarios de todos los rincones trabajan sin parar en busca de sobrevivientes. Estos son los testimonios de quienes trabajan contrarreloj con la firme convicción de encontrar al menos un sobreviviente más en medio de los escombros de edificios caídos en Cali.
Por Abrahán Gutiérrez N., Lorena Ceballos*.
*Egresados de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle.
Publicado en Cuestión Pública
El lunes 10 de agosto del 2026, un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, partió en dos la historia de Colombia. El suelo se movió bajo millones de pies, y en el suroccidente del país golpeó con tal fuerza que se convirtió en tragedia.
En Cali, la capital del Valle del Cauca, a las 7:34 a.m., en medio del terror de un sacudón que se prolongó por casi dos minutos, miles de personas huyeron hacia las calles buscando el cielo abierto de parques y andenes, mientras a sus espaldas las fachadas se resquebrajaron y edificios enteros cayeron levantando nubes de polvo.
El alcalde Alejandro Eder decretó toque de queda esa misma noche y ordenó militarizar varios sectores ante amenazas de saqueos, mientras cientos de vecinos, sin esperar a nadie, empezaban a remover escombros con las manos. Siete días después, el país seguía contando sus muertos: los recientes reportes de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, al cierre de este texto, ya ubican la cifra de víctimas por encima de 300. Y el dato, según las autoridades, podría seguir en aumento.
Dos días después el 12 de agosto, en pleno pico del desastre, recorrimos tres zonas impactadas por la tragedia —Capri, Tequendama y Cuarto de Legua—, donde bomberos de Bogotá, Jamundí y la propia ciudad, equipos de la Armada, la Policía, la Fuerza Aérea y misiones internacionales como los Topos Aztecas de México trabajaban sin descanso, sostenidos por una sola convicción: encontrar, entre las toneladas de concreto, al menos un corazón que latiera.
Esta es una de las historias:
El día del terremoto, José Steven Vera Flores —43 años, administrador de empresas, dueño del negocio Steak and Grill y habitante de Capri—, hacía su rutina de ejercicio en el parque del barrio cuando sintió el temblor. Tan pronto sintió el remezón del suelo del parque, corrió a auxiliar a sus padres de 80 años, a su hermana y a sus sobrinos.
Nunca imaginó que, a pocas cuadras, Carlos Esteban Rebolledo, de 34 años, uno de sus mejores amigos —compañero de entrenamiento en el parque, de ver partidos de fútbol e incluso su crecimiento espiritual— había quedado atrapado bajo los escombros de las Torres del Limonar. Tan pronto se enteró de que las torres habían colapsado corrió para intentar ayudar a remover escombros. Sin embargo, con el paso de las horas, creyó que nunca volvería a ver a su mejor amigo: «Yo veía la edificación tan derrumbada y colapsada que no daba un peso por la vida de él, porque pasaban muchas horas y nada que escuchábamos. Y la verdad siempre era la fe que había en Dios, que es el dueño de nuestra vida».
Y como si se tratara de una predestinación, el día anterior, tras casi 16 horas sacando escombros sin parar, la madrugada del martes, a las 12:30 a.m., decidió irse a dormir para recuperar fuerzas. Antes de partir, grabó un video con su celular junto a los amigos de la cuadrilla que ellos mismos habían armado para ayudar: «Aquí ya va el equipo de rescate de Capri, vamos a ir a descansar para mañana con toda. ¿Mañana con toda? Mañana vamos a sacar a Carlos de ahí. Vamos, Carlos, vamos, te necesitamos con vida, papi. Resistí, aguanta, Carlitos. Pedile a Dios que te dé un tiempo más de vida».
Mientras Steven se alejaba de las Torres del Limonar, con la promesa de «mañana con toda» todavía flotando en el aire, Carlos —sepultado bajo los escombros, sin aire— gritaba con todas sus fuerzas cada vez que escuchaba, desde arriba, la orden de «¡Silencio!» de los rescatistas. Fue una brigadista, con un equipo especializado de escucha, quien logró detectarlo entre los escombros tres horas y media después.
Justo a las 4 de la madrugada del 11 de agosto, mientras Stiven reponía sus fuerzas, los equipos de rescate sacaron a Carlos con vida de las ruinas de lo que antes era el lobby del edificio.
José Steven se levantó ese martes a las 5:30 a.m. para orar y tomar fuerzas antes de volver al lugar del siniestro. Se enteró, media hora después, cuando fue al revisar el celular: «Tengo muchos mensajes de varios amigos que ya se habían dado cuenta de que yo estaba buscando a Carlos… y me comenzaron a mandar los mensajes de la noticia de Instagram cuando fue su rescate a las 4 de la mañana. Ahí es donde me doy cuenta de la noticia, y más me motivé para organizarme rápido y avisarle a mi sobrino también que estaba durmiendo.»












