Cali cerró la última semana de septiembre con una noticia estremecedora: Luis Ospina, el destacado cineasta pionero del ‘Caliwood’, falleció a sus setenta años de edad. No tardaron entonces en aparecer los sentidos reconocimientos a su obra, aquella que lo consolidó como unos de los más importantes impulsores de la cultura audiovisual en nuestro país. Dentro de los homenajes realizados a su nombre, la Universidad del Valle destaca los adelantados por el director de la Escuela de Comunicación Social Ramiro Arbeláez Ramos, amigo cercano de Luis Ospina, quien es considerado el último sobreviviente del ‘Grupo de Cali’.
Estos documentos recogen las palabras de Arbeláez en tres momentos particulares: el primero, durante la ceremonia en que la Universidad del Valle otorgó a Ospina el Doctorado (Ph.D.) Honoris Causa en 2008; el segundo obedece al discurso ofrecido por Ramiro durante la presentación del libro ‘Palabras al viento. Mis sobras completas’ en 2007; y el tercero, aquel con el cual se da inicio a esta publicación, surge como reconocimiento póstumo al maestro cineasta, quien fue homenajeado en el centro de arte contemporáneo ‘Lugar a dudas’ el pasado 28 de septiembre.
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SOBRE LUIS
Por Ramiro Arbeláez Ramos
Recuerdo que la casa de Luis era inmensa y que compartirla con nosotros fue uno de sus actos más generosos y una de las experiencias más gratas que vivimos en esos años. Su casa se convirtió en el cuartel general de las operaciones cinematográficas del Cine Club de Cali: para nosotros era como estar en los interiores de un estudio cinematográfico de Hollywood, todo en ella hacía referencia al cine: las imágenes, los colores, los muebles, incluso los de la cocina, que eran los originales de la casa, parecían también sacados de las películas de los años 50’s y 60’s. Era la casa de su familia, pero ya nadie vivía allí; en la planta baja funcionaba la empresa de plantas purificadoras de agua de su familia, que tenía una piscina ovalada que hacía parte del muestrario de la empresa, pero que Poncho usaba a sus anchas. Mirada desde el segundo piso, la piscina siempre me recordó El ocaso de una vida (Sunset Boulevard) que es una de las referencias más preciadas por Luis. No sólo ostentaba un inmenso afiche de la película, sino que del nombre de uno de sus personajes tomó el seudónimo más corrosivo que tuvo: Norma Desmond.
La casa tenía una biblioteca llena de libros y revistas de cine, un cómodo salón de proyecciones en 16 mm., un laboratorio de fotografía que manejaba Eduardo Carvajal, una sala de montaje donde siempre hubo cientos de metros de película en 16 mm en proceso de montaje; allí se filmó el plano más largo que tiene Agarrando Pueblo, porque también la casa parecía un hotel, con todos los cuartos y corredores laberínticos que tenía. Con la propaganda de las películas que comprábamos semanalmente en el Cine Club, la casa se fue llenando de afiches y fotos de cine por todos los rincones, pero además Luis -como buen coleccionista- coleccionaba objetos de arte de la cultura popular, como cuadros, estatuas, estampitas, objetos raros y aparentemente inservibles, allí guardaba toda la utilería utilizada en Pura Sangre, incluido el busto de Roberto Hurtado… mejor dicho era como nuestro Xanadú. Por eso su documental Adiós a Cali, en el que hay una secuencia donde están demoliendo su casa y Luis aparece sentado en el fondo, asistiendo al derrumbe de una parte de su vida, es un testimonio desgarrador, mucho más para los que sabemos toda la historia que allí se tejió y que se estaba perdiendo. Es el epítome de uno de los temas preferidos por Luis en su obra: la pérdida de la memoria.
A veces en la vida confluyen una serie de personajes, actividades, lugares y condiciones históricas, que van configurando algo especial. El Cine Club de Cali fue, de alguna manera, hijo del sentimiento de rebeldía que imperaba en la Universidad del Valle, en su sede de San Fernando -la única que existía en ese momento. Nació el sábado 10 de abril de 1971 en el teatro San Fernando, un mes y medio después del significativo 26 de febrero, que Caicedo inmortalizó en "El Atravesado", y prácticamente a una cuadra del parque Carulla, que desmantelamos arrancándole las piedras del piso con las que atacamos al Ejército que se había tomado la Universidad. Caicedo estuvo filmando ese día con Fernando Vélez, usando una camarita de Super 8 prestada por Fernell Franco. Ese material se perdió lamentablemente. Ospina estaba estudiando en la UCLA y sólo conoció a Andrés en las vacaciones del 71, cuando asistió a la función donde se proyectaba "Ocho y Medio" de Fellini; se lo presentó Mayolo con quien Luis estaba rodando "Oiga Vea". Cuando Andrés conoció bien a Luis dijo: "por fin encontré alguien que sabe más de cine que yo".
