Quienes entraron a la biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle en esa tarde de lunes, se transportaron, de repente, a otra dimensión cultural: como escapados de las páginas de un cuento, los pasabocas, jarras, tacitas, teteras y ornamentos propios de un salón de té chino se materializaron en medio de las salas de lectura.

El encuentro de tradiciones gastronómicas fue parte de la inauguración del mes cultural China en Univalle, que convocó a la mesa no solo a estudiantes y funcionarios de nuestra alma máter, sino que contó con el acompañamiento del embajador de la República Popular China, Lan Hu, y el rector de la Universidad del Valle Edgar Varela Barrios.

Ellos observan cómo Peter, un hombre de cabellos plateados por la edad, da pinceladas sobre un pliego de papel blanco. Tanto el rector como Darío Henao, el decano de la Facultad de Humanidades, que está a su lado, observan los pasos de esta escritura con la curiosidad de quien mira a lo ignoto. Según explicó el embajador, el lema inscrito se corresponde con el dicho colombiano “al que madruga, Dios le ayuda”.

En silencio, frente a la mesa principal, espera Candy, una mujer cuyo gesto expresa la dulzura del apelativo con el que la llaman. Seguramente, su nombre tiene el mismo origen que las briznas secas de té que contempla mientras la funcionaria de la División de Bibliotecas hace un periplo por los tipos de té y habla sobre los pasos imprescindibles para presentar respetos a los invitados y obtener los mejores sabores del producto.

El protocolo se llama Gongfu Cha, que significa ‘tomar el tiempo para el té’. Así pues, Candy comienza por presentar el frasco a los espectadores como un sommelier que indica la botella de vino en la mesa. Posteriormente, toma con una cuchara de bambú las hojitas secas de té rojo y las ubica sobre un plato a la vista de todos.


Enciende la tetera a su lado. Mientras el agua llega a su temperatura ideal, deposita algo del té extraído en una taza de cerámica y acto seguido las baña en el líquido. El té, facultado con los encantos del rey Midas, transforma el color del agua en una sustancia áurea que impregna el ambiente con un aroma espiritual cercano al incienso.


Tras este sonido de la pequeña cascada de agua, CandyfFrota la tapa contra el borde de la taza en movimientos repetitivos, lentos y circulares, como una espiral, hasta que encaja en su lugar. Según explica la profesional de bibliotecas, es para quitar las burbujas de la infusión. Pasa el té por un colador hacia otro recipiente, donde la infusión brilla dentro de su blanco contenedor. Finalmente, sirve el té dentro de las tacitas para tomarlo.


Y list… no todavía. El que parecía el paso final, se convierte en un procedimiento más cuando Candy toma unas pinzas de bambú y deja caer el contenido de las tazas, una por una, en la rejilla. Los recipientes quedan aromatizados, listos para recibir el té que la anfitriona vuelve a preparar y sirve nuevamente, gota a gota.

El procedimiento de preparación se ha completado. Sin embargo, falta algo importante: la forma de tomar correctamente la bebida. Candy toma la taza con delicadeza ante sí, sonríe mientras contempla su bebida. Aspira con lentitud. Deja salir el aire en una exhalación prolongada. Finalmente, acerca la taza a sus labios y da un pequeño sorbo.

Esa sonrisa tenue, que antes se esbozó ante el color del té en su recipiente, se hace más explícita ante la constatación de ese sabor especial, tan anunciado por el aroma.

La ceremonia concluye con un leve asentimiento de Candy. Y con él, la atmósfera de salón chino atraviesa el planeta y volvemos al barullo de una fila de estudiantes que entre risas y efusivos agradecimientos, tomaron el té sus tazas -esta vez de icopor- y disfrutaron el sabor de esos tentempiés traídos de la tradición oriental.












