Lo que pasa en la U

Covid-19 malestar en la sociedad

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Jueves, 02 Julio 2020
Agencia de Noticias Univalle

Apartes de la conferencia virtual del profesor del Departamento de Ciencias Sociales Luis Carlos Castillo, en el ciclo “Lunes de debate” que organiza el Departamento de Filosofía de la Universidad del Valle.

Aunque los muertos que ha dejado el covid-19 hasta la fecha, distan de los 50 millones que produjo gripe española, entre 1918 y 1919, esta pandemia global ha generado un profundo malestar en la sociedad y consecuencias imprevistas, que la transformarán irremediablemente.

En el corto plazo, la interacción social seguirá fuertemente impactada. Por ejemplo, comienzan a presentarse rebrotes en Pekín razón por la cual el Gobierno Chino nuevamente ha tomado la medida del confinamiento. Por tratarse de un virus para el cual la población no tiene inmunidad, lo más seguro es que la pandemia continuará por un tiempo prolongado, hasta que se produzca una vacuna o un medicamento eficaz. Incluso, como dicen los biólogos, el virus no desaparecerá y tendremos que acostúmbranos de convivir con él.

Es muy probable que, en los próximos años, cuando disminuya el número de infectados y de muertos, la sociedad habrá olvidado el sufrimiento que estamos padeciendo. A mi modo de ver, la enseñanza más dramática que ha dejado la pandemia del covid-19 es que el capitalismo, como sistema económico, es contradictorio en la defensa de la vida.

Puede promoverla, pero también destruirla, cuando de salvaguardar la ganancia, su principio axial, se trata. En la contradicción entre vida y muerte, que ha atormentado a la humanidad desde sus orígenes, el capitalismo busca la ganancia.
Dan Patrick, vice gobernador de Texas, Estados Unidos, pidió a las personas mayores de 70 años sacrificarse en el altar de la patria, para que la economía siguiese funcionando. Han salido a flote las debilidades de la especie humana y las dificultades para frenar la estela de muerte que deja el virus ha significado un rudo golpe al narcisismo y egolatría de dicha especie.

Y pese al extraordinario avance de la ciencia, nos quedamos, como principal medio para combatir el nuevo coronavirus, con un dispositivo medieval como es la cuarentena. Por ahora, la interacción humana está signada por el miedo. Miedo a relacionarnos con el otro, a hablar con el compañero de la oficina, al que se acerca, al que toca la puerta, porque pueden ser portadores de la muerte.

Es el imperio del miedo, como lo describe la filósofa norteamericana Martha Nussbaum (2019) en su libro La monarquía del miedo. La costumbre que ha imperado por milenios, desde la creación de la humanidad, de relacionarse cara a cara, aunque transformada por la compresión espacio temporal, está seriamente afectada.

El apretón de manos, el beso en la mejilla (entre los españoles son dos, pero entre los rusos pueden ser seis) y el abrazo son cosas del pasado. Las relaciones sexuales están también impactadas, no solo entre los profesionales de la salud, cuando los miembros de una misma familia se desempeñan como médicos o como enfermeras, sino entre las personas en general, por la cuarentena.

Se teme por lo que nos deparará el futuro y por el de nuestros seres queridos. Los padres no quieren enviar a sus hijos al colegio porque temen que se contagien y transmitan la enfermedad a sus familiares más cercanos.

Como resultado de las teorías conspirativas, algunas personas mayores temen ir a los centros de salud porque creen que pueden ser inyectados, infectados y terminar como un número más en las frías estadísticas fatales del covid-19. A lo mejor, el miedo disminuirá y recuperaremos nuestras muestras de afecto, solo cuando se disponga de la vacuna, que, entre otras cosas, debe ser un bien público de la humanidad, para evitar que los grandes laboratorios farmacéuticos la conviertan en una fuente de ganancias extraordinarias, impidiendo que lo países pobres la adquieran.

