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Entrevista con Paola Bonavitta: pedagogías de la crueldad y violencias de género en las universidades

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Lunes, 09 Marzo 2026
Agencia de Noticias Univalle

En un mundo en que el umbral de empatía está “bajísimo”, la profesora Paola Bonavitta, a modo de Pepe Grillo o espejo de la bruja, evidencia situaciones incómodas sobre la efectividad de los protocolos de atención a violencias de género. Asimismo, nos propone caminos para no acostumbrarnos a la crueldad y lograr la equidad; aunque eso implique incomodarnos . 

Por: Laura Parra Rodríguez 
Agencia de Noticias Universidad del Valle 


Paola Bonavitta es doctora en Estudios Sociales de América Latina, magíster en Sociología y licenciada en Comunicación Social. Actualmente, trabaja como investigadora del CONICET, donde también es profesional voluntaria en el Espacio de Atención a Violencia Laboral y de Género; es docente en la Universidad Provincial de Córdoba en el Programa de Género. Además, integra la Asociación Feminista El Telar, espacio donde confluyen personas de Argentina, México, Brasil y Colombia. 

Ella fue una de las ponentes virtuales del I Congreso Internacional de la Red Diseño y Atención a las Oportunidades de Género en la Educación Superior, realizado en la Universidad del Valle los días 2 y 3 de febrero de 2026; un evento que permitió ahondar en las pedagogías de la crueldad presentes en las instituciones de educación superior. 

Como lo expresa en este texto, no se considera una feminista punitivista o “castigadora”; más bien, su propuesta ética, política y académica es sumamente tierna, construida desde su voz tranquila y llena de ejemplos que entristecen, pero que también alientan. 

¿De dónde proviene el nombre de su artículo es “Ahora todo es violencia”, que presentó en el congreso? 
Es una frase que sale literal de los talleres. Lo repiten docentes o investigadores que te dicen: “ahora todo es violencia”, “¿cómo le corrijo yo la tesis a una estudiante, si todo le parece violento’”.
Hay una culpabilización a las mujeres. Es como ‘estoy acá porque ella me denuncia’. Cuando en realidad, la persona tiene un reporte porque la ley dice que está ejerciendo violencia. Es como si la justicia, el contrato social y la mediación de la justicia no existieran. 

¿Cree que esto se ha agravado con el panorama actual? 
Por supuesto. Desde que asumió Milei en Argentina, se empezaron a vaciar los espacios de género que estaban abiertos desde el 2018 y 2020; hay universidades, incluso, en que estos desaparecieron. En el caso de CONICET, por ejemplo, —donde soy investigadora— nadie me paga un salario por trabajar en Espacio de Atención a Violencia Laboral y de Género del CONICET, trabajo ad honorem. Aquí atiende una psicóloga profesional que debe responder también por otro cargo, bajo un contrato que se renueva cada tres meses ¿Cómo proyectamos un acompañamiento a la situación de violencia, si vos cada tres meses no sabes si vas a seguir acompañando? Son, entonces, “políticas de maquillaje”. 

Con este panorama que nos cuenta ¿cree que los protocolos de atención son importantes? 
Es absolutamente necesario que existan, y que los podamos mejorar y readecuar. Sin embargo, necesitamos un compromiso político por parte de las universidades para que el cambio sea estructural; al fin y al cabo, el protocolo no deja de ser un papel. 

Por otro lado, creo que las feministas hemos puesto tanto foco en los marcos normativos, que nos hemos perdido de otras acciones vinculadas al activismo para poder desestabilizar las violencias estructurales. 

¿Cómo se consolidan, en lo cotidiano, estas violencias estructurales y cómo se expresan las pedagogías de la crueldad? 
Cuando construimos una clase que excluye a las disidencias y las diversidades —pensada para un estudiante que llega con la panza llena o que no es madre—, estamos expulsando