Por Edgard Collazos Córdoba
Es verdad que la literatura se construye sobre ruinas, ya sean escombros de la realidad o del recuerdo, alterado este por el transitar del ser en el tiempo. Es por eso que uno de los elementos que erosiona la racionalidad del lector es la evocación, provocando, no solo una experiencia personal, (no otra cosa es la lectura) también compromete al lector en la creación de ese mundo paralelo a la realidad, que está imaginando en cada página. Agreguemos que el escritor crea la novela y la novela crea al lector.
La evocación que produce nuestra literatura, creada por escritores de diversas generaciones y distintas procedencias, es variada, y aunque tiene como común denominador la historia de nuestra región, y hechos acaecidos en el vasto territorio del Valle Geográfico del Rio Cauca, desde las crónicas de Pedro Cieza de León hasta los escritos de cuentistas, cronistas y novelistas del siglo XXI, su infancia es la misma, procede del romanticismo de Isaacs, que a su vez, tuvo como influencia el romanticismo francés, aunque ciertas traducciones que hizo de los poemas de Lord Byron me sugieren que conocía mejor la poesía inglesa.
Así que, cuando nos acercamos a la literatura escrita en el Vale del Cauca; “un cúmulo de obras que nos acechan en silencio desde los anaqueles de las bibliotecas” o yacen en la memoria de los lectores, es inevitable omitir la evocación que esas narraciones han generado en los lectores, sobre todo en los escritores que han salido de la Universidad del Valle.
Si hacemos una selección de dichos escritores, estimando que toda selección es un hecho injusto, podríamos conjeturar que desde las intrincadas creaciones sobre el poder y la violencia de Álvarez Gardeazabal; las novelas históricas de Fernando Cruz Kronfly; la cuentística formidable de Harold Kremer; los mundos imaginarios de Fabio Martínez; los exquisitos relatos de Hernán Toro; las imaginaciones desbordadas de Marco Tulio Aguilera Garramuño; la fina poética de Carmiña Navia; los poemas de Alvarado Tenorio, pasando por escritores más jóvenes como Oscar Osorio y Alejandro López; William Ospina y Andrés Caicedo, que aunque no eran univallunos, su actividad estuvo ligada a los sucesos que partían de la actividad literaria de la Universidad del Valle, se puede concluir que dicha literatura ha creado la región, así como Balzac, Proust y Mallarme crearon ese Paris imaginario de la literatura.
Estos escritores tienen como elemento destacado la rigurosidad que ofrecen los elementos literarios creacionales, o artificios que se desprenden de la trama, como los llamaba Borges. La precisión quirúrgica de estos escritores deviene del estudio, del transitar por el conocimiento académico, a sabiendas de que no son propiedad de ningún escritor, pertenecen a la historia de la literatura, los encontramos indistintamente en Ana Karenina, en La Montaña Mágica, en Cien Años de Soledad , en todos los clásicos, tienen la utilidad y el efecto evocativo que cada escritor quiere obtener, a sabiendas que en la literatura no hay leyes porque aquello que es benéfico para una novela puede no ser tan bueno para otra.
Llegará el día en que alguien se ocupe de la dispendiosa labor de estudiar esos elementos en las novelas, cuentos y crónicas. Sé que esa loable labor le ocupará una buena parte de su vida, pero, por ahora, glorifiquemos los espacios literarios que la Universidad del Valle ha generado en sus ochenta años de existencia y conozcamos ese Valle del Cauca, ese Cali imaginario creado por las ruinas del recuerdo y de la realidad, erigida desde la imaginación de sus escritores.












