Arte y Cultura

Tejer la ausencia: memorias bordadas desde Buenaventura y Catatumbo

itemlink
Miércoles, 30 Abril 2025
Agencia de Noticias Univalle

En las veredas del Catatumbo y a orillas del Pacífico, mujeres han bordado lo que el conflicto les arrebató. Con hilos, cobijas y cuerpos marcados por la ausencia, madres, hermanas y buscadoras dibujan una cartografía del duelo colectivo que no aparece en los mapas oficiales. Dos investigadoras propiciaron el encuentro para convertir el dolor en memoria y el silencio en lenguaje.

En todo tejido hay una lógica secreta. Una hebra lleva a otra, como si cada puntada conociera su lugar incluso antes de tocar la tela. La aguja entra y sale, a veces firme, otras temblorosa, dejando tras de sí una huella de hilo que, con paciencia, toma forma y se convierte en historia. No es diferente lo que ocurre en el cuerpo: nuestras cicatrices también son hilos que marcan donde entró el dolor que el tiempo se encarga de coser, si es que cicatriza la herida.
Al igual que la tela, el cuerpo guarda lo que no se dice. A través de él se transmite el duelo, la pérdida, pero también la voluntad de resistir. En ciertas regiones de Colombia, donde el conflicto armado ha borrado rostros y sembrado el silencio, las mujeres han aprendido a bordar la ausencia. Con cobijas tomadas de sus casas e imágenes de sus desaparecidos en sus manos, han hecho del tejido una forma de memoria.
A través del proyecto Voces sin sentido. Cartografía de una figura inasible, realizado con el apoyo del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación para la iniciativa Orquídeas, Mujeres en la Ciencia: Agentes para la Paz y la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad del Valle, bajo la tutoría de la profesora María Eugenia Ibarra Melo; Paula Olaya Goez, psicóloga, doctora en Ciencias Sociales y docente de la Universidad Autónoma de Occidente y la Universidad del Valle, acompañó a las madres buscadoras de Buenaventura y el Catatumbo. Con aguja en mano, ellas reconstruyeron una cartografía afectiva, la del cuerpo herido que sigue andando, del recuerdo que se rehúsa a morir.

La decisión de ponerse en el centro

En Colombia, hay territorios donde el conflicto armado no es un capítulo del pasado, sino una presencia constante que reconfigura lo cotidiano. Buenaventura, con 940 personas desaparecidas, y el Catatumbo, con 2083, son dos regiones donde la vida se sostiene entre la memoria del dolor y la fuerza de la resistencia. En Buenaventura, la sombra de la violencia urbana y de las economías ilegales se extiende sobre un tejido social que, pese a las heridas, se niega a romperse. En el Catatumbo, los caminos rotos, las largas distancias y la presencia de múltiples grupos armados han sembrado un aislamiento que duele tanto como las ausencias.
En ambos territorios surgieron las madres buscadoras –aunque entre ellas también hay hermanas, hijas y esposas–, mujeres que encarnan la lucha contra la desaparición forzada. Su tenacidad ha sido reconocida con la creación del Día Nacional de las Mujeres Buscadoras, que cada 23 de octubre visibiliza su papel de defensoras de la vida y la verdad.​ Sin embargo, la búsqueda no está exenta de riesgo, estas mujeres se han visto expuestas a hostigamiento, amenazas e incluso exilios forzados cuando exigen respuestas al Estado y los actores armados.​ En medio de investigaciones propias y recorridos por morgues, ríos o fosas clandestinas, estas mujeres han pasado de ser familiares dolientes a sujetas políticas que tejen redes y reclaman justicia.
Cuando llegaron a los territorios, Paula Olaya e Isabel Cristina Garcés, joven socióloga que participó durante cada instancia del proyecto, lo hicieron con líneas de trabajo abiertas, margen que les permitió a las propias buscadoras marcar el rumbo de los encuentros. A pesar de que el objetivo inicial era hablar sobre los desaparecidos, las mujeres tomaron la decisión de ponerse en el centro de la investigación. La psicóloga constató un hallazgo decisivo: “hay un gran tejido que se ha creado a partir de las trayectorias de búsqueda que tienen en cada uno de los territorios, entonces ellas se han cuidado las unas a las otras”. Ese tejido de apoyo es la primera línea de resistencia frente a la ausencia institucional y al peligro constante.
Ser mujer en Buenaventura o en el Catatumbo implica desafiar violencias superpuestas. No basta con sobrevivir en medio del conflicto, también deben lidiar con “un patriarcado que las sigue revictimizando, que las sigue poniendo en lugares de mucha vulnerabilidad y violencia” en palabras de Olaya. De ahí que señalen un dolor preciso en la matriz, donde sienten el dolor de parir a un hijo para la guerra, convirtiendo al cuerpo materno en una frontera entre la vida y la desaparición.
Sin embargo, la exposición institucional en estas comunidades, que han sido explotadas y revictimizadas en repetidas ocasiones por el Estado y actores externos, termina moldeando cómo las mujeres narran su experiencia. Es por esto que los encuentros planteados por las investigadoras buscaban otra clase de voz, se quería “dar un discurso que emerge desde su corazón”, objetivo que fue posible sólo cuando la confianza permitió que cada mujer hablara desde su propia historia y no desde el libreto impuesto por la categoría de víctima.

