Arte y Cultura

La biblioteca es lo contrario al narcisismo enfermizo de las redes: Mario Mendoza

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Martes, 07 Enero 2025
Agencia de Noticias Univalle

Luego de varios años alejado del terreno de la ficción, Mario Mendoza vuelve a las librerías del país con Los vagabundos de Dios, un libro que retoma algunas de las reflexiones de este autor que surgieron como parte del estallido social y de la pandemia.
Aprovechando su paso por la Feria Internacional del Libro de Cali, la Agencia de Noticias Univalle habló con este autor colombiano.

Agencia de noticias Univalle: Quisiera que empezáramos este diálogo hablando del detonante que lleva a que después de seis años de estar alejado de la ficción, usted se decida a regresar a este espacio de la literatura.

Mario Mendoza: Estuve cerca de diez años con un personaje de novela policíaca, Frank Molina, un detective y periodista que está detrás de ciertos casos. Cuando se acabó ese ciclo de cuatro novelas, con Akelarre, cerré bastante mal. Sentí que a Frank le estaban ocurriendo cosas para las cuales yo no estaba preparado. La gente cree que un escritor controla todo, que es como un titiritero que tiene los hilos y eso no funciona de ese modo. Los que honramos el oficio sabemos que los personajes llevan vidas propias, independientes, que hacen y dicen cosas que nos sorprenden, que para las cuales no estamos preparados. Es famosa la escena de García Márquez saliendo de su estudio, sentado en una escalera, llorando, y Mercedes, su esposa, le pregunta ¿Estás bien? Y él dice “No, no, se me acaba de morir el coronel Aureliano Buendía en el estudio, allá arriba”. Y es así como ocurre una novela.
Entonces Akelarre me dejó bastante mal, fue una puesta en el abismo para la cual no estaba preparado. Freno varios años y me paso a trabajar novela gráfica y cómic en donde me siento muy cómodo. Hasta que de un momento a otro llegan el 21N. Llega la pandemia también, que fue terrible para mí y empiezo a cruzar un país en guerra. Empiezo a darme cuenta que las nuevas generaciones están en la calle. Cali fue protagonista dura de esa situación y yo estoy relativamente cerca de algunos de los muchachos que están en esa confrontación. Los llamé a ellos una y otra vez a que no se trataba de ser fuerte en la calle, se trataba de ser fuerte en las urnas. Una posición como la mía es muy extraña y muy difícil de entender en este momento en el país.
Los bandos en conflicto se parecen cada vez más y cuando uno se opone a algo, corre un riesgo y es convertirse en lo que más detesta. Termina uno pareciéndose a lo que está combatiendo. La violencia, tanto en Colombia como en América Latina, ha tenido muchas justificaciones, ideologías, argumentos, pero al final no deja de ser violencia.
Uno no puede pensar de esa manera. He tenido que aprender a debatir y a dudar también de mis propias opiniones. Dudar y aceptar la vulnerabilidad, la fragilidad del pensamiento, es algo muy sano para una democracia. Pero no estamos con gente de ese estilo, estamos con gente que está convencida de poseer la verdad y que está radicalizada. Son los nuevos fundamentalistas de la violencia, bien sea del bando que se encuentren, pero ellos están absolutamente convencidos de que hay que exterminar al bando contrario.
Los vagabundos de Dios es una novela en donde un escritor tiene que cruzar ese país, tiene que navegar por esas aguas llamando una y otra vez a la idea de la no violencia.

Y ese desencanto que usted encontró se ve reflejado en este libro, que es también es un libro muy personal, porque usted venía de libros como Bitácora del naufragio y Leer es resistir, que le permiten tocar estos temas ¿Cómo fue el abordaje de ya desde la orilla de la ficción?

Es algo muy raro y extraño, porque hay unas fuerzas estatales y en la medida en que la guerra se va degradando, esas fuerzas estatales (ejército, policía, Ministerio de Defensa) terminan siendo grandes violadores sistemáticos de derechos humanos. Tenemos fuerzas parapoliciales, fuerzas paraestatales, que están al mando de grandes oligarquías dominantes, que no quieren perder el control de un país y se mueven en la sombra. Tenemos cárteles de la droga. Tenemos también el ideal del guerrero, desde una perspectiva muy romántica, con la Revolución Cubana y los movimientos de emancipación latinoamericanos, del lado del comunismo, del socialismo, la Revolución. Pero resulta que esa gente terminó secuestrando cinco, ocho años en la mitad de la selva. Qué es eso, qué es ese disparate.
Me voy a lo más débil y frágil que son la discusión y los argumentos, la democracia participativa. No creo en ninguno de esos bandos. A mí no me interesa la izquierda armada, a mí no me interesan las fuerzas parapoliciales, no me interesa parecerme a ningún narco y a ningún lugarteniente del narcotráfico. No quiero parecerme a ninguno de los violadores sistemáticos de los derechos humanos de este país. A mí me interesa la derecha con la que yo pueda discutir. Me interesa la izquierda ilustrada, con la que podamos debatir, discutir, argumentar y contraargumentar. Creo que esta fuerza que emerge de la civilidad en Colombia es una fuerza política muy interesante. Y aunque somos pocos, no somos populares.

En este caso de la literatura se puede decir que funciona para usted como ejercicio como para explorar las profundidades del alma humana.

