Arte y Cultura

No te pierdas “Naturaleza y vida”, la nueva exposición en la Biblioteca Mario Carvajal

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Jueves, 03 Abril 2025
Agencia de Noticias Univalle

Como parte de las actividades para celebrar los 80 años de la Universidad del Valle, la Biblioteca Mario Carvajal presenta la exposición “Naturaleza y vida”, en la cual se recoge la obra de la artista y egresada de la institución Silvia Schiess Ibáñez, arquitecta, paisajista y pintora, quien transforma la belleza del territorio en arte. A través de acuarelas, óleos y acrílicos, sus piezas capturan la esencia del agua, el viento y la vida en el paisaje colombiano.

Esta exposición estará disponible del 4 al 30 de abril en la Sala Mutis de la Biblioteca Mario Carvajal, Campus de Meléndez. El acto inaugural se llevará a cabo el día viernes 4 de abril, a las 5:00 p.m.

Silvia Schiess Ibáñez es artista, arquitecta y paisajista, nacida en Bogotá en 1943. Desde niña tuvo una gran inclinación por el piano y la pintura. Gracias a esta sensibilidad artística ingresó a la entonces Facultad de Arquitectura en la Universidad del Valle en 1961. Su apreciación por el paisaje y el territorio la llevó a realizar una Especialización en Paisajismo, además de ser la principal fuente de inspiración para su obra, explorando la riqueza del territorio y la cultura colombiana por medio de distintas técnicas como lo son la acuarela, la pintura al óleo y la pintura acrílica.


Descubriendo a Silvia, la pintora

Por Rodrigo Escobar Holguín
Arquitecto de la Universidad del Valle

Éramos como cuarenta o cincuenta, entre ellos Silvia, los que habíamos logrado pasar los exámenes de admisión para Arquitectura, aquel agosto de 1961, en la sede de la Universidad del Valle en San Fernando. Por entonces nos matriculábamos no por semestres sino por años. Al comienzo para mí una apenas de esos compañeros desconocidos, ya iría yo poco a poco dándome cuenta de su ser de artista. 

Nuestros profesores nos restringían en los medios de dibujo: trabajábamos sobre papel periódico en blanco, en las primeras semanas con crayola negra, y más tarde con estilógrafo. Se acercaba el final del primer año cuando alcancé a darme cuenta del trabajo de Silvia, pues sus presentaciones se destacaban por la calidad de la línea, por lo depurado de la composición, y por el uso de una gama amplia de tonalidades de gris.  Para el último trabajo de ese año ya podíamos hacer uso de otras técnicas y de la gama plena de colores. La víspera de la entrega final de proyectos nos reunimos ella, otro compañero y yo en la casa de uno de nosotros para pasar la noche en blanco preparando nuestros dibujos. Fue la comprobación definitiva de la calidad de su trabajo: se anunciaba la futura pintora.  

Al segundo año la fuerte presión académica continuó, para matizarse luego con dos profesores extranjeros: el chileno Carlos Avendaño, y el argentino Eduardo Sacriste. Con ambos siguió destacándose Silvia, pero fue de Sacriste de quien obtuvo los mayores elogios, pues dijo de ella que era de una sensibilidad exquisita. Ya por entonces todos los compañeros lo sabíamos. 

Tercero era un año esperado por mí con impaciencia, por el curso de Arquitectura Paisajista que dictaba Lyda Caldas de Borrero. Esa asignatura tan placentera fue de nuevo una ocasión de trabajo conjunto; Silvia y yo hicimos equipo para el diseño de un jardín en la parte externa de la Escuela de Arquitectura, al lado de la Cafetería. Propusimos una secuencia de áreas circulares con caminos y setos de arbustos. Disfruté mucho esa experiencia.

El curso incluía de vez en cuando excursiones a diversos lugares del Valle. Conocimos El Topacio, en la cuenca del río Pance, y otros sitios que nos pusieron en contacto con el paisaje de la región y sus calidades. Esta relación cercana con la naturaleza iba a ser para Silvia una semilla de lo que florecería más adelante, y que hoy podemos disfrutar en esta exposición.  