Mientras que yo conocí a Luis en el 73, porque, aunque asistía todos los sábados al Cine Club mientras hacía teatro con Andrés, él sólo nos llamó a Luis y a mí para que lo acompañáramos en la dirección del Cine Club en el año 73, cuando ya Poncho residía en Cali y Andrés se disponía a viajar a USA, a cumplir su deseo de venderle guiones a Roger Corman.
Andrés pensó que haríamos una buena dupla porque mientras Luis conocía los títulos originales de las películas, yo los conocía en español, que era como figuraban en las distribuidoras de Cali. Al Cine Club asistía en esa época mucha gente de la Universidad, pero también gente del barrio San Fernando, pandillas juveniles -como la barra de "El Triángulo" que Caicedo referencia en "El Atravesado"- , en general jóvenes del sector estudiantil o profesionales recién graduados, artistas e intelectuales marginados de los centros de poder cultural. Era un sitio de encuentro y no sólo una exhibición cinematográfica. El Cine Club canalizó la necesidad de ver cosas nuevas desde un espíritu abierto, rebelde, inconforme, por eso ese público no sólo encontraba una película, encontraba un sitio impregnado de un espíritu renovador, abierto, es decir les suplía también una necesidad cultural, social. De allí salió una práctica crítica, una revista, pero también el germen de un grupo realizador de cine que con el Cine Club había formado un criterio, un gusto, una forma de ver la vida.
Creo que es difícil que un fenómeno así se vuelva a repetir, por lo menos en torno al cine. El cine ha cambiado mucho, ya no convoca masas a una sala gigante, colectiva y oscura, el cine se vive de otra manera en una sociedad cada vez más atomizada, que se reúne esporádicamente en espacios públicos y abiertos. La tecnología audiovisual está propiciando otros sitios de encuentro, más impersonales y mediatizados, no digo que sean mejores o peores, son distintos, vivimos otra época.
Desde mi punto de vista, la obra de Luis transmite todo lo contrario que uno esperaría de un cineasta que ha hecho documental y ficción. Usualmente uno encuentra en la ficción aquello que atribuye a lo más hondo del espíritu de un director, mientras que el documental usualmente habla de la realidad, de unos seres distintos al director, de los que él quiere dar cuenta. En Poncho sucede todo lo contrario: su obra documental es autobiográfica, habla de su ciudad, de la memoria de unos seres y de una ciudad que se transforma o desmorona, pero desde su mirada personal, desde su nostalgia, desde su testimonio, su voz es su mirada y esto se vuelve protagonista.
Mientras que su ficción es de referencias cinematográficas: sus tres largometrajes de ficción están atravesados por su cinefilia, el cine de terror, de vampiros, el cine negro, el de detectives, hay una conciencia de la pasión de su vida, pero eso apenas es una partecita de él, con el documental está más entero a pesar de hablar de los otros, del otro. En ese sentido el documental de Luis parte de una ética, la de darle importancia al otro, la de dejarlo hablar, ya que siempre estuvo silenciado. Hay un gesto democrático en dar la palabra. Ahora ese gesto coincidió con una necesidad social, la de expresarse, que tuvimos y tenemos los habitantes de las regiones, que siempre fuimos contados desde el centro, desde Bogotá. Por eso, al vernos como Poncho nos muestra, en su espejo, inicialmente nos desconocimos, porque la imagen que teníamos era una imagen distorsionada, construida desde el centralismo, pero poco a poco hemos aceptando y entendido que aquella era una imagen deforme, que la verdadera se parece más al cine de Luis Ospina y de otros que han seguido configurando una imagen más cerca de lo que somos como cultura, de nuestro ser.
Por otro lado está su labor de maestro, de escuela: su forma de hacer documental fue seguida por muchos, y aunque hoy puede estar superándose, no se puede desconocer que su ética tuvo adeptos, especialmente en su talento para descubrir personajes. Ha eso se dedicó en el documental después que dejó el tema de Cali, después de irse de Cali. Hizo retratos....siempre los hizo: de los taxistas, de los peluqueros, de los emboladores, de Dutman Poe, de Caicedo, de Carvajal, de Antonio María Valencia, de Lorenzo Jaramillo, de Fernando Vallejo....de Pedro Manrique Figueroa, que ya no es el retrato de un personaje, sino el balance de una generación....