Una de las grandes enseñanzas que ha dejado la pandemia es que el virus no ataca a todos por igual, como se dijo al comienzo. Han quedado al desnudo las grandes desigualdades sociales. El covid-19 se ensaña con los más pobres y con los más débiles. Como resultado del confinamiento, se han incrementado la violencia contra las mujeres y el feminicidio. “Las mujeres están siendo y serán las más afectadas.

No es cierto que la pandemia nos iguala. Los más pobres están pagando un precio más alto que los ricos, simplemente por tener menos recursos con los que protegerse del virus.” (Bachelet, El Tiempo). En los Estados Unidos, donde se mide la variable étnica y racial de los fallecidos, la mayor proporción la aportan los afroamericanos.

En Wisconsin, los afroamericanos son solo el 6% de la población de ese Estado, pero más de la mitad de los que están muriendo por la infección viven en un condado particular y son todos afroamericanos. De manera similar al resultado del clásico trabajo de Charles Rossenberg (1962) sobre el cólera en la ciudad de Nueva York, en el que mostró que la enfermedad se ensañaba con la gente más pobre, representada por la población inmigrante proveniente de Irlanda, en la “Capital del Mundo” el covid-19 ha afectado también mayoritariamente a los menos favorecidos, en especial a la gente negra.

La pandemia ha hecho entender a la sociedad que sin salud no hay economía. Durante muchos años, guiados por las políticas neoliberales, los servicios de salud han sido debilitados con la consecuencia que enfrentan muchas dificultades para contener la pandemia.

El sistema de salud de la principal potencia del mundo se declara impotente para detener la muerte que produce el covid-19. Hemos comprendido que la sociedad del futuro no puede someter los servicios de salud a la lógica del mercado, como se ha venido haciendo. Así no haya retorno económico, el Estado debe invertir en la salud, entendida como un servicio público.

En la era de su desmonte, como lo ha pregonado el neoliberalismo, hemos descubierto con la pandemia, que ninguna empresa privada, por poderosa que sea, puede enfrentarla. Solo el Estado, a pesar de sus debilidades, puede hacer frente a la muerte que nos depara el nuevo coronavirus. El covid-19 ha profundizado las desigualdades sociales, el desempleo, la pobreza y el sufrimiento de las gentes menos favorecidas. De acuerdo con el informe Global Economic Prospects, que acaba de presentar el Banco Mundial, el impacto del coronavirus hará retroceder la economía mundial en 5,2%, algo que no sucedía desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

El Producto Interno Bruto (PIB) en América y el Caribe se contraerá este año en 7,2% y en Colombia tendrá una caída de 4,9%. Las filas para reclamar comida en Alemania e Inglaterra se han incrementado. En Estado Unidos, 30 millones de personas han pedido el subsidio de desempleo, algo antes nunca visto.

La Cepal estima para América Latina y el Caribe que en el 2020 la tasa de pobreza aumentaría 4,4 porcentuales y la pobreza extrema 2,6 puntos porcentuales con respecto a 2019.
Oxfam muestra en sus estudios que la actual crisis podría empujar a cerca de quinientos millones de personas a la pobreza en todo el mundo (Vera, 2020). En Colombia la tasa de desempleo de abril pasado fue de 19,8%, la más alta del mes de abril de los últimos 20 años.

5,4 millones de colombianos perdieron el empleo. Como los ingresos de los hogares están relacionados con el empleo, se sumaron a la condición de pobreza 2,3 millones de colombianos. Hoy los pobres constituyen el 31,9% de la población (Mejía, 2020, pág. 11.1). Los países de América Latina terminarán más endeudados porque ante la carencia de recursos para enfrentar la pandemia han tenido que acudir a los empréstitos del Banco Mundial. Por ejemplo, el endeudamiento de Colombia pasará del 50% del PIB al 60% .

En las escuelas, colegios y universidades los profesores han descubierto, obligados por las circunstancias impuestas por el confinamiento, las potencialidades de las nuevas tecnologías de la información, pero también los peligros y debilidades que se esconden en el mundo de la virtualidad.