Bordar los dolores

Paula, quien no llegó “con la intención de encontrar respuestas, sino de aprender a escuchar de otro modo”, acompañó un proceso donde la costura, el movimiento y la palabra se entrelazaron, hilvanando una cartografía afectiva que continúa expandiéndose más allá del taller. Durante los primeros encuentros, las participantes fueron invitadas a moverse con la guía de Estefanía Gómez, psicóloga del colectivo bogotano Cuerpo Consciente, buscando conectar a través del cuerpo como territorio. Algunas mujeres mostraron resistencia al comienzo, pero la dinámica abrió paso al flujo de emociones necesarias para bordar.
Este ejercicio de cartografía –representación gráfica de mapas– aparece dentro de la investigación debido a la necesidad de pensar formas diferentes de acercarse a personas que, sin figurar oficialmente como víctimas, han sido atravesadas por la violencia histórica del país. De esa premisa surge el ejercicio creativo de mapear a través de la costura: “Pensar la cartografía es poner sobre la mesa esos territorios subjetivos para comprender cómo se van construyendo en medio del conflicto armado” comenta la psicóloga. La tela se convirtió en un territorio simbólico donde cada puntada marcaba un lugar de duelo, esperanza o resistencia.
La cobija, objeto íntimo y cotidiano, es el soporte del bordado porque se trata de un objeto con el que todas las mujeres entran en contacto y forma parte de su historia familiar. No se trata solo de arte o terapia, el acto de bordar se convirtió en una forma de narrar lo indecible y de recomponer lo roto. Mientras las agujas avanzaban, se registraban silencios y dolores que eran difíciles de reconocer con la palabra.

No se puede intervenir sin ser intervenido

Al comenzar los encuentros, las investigadoras pronto comprendieron que no se puede ser inmune, ya que cada puntada que dieron las mujeres removía dolores propios y ajenos. El bordado se convirtió en un ejercicio de catarsis que permitió a las participantes reconocerse en la experiencia de la otra y, al mismo tiempo, liberar tensiones contenidas hasta el momento.

El proyecto también tendió puentes entre realidades distintas. En Buenaventura, la cercanía geográfica favorecía que las buscadoras se conocieran, en contraste con el Catatumbo, donde veredas dispersas y caminos precarios, dificultaba que las mujeres se encontraran. La llegada del equipo investigador permitió que aquellas que buscaban en soledad coincidieran, se escucharan y tejieran alianzas capaces de sostenerlas más allá del taller compartido.

Esa posibilidad de escucharse mutuamente quedó cristalizada en la cartilla metodológica, elaborada dentro del marco del programa Orquídeas, que detalla los pasos seguidos durante los talleres participativos. “Entonces la cartilla sirve para inspirar nuevas alianzas, nuevos tejidos, otras formas de escucharse entre ellas mismas y poner en el centro de la atención del cuidado, tanto en la intervención como en la investigación, al cuerpo”, comenta Paula. Ella espera que el material inspire nuevos encuentros de cuidado en otros territorios porque en esas páginas no está consignada una metodología aislada, quedó también el eco de una experiencia tejida entre cuerpos y memorias.

Como en todo tejido, hay hebras que no se ven, pero se sostienen. La ausencia no se borra, pero se nombra; el dolor no desaparece, pero se comparte. En las veredas del Catatumbo y a orillas del Pacífico, las mujeres tejieron no sólo recuerdos, sino también presencia, pues lo que la violencia quiso arrancar de estos territorios, ha sido bordado de vuelta. Y mientras haya hilos, habrá memoria.

 

Por Salomé Mizrachi
Agencia de Noticias Univalle

Nuestros Medios

  • Boton de Univalle TV Canal Universitario
  • Boton de Univalle Radio
  • Boton de la Revista Campus Revista Institucional
  • Boton de la Agencia de noticias Univalle

Nuestros Eventos

Información de la Agencia

  • Directora
  • Fulvia Carvajal
  • Coordinador de Información
  • Diego Alejandro Guerrero
  • Comunicadores y Periodistas
  • Laura María Parra
  • Yizeth Bonilla Vélez
  • Diana Patricia Sevilla
  • Edgar Hernán Cruz García
  • Melissa Pantoja Osorio
  • Contactos
  • agenda@correounivalle.edu.co
  • Universidad del Valle
  • Cali, Colombia