Por Edgard Collazos Córdoba
Ya no recuerdo dónde leí que cierta vez un lector le preguntó a Borges - ¿por qué los escritores argentinos no nombran las calles de Buenos Aires en sus relatos? Borges quien aún conservaba el privilegio de la visión, le respondió -pónganles nombres y las incluimos.
Esa respuesta, indudablemente desconocía la importancia cartesiana apta para ubicar puntos en un plano, y profesaba más la pasión por la relación de la literatura con la ciudad, porque promulgaba una mitología ciudadana, necesaria para la construcción ficcionaria que todas las grandes urbes tienen.
En Cali esa práctica ayudaría a enfatizar la relación de la gente con su historia, tan importante como la práctica necesaria de encontrar direcciones en un espacio trazado con calles, carreras, diagonales y transversales identificados con números, mera urgencia del tiempo y el cumplimiento de una cita.
Los detractores de esta propuesta argumentarán que designar las calles de Cali con los nombres de mujeres y hombres ilustres, ya sea en la literatura, en las artes, en la ciencia y en el deporte no permitirán encontrar con rapidez direcciones, porque nuestra mente cartesiana ya está inmersa en el entrenamiento de ubicarnos imaginariamente en coordenadas, en líneas que se cruzan en un plano, donde X es la karrera y la letra Y representa las calles. Cabe responder que una acción no invalida la otra, que las calles podrán seguir siendo nombradas en su nomenclatura y que se trata de humanizar esos espacios vitales por donde a diario transitamos. Vale agregar que no sé de alguien que se haya perdido en París porque las calles tengan nombres. Allá existe la Avenida Montaigne, Avenida Victor Hugo, y es inolvidable la Avenida de los Campos Elíseos. En España, por ejemplo, existe una calle llamada Francisco de Goya y otra Federico García Lorca, nombres que proclaman una memoria histórica, un homenaje perdurable de identidad. En estados Unidos hay calle para Martín Luter King y en Minnesota una calle de tres kilómetros lleva el nombre del poeta y músico Bob Dylan y en Liverpool hay calle John Lennon y curiosamente en Tennessee se generó un debate ciudadano que permitió cambiar el nombre de la calle Highway por Avenida Elvis Presley Boulevard.
Llamar a las calles con nombres de artistas, escritores u hombres de ciencia, aparte de humanizar el lugar donde vivimos, es un reconocimiento artístico, una acción que traspasa la conciencia histórica de la ciudad, o una manera de anclar nuestras versiones de la realidad a un recorrido inusitado de obras y de otras épocas, porque transitar las calles, pese a que se está inmerso en una geometría euclidianamente urbana, también nuestros sentidos estarían instalados en otra dimensión más espacial, poblada de pasado y de recuerdos.
La historia de la filosofía nos habla de los peripatéticos, pensadores que viajaban a pie de una polis a otra departiendo enseñanzas itinerantes. George Steiner, cuando enumera los elementos que intervinieron en la formación de Europa, le da capital importancia al viaje a pie, a la ruta que Kant recorría a diario, a través de Konigsberg y los extensos paseos de Kierkegaard por Copenhague. Podríamos agregar que, gracias a la plenitud y humanización de las calles, Charles Baudelaire creó ese insigne personaje de la literatura llamado el flaneur, alguien que camina por las calles de París, contemplando la ciudad, convirtiendo los espacios en visiones artísticas.
Existe una curiosa intimidad entre la literatura y las calles. Recordemos que las calles son diseños, son trazos, y que la obra literaria está poblada del mismo lenguaje urbano. En la poesía cuando se habla de la métrica aparecen las palabras: “pie, compás, encabalgamiento” y hay una relación (isocronía) entre el ritmo del corazón y los acentos rítmicos de la poesía clásica, sobre todo en el pentámetro yámbico.
Pensar que en Cali podríamos empezar a bautizar las calles, plazas, parques, avenidas y bares con el nombre de los músicos, poetas, novelistas, es privilegiar los momentos más sensibles de nuestra relación con los espacios de la ciudad, como sucede en Portugal con el paseo Lisboa, o el reconocimiento de los bares y cafés de Copenhague donde asistió Kierkegaard. No conozco en Cali una calle que se llamé Jorge Isaacs, o una avenida cerca del Conservatorio de música con el nombre de Antonio María Valencia, o paseo Antonio Llanos, ni en el Barrio Obrero hay un parque que se llame Humberto Valverde. Lejos estamos de asignarle un nombre que humanice el Boulevard del río, y otra avenida que se magnifique con el nombre de Estanislao Zuleta. Me imagino que la Calle Andrés Caicedo estaría cerca del Museo la Tertulia, y sería una designación al cambio generacional de nuestra literatura. No deseo abstenerme de pensar cuál espacio podría reconocerse con el nombre de Luis Ospina y Carlos Mayolo. Esa decisión permitiría incluir la ciudad imaginaria en un plano geométrico real, lo que significaría una extensión de la realidad, no otra cosa es la literatura.












