Sobre las curtidas tablas del Teatro Bolshoi puso en escena ‘Guerra y paz’ de Serguéi Prokofiev. A Macedonia, su tierra natal, llevó a ‘El idiota’ de Dostoievski y a Nikolái Gogol con las ‘Memorias de un loco’. Docente del Instituto GITIS de Moscú, el dramaturgo Ivan Popovski también ha dirigido óperas de Verdi, Tchaikovsky, Leoncavallo, Mussorgsky, Puccini y Korsakov en sólidos escenarios como el teatro ‘Ópera de Lille’ en Francia o el ‘Galina Vishnevskaya Opera Center’ de Moscú.
Docente invitado a la maestría en ‘Creación y Dirección Escénica’ de la Facultad de Artes Integradas, el maestro Popovski ofreció el conversatorio 'Del aula académica al teatro profesional' donde tuvo la oportunidad de compartir, ante un nutrido auditorio, las lecciones que aprendió siendo estudiante de Pyotr Fomenko, afamado pedagogo de teatro quien además es considerado como uno de los más importantes dramaturgos rusos.
A continuación se recogen tres de las profundas lecciones que el maestro impartió a lo largo de la charla:
El objetivo: conmover al ruín, sacudir al pusilánime, inquietar al alienado. El teatro opera como un dispositivo que propicia la reflexión, apunta Popovski. Sin embargo, la reflexión no se desarrolla plenamente si la pieza no transmite, y para transmitir, el teatro profundiza, explora y trabaja con la intimidad del universo humano.
En opinión del maestro macedonio, existen apuestas teatrales que centran su atención y esfuerzo en aspectos ‘espectaculares’ del montaje; artificios plásticos que maravillan al espectador por un par de minutos pero que no dialogan con nada, con nadie. Un teatro así, señala Ivan, envuelto en una cáscara maravillosa pero vacía, funciona, como el espectáculo que es, en el momento de la función; sin embargo, fuera de la sala no alcanza a tocar al otro, a quedarse con él, a acompañarlo de camino a casa y arrebatarle el sueño por unas cuantas de noches.
Ante este vacío plagado de silencio que distancia al espectador no solo de la obra, si no también del teatro, Popovski aconseja a los jóvenes dramaturgos no huir de los complejos retos que propone el ejercicio reflexivo e inmersivo de una obra. Lo esencial, según reflexiona el maestro, radica en penetrar en la pieza para exponer al autor; en emprender una búsqueda sincera para leer, oír, sentir y dejarse inundar por el aspecto humano que habita entre las líneas, dormido en el papel.
Apropiación: llenar el vacío; extinguir el miedo. Solo al dejarse inundar de la naturaleza humana presente en la obra, el actor empieza a habitar con comodidad el escenario. Y es que al desconocer los impulsos interiores que constituyen a su personaje, el intérprete sólo consigue otorgarle espacio al miedo, verdugo inclemente sobre las tablas.
La comprensión del texto (más allá de sus márgenes) posibilita la empatía, la conexión con ese mundo ajeno al cual se quiere acceder, por esta razón, cuando la interpretación flaquea debido al desconocimiento, resultado de la falta de exploración, el artista se ve abocado a fingir, que no a actuar. “El miedo habrá acaparado el escenario”, sentencia Ivan Popovski, “llenando el espacio de un silencio estruendoso” y perdiendo así la esquiva posibilidad de conectar íntimamente con el espectador.
Por otro lado, continúa explicando el maestro, cuando el intérprete explora y cuestiona a su personaje con intenciones definidas, este habitará con mayor comodidad bajo sus carnes, puesto que sabe lo que desea obtener de él, más allá del mundo que ha sido consignado en el texto.
En formación: La crítica al artista, como el cincel al mármol. Pyotr Naumovich Fomenko es considerado como uno de los mejores pedagogos rusos de teatro. Su escuela, el ‘Pyotr Fomenko Workshop Theater’ acogió durante los años noventa a un joven Ivan Popovski, quien a su vez compartía aulas de clase con, los igualmente jóvenes, Ma Zhenghon y Everett Dixon, hoy docentes del Departamento de Artes Escénicas de la Universidad del Valle.
Según lo plantea Popovski, durante los talleres impartidos por el maestro Fomenko siempre existía espacio para la crítica cruda y honesta. A través de fuertes, por no decir contundentes llamados de atención, Fomenko pretendía deshacerse del lastre que impedía a los dramaturgos desarrollar sintonía con sus personajes.
El éxito de este método, reflexiona Popovski, radicaba en que Fomenko nunca adoptó una posición de sabio-erudito ante sus estudiantes; sus explosivas reacciones no estaban mediadas por un ejercicio de poder entre un ‘conocedor absoluto y un ignorante sometido’, con su ya legendaria severidad, más que ridiculizar o diezmar al actor, pretendía brindar herramientas a partir de la cuales los intérpretes pudieran mejorar su desempeño actoral.
Sin embargo, sentencia Ivan, la crítica en formación actoral, además de ser honesta y severa, debe ser asertiva, clara y constructiva. “Como cuando el maestro escultor recibe un bloque de mármol en su taller. Con cada golpe de cincel no pretende fracturar la roca, busca, con cada martillazo, desnudar la piedra quitando lo que no sirve, dejando tan solo la obra de arte”.












