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El jardín de Freud

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Martes, 10 Septiembre 2024
Agencia de Noticias Univalle

En la zona verde aledaña a la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas se reunía el Jardín de Freud.

Por Edgard Collazos Córdoba
Profesor Escuela de Estudios Literarios

 

No sé quién, hace ya casi medio siglo, bautizó ese espacio del campus de la Universidad del Valle con el nombre del Jardín de Freud. Por años he entrevistado a los que pertenecieron y convirtieron ese lugar en la sede de un cenáculo del pensamiento, y que aún persisten en andar vivos, y me he llevado la sorpresa de que ninguno está de acuerdo en el autor de tal ocurrencia. Debió ser alguno de los más hábiles con el lenguaje, aunque casi todos los integrantes del Jardín de Freud tenían el don de la palabra. Me han dicho que fue el poeta y dramaturgo Román Betancourt, pero ahora es imposible preguntarle, porque a inicios de este año falleció a causa de exceso de vitalidad, igual que el cuentista Arlet Corredor, quien murió a manos de un asesino parecido a uno de los personajes de sus relatos. Hay quienes coinciden en que el nombre es autoría del poeta y profesor de la Escuela de Literatura, Julián Malatesta y hay quienes se lo adjudican al ya fallecido, lúcido y diletante Jorge Santiago Quintana, o “Jorges”, como le llamaban, debido a su amplio conocimiento que ya en los años de la segunda mitad de los setenta del siglo pasado, tenía de la obra de Borges.

Vale precisar, que, antes de convertirse en un lugar de encuentro y reflexión donde se frecuentaron los más vastos temas del pensamiento y se habló sin reverencia de venerables autores de la filosofía, literatura, cine y política, ese espacio era solo un extenso césped al lado de un cruce de caminos de estudiantes y profesores que iban y venían por los senderos de la universidad en busca de sus aulas.

No me equivoco, si afirmo que los primeros en frecuentar el lugar fueron los estudiantes menos aconductados por el academicismo de la época. Se aposentaron ahí, porque era un cómodo mirador, desde donde se podía admirar la belleza de las estudiantes de las escuelas de Psicología y Ciencias de la Comunicación y las sabias y a veces adustas caras de los profesores de Humanidades e Ingenierías que pasaban prestos a dictar sus clases a las tres de la tarde, no sin antes voltear la cara y dar una mirada al Jardín de Freud.

A los fundadores, su actitud relajada les permitía sentarse en el prado después de ingerir el millón de arroz y el sudado de carne, papa y zanahorias que brindaba el restaurante de la Universidad, amén del tazón de mazamorra que suplía la sobre mesa, (o la pobre mesa, así le decían) y así fue como empezó a convertirse en un agradable sitio donde retozar después del almuerzo, entre comentarios de lecturas y frases que los profesores habían lanzado cuando dictaban sus cátedras.

Lo cierto es que el llamado Jardín de Freud, más allá de haberse convertido en un lugar de reunión de hombres y mujeres jóvenes, donde se concertaban citas, se cantaba, se escuchaba música de todo género, poco a poco se fue convirtiendo en un cenáculo intelectual ubicado al costado derecho del edificio de la administración de la Universidad del Valle.

Como el sitio estaba estratégicamente bien ubicado y la molicie que inspiraba la sombra de las Acacias de la India y el sentimiento de la época congregaba al diálogo, con el tiempo fueron llegando uno a uno estudiantes de inteligencia inquieta. Recuerdo haber visto por primera vez al gran Leudo, un estudiante de economía; piel de ébano y de una inteligencia clara y curiosa, pues tenía la pertinencia de acertados análisis políticos y económicos y junto a él Edgar Varela Barrios, acompañado siempre de su Aristóteles y Foucault bajo el brazo. Y a Gregorio llano y su hermano Gonzalo, a quien llamaban “el Comanche”, de pensamiento libertario, quien, según Darío Calvo, dejaba pasmadas a su paso las asiduas concurrencias del jardín.

Entre tantas jóvenes, traída por los vientos refrescantes del sur, llegó de Popayán la solidaridad inolvidable de Lucia Ponce de león Chaux, y el encanto de la paisita Marta Quintero, acompañada de las canciones de Joan Manuel Serrat. El toque de diferencia, indudablemente lo marcaban las mujeres cuando se recostaban en el césped, como cuando lo hacía Sandra E. Gómez (Q.e.p d) y su amiga Ángela Medina.

