Arte y Cultura

Los ojos de Mona nos invitan a ser mejores personas a través del arte

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Lunes, 05 Agosto 2024
Agencia de Noticias Univalle

Es difícil encontrar novelas donde la forma, o el método de narrar, no sea estéticamente inferior a su temática. Sé que son escasas, pero citaré dos de capital importancia para la Historia de la Literatura: la Antología del Spoon River, del poeta Edgar Lee Master, y Los idus de marzo, del también norteamericano Thorton Wilder.

Edgar lee Master se propuso escribir la historia de Spoon River, una pequeña ciudad de Illionis, donde se había criado. En ese libro de inspiración especial, también llamado el libro de los epitafios, los muertos yacen sepultados en una colina. La idea genial de Master a la que le debe su inmortalidad, fue escribir en sus lápidas unos epitafios que tienen la virtud de hacer hablar a los muertos sobre sí mismos, refiriendo cómo vivieron y murieron, a veces en la desgracia y el deshonor, y otras veces resaltando sus virtudes y heroísmo. Lo admirable y sorprendente es que los epitafios son poemas que, leídos en su conjunto, narran la historia del pueblo y la hipocresía de la política norteamericana.

Thorton Wilder también estuvo iluminado cuando concibió escribir una novela histórica mediante una estructura epistolar; un tejido de cartas que se cruzan entre varios personajes de la Roma del año 44 a C, donde se planea la muerte de Julio Cesar.

Borges escribió que es norma general que los novelistas no presenten una realidad, sino un recuerdo. No procedieron así Master y Wilder, como tampoco en nuestro tiempo el escritor francés Thomas Schleser, quien, en marzo de este año, publicó en Paris, su novela: Los ojos de Mona, la novela de sorprendente éxito editorial, finalista del Grand Prix RTL-Lire Magazzin Literaire, 2024.

Al igual que Master y Wilder, Thomas Schleser concibe una historia conmovedora, un pretexto genial para hablar de cincuenta y dos obras de arte del Renacimiento. Para tal fin, imagina la historia de Mona, una niña parisina de diez años, quien, un día cualquiera pierde la visión, y sorprendentemente, sin saber por qué, la recupera después de una hora. Los médicos, temerosos de que la ceguera regrese definitivamente, ordenan hacer exámenes y convencidos de que su equilibrio psíquico es prioritario, aconsejan llevarla a un psiquiatra.

Esa misión corre a cargo Henry, el abuelo materno, a quien Mona ama y cariñosamente llama Dadé, quien es, entre tantas cosas, un historiador del arte capaz de hacer reflexiones poco usuales e interesantes sobre las obras, la vida de los pintores, y un asiduo visitante de los museos de París.

Como no está de acuerdo con someter a su nieta a esas entrevistas con un loquero, y temeroso de que su adorable Mona, un día cercano quede en las tinieblas, piensa: si sus ojos se apagan definitivamente en los días venideros, lo único que se llevaría a los confines de su memoria sería el recuerdo de cosas relumbrantes y vanas. Es así que planea mostrarle las más impactantes imágenes que el ojo pueda ver y la memoria pueda recordar y le propone no decir nada a sus padres y a cambio del psiquiatra, cada miércoles visitan un museo, eligen un autor y una inmortal obra de arte que Mona recordará en su futro mundo de tinieblas.

Y así se inicia un recorrido por la historia del arte; uno de los viajes más conmovedores y tiernos que la literatura haya podido imaginar, un viaje del diálogo como el del Quijote y Sancho; Dante y Virgilio; el Lama y el gamín, en Kim, la obra de Kipling, solo que aquí, el diálogo es entre una niña que pronto quedará ciega, dueña de una inteligencia conmovedora y un abuelo alucinado por la evolución del arte del Renacimiento. Juntos, siempre en el diálogo y con el temor a la amenaza de la ceguera, recorren los museos de París donde los comentarios sobre cada obra son, para el lector, una clase de carácter didáctico, una profunda lección sobre la espiritualidad, la miseria, el éxito, la melancolía. 

Como el viaje es una desobediencia, un desacato secreto, Dadé instruye a su nieta en la respuesta que tiene que dar a sus padres si le preguntan el nombre del psiquiatra al que están concurriendo, Mona debe responder que se trata del Doctor Botticelli y así, lista la aventura, el viaje inicia y magistralmente Thomas Schlesser nos sumerge en la Historia del Arte, en sus pormenores, su tiempo, en las biografías de estos artistas, las composiciones, la alquimia de las tintas, los mecenas, los Medici, logrando que cada obra, entre el conocimiento y el descubrimiento, comentada por la nieta y el abuelo, sea una lección de vida, un punto de partida que nos invita a ser mejores seres humanos, inspirados por la libertad que inspira el arte y que nuestra ceguera no nos permite ver.

En los diálogos y en las preguntas de Mona, las respuestas del abuelo contrarían la exaltación simplista de la razón sobre la fe, como cuando están en el Louvre y se plantan frente al lienzo donde Johannes Vermeer pintó El astrónomo y tratan de descifrar qué significan el astrolabio, la esfera, los libros y concluyen que esos objetos aluden a la medida del mundo, a su inconmensurable magnitud y la importancia de la espiritualidad en nuestras vidas.

De las cincuenta y dos obras que visitan, tal vez el capítulo siete, donde se expone el Autorretrato de Rembrandt frente al caballete los diálogos son más profundos, pues Dadé habla de la pintura de Rembrandt, por qué lo pintó a los cincuenta y cuatro años, la influencia que tuvo de su maestro italiano Caravaggio, su carácter, el éxito y la pobreza que lo postró en el mundo miserable en la vejez. Le bastan pocas palabras para hablar de Ámsterdam, de sus canales, su ambiente brumoso y enigmático de donde posiblemente Rembrandt sacó su estilo “chiaroscuro”. Es a través de Rembrandt como entra en la sentencia socrática y la sabiduría, no en vano, el subtítulo de este capítulo es: Conócete a ti mismo.

Mucho se ha discutido sobre la participación de Cervantes en la historia de Quijano, o la metamorfosis que la atribulada vida de Franz Kafka sufre al transformarse en Gregorio Samsa, no sé si esas suposiciones merezcan ser demostradas para beneficio de la literatura, pero es evidente que, Thomas Schlesse, se metamorfoseó en el buelo Dadé, para hablarnos sobre la dignidad de la vida, para hablarnos de nuestra ceguera frente al porvenir, y decirnos que más allá del horror y de la guerra que se avecina, existe un camino de esperanza; la ruta trazada por los espíritus más selectos de la desafortunada historia de nuestra especie.

 

Por: Edgard Collazos Córdoba.

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