En los últimos once años combinó su labor de creador de películas con la dirección artística y conceptual del Festival Internacional de Cine de Cali, que creció rápidamente con su prestigio, con su criterio, con su gran conocimiento y con su popularidad, porque era una persona querida en muchos lugares del mundo, donde su obra y su persona siempre fueron muy bien valoradas. Más que ser de Cali, el Festival era de Luis, que con su entrenado OJO siempre nos trajo películas de vanguardia, las que están cambiando el cine en el mundo. Va a ser muy difícil reemplazarlo en esa labor, el mayor costo era asumido por sus amigos del mundo que lo invitaban permanentemente a sus festivales y muestras, o a rendirle homenajes que afortunadamente pudo disfrutar en vida.
‘Palabras al viento. Mis sobras completas’
Presentación del libro de Luis Ospina a cargo de Ramiro Arbeláez.
Biblioteca Departamental de Cali, noviembre 22 de 2007
Han pasado 35 años desde que Luis Ospina regresó a Cali después de estudiar cine en Los Ángeles, con la película OIGA VEA terminada, en su maleta. En ese momento no se hacía cine en Cali y OIGA VEA había sido co-dirigida por el también caleño Carlos Mayolo sobre los VI Juegos Panamericanos, que en 1.971 "le habían cambiado, se dijo, la cara a la ciudad". OIGA VEA demostraba que la exclusión social en Cali seguía en aumento y que la carrilera por donde pasaba el tren panamericano era simplemente la línea divisoria de dos ciudades injustamente diferentes. 'OIGA VEA' terminaba con el sugestivo plano de la cara de una mujer sonriente en medio de la miseria, mientras la música va pasando de lo festivo a lo trágico en un ralentí paralizante. Comentario que anunciaba lo que luego se convertiría en una de las armas preferidas por Luis cuando habla del mundo: la ironía.
Aunque no se hacía cine, en ese momento asistíamos al comienzo de una pasión cinematográfica comandada por Andrés Caicedo y su Cine Club de Cali, que reunía los sábados en el Teatro San Fernando, a estudiantes universitarios, vecinos del barrio, miembros de pandillas juveniles, adolescentes que querían iniciarse en la vida con el cine, intelectuales, artistas y melómanos, formados y aprendices, militantes de izquierda, de derecha y del centro... de la ciudad. Luis se sumó al grupo no sólo como asistente o cinéfilo, sino como programador, como redactor de la revista "Ojo al Cine", como entrevistador, como cronista cinematográfico, como corresponsal de festivales, pero sobre todo como realizador, aunque también haya pasado por sonidista, montajista o montador y productor.
Y como realizador, su obra audiovisual, a pesar de todas las adversidades por las que ha pasado, ya suma casi cuarenta títulos, o más, pues el número exacto depende de si se toman como unidades los capítulos de varias series que ha hecho en video y que se han emitido autónomamente por televisión. La dupla Ospina-Mayolo, activa como realizadora hasta el mediometraje AGARRANDO PUEBLO, terminado en 1.978, realizó tanto documentales como argumentales o ficción ciñéndose al método declarado de la Risa, sin que ésta generara propiamente comedias, al contrario, las realidades documentadas o inventadas por ellos pueden estar más cerca de lo trágico, y la risa puede aparecer más como arma de defensa, que como una celebración, aunque dejándole siempre al espectador la posibilidad de que reaccionara como él mejor se sintiera. En AGARRANDO PUEBLO ejercen la crítica con medios cinematográficos poniendo en evidencia a cineastas que vampirizan la miseria para obtener réditos políticos o financieros.