Cuando ya era hábito sentarse en el Jardín de Freud y la fama de su congregación crecía, llegaron los anarquistas del “guácimo”; les llamaban así porque su lugar de conspiración era bajo la sombra de un árbol ubicado cerca a los predios del lago entre el humo de perezosos inciensos adormecedores. Aparecieron un día con deseos de riña, al mando del inteligente David Lozano, Jaime Parra y Camilo Osorio, apodado CAOS, quien solicitaba a los profesores de filosofía “un toquecito de epistemología”, pero, la hermandad que se sentía en el jardín les derrotó su maledicencia mas no sus ideales, y en adelante fueron fuertes dialogantes.

Entre tantos congregados por la amistad y el fervor por el conocimiento, llegó “el hombre del tenedor”, Carlos Gómez, un filósofo preocupado por la “patafísica”, que lucía en la muñeca del brazo derecho a modo de pulsera un curioso y sofisticado tenedor retorcido, que jamás se quitaba, después de tantos años he preguntado por el, y quienes lo han visto me dicen que aún luce su icónico amuleto.

Luego, atraído por la curiosidad que generaban los comentarios, llegó el historiador Pablo Rodríguez, hoy eminente profesor de la Universidad de Bogotá, en compañía del diletante Rafael Uribe, y con Pablo hicieron presencia las teorías de su maestro Germán Colmenares; con la llegada de Oscar Campo, llegó la imaginación, y el cine e hizo presencia el Cali Wood y el Ojo al Cine de Andrés Caicedo. La erudición de varias áreas de la filosofía y la economía y la presuntuosa verdad teórica, se encarnó en la inteligencia de Boris Salazar y la rigurosidad de los puntos de vista del estudiante de filosofía Edgar Varela, quien para esa época ya mostraba ser el intelectual que es hoy. Llegaron también estudiantes de Ingeniería, Literatura, Filosofía, Ciencias de la Comunicación, también de Psicología, hasta que, sin saber cómo y por qué, se congregó una juventud libre pensadora y disidente de las graníticas convicciones políticas que agenciaban las organizaciones de izquierda que por ese entonces militaban en la Universidad Pública, y en adelante, fueron debutando inteligencias y erudiciones que no congregaba la academia, tanto, que hasta la astrología y el influjo de las estrellas se abovedó sobre Univalle, a cargo del brujo y sabio de las constelaciones, en ese entonces estudiante de idiomas: Darío Calvo, quien me recrimina olvidar la presencia de Ángela María Robledo, una de las voces femeninas más inteligentes de todas las generaciones de Univalle y asidua integrante del Jardín y hoy, académica de la Universidad Nacional de Colombia.

Es cierto que el ardor de la época fue cómplice de la cantidad de ideas que proliferaban día a día. Quizás los jardineros, así se les solía llamar, no sospecharon que eran herederos de las vicisitudes sociales de esos años: Mayo del 68; el Festival de Woodstook; el movimiento hippie; la Revolución cubana, el Boom literario. De todo ese crisol de ideas aprendieron a lanzar sarcasmos y feroces mandobles a la izquierda y a la derecha, y eso permitió que facciones ideológicas opuestas convivieran en el Jardín, sin rencores y dogmas. No sobra decir en estas notas, que estaba de moda hablar de Althusser, Marx, Foucault, el Boom, Mijael Bakunin y se revisaban los libros de la Literatura francesa. Las teorías de Jean Paul Sartre, la Paideia griega y el existencialismo, amén de Rayuela y el Ulises eran temas de primera mano; nadie era ajeno a la temática de la Guerra Fría y la Revolución Permanente y era obligación haber leído a Mircea Eliade y Gaston Bachelard, Aristóteles, y estar versado en epistemología. Tan poco es exagerado asegurar que ningún tema del pensamiento se quedaba sin revisar, se leía a Rimbaud y Verlaine. Baudelaire era de conocimiento general y como no había restricción para nadie, también los militantes de izquierda fueron llegando y enriquecieron el debate en las discusiones entre el troskismo, maoísmo y el stalinismo tan frecuente en el mundo intelectual europeo, y si algún poeta era querido por todos, era nuestro León de Greif.

En los predios del Jardín de Freud el enfrentamiento de las teorías políticas distaba mucho de los odios. Los que sabían de esos temas terminaban sus lúcidas discusiones embriagados por el humanismo que el Jardín imponía, y recuerdo, sin riesgo a equivocarme, que las discusiones más hábiles las generó el joven Julián Malatesta, cuando con su puntilloso estilo, su verbo y su humor provocador, ( que aún no lo abandona) llegaba con su Zaratrusta y su Sábato bajo el brazo y en su torrente verbal, digno de un antiguo sofista, se enfrentaba a los anarquistas y a todos los militantes, sin importarle en cuál partido militaba el contrincante ni el rango, sacando bajo su manga las lecturas de El Capital y teóricos que nadie había leído.

