¿Cuál es la primera imagen que llega a su cabeza cuando piensa en el conflicto armado? Lo más probable es que sea una escena de violencia explícita o la transmisión televisiva de un hito histórico. Un profesor de la Universidad del Valle decidió investigar por qué ocurre esto, no se trata de una casualidad o un hecho aislado.
Por Salomé Mizrachi Medina
Agencia de Noticias Univalle
A veces las fotografías aparecen en el fondo de un cajón, entre papeles viejos o dentro de un álbum que nadie ha tocado en años, así que las sacamos con cuidado, como si estuviéramos tocando algo frágil. En ellas hay rostros, lugares, escenas que pertenecen a un tiempo que tal vez no vivimos o que apenas recordamos. Algunas de esas imágenes también forman parte de cómo el país recuerda su propia historia.
En la actualidad, ya no solo se trata de remover cajones, sino de navegar entre capas de datos y píxeles que custodian los recuerdos de una época pasada. En los repositorios digitales y las nubes de almacenamiento, encontramos una vida que ya no es, y que aún sobrevive en las vibraciones de una pantalla. Pero, ¿qué es lo que realmente vemos cuando buscamos imágenes del conflicto? A pesar de la abundancia de archivos disponibles, muchas veces nos encontramos con las mismas escenas, los mismos momentos congelados que han terminado por definir nuestro imaginario sobre la guerra.
Ampliar nuestro encuadre sobre el conflicto armado es una tarea que asumió el profesor Manuel Silva de la Escuela de Comunicación de la Universidad del Valle. En su libro Fotografías durante el conflicto armado en Colombia. Un campo visual para armar, presenta una ardua investigación que ubica testimonios y fotografías en un mismo lugar para cuestionar la narrativa visual dominante.
Presente continuo, el tiempo de la actualidad
Delinear el tiempo del conflicto armado en Colombia es un asunto que requiere paciencia, pues las fronteras de nuestra historia reciente siguen siendo borrosas incluso con el paso de los años. Según el Registro Único de Víctimas (RUV), el país cuenta con 9.888.182 víctimas, una cifra tan grande que supera a toda la población de Bogotá. Durante décadas, la violencia se transformó en una presencia constante que normalizó vivir en un estado de guerra interno en el que las capitales permanecían alienadas de la realidad, mientras el conflicto era empujado hacia una periferia donde el dolor se volvía paisaje.
De tal suerte, la primera imagen que Manuel Silva recuerda del conflicto armado es la transmisión televisiva del 6 de noviembre de 1985, el día de la Toma del Palacio de Justicia. En el informativo de la noche vio la imagen del edificio de la Corte Suprema de Justicia en llamas que apareció en las portadas de los principales diarios nacionales, como El Tiempo y El Espectador, circulando tanto en blanco y negro como a color. Ahora, estas fotografías hacen parte de lo que él define como la “iconografía del horror”, un régimen visual hegemónico donde el evento violento acapara casi toda la visibilidad pública, desplazando cualquier otro relato posible.
Bajo esta lógica, las fotografías ingresan a lo que el profesor denomina el “campo de lo visual”, ese espacio de disputa donde diferentes actores —el Estado, las víctimas, los combatientes, la prensa— se enfrentan para determinar qué narrativa se impone sobre la mirada del otro. Es en esta tensión donde se ha cimentado nuestro imaginario colectivo sobre la guerra: un inventario persistente de armas, ruinas, rostros de combatientes y cadáveres que reduce el conflicto a una exhibición de fuerzas y restos.
Para Silva, cuestionar este catálogo de imágenes es el primer paso que permite desarticular la visión tradicional del conflicto. Esta tarea implica una ruptura con las lógicas mediáticas, pues el periodismo vive en clave de presente continuo, un tiempo que responde a la actualidad, al hoy, no al ayer. Así, la narrativa del conflicto armado que se ha presentado al país desde los medios ha recurrido a lugares comunes, a la espectacularización de la tragedia que ignora los procesos de vida detrás de la noticia.
Antes y después
En un ecosistema comunicativo alimentado de la inmediatez, detenerse a cuestionar el pasado para identificar sus lagunas es un ejercicio de profunda responsabilidad ética. Es por ello que, las investigaciones de largo aliento se vuelven indispensables, ya que rescatar lo que el afán diario ignora constituye un acto de resistencia frente a un mundo que ha convertido la velocidad en su norma. Este rigor tiene sus raíces en el compromiso que adoptó Silva con la educación pública como estudiante de Comunicación en la Universidad de Antioquia y que mantiene vivo como docente de la Universidad del Valle.
Bajo esa premisa, el libro Fotografías durante el conflicto armado en Colombia solo fue posible gracias a un trabajo colectivo. No se trató de una labor entre colegas y estudiantes a los que agradece en su introducción, sino de un esfuerzo por dialogar con la bibliografía y con la gente. El método buscaba desafiar sobre quiénes podían fotografiar y qué registraban durante la guerra, capturando perspectivas de actores con roles muy distintos, desde combatientes de las guerrillas hasta fotógrafos profesionales y víctimas.
Este proceso no fue solo técnico, sino humano. El profesor destaca la importancia de construir confianza en contextos de inseguridad, haciendo énfasis en entrevistas largas y continuas que permitían comprender que la información no sería usada para fines ajenos a la memoria. En este ejercicio, preguntar por el antes y el después de capturar la imagen resulta clave. Allí aparece una mirada “desde adentro” que el fotoperiodismo tradicional rara vez alcanza a mostrar, permitiéndonos “tratar de ver esas fotografías con otros ojos” en palabras del comunicador.
El resultado de este diálogo fragmentado es lo que Silva concibe como una constelación. El objetivo es lograr que el lector navegue de forma aleatoria entre diálogos y fotografías, permitiendo que la imaginación junte puntos dispersos para formar una comprensión integral de la sociedad en medio del conflicto. De este modo, personas que nunca se conocieron terminan conversando entre las páginas del libro, compartiendo sus visiones de una historia que aún estamos aprendiendo a observar.
Memoria en disputa
Esta perspectiva es fundamental para la construcción de una memoria colectiva que reconozca a las víctimas no solo como sujetos de dolor, sino como actores políticos. Al rescatar fotografías que durante años quedaron relegadas a archivos personales o discos duros olvidados, se apuesta por una pluralidad de voces indispensable: ¿por qué conformarse con un solo relato? La identidad de una imagen depende de las relaciones de poder que la atraviesan —desde quién captura el momento hasta quién decide publicarlo—, por lo que cuestionar las fuerzas que moldean nuestra narrativa visual permite entender por qué ciertas imágenes regresan una y otra vez a nuestra memoria mientras otras permanecen en la sombra.
Otorgar este valor político y estético a las fotografías tomadas por las propias víctimas y organizaciones sociales permite desplazar el foco del evento violento hacia los procesos de vida. Estas capturas no se concentran únicamente en el instante de la violencia, sino en los procesos de vida, en la organización campesina y en los intentos de reconstrucción. En este gesto de ampliar la mirada insiste el profesor Manuel Silva, quien nos invita a preguntarnos qué vemos cuando miramos el conflicto armado y, sobre todo, qué historias permanecen todavía fuera del encuadre.












