Las paredes de hormigón, las sillas de madera y los helechos gigantes que cuelgan del techo simulan el jardín de una mansión de Nueva Orleans. Un salón de clase convertido en un escenario fantástico, repleto de público hasta sus límites físicos.
Frente al escenario éramos casi setenta personas, acomodadas en sillas y una pequeña gradería, teníamos que poner mucho cuidado al entrar, pues un paso en falso podría echar al piso una de las luces del teatro. La acomodación no dio abasto, algunos no alcanzaron a sentarse, sin embargo, eso no impidió que vieran la obra, decidieron quedarse de pie.
Se empiezan a escuchar sonidos de selva, al cabo de unos minutos van disminuyendo su volumen hasta quedar en un profundo silencio. Unas pasos se aproximan al jardín. De las esquinas del escenario salen dos ráfagas de humo, representado el vaho de calor que emerge de la tierra después de la lluvia. Las pisadas se hacen cada vez más cercanas, de repente entra una mujer que camina apoyada en su bastón cuyo puño es de oro. Su cabello es rojizo, lo lleva recogido, viste un vestido de color lila; en su pecho cuelga un prendedor de brillantes en forma de anémona.
Detrás de la mujer camina un joven médico, vestido con un traje blanco impecable. Su tez es brillante, en general un hombre muy atractivo. Sin embargo, la actitud de esta mujer, la señora Violeta Venable, hacia el doctor Cukrowicz, es altiva e indiferente a su encanto.
Así inicia esta obra del dramaturgo norteamericano Tennessee Williams, que durante dos horas logra atrapar la atención del público haciéndolo testigo de las complejas relaciones de amor y odio que se gestan al interior de una familia adinerada de los Estados Unidos en los años treinta.
Este drama realista, se desenlaza en el jardín de la mansión Venable, donde la señora Violeta cita al joven doctor, con la promesa de ayudarle económicamente en la construcción de su clínica psiquiátrica. Sin embargo, le pide algo a cambio: debe escuchar y diagnosticar a su sobrina, la joven Catherine Holly, quien fue testigo de la muerte de su hijo el poeta desconocido Sebastián Venable.
La historia transcurre entre situaciones de tensión, algunas con cierta gracia e ironía a las que los espectadores respondemos con risas. A medida que Catherine cuenta su historia y deja ver en su rostro la conmoción que le produce hablar sobre la muerte de su primo, describe cada detalle, cada acción y a quienes participaron en ellas. El escenario se queda en un silencio absoluto, las respiraciones se hacen cada vez más pausadas, todos esperamos el desenlace de aquella historia que tanto perturba a esta mujer. Estamos atentos a cada palabra, sin embargo, no dejamos de fijarnos en los gestos que hace la señora Venable al escuchar a su sobrina hablar. Sentimos en ellos el resentimiento que le produce el no poder haber impedido la muerte de su hijo, cuya lejanía impidió que ella tejiera sobre él esa fina tela de araña con la que siempre lo había protegido, con la que lo hacía solo suyo.
Al igual que nosotros, los personajes de la historia esperaban expectantes el desarrollo del relato. El mayordomo de la familia Venable, la señora Holly y Jorge quienes eran la madre y el hermano de Catherine, una monja del psiquiátrico donde estaba internada Catherine y la señora Venable, todos, tanto ellos como nosotros, teníamos los ojos clavados sobre Catherine, mientras el doctor Cukrowicz le ordenaba que continuara su narración.
El clímax llegó y finalmente todos supimos en qué circunstancias murió Sebastián Venable. Violeta no resiste el final de la historia, se levanta de la silla en la que estaba sentada y estalla en gritos diciendo: —¡Manicomio del Estado, arráncale del cerebro esa horrible historia!. Es la orden para que a Catherine le hagan una Lobotomía.
Agobiados los familiares de Catherine no saben qué hacer, la historia de la joven parece salida de un cuento de terror. Catherine, caminando al azar, sale al jardín, seguida por la monja. El doctor se queda solo en el jardín, pensando en la posibilidad de la certeza de lo que acaba de escuchar.
Las luces se apagan y el sonido de los aplausos inundan el lugar, los actores se toman de las manos y se inclinan ante el público.
El montaje de esta obra representó un gran reto para este grupo de siete estudiantes de quinto semestre de Arte Dramático, quienes se enfrentaba por primera vez a un texto de gran complejidad.
Esta obra es producto de la búsqueda personal de su director, Felipe Andrés Pérez, quien lleva años investigando el realismo dramático y encontró en Tenesse Williams la manera de seguir su búsqueda. Pérez actualmente cursa la Maestría En Creación y Dirección de la Universidad del Valle, uno de los requerimientos para graduarse es montar una obra de este autor.