Ahí por primera vez, apenas abandonando la adolescencia, escuché hablar de Carson MacCuller, de Tomas Mann, de Hermann Broch y de tantos autores que enriquecieron mi conocimiento literario. Ahí se habló y se escuchó Jazz, Blues, salsa, folklore y la música andina, y se fueron engendrando melómanos como lo han sido Memo Bejarano, quien llegó de la escuela de Comunicación, poseedor de la colección más interesante de música Jazz y el erudito y curioso Gary Domínguez, estudiante de idiomas, hoy una autoridad en la música del Caribe.

Así pues, las sesiones de música se congregaban bajo los puntos de vista del fallecido Henry “Fat” Zuluaga, quien partió de este mundo con sus bongós ya hace siete años, llevándose tras él una estela de conocimientos musicales imposibles de recuperar. Estos melómanos no discutían, estaban lejos del debate, alegraban a los congregados con sus grabaciones, y caída la tarde, entre las sombras de los edificios que iban oscureciendo la universidad, los jardineros partían hacia el centro de Cali, para congregarse y seguir con sus diálogos itinerantes en el Café de los Turcos.

Los viernes en la tarde, a la manera de un orate medieval, en compañía de sus enormes perros, aparecía Fernando Taseche: se amarraba la cadena de sus enormes mastines como una especie de cilicio y parado frente al jardín como en una especie de púlpito, iniciaba una misa en contra del rector; un ditirambo interminable de acusaciones contra la administración.

Pero, no todo era pensamiento. La beligerancia de los Jardineros se hacía notar en las marchas estudiantiles. Estos románticos del trópico Iban adelante lanzando sus consignas poéticas, tan fuera de lugares comunes, diferentes a las de la izquierda, como parte de la impronta que los distinguía y eran los primeros en enfrentarse a los indiscriminados bolillazos que la policía y el ejército descargaba sobre los estudiantes, en medio de la lluvia de pedradas univallunas, que nadie supo jamás de dónde salían.

En fin, sé que, como dice Borges, es norma general que los novelistas no presenten una realidad, sino un recuerdo y que los hechos narrados tienen como única opción ser revisados y ordenados por la memoria, por eso intento en esta nota no dejar que esa bella historia sea simplificada por el tiempo y que la anécdota usurpe la temática.

Vale decir entonces, que el Jardín llegó a convertirse en una especie de Ateneo, donde se debatían teorías filosóficas, literarias, sociológicas y se comentaban los libros que ni los profesores habían leído. Hernando Aldana, uno de los fotógrafos más finos de la ciudad, en esa época estudiante de Historia, me asegura que Francisco Jarauta, el maestro Colmenares, Estanislao Zuleta, Angelo Papaccini y Álvarez Gardeazabal llegaron a sentarse en el Jardín y entablar diálogo intelectual con sus integrantes.

Sé que toda selección de nombres es injusta y que cuando los sobrevivientes del Jardín de Freud lean estas notas, me recriminaran no haber integrado a muchos amigos tragados por mi olvido y el trajín de las grandes ciudades donde habitan, como lo hizo Hernando Aldana, quien me llamó para recordarme al erudito Francisco Zuluaga, un joven de la Escuela de Filosofía, nacido en Sevilla Valle, poseedor de algún tormento que lo perseguía desde la infancia, y que le hacía destilar un corrosivo y fino humor, hasta que un buen día, fatigado del hartazgo intelectual, con sus gafas gruesas viajó a Buenaventura, alquiló una canoa, y con una botella de aguardiente, remó ebrio de vida, de mar y de filosofía, y enterró su vida frente a la costa de la Bocana.

Al cierre de esta edición, he recordado al exquisito e irrepetible Adolfo Montaño, y sus cantos gregorianos. Nadie como él llegó a acumular tanta música coral en su memoria, haciendo que su idioma se enriqueciera de latín y cuanta lengua entonaba el canto culto, y por eso, fue por años uno de los académicos más queridos y destacado por los estudiantes de la Escuela de Música, hasta el año pasado cuando alcanzó la jubilación.

También me ha llamado Diego Garcés, lucido lector y escritor, dueño de las mejores fotos de las selvas colombianas, que, cuando no está viajando por los territorios profundos, está escribiendo los mejores comentarios sobre poemas y textos literarios, para asegurarme, que el nombre del Jardín de Freud es autoría de Román Betancourt.

Sé que es imposible en estas cortas páginas recuperar esa historia univalluna y que el indefectible olvido se encargará de enterrarla en sus predios; pero, me queda la certeza, de que, en Cali, en la Universidad del Valle, hubo un tiempo y unos jóvenes que integraron el universo humanístico, y que el Jardín de Freud seguirá existiendo hasta el día cuando muera el último de sus integrantes.

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