Hacia 1897, en Praga, un joven de quince años, aficionado a las lecturas de novelas de aventuras y a libros de viajes, todos los días después de la cena, subía los escalones que llevaban al segundo piso de su casa, se encerraba en su cuarto y sentado frente a su escritorio, escribía con rigor, bajo la tenue luz de la bombilla.
Durante veinticinco años nada ni nadie le pudo impedir que cumpliera con ese sagrado ritual. Ni siquiera la furiosa tuberculosis que le diagnosticaron en 1917 tuvo la fuerza para derrotar su das Schreiben, expresión alemana que en castellano quiere decir pasión por la escritura; una energía interior que lo arrastraba a la creación literaria.
Praga era por esos días una suntuosa ciudad, tal vez la más importante del imperio austrohúngaro. Sus ciudadanos hablaban alemán, el idioma oficial de la monarquía de los Habsburgo. La ciudad es ahora la importante capital de la República Checa, y se desarrolla como Estado independiente de Europa.
Hoy en día ya no se habla en el idioma en que escribió Kafka. En la época en que le tocó vivir, los judíos estaban germanizados y él era un judío raro entre la judería porque, más allá de la vocación literaria o la pulsión de la literatura, la escritura era un fatum inseparable de su vida. Es fama que creció diciendo: No soy más que literatura. Se cuenta que, en una carta le confesó a su amigo, el escritor Oskar Pollak, que: Dios no quiere que escriba, pero debo hacerlo. Se refería a los obstáculos que la misma vida le oponía a su actividad creadora, entre ellos: una familia nada comprensiva; la esclavitud ejercida por un fastidioso trabajo que poco le agradaba, pues trabajaba como abogado de dos compañías de seguros; una salud frágil y un matrimonio postergado con Felice Bauer.
Aun así, su das Schreiben lo animó a la desobediencia y desafiando al deseo de Dios y de todos los obstáculos, la escritura se impuso al igual que la respiración en el cuerpo, obligándolo a decir: Cuando mi organismo se enteró de que el escribir era el enfoque más provechoso de mi ser, mis esfuerzos tendieron hacia esa meta y abandonaron todas las facultades relativas a los placeres del sexo, de la comida, de la bebida, de la reflexión filosófica y de la música.
Vivió siempre en Praga y muy pocas veces en sanatorios del Tirol, de los Cárpatos y en ocasiones en Erzgebirge, donde se internaba víctima de la tuberculosis.
Pese a sus exiguas fuerzas, por veinticinco años cumplió con el ritual de subir cada noche las escaleras y sentarse bajo la luz de la lámpara, donde se aplicaba a la escritura como ningún otro escritor lo haya hecho. De esa febril actividad nacieron novelas, cuentos y relatos cortos, aunque solo, entre 1912 y 1924, se publicaron siete.
Muy joven, empezó a publicar sus cortos escritos en revistas literarias editadas en Alemania los primeros años del siglo XX. Su primer libro publicado, Contemplación, vio la luz en 1912, los demás son póstumos y de género narrativo. Luego la obra fue ignorada hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la atención de escritores e intelectuales fijaron su interés en esas páginas tan diferentes y de extraña complejidad, tal vez intrigados por la creación de esos mundos sin nombres inmersos en descripciones realistas, o como en ese momento apuntó Heinrich Kleist: Claro y nítido es todo en el sueño.
Tan profundo fue el impacto de esos sueños, que Robert Musil comparó Contemplación con las Historias del escritor suizo Robert Walser, uno de los maestros de Kafka y además personaje kafkiano, que pasó 23 años recluido en un psiquiátrico y a la pregunta de si había escrito algún relato, respondía: yo aquí no he venido a escribir, sino a volverme loco.
La literatura de Walser deparó momentos de felicidad en el joven Kafka, cuando leía en voz alta Jacob Von Gunter, la inmortal novela de Walser, paseándose con sus amigos y riendo a carcajadas. Bajo esa influencia, Robert Musil se atrevió a definir el estilo de las oraciones de su prosa, como algo similar a la concienzuda melancolía conque el patinador sobre el hielo va dibujando sus largas curvas y figuras.
También se dice que era consciente de su prematura muerte y de su escaso vigor y que, buscando reunir todas sus fuerzas para destinarlas a la escritura, no hablaba. Tan conocedor era de su precaria salud, que una tarde le confesó a Felice Bauer: soy callado no solo por necesidad, también por convicción, solo escribir es la forma apropiada de mi persona.