Separado de Mayolo en la realización, aunque siempre cercanos y actuando como cómplices mutuos, Luis ha realizado desde 1.982, dos largometrajes de ficción distribuidos en teatros de 35 milímetros, y muchos documentales, algunos de ellos también largos, pasados en televisión, en festivales o en salas de video en muchas partes del mundo. En algún momento reciente de reflexión Luis ha declarado que se siente más cómodo en el documental. Nosotros concordamos en que, por lo menos es allí, en el documental, donde él nos ha hecho, a los caleños de mi generación y de las que vienen detrás, sus principales aportes. Empezando por la memoria de ciudad que él ha evitado que se muera. Luis Ospina ha contribuido a que gran parte de la memoria de esta ciudad siga viviendo estimulada por sus películas, la Cali que él nos ha permitido seguir re-visitando es, sobre todo, la Cali de los setentas y los ochentas, la Cali no sólo de los lugares emblemáticos como la Avenida Sexta, la Plaza de Cayzedo o el Puente Ortiz, sino la Cali de los barrios y personajes populares, los personajes de la calle, los taxistas, los emboladores, los peluqueros, los rumberos, los artesanos y hippies, pero también los personajes de la cultura que rescató (Andrés Caicedo y Antonio María Valencia).
No es sólo una revelación celebrativa de la ciudad, es sobre todo una mirada crítica, pocas veces nostálgica, que descubre verdades dolorosas, que avisó a tiempo sobre pérdidas inevitables y que pudo crear conciencia. Hay además una mirada histórica sobre Cali que Luis construyó, sobre todo, en la serie de diez programas titulada CALI, AYER, HOY Y MAÑANA, donde él quiso cerrar el capítulo de Cali en su vida, antes de irse a vivir a Bogotá. Esa MEMORIA es el principal aporte de Luis a la ciudad.
Sin embargo, hablando de herencias, no podemos olvidar que además de temas y de memoria, Luis Ospina le ha aportado a toda una generación de documentalistas, de videastas y seguramente de artistas visuales y plásticos, pero también de caleños de a pie, que nos hemos alimentado de su mirada, de su metodología, de su estética, de su forma de unir dos planos, de su forma de titular una secuencia, de la forma cinematográfica en que construye el discurso, el contrapunto, la contradicción, el comentario verbal, la ambigüedad, la metáfora, pero sobre todo la ironía y el humor. Luis Ospina es el maestro de la concreción, de la frase corta pero densa, del juego de palabras, del cortometraje preciso y oportuno, del chiste efectivo y demoledor, sin demeritar por eso sus largometrajes o sus artículos de largo aliento, que no son otra cosa que un ejercicio de unión de unidades cortas pero densas.
Eso se puede advertir en el libro que celebramos hoy. PALABRAS AL VIENTO tiene el sugestivo subtítulo de "Mis sobras completas", porque seguramente él considera que su producción literaria o ensayística está escalones más abajo que el escalón que ocupa su obra audiovisual en una pirámide de calidad e importancia; que lo que ha escrito a lo largo de estos 35 años son sólo sobras de lo que ha realizado en el cine o en el video. Los que lean el libro se van a dar cuenta que NO, que allí también hay erudición, imaginación, concreción, que allí también hay densidad significativa, que allí también hay historias, personajes, declaraciones amorosas, revelaciones de secretos, cartas celosamente guardadas por treinta años, pero sobre todo humor. Y que el libro es también un testimonio de un habitante de este tiempo, de este pedazo de planeta, dedicado a ver, a comentar, a trabajar, pero sobre todo a amar el cine.
Yo se que interpreto bien a muchos caleños de mi generación y tal vez a muchos de las generaciones que nos siguen o que habitan en otras latitudes, cuando públicamente te doy las gracias, Luis, por lo que nos has dado....
Hoy, cuando se vive en Colombia un momento de euforia productiva en la actividad cinematográfica, cuando pululan toda clase de géneros complacientes, de mimos al espectador, de golosinas visuales que esperan con impaciencia que Cine Colombia les otorgue un lugar en la cartelera de los teatros de los centros comerciales, aparece otra vez la voz disonante de Luis para revelarnos "el secreto mejor guardado del arte colombiano", su último documental que no es sobre Pedro Manrique Figueroa solamente, sino sobre las ilusiones y las desilusiones, las certezas, las ambigüedades y las incertidumbres de una generación... y no sólo colombiana. Su última película no necesita un teatro de 35 para verse, puede y debe ser vista en la tranquilidad de los espacios culturales o en la comodidad de la casa. Aparece también Luis para regalarnos este libro que yo, a diferencia de Sandro Romero, quien no sabe en qué parte de su biblioteca colocarlo, si en literatura o en cine, ya lo tengo en la mejor parte en que puede estar, en la mesa de noche. Luis: que no sea el único!
