Decir que Brooklyn Follies no es una novela reveladora de la sociedad americana, es un fallo condenatorio. La voz poco ostentosa de quien relata la historia, es la de Nathan Glass, el personaje central, agente de seguros, jubilado con una jugosa suma mensual. Esa voz poco perturbadora tiene en la primera frase un tono pesimista, posee el poder de crear en el lector la desesperanza y la no posible redención -Estoy buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn-. El desaliento que irrumpe en este primer renglón, es el motor que pone en marcha las trescientas diez páginas de la narración, es la voz de alguien resignado, un ser anónimo que padeció tres décadas de matrimonio, el trabajo, el divorcio, y con resignación los rigores del cáncer.
Los primeros capítulos traslucen el pesimismo de quien presiente el fin de sus días y nos entrega su visión despiadada de Brooklyn, el barrio donde pasó la infancia. Es la derrotada visión del desahuciado, pero en la continuidad del relato, renglón tras renglón, sucede algo insólito, salimos de la tristeza y la pesadumbre, y en adelante el tono de muerte que parece ser el inevitable tono de la tragedia, se va tornando divertido, cambia de género, y se precipita a la comedia. El pesimista Nathan dialoga con los personajes de la multitud de esa nerviosa ciudad que es Nueva York, entra en las tribulaciones del barrio, propone soluciones a los problemas de sus conocidos y de sus familiares, le alcanza el tiempo para volver a conocer el amor; recuperar la salud, y todo porque lo redime el proyecto de escribir un libro al que titula “El libro del desvarío humano” que no es otro que Brooklyn Follies, el libro que el lector tiene en sus manos.
Paul Auster era un hijo dilecto de Nueva York, de esas calles, de esos bares, de sus librerías y restaurantes. Heredero de una de las especialidades de las letras norteamericanas: La soledad. No en vano uno de sus mejores relatos se titula –La invención de la soledad-. En las páginas de su ya extensa obra se siente la ruina existencial de Bartleby, el anacrónico personaje de Melville. Cuando lo leemos sentimos al eterno caminante de los barrios, percibimos al hombre de las multitudes de Poe. Auster, como lo fue Baudelaire en Paris, era el flaneur de una vasta ciudad creada en la literatura por Henry James y Truman Capote, y nacido de la profunda tradición de las letras americanas. La sutilidad de su prosa entra a veces en la metafísica y sus sentencias quieren expresar que, pese a la gran carga fatídica influjo de la adversidad, la felicidad puede encontrase. En ese momento pensamos que en su obra existe un arraigo del idealismo optimista y profético que sus antepasados Emerson y Thoreau conceptualizaron, a la vez que aceptamos el influjo del realismo moral y el sentido crítico y profético de Hawthorne y Melville; los dos elementos donde se encuentra asentado el espíritu americano.
En una entrevista Paul Auster declaró --Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente; “si te sientes realmente feliz debes de escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia” Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando la alegría de la vida -.
En esta novela todo suceso de la dramatización tiene un antecedente. Está construida bajo el principio de la causalidad. Sus historias desembocan en otras historias, los personajes que han fracasado en el amor encuentran el amor, los torpes negociantes encuentran algo de qué vivir. Son personajes que, a despecho del mundo moderno, están dispuestos a seguir la vida en busca de la redención. Ahí se nos presenta el feliz amor entre dos mujeres divorciadas de sus maridos, la niña genio maltratada por las equivocaciones de sus padres, el drogadicto redimido por el oficio del pastor cristiano, pero que postula mediante la moral un mundo perverso y morboso, la hija desatinada, el engaño de los villanos, el sobrino solitario que al final encuentra el amor en una gorda.
A las novelas de Auster les gusta la evocación y el recuerdo, de ahí radican tres virtudes y perfecciones denotadas en Brooklyn Follies. La primera es la eficaz concatenación de los hechos, ese elemento que los alemanes vieron en la tragedia del periodo ático, la influencia del obrar de los personajes en el destino de los otros. El segundo es la naturaleza nada esquemática del personaje central, un personaje que no se excede en benéficos rasgos humanos. La tercera, es imponer mediante la voz, la creación personal del creador, del artista y del hombre de letras, ya postulado por Poe como base a la autonomía del arte.
He escuchado la voz de Auster en distintas grabaciones, dando lecturas y entrevistas. Su inglés como la del poeta Carl Sandburg, se parece a su voz, es el idioma expresivo de las calles americanas, un inglés alejado del barroquismo y de la vanidad académica, pero más eficaz, nacido de la angustia, la tristeza, también de la alegría y la ilusión; tal vez cercano a la sinceridad, sin torpezas, renovado a diario por los oficios y por la cotidianidad de la gente. No está por demás agregar, que en ese inglés está la salud y el porvenir de la literatura del orbe.
Por: Edgard Collazos Córdoba.












