No sé con certeza cuándo visitó a Cali el poeta Evgueni Evtushenco. Creo que fue a mediados del año 1968. Llegó primero a Bogotá por los días cuando se estaba fundando la Casa de la Cultura que luego sería el Teatro la Candelaria.
Luego visitó Cali. Recuerdo la expectativa de mi padre y mi tío por conseguir las boletas para poder entrar al Teatro Municipal donde sería presentado por el poeta nadaísta Gonzalo Arango. Las boletas estaban agotadas y fue el Monje Loco (así llamaban al poeta Elmo Valencia) quien le consiguió a mi tío, militante del partido comunista, tres boletas en platea. Yo, con escasos nueve o diez años, andaba turuleto por los pasillos de la antigua casa del barrio el Peñón, siguiendo las conversaciones a ver qué pescaba sobre ese acotamiento. Todo era nuevo para mí. Pasaba las noches pensando en el Monje Loco, no podía imaginarme su locura, su sotana, el cíngulo y su cilicio, tampoco a un nadaísta y mucho menos a un poeta. Tanta expectativa e interés me vio mi tío, que convenció a mi padre para que me llevara a ver a Evtushenco y así aprovechar la tercer boleta que el Monje les había conseguido.

El público de Cali llenó el Teatro, la gente acudió masivamente a la cita para ver a Evtushenco, el poeta soviético, nacido en Siberia. Yo estaba tan confundido con el frenesí de un público que escuchaba, aplaudía y entendía de poesía, que en todo el recital pensé que Gonzalo Arango, con su cabellera negra y larga, el tono de su voz diáfana y pausada, era Evtushenco. De mi equivocación me enteré meses después, cuando investigué quienes eran los nadaístas.
Desde esa época, nunca he dejado de creer y sentir que Cali tiene público para los eventos de la cultura. Me he negado a dejarme convencer que solamente nos congrega la salsa. Lo demuestra la masiva asistencia al Festival de Ballet que cada año organiza la maestra Gloria Castro, y los centenares de “cinefiliticos” (el término fue acuñado por Andrés Caicedo) que acuden al Festival de cine y a las salas de teatro de la ciudad.
Desde la visita del poeta siberiano, he visto una fiel asistencia a las conferencias de los escritores que han visitado a Cali. León De Greif llenó el Teatro Municipal como lo llena cualquier grupo musical; Vargas Llosa agradeció al público caleño por la asistencia. En el Congreso de literatura organizado por Álvarez Gardeazabal en los años setenta, tanto como la asistencia de los escritores, fue masiva la acogida de los caleños cultos. El programa Los dialogantes, de los años setenta, donde intervenían para hablar de literatura la poeta Carmiña Navia, el poeta Alvarado Tenorio y el novelista Gustavo Álvarez, era sintonizado por una amplia audiencia congregada por el interés de las letras.
Quién de los pertenecientes a mi generación podrá olvidar las veces que Jorge Luis Borges llegaba a Cali y había que llegar temprano para no escuchar de pie.
Que existe un fervor por la literatura en Cali lo demuestran los distintos cenáculos literarios y los talleres de escritura que se dictan en diferentes lugares. Y es que Cali ha constituido un selecto público que lee, se informa sobre las novedades editoriales, conoce a los escritores, dialoga sobre sus ideas. Los he visto llegar a las conferencias que dictan las personas de letras cuando visitan la ciudad. En la pasada Feria del Libro daba gusto ver a las nuevas generaciones asistir y disfrutar de los lanzamientos de las novelas y de las conferencias. Este mes, en el lanzamiento de El papagayo tocaba violín, la última novela del escritor tulueño Álvarez Gardeazabal en la Biblioteca Departamental, se agotaron las sillas y el 20 de agosto, en el lanzamiento de: No llegó el cambio y hacia atrás asustan del escritor William Ospina, el mismo público se presentó ávido por escuchar y celebrar la hazaña de un nuevo libro escrito y presentado en el ámbito literario de Cali.
Por Edgard Collazos Córdoba
Profesor de la Escuela de Estudios Literarios