Creo que la literatura tiene caminos misteriosos, extraños y sumamente reveladores. Es imposible pasarse una vida entera cuerdo. De la misma manera que es imposible no enfermarse físicamente. Eso es imposible. Tarde o temprano me voy a enfermar. Con la mente pasa lo mismo. La mente en algún momento me va a jugar malas pasadas, me va a dar paranoia o depresión. Voy a hundirme de mala manera. La gente que dice quererme me va a herir y yo me voy a destruir. Me van a calumniar, abandonar o dejar. Entonces hay mil puertas por las cuales ingresaré a los infiernos. Y creo que la literatura es un camino que nos refleja esas rutas oscuras y difíciles, las zonas de sombra como yo las llamo. Creo que Los vagabundos de Dios también es una novela que podría entenderse como un largo y gigantesco descenso a los infiernos en medio de la guerra, que es lo que hemos tenido en Colombia.

En el primer capítulo del libro el protagonista se pregunta por el sentido de la literatura en un mundo déspota y avaro ¿Usted como autor que le respondería a su personaje?

Las redes sociales son un momento en el cual todos están enamorados de sí mismos. La red lo que te enseña es eso. Selfie, selfie, selfie. Yo aquí en la playa, yo aquí en el restaurante, yo, yo, yo. El pronombre personal de la primera persona del singular. Las redes sociales no hacen un viaje hacia el nosotros. Es el largo camino de un yo centrípeto que gira y gira siempre en torno a sí mismo.
Cuando entras a internet y buscas cualquier noticia, el buscador te perfila y empieza a arrojarte más cosas en esa línea. Te va alimentando hasta que radicaliza. Cada vez te pareces más a ti mismo, cada vez estás más seguro de tus posiciones, estás convencido de que tienes la razón. Los programas te han alimentado durante meses y años y te han enviado artículos. Buena parte de lo que has recibido son fake news, pero no importa. Tú las consumes, convencido de que es así, hasta que al final eres un yo enorme, gigante, alimentado por esa burbuja informativa. Los bandos en conflicto están cada vez más alimentados por unas burbujas que los vienen destruyendo poco a poco, de manera muy certera.
La literatura es lo contrario. La literatura es salir a lo diferente. La única posibilidad en la red que tú tienes de aprender es buscar cosas contradictorias, ir a las orillas opuestas y leer. Si tú eres un tipo de izquierda, tienes que leer con juicio a los columnistas de derecha para poder argumentar de manera muy certera contra ellos. Si eres un columnista de derecha, tienes que leer a los de izquierda, centro, a los que se encuentran en orillas casi marginales. Pero si tú siempre estás buscando en tu misma línea, nunca aprendes. Cada vez te pareces más a ese yo que empezó chiquito y que se fue alimentando.
La biblioteca es lo contrario al narcisismo enfermizo de las redes. La biblioteca siempre te propone personas y sujetos que no son como tú, que no se parecen a ti, que piensan distinto. Creo que la biblioteca es un enorme camino con una cantidad de gente que no piensa como yo, que no se parecen a mí, que no tienen mis ideas, mi religión, mi estatus social, nada. Por eso leer es tan enriquecedor, tan importante.

Y es un ejercicio, además para dejar de ver en el otro un adversario, sino más bien en alguien con el cual yo puedo aprender y construir sociedad.

Exactamente. A mí me interesa la gente que no piensa como yo. Siempre he sentido una enorme curiosidad por las personas que creen en cosas en las que no creeré nunca, pero que me fascinan. He repetido muchas veces que soy un agnóstico al que le fascinan las religiones. Yo no puedo orar y creer en un ser superior, pero cuando he estado en una clínica a altas horas de la noche y escucho en la cama de al lado a alguien orar con una fe tremenda, siento una envidia increíble. No me siento superior a esa persona, me siento infinitamente inferior, siento que esa persona tiene una fuerza que de pronto lo va a hacer mejorar, tiene compañía en la mitad de la oscuridad, de esa noche en ese hospital y yo no. Siento mucha envidia de los que no son como yo y no piensan como yo. Y me parece que esa es la democracia. La democracia es estar con personas que piensan distinto y tener curiosidad por esas opiniones. Ojalá en Colombia lográramos llegar a ese punto de respetar al otro una y otra vez, piense lo que piense y esté en la orilla que esté.

Y es esa la invitación para, precisamente, acercarse a Los vagabundos de Dios.

Yo invitaría a reflexionar sobre ese momento que hemos vivido hace poco en la pandemia, cuando frenamos en todo el país y en el mundo entero. Estaba el planeta entero encerrado, en cuarentena. Vimos salir a las otras especies. Fue un momento increíble, en que hubiéramos podido parar y pensar de otro modo, revisarnos y no lo hicimos. No fuimos capaces. Ese narciso occidental tan ególatra, pedante, arrogante, engreído, no fue capaz de revisarse. No hicimos un examen de conciencia y las consecuencias las estamos viendo. Estamos destruyendo el planeta entero, ya hay cambio climático, no hay marcha atrás, Naciones Unidas ya nos advirtió, pasamos el punto de no retorno, lo que viene va a ser terrible. Los vagabundos de Dios es ese momento de tránsito en donde un autor enciende la alarma y anuncia lo que viene.

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