Arte y Cultura

La poesía de Jotamario Arbeláez

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Viernes, 28 Febrero 2020
Agencia de Noticias Univalle

El 21 de febrero de 2020 se dio inicio al undécimo ciclo de Viernes de Letras, con el conversatorio de Jotamario Arbeláez, quien tuvo como interlocutor a Julián Malatesta. El encuentro se efectuó en el Teatro Esquina Latina.

Arbeláez, quien cuenta ya con sesenta años de carrera literaria y un prestigio casi mítico por su participación protagónica en el movimiento nadaísta, visitó Cali especialmente para esta cita de Viernes de Letras. La conversación giró en torno a la historia y los presupuestos conceptuales del nadaísmo, enfatizando que, de manera paradójica o irónica, esta vanguardia, que en su momento se definió como un programa literario contra todo lo venerable, terminó convirtiéndose ella misma en objeto de veneración, como lo prueban los numerosos homenajes, internacionales inclusive, que en la actualidad se rinden al patrimonio nadaísta. Arbeláez trató con humor acerca de la posición política del grupo en sus años de esplendor, la cual llevó a sus miembros a enemistarse con los marxistas filosoviéticos de entonces, después de haberse dedicado por medio de sus primeras obras poéticas a denigrar a la burguesía colombiana.

Cerraron el conversatorio la recitación de algunos poemas emblemáticos de Arbeláez, en su propia voz, y la intervención musical de la cantante Alelí Mesa.

Presentación del poeta Jotamario Arbeláez
Por : Oscar Obando

El día del primer recital de Jota Mario Arbeláez fue una noche de agosto de 1961 aquí en Cali. Gonzalo Arango, profeta dentro y fuera de su tierra, se refirió a él con estas palabras: Les presento a Jota Mario, no un poeta cualquiera sino el más joven gigoló de la poesía colombiana. Veinte años, hijo legítimo de don Jesús Arbeláez, sastre de Cali, con un humilde taller que funciona en la sala de recibo de su residencia en un barrio obrero, donde se dedica a la pequeña industria para sostener a su innumerable familia, de la cual Jota Mario es el hijo mayor, y la mayor deshonra por su rara manera de existir, y por dedicarse a actividades tan sospechosas e improductivas como esta de la poesía…

Este día de hoy, a cincuenta y nueve años de su presentación en sociedad como nadaísta y ochenta de su nacimiento, en este conversatorio que esperamos se convierta en recital, el último hasta este momento, quisiera presentarles de nuevo a Jota Mario Arbeláez, uno de los más maduros gigolós de la poesía colombiana, hijo legítimo de una familia de sastres que cambió telas por palabras, plantillas de recortes textiles por la ironía beligerante y el humor, y confecciona la realidad descubriendo belleza en lo cotidiano. Su forma de existir, aún sospechosa, aún improductiva, más rara todavía en este nuevo siglo más automatizado y más yéndose al abismo que el anterior, podrá parecer una derrota, pero nunca una deshonra.

Volviendo a la época del primer recital, el nadaísmo por esos días era atrayente para una generación de jóvenes, quienes quizá no vislumbraban del todo la complejidad oscura y contradictoria del concepto, pero sí su forma de acción, revisión y destrucción en contra de todo lo que se considerase establecido, preconcebido o inmutable. Era una generación criada junto a la masacre política bipartidista de la gran Violencia que empezaba a descubrir quién controlaba los hilos del poder. El mundo con el que hasta esos veinte años se había encontrado Jota Mario era de violencia tangible como la carne propia, un mundo difícil de maquillar como la ilusión un pasado mejor.

