Arte y Cultura

La metamorfosis del bandolerismo colombiano

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Martes, 02 Junio 2026
Agencia de Noticias Univalle

En Colombia, la violencia posee la inquietante capacidad de mudar de piel sin cambiar de esencia. A través de una rigurosa mirada a la memoria histórica, el profesor Luis Castillo de la Universidad del Valle demuestra que el bandolerismo no es una postal del pasado, sino un fenómeno vivo.

Cuando Luis Carlos Castillo era apenas un niño, su madre le contó la historia de un perverso bandido que, escondido entre las montañas de Girardot, asesinaba con sevicia a los hombres y les efectuaba el famoso corte de corbata. Su nombre era Sangrenegra. En ese momento, solo la mención de ese nombre fue necesaria para producir inquietud en su tierna mente con tanta fuerza que el criminal quedó grabado en su cabeza con tinta indeleble.

Ahora, sociólogo de la Universidad del Valle y doctor en Estudios Iberoamericanos de la Universidad Complutense de Madrid, el profesor Castillo se ha encargado de analizar la figura del bandolero, fundamental en la historia de la violencia colombiana del siglo XX dentro de su libro El Bandolerismo en Colombia, presentado en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Su investigación muestra que la violencia no es el eco de un tiempo pasado, sino que se inmiscuye en el paisaje serpenteando con sigilo en las zonas donde el Estado tiene poco alcance, donde las disidencias se ocultan en medio de los matorrales, donde las áreas limítrofes permiten evadir a la fuerza pública. Como una serpiente que se oculta entre el follaje, la violencia sigue activa en Colombia, pero ya no opera de la misma manera.


Tipología del bandolero

Aunque el fenómeno del bandolerismo ha sido estudiado extensamente, El Bandolerismo en Colombia surge como un nuevo examen que incorpora el archivo personal de Germán Guzmán Campos. Este sacerdote y sociólogo, movido por la cercanía con el conflicto armado, se dedicó a documentarlo hasta convertirse en un pionero en los estudios sobre La Violencia. Siendo así, su investigación constituye el acervo documental más importante en la materia que, tras el exilio y posterior fallecimiento del sacerdote en México, fue repatriado por la Universidad del Valle. Al integrar este material inédito, el análisis presentado se erige como el primero de su clase.

Al sumergirse en estos archivos, el profesor Castillo tropezó con un hallazgo sinigual: una carta firmada por Jacinto Cruz Usma, el mítico bandido que habitaba sus memorias de infancia bajo el alias de "Sangrenegra". En el documento, el criminal le exigía a un hacendado el pago de una cuota por su seguridad. Pero antes de transformarse en este oscuro referente que azotó el occidente colombiano con cuadrillas dedicadas al secuestro, la extorsión y el asesinato durante el periodo de La Violencia, Cruz Usma estuvo ligado a las guerrillas liberales.

Para comprender esta transición, el sociólogo explica que la figura del bandolero emerge desde los tiempos de Robin Hood en los bosques ingleses, replicándose en las sociedades agrarias donde la distribución desigual de la tierra empuja a los campesinos a armarse para enfrentar la injusticia. Sin embargo, en un país donde la violencia se volvió sistemática, las fronteras entre quienes se rebelan contra el Estado y quienes simplemente delinquen resultan difusas, sobre todo para las víctimas de actos atroces o aquellos que consumían el horror a través de los medios de comunicación.

“Entonces, ¿cuándo el guerrillero se convierte en bandolero? Lo hace cuando la acción armada pierde el principio político” resume con pericia el profesor Castillo. Mientras que el guerrillero utiliza las armas bajo un ideal de transformación social, lo que le permite ser reconocido por el Estado como un sujeto político para negociar la paz, el bandolero surge cuando la lucha pierde ese norte político. En este caso, el combatiente se mueve por la venganza de sangre o por la búsqueda de beneficios económicos.


El novísimo bandolerismo

El recuento histórico señala que los bandoleros surgieron como consecuencia directa del conflicto bipartidista y permanecieron activos alrededor de tres décadas, desde finales de la República Liberal hasta mediados de los años 60 durante el Frente Nacional. De esos hombres y mujeres, se habla en un tiempo pasado absoluto, como si fuesen figuras de un museo extinto. No obstante, las dinámicas de los grupos armados actuales replican métodos de control territorial y coacción de aquellos antiguos delincuentes rurales, desdibujando la frontera cronológica de la guerra.

Frente a este escenario, Luis Carlos Castillo transgrede la temporalidad convencional. El autor propone la categoría del «novísimo bandolerismo» , un concepto donde el actor armado actual ya no surge de las mismas motivaciones del siglo pasado, sino que el rearme de ciertos sectores prescinde de cualquier horizonte de transformación social para volcarse hacia la acumulación de capitales mediante rentas ilícitas como el narcotráfico y la minería ilegal. Esta preocupante vigencia revela la crudeza de una guerra implacable que ha mutado de piel a lo largo de las décadas logrando insertarse en el tejido mismo del país.

El profesor Castillo ejemplifica esta desgarradora dimensión al recuperar un dato de la Comisión de la Verdad, el cual señala que nueve millones de colombianos son víctimas de la guerra, “eso significa que en casi todas las familias colombianas ha habido alguna víctima del conflicto”. Tras tantas décadas de dolor, esta realidad dista de ser una simple casualidad, pues la violencia en Colombia constituye un ciclo repetitivo que encuentra su combustible en una profunda desigualdad estructural.

Este bucle destructivo demanda una ruptura drástica que convoca el esfuerzo conjunto de las instituciones del Estado y la sociedad civil. Es imperativo que la acción oficial en las periferias territoriales se sintonice con una ciudadanía activa en la defensa de la memoria, abriendo el camino para debilitar la tragedia que ha conseguido normalizarse dentro de nuestra rutina cotidiana. Por esta razón, las páginas de El Bandolerismo en Colombia resultan indispensables para que se continúe la conversación, dejando el miedo de lado para poner fin al ciclo de violencia.

 

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