Arte y Cultura

Los ocho minutos

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Lunes, 27 Octubre 2025
Agencia de Noticias Univalle

El siguiente texto es el discurso que la escritora y periodista Paola Guevara, directora de la X Feria Internacional del Libro de Cali, leyó durante la inauguración de este evento. Colombia es el país homenajeado.

Por Paola Guevara

Ocho minutos.
Eso fue lo que tardaron.

Hace pocos días, más exactamente el 19 de octubre, los ladrones más rápidos del mundo robaron espléndidas joyas del Museo del Louvre en solo ocho minutos.

Fue el tiempo que necesitaron para subir por una escalera, a plena luz del día, perforar con una sierra los vidrios de la galería Apolo y sustraer el collar de 1.138 diamantes y 32 esmeraldas que Napoleón le regaló a la emperatriz María Luisa de Austria, entre otros tesoros avaluados en 88 millones de euros.

Por tanto, acaba de nacer una nueva medida del tiempo: los ocho minutos. Muy curioso, porque quienes crecimos con los relatos de Carl Sagan sabemos que ocho minutos es lo que tarda en llegar la luz del sol a la Tierra.

Aquellos ladrones fueron tan rápidos como la luz solar al encuentro con el planeta, tan veloces como la primera fotosíntesis de la historia, podría decirse de forma tragipoética.

Alguna vez escribió la novelista estadounidense Amber Smith: “Cada vez que miramos al cielo, solo podemos ver el sol tal como era hace ocho minutos, nunca como es en este mismo instante”.

Tal vez por esa condición de retraso los humanos siempre llegamos tarde al entendimiento de las cosas verdaderamente importantes.

Pero también, ocho minutos tarda uno en leer la escena en que el coronel espera la carta que nunca llega, en la maravillosa novela de Gabriel García Márquez El coronel no tiene quién le escriba.

Ocho minutos tardamos en leer el encuentro del Principito con el Zorro, en la entrañable novela de Antoine de Saint-Exupéry, uno de los episodios más conmovedores de la literatura universal.

Ocho minutos tardamos en leer las dos páginas finales de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, cuando el viejo duerme y sueña con leones.

Ocho minutos tardamos en leer el poema 20 de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, el más citado del siglo XX sobre el amor perdido.

O quizá el episodio más célebre de Miguel de Cervantes Saavedra, esa primera parte del capítulo VIII en que el valeroso Don Quijote enfrenta los molinos de viento.

O, mi personal favorito, los ocho minutos que tardamos en leer el gesto cotidiano de mojar una magdalena en el té, cuando Marcel Proust lo convierte en una celebración de la memoria y el tiempo recobrado.

En tantos ocho minutos de literatura, el sol ha llegado a nuestras vidas para iluminarlas.

En tiempo universal, en poco más de ocho minutos el sol ha emitido suficiente energía como para alimentar toda la civilización humana durante un año entero.
En esos ocho minutos la Tierra recorrió 14.400 kilómetros alrededor del sol.

La Vía Láctea avanzó alrededor de 100.000 kilómetros por el espacio, girando sobre su centro. En ese mismo lapso nuestro corazón ha latido entre 600 y 700 veces, y una célula nerviosa ha borrado una conexión: una parte de lo que éramos al comenzar evento inaugural ya no está.

Si la historia del Valle del Cauca fuera un día de 24 horas, las culturas Calima, Yotoco, Sonso y Malagana despertaron al alba; Sebastián de Belalcázar fundó Cali al amanecer; la caña floreció al medio día y Andrés Caicedo llegó con la tarde. Ahora, al caer la noche, la Feria Internacional del Libro de Cali, que celebra diez años, ha ocupado los ocho minutos finales de ese día.

Muy pocos, en perspectiva. Ocho minutos: solo el parpadeo de un amanecer.
Pero en esos ocho minutos pasamos de 1.500 metros cuadrados de espacio a 5.200; de 40 editoriales y librerías a 142; de 76.000 a 237.000 libros exhibidos; y de 18.000 a 66.000 libros vendidos.
De 64 invitados a 1.200, y los eventos se multiplicaron más de trece veces: de 61 a 860.

En asistencia, los visitantes pasaron de 78.706 a 450.500. En cobertura territorial, de cuatro municipios a doce.

Luz de sol, luz de los libros, luz de conocimiento, de saber, de cultura escrita.
En estos ocho minutos simbólicos, Cali ha construido la más grande librería al aire libre y de acceso gratuito de Suramérica, un modelo internacional imitable bajo la tutela de la Universidad del Valle, la Alcaldía de Cali y la Fundación Spiwak, con apoyo de la Gobernación del Valle y numerosas entidades.

La empresa privada, con emoción, generosidad y cariño por esta Feria, nos conmueve cada año con su fe y su apuesta de confianza.

Casos como Tecnoquímicas, que convirtió su auditorio TQ en un templo del libro; Celsia, que adoptó y vistió de naranja un pabellón con vista a La Ermita; o marcas internacionales como IKEA, que ayudaron a vestir de gala nuestros auditorios. También ProPacífico y Compromiso Valle, que publicaron en tiempo récord dos libros sobre su historia de éxito social, y países como República Dominicana, que será invitado de honor en 2026.

Los ejemplos felices son infinitos, pero nada sería posible sin las editoriales de todo el país.

Hacer una feria en Cali, de 11 días y en el espacio público, implica desplazar toneladas de libros, personal de ventas, autores, mobiliario; invertir en montajes y desmontajes, hoteles, transporte y alimentación. Y, sin embargo, cuando algo cambia, todas responden lo mismo:

“En Cali tenemos que estar.”

No lo dicen solo por criterio comercial, sino —sobre todo— con criterio de país. Cali es el pulmón social de Colombia: la ciudad que recibe las oleadas migratorias y el embate de las grandes problemáticas del suroccidente.

Cada una de las 140 editoriales que se apostan en el Bulevar del Río —bajo la lluvia horizontal o el sol que convierte la feria en sauna sin hidromasaje— lo hace por amor de país, por mística de nación.

Cuando los periódicos traen una noticia dolorosa sobre Cali, me siento y espero llamadas de cancelación. Y no llega ninguna. Ninguna cancela. Ese es el parte médico de esta Feria del Libro: cada año se suman más y más.

Decíamos hace un momento que si la historia del valle fuera un día de 24 horas la Feria Internacional del Libro de Cali llevaría 8 minutos, ocho en los que esperamos haberlos convencido de que la luz que arrojan los libros es necesaria para la vida en sociedad, para iluminar de sol estos tiempos oscuros, para entrenar la atención prolongada en un mundo de inmediatez.

Para salir de nosotros mismos en este reinado del yo, para ponerse en los zapatos de los demás personajes en tiempos de tanto narcisismo, para construir con la propia mente en una época que nos entrega las imágenes hechas y prefabricadas; para buscar la verdad en tiempos de noticias falsas.

Para relativizarnos a nosotros mismos en tiempos de sesgos cognitivos, para rescatar lo analógico en un mundo digital, para forjar inteligencia natural en tiempos de la inteligencia artificial, para reconocer y administrar nuestras propias emociones en un mundo que agita a diario nuestra ira primitiva y nuestro temor.

A todos los que aman los libros, gracias por demostrar que cuando trabajan juntos el sector público, el sector privado, el sector académico y la gran ciudadanía, podemos lograr grandes cosas.

A todos los presentes gracias por haber atendido este discurso en los que les hemos robado, imaginan bien, 8 minutos de su valiosísimo tiempo.

 

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