Se ha acentuado la estratificación entre los conectados y no conectados y hemos comprendido mucho más las desigualdades en dicha estratificación. Por ejemplo, la Unesco muestra en uno de sus estudios que la mitad del total de alumnos en el mundo, unos 826 millones, no ha podido recibir clases virtuales porque no tiene un computador ni un teléfono inteligente para acceder a internet.

Pero el virus no solo es un desafío a la salud pública, sino también a los derechos humanos y a la democracia. Entre la seguridad y la libertad, la gente opta por la primera por su relación con la vida. Este ha sido el caldo de cultivo para que los autoritarismos salgan a flote. Con el pretexto de salvaguardar la vida, se comienzan a cercenar derechos democráticos, se toman decisiones desconociendo los parlamentos. Por ejemplo, el parlamento húngaro otorgó poderes casi ilimitados al primer ministro derechista, Víktor Orbán, para que ataje la pandemia.

En Brasil, el presidente Bolsonaro propone cerrar el Congreso y la Corte Suprema, porque está en contra del confinamiento como medida para enfrentar el covid-19. Se dice que Asia, en especial China, ha sido más eficaz que Occidente en la lucha contra el virus. Pero, como lo muestra el filósofo surcoreano Chul Han, esto ha sido posible gracias a la exacerbación de la biopolítica.

El Estado chino controla a través del big data, mediante un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de internet y de telefonía móvil y las autoridades, el tiempo y el espacio de los ciudadanos.
Cada clic, compra, contacto o desplazamiento es controlado. La pandemia se ha contenido, pero gracias a la extrema vigilancia digital y policial.

La pandemia acelerará los cambios geopolíticos. Desde hace varios años, Immanuel Wallerstein (2007), Giovanni Arrighi (1999) y Manuel Castells (1998, 1999) han insistido en que la hegemonía de los Estados Unidos ha comenzado a declinar y está siendo reemplazada por la de China.

En la confrontación entre estas dos potencias, de la que éramos testigos antes que apareciera el covid-19, es posible que, en la post pandemia, China emerja como el poder hegemónico mundial. La revista económica más prestigiosa del mundo.

El sociólogo Slavoj Žižek piensa que el virus le ha asestado un golpe mortal al capitalismo. Personalmente, no creo que el virus acabe con la globalización ni con el capitalismo. Pero es muy probable que se acentúen los nacionalismos, los autoritarismos y que se exacerbe el proteccionismo con la idea de salvaguardar la nación, como ya acontece en los Estados Unidos. Por ejemplo, al comienzo de la pandemia, el primer ministro de Italia dijo que no había recibido ni un tapabocas de la Unión Europea, para significar que cada país, así hiciera parte de la gran alianza continental, estaba tratando de salvarse por su cuenta, sin la cooperación del resto de naciones europeas.

Para paliar la estela de pobreza y sufrimiento que ha dejado el virus, diferentes Estados han propuesto una renta básica universal. Entre nosotros se ha sugerido otorgar durante tres meses un salario mínimo a 9 millones de hogares, más o menos a 30 millones de personas. No obstante, el Gobierno ha dicho que no tiene los 24 billones de pesos que costaría esa ayuda.Pero no se trata de una ayuda por tres o más meses a los más necesitados. Se trata, más bien, de cómo redistribuir mejor la riqueza en unos de los países más desiguales del planeta como es Colombia.

Las fuerzas progresistas tendrán que estar atentas para que los autoritarismos no progresen con los cantos de sirena de la defensa de la vida, tendrán que luchar para que las desigualdades sociales no se sigan acentuando. No se trata de establecer una renta básica universal, sino de transformar el sistema económico, para lograr una mejor distribución de la riqueza. Solo las fuerzas sociales del futuro podrán derrotar este malestar que el covid-19 ha empotrado en el cuerpo social. No perdamos la esperanza, ni la utopía de un mundo mejor.

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