De allí en adelante, en los años cuarto y quinto, los proyectos se hacían individualmente. Para la tesis de grado se formaron grupos diferentes —habíamos sobrevivido doce de ese grupo de primíparos tan grande—, y ya no nos volvimos a encontrar sino el día del grado, el 17 de junio de 1967. 

Nuestras carreras comenzaron a apartarnos. Pero años después, la vida nos acercó de nuevo, por una iniciativa de los profesores Harold Borrero y su esposa Lyda Caldas: fundaron la especialización en paisajismo en 1992, y Silvia decidió matricularse. Nos encontramos allí en algunas conferencias. Después de ella graduarse, Lyda, Harold y Silvia, con otros de sus compañeros, fundaron la Sociedad de Ambientalistas y Paisajistas del Suroccidente, en la cual me invitaron a participar.

Hacíamos muchas de las reuniones en la casa de Silvia, en Miraflores. Algunas acuarelas de ella, desde los muros, recordaban a los participantes el objeto de su trabajo, el cuidado de la belleza del Valle, de su mar, de sus costas y selvas. Tiempo después la encontré en el parque del Peñón, un lugar de especial significación para ella, pues no solo iba a mostrar allí sus acuarelas, sino que tuvo la oportunidad de hacer un hermoso diseño del parque, realizado después por el Municipio: uno de los tantos lugares de nuestra ciudad en los que pudo dejar su sello de paisajista. 

La casa de Miraflores se fue llenando con sus acuarelas, y en determinado momento comenzaron a aparecer óleos. A veces hacíamos excursiones por el Valle con el grupo de paisajismo, tomábamos fotos, y al cabo de un tiempo veíamos los más hermosos lugares de nuestra región pintados por la mano de Silvia. 

También los graduados en aquella ya lejana mañana de Junio de 1967 nos reunimos unas cuantas veces en su casa, y entonces podíamos disfrutar a través de ella tanto de la pintura como de la música, pues Silvia, hábil y disciplinada estudiosa del piano, nos deleitaba con sus interpretaciones de piezas colombianas y clásicas europeas, en otra valiosa expresión de su sensibilidad y su arte.

Fue así como gradualmente me fui dando cuenta de con quién había estudiado Arquitectura. 

Para mí, los artistas cumplen un papel crítico en la sociedad. Dada la importancia de las comunicaciones, y la necesidad de generar signos y modos convencionales para comunicarnos, nos vemos por lo general atrapados en una cotidianeidad de convencionalismos. A través de su trabajo, los artistas nos sacuden, nos liberan de esa uniformidad, mostrándonos otros modos de ver lo que vivimos, lo que nos rodea. Refrescan nuestros sentidos, despiertan nuestra sensibilidad, nos ayudan a encontrar nuevas maneras de expresarnos y de compartir experiencias.  Para ello tienen que desafiar lo convencional, y muchas veces entran en conflicto en ámbitos sociales dominados por las formas acordadas y acostumbradas de hacer las cosas.

Silvia es un ejemplo de una artista que ha logrado superar esos choques y convertirlos en aprendizajes. Se ha orientado a mostrarnos, a través de su arte, de sus ojos y de sus manos, un modo muy singular de ver el Valle del Cauca y las selvas y costas del Pacífico, en sus paisajes urbanos y rurales, y también, con menor frecuencia, las gentes que pueblan esos paisajes. 

Y es que hay implícita en el arte una dimensión didáctica: nos enseña a percibir el mundo de un modo que nos enriquece. Silvia tiene una vocación hacia esa enseñanza, que ha revelado a través de diversas circunstancias de su vida. Por ello, conviene que disfrutemos de esta exposición como de un aprendizaje revelador. 

Tengo en casa dos acuarelas suyas. Y hace unos meses, le encargué un óleo sobre los manglares y esteros del Pacífico, para regalárselo a alguien que ha navegado por ellos muchas veces. Ahora hace parte de esta exposición. Me alegré mucho cuando me contó que pronto lo veríamos junto a esta selección de su obra, expuesta en la Biblioteca Central con el auspicio del Departamento de Filosofía. 

¡Muchas gracias!

Cali, 4 de abril de 2025

 

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