Alberto Rodríguez, profesor formado en filosofía, con amplia trayectoria en diversas instituciones educativas (Universidad del Valle, Universidad Santiago de Cali, Universidad Icesi), además de editor del sello Shoeffer & Fust y director actualmente de la Casa de la Lectura, donde dicta talleres literarios, fue el invitado del Viernes de Letras del 4 de octubre de 2019. La profesora Silvia Valencia, profesora de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, coordinó el conversatorio.
Rodríguez discurrió profusamente sobre los aspectos técnicos de la narrativa a los que el escritor contemporáneo debe estar atento para conseguir una clientela de lectores. Entre los puntos destacables de su intervención magistral se cuenta el de la obsolescencia del género de suspenso, el cual, en la actualidad, ha dejado de producir el efecto para el cual fue concebido originalmente. "En la actualidad, es el cine el que produce miedo, no los libros", afirmó.
Rodríguez debutó como autor literario siendo ya mayor de sesenta años de edad. Y en la presente década ha publicado cuatro libros de narrativa, los cuales han tenido favorables críticas y han sido incluso objeto de reconocimientos honoríficos de trascendencia nacional.
NOSOTROS, LOS ENVIDIOSOS
Sobre Alberto Rodríguez se puede leer que nació en Bogotá, que es Magister en Educación de la Fundación Alberto Merani, que ha dedicado buena parte de su vida a la docencia y a la promoción del ejercicio de la literatura a través de la Casa de la Escritura. Pero fue una declaración suya: “Uno se convierte en escritor por envidia, por querer escribir algo mejor que lo que lee”, la que me guió hacia la pregunta fundamental: ¿qué tipo de escritor nace de aquella afirmación? La respuesta es sencilla, porque esa es la condición de un escritor consciente de que todo arte está marcado por el palimpsesto, por la inevitable influencia de esos otros que nos configuran.
Pero quizá aquella envidia puede explicarse como la muestra de una pasión desbordada. Al preguntarle sobre su relación con la lectura y la escritura, responde: “Es una adicción, que además tiendo a que prospere”. Una visión tan íntima del ejercicio de la literatura solamente puede surgir de ese tipo de escritor que ha encontrado en las letras el alimento para la vida. Y los frutos de esta vocación son Cuidado con el amor (2010), Para cuando sepa que ha muerto (2015), Serenata para la mujer del asesino (2018) y Falo de liebre, que fue reconocido por el programa de estímulos del Ministerio de Cultura (2019).
Aunque también es cierto que escritores como Faulkner, Hemingway, Dos Passos, Salinger o Dostoievski son dignos de envidia porque aceptaron sin condiciones que su arte es el sentido de la existencia, lo cual parece un asunto menor, pero ¿cómo conciliar las tensiones de la vida tangible y los azares de la materialidad con las necesidades espirituales e intelectuales? Estas palabras me dicen que Alberto Rodríguez también hizo suya esa pregunta: “Cuando estaba en los sindicatos yo no podía escribir, porque me parecía un poco pecaminoso, había tantas cosas crudas en la realidad social que no podía sentarme a escribir cuando pensaba que podía hacer algo para cambiar las cosas”. Pero escribir también es una manera de transformar la vida.
En ese mismo sentido, lo que en la frase anterior a lo mejor suene a un reproche para sí mismo, termina convirtiéndose en una ventaja, porque el tiempo que pasó envidiando a esos escritores le permitió llenarse de la vida, ya que “siento que la vida lo provee todo, la vida es inmensamente rica”. Y es en esa relación única e irrepetible con la vida, a la manera de Rubem Fonseca, que los escritores tardíos consiguen construir un arte profundo, reflexivo y atrapante que nos lleva a muchos pensar: yo también quiero lograr algo como esto.
Al final, me parece, tras las palabras de Alberto Rodríguez se cifra la consciencia de que se puede vivir sin leer, sin envidiar y sin escribir, pero eso no es vida.
Con ustedes, Alberto Rodríguez.