Sobre la obra de Luis
Discurso de Ramiro Arbeláez cuando presentaba a Luis Ospina en el momento de recibir el título de Doctorado (Ph.D.) Honoris Causa, otorgado por la Universidad del Valle el 14 de octubre de 2.008
Gran parte de la producción audiovisual de Luis Ospina se constituye como un material de referencia para la historia de la ciudad de Cali, así inicialmente en algunas de sus películas el cineasta no se haya propuesto escribir la historia de Cali. Pero aún en esos casos, las películas o videos, en la medida que registran o caracterizan personajes caleños, desde la ficción o desde el documental, han terminado, con el tiempo, constituyéndose en referencias importantes, en verdaderos testimonios de la cultura local y regional. Más aún si ese testimonio es sobre un aspecto, un proceso, un imaginario, una parte de la ciudad, o un personaje desaparecido.
En Pura Sangre hay intención de reconstruir la tradición oral, la memoria popular, acudiendo a hechos como el crimen del 10-15 o la leyenda que explicaba el origen del “monstruo de los mangones”; lo que trajo consecuencias más allá de la pantalla detonando reacciones de personas o instituciones interesadas en negar o esconder, en los años ochentas, lo que la tradición oral sostenía acerca de unos hechos acaecidos en los años sesentas. Me refiero a la prohibición de un diario local de publicitar la película: se prohibió a los redactores nombrarla siquiera, protegiendo de esa manera la memoria (la historia oficial) de una familia de los afectos de los dueños del periódico.
Lo cual no hace sino corroborar que el arte no está exento de conflictos, y que sus productos entran en el terreno no sólo de las luchas simbólicas, sino también en el terreno de las luchas de poder. Sobre todo cuando la versión de los hechos no coincide con la historia oficial, como es el caso de la mayoría de las películas de Luis Ospina. Esa cualidad de escuchar y de observar, que Ospina explicó como producto de su timidez, funciona en el terreno práctico como una ética (la de ceder la palabra), ética que coincide con una necesidad social (la de ser escuchado) y que produce la escritura de una nueva historia, la del silenciado, vehiculada por una estética.
Hay que recordar que el concepto de Historia está aliado a la filosofía de la razón y en esa filosofía el otro, que es el otro de la razón, no desaparece por excluido (lo que también es), sino porque es silenciado. Los personajes de los documentales de Ospina, algunos de los cuales pertenecen a sectores populares, son representantes de los silenciados. Luis Alfonso Londoño, los habitantes del barrio el Guabal, Dutman Poe, los emboladores, los peluqueros, los taxistas, los transeúntes anónimos del paseo Bolívar, del Puente Ortiz o del Puente España, tienen su historia y habían sido sistemáticamente silenciados. Esa ética resulta pues, eminentemente reivindicadora. Aún en los casos de los personajes que pertenecen al universo de los artistas, como Antonio María Valencia, Máximo Calvo, Andrés Caicedo, Lorenzo Jaramillo, Fernando Vallejo o Eduardo Carvajal, se trata siempre de rescatar una obra olvidada, silenciada, o desconocida por la historia oficial. Y cuando hay referencias a la “oficialidad”, como en el caso del documental Oiga Vea, donde aparecen representantes del “cine oficial”, con humor se los cuestiona, se los incomoda o se los vuelve sospechosos.
Pero esta reivindicación de la otredad se extiende también a sus personajes de ficción: Asunción, Golondrina y el trío de Pura Sangre, cuestionan desde su conducta la moralidad burguesa, y tratan hasta donde pueden de rebelarse y asumir su propio destino, su propia historia….con más o menos éxito.
Su personaje Pedro Manrique Figueroa, el artista de Un tigre de papel, simbiosis de sus otros personajes, tiene tanto de ficción como de real, es artista pero también reivindicador del universo excluido y silenciado de lo popular, encarna las contradicciones del siglo XX, opone la historia del otro a la historia oficial, y deja un amargo sabor de incertidumbre; sospechamos tanto de una como de la otra versión de la historia, tanto como admiramos el mecanismo ambiguo de su envoltorio estético, y esto nos deja -de nuevo- incómodamente inseguros, tal como quedamos cuando, en Agarrando Pueblo, el dueño del rancho, después de su danza paródica, pregunta a alguien fuera de cuadro: “quedó bien?”
A esta última pregunta es que el público tiene que responder ahora que Luis se nos ha ido y nos ha dejado su obra como legado. Por mi parte, yo le diría como le dice Sydney Greenstreet a Humphrey Bogart en El halcón maltés de John Huston: “Lo hizo muy pulidamente, caballero, muy pulidamente”.