Es imposible que el escritor de una de las obras más elaboradas de la literatura no encontrara un sentido crítico sobre la tradición europea, por el motivo de que toda creación marca una independencia con el orden anterior. Eso lo situó lejos de Balzac, de Stendal, de Flaubert e incluso del mismo Tolstoi. Kafka también disentía de la actualidad literaria alemana. Desconfiaba de las prosas ampulosas y de las largas narraciones. Aborrecía las obras extensas, afirmaba que: la vida es demasiado corta para la forma literaria larga; demasiado fugaz para que el escritor pueda entretenerse en descripciones, y comentarios; demasiado psicópata para hacer con ella psicología
Entre su círculo de escritores, donde estaban Robert Walser, Alfred Polgar y Oskar Pollak, hizo énfasis en que la época cuando él empezó a escribir fue una época desafortunada para él por la confianza que se le daba a la prosa ampulosa. No se sabe si se refería a la primera novela de Thomas Mann, Los Budenbrook, publicada cuando Kafka había cumplido dieciocho años. Fue así como su generación se apartó de una tradición esplendorosa que, al igual a la cultura europea, ya presentaba fisuras, y así fue como rechazaron la novela realista del siglo XIX trazando otro camino proclive al minimalismo.
En la obra de Kafka se siente no solo la soledad y el desarraigo del escritor; el absurdo; la constante tiranía sin rostro y también el descreimiento de una sociedad que presentía el fracaso de sus valores y el advenimiento de la catástrofe de la Primera Guerra Mundial.
Después de su muerte los exegetas y algunos críticos quisieron sacar provecho familiarizando su obra como producto de un escritor alegorista de temas religiosos; los existencialistas adoptaron sus escritos como parte del drama existencial del ser y otros, quizás los más acertados, estudian sus obras como el producto de un escritor dotado de una imaginación desmesurada unida a una capacidad narrativa nacida de sus conflictos.
Acaso la curiosa interpretación de Borges nos brinda una versión filosófica de sus temas, cuando en una de sus Biografías Sintéticas, escrita en octubre de 1937 y publicada en Textos cautivos, pensó que las novelas de Kafka, sobre todo El proceso y El castillo, gozan de un mecanismo similar a las paradojas de Zenón de Elea.
En El proceso, el acusado no logra enterarse del delito cometido, ni enfrentarse con el tribunal invisible que lo juzga y que termina por hacerlo degollar. El castillo narra la historia de un agrimensor llamado a un catillo al que no logra penetrar y muere sin ser reconocido por el gobierno. A Borges le abrumaba la idea de cómo en ambas novelas haya ausencia de capítulos intermedios, algo similar a la paradoja de Zenón, donde faltan los puntos infinitos que deben recorrer Aquiles y la tortuga.
Ardido por la tuberculosis, le escribió a su amigo Max Brod: Querido Max: Mi última petición. Todo lo que se encuentre de mis escritos cuando yo muera (dentro de cajas de libros, en los armarios roperos, en mi mesa de trabajo, en casa o en la oficina, o en cualquier otro lugar del que tengas noticia o que se te ocurra), es decir, diarios, manuscritos, cartas –mías y de los demás-, todo lo dibujado, etcétera, incluso todo lo escrito y dibujado que tú poseas, u otros a quienes deberás pedírselo en mi nombre, debe ser quemado de forma inmediata, sin ser leído. Aquellos que posean cartas que no deseen entregar deben por lo menos obligarse a quemarlas ellos mismos.
No tuvo la certeza de que su obra marcaría el porvenir de la literatura; que la palabra kafkiano detonaría en el orbe entero de los estudios sociales, filosóficos y literarios; que su desbordada imaginación señalaría el rumbo de las tendencias creacionales de millones de alucinados en distintas partes del planeta.
A nosotros quizás nos consuele saber, que aquel joven de quince años que después de la cena subía las escaleras de su casa para llegar al cuarto y escribir las pesadillas más realistas de la fantasía universal, un día de 1919 se trasladó a Berlín y que en el aciago verano de 1924 murió en un sanatorio cercano a Viena, y que por los días cuando se llevó a cabo el bloqueo de los aliados, la sinceridad de su arte lo sentó en el panteón de los grandes escritores, al lado de Dante, Cervantes y Shakespeare.
Por Edgard Collazos Córdoba