Cuando era niño su abuela, de un tirón de orejas, le quitó el yatagán que un vecino le había regalado para matar conservadores tras la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y lo llevó a casa a rezar un rosario. Esa abuela, viento del predestinado o del azar, que pudieran ser ideas inútiles dependiendo de a qué nadaísta se le pregunte, sería quien encontraría a la niñez de Jota Mario con la literatura cuando en las tardes le pagaba unos cuantos pesos para que el niño le leyera novelas europeas. Fueron estas las lecturas las que lo dejarían instalado en la literatura, pero quizá esa violencia incomprensible la que lo instalaría en el nadaísmo:

Después de la guerra

Un día / después de la guerra / si hay guerra / si después de la guerra hay un día / te tomaré en mis brazos / un día después de la guerra / si hay guerra / si después de la guerra hay un día / si después de la guerra tengo brazos / y te haré con amor el amor / un día después de la guerra / si hay guerra / si después de la guerra hay un día / si después de la guerra hay amor / y si hay con qué hacer el amor

Con la oreja caliente por el jalón y las manos entrelazadas, Jota Mario repetía el “Santa María llena eres de gracia” con el empeño mínimo para que su abuela no lo sermoneara, porque su relación con Dios no fue el habitual arraigo en el catolicismo típico de su tiempo, pero la conceptuación que tuvo de éste definió una parte de su mito personal, con ello me refiero al último mito que jamás será derrumbado: la niñez.

La religión fue una de las instituciones contra las que se opuso junto a sus compañeros nadaístas, pero el nadaísmo no funciona según límites concretos, de vez en cuando puede ser paradójico y todavía así seguir siendo coherente; por tanto, la relación de Jota Mario con la divinidad con los años se ha transformado hasta caber dentro del nadaísmo, hasta el punto en que ha establecido que la rebeldía y beligerancia de sus poemas son también esa voz divina que habla a través de él.

Fragmento de Zen y santidad

La santidad de nuestros nombres / no es santidad de calendario

Somos santos no porque practiquemos el bien / sino porque también practicamos el mal / el problema de la existencia de Dios / es problema de Dios / No nuestro, que existimos

He aquí estos pobres santos que escriben sus sandeces / en sanitarios y sanatorios del estado / si pecamos / no somos nosotros los que pecamos / sino la sociedad por obligarnos a pecar

Soy un santo moderno porque no me santiguo

Armando Romero, poeta nadaísta que sigue asegurando que el nadaísmo es una cosa abominable después de que el vicerrector de su colegio se lo dijera en los años sesenta, asegura que su compañero es un maestro del coloquialismo y de la imagen atrevida y precisa. Jota Mario Arbeláez trae al nadaísmo una voz fuerte, llena de humor danzante por la página, y aunque el dolor de la violencia colombiana no esté fuera de sus poemas, su tono irónico e inconcluso sarcástico, crea otra visión de esa misma realidad. Jota Mario como ningún otro poeta nadaísta, sabe mezclar con alta precisión lo lírico y lo convencional.

Entre los premios más importantes que han celebrado la poesía de Jota Mario Arbeláez se pueden contar el Premio nacional de poesía La Oveja Negra en 1980, el Premio nacional de poesía Golpe de Dados en 1980, el Premio nacional Instituto Colombiano de Cultura en 1985, el Premio de poesía Instituto Distrital de Cultura en 1999 y el Premio internacional de poesía Valera Mora, Caracas 2008.

Quisiera cerrar este texto con una pregunta para Jota Mario. Como joven que todavía soy, quisiera preguntarle al joven rebelde que usted no deja de ser o representar, si cada vez más cerca de las catástrofes nucleares o climáticas que cantan en nuestros oídos ¿cree usted que más nos deberíamos adentrar en el sentimiento revitalizador del nadaísmo? Me lo pregunto porque las nuevas generaciones suelen ir en contra de sus antecesoras, pero, en este caso, para ponerme triste o esperanzado por el futuro, quisiera quedarme un momento en las profecías de Gonzalo Arango:

Fragmento del Manifiesto de los camisas rojas

¡Ciudadanos: inventad la muerte y desapareced! Que las calles y los caminos estén vacíos de la inmundicie humana, así el mundo estará más bello bajo el rostro del exterminio. Y nosotros, los profetas de la muerte y de la oscuridad nueva, habremos cumplido nuestra misión…

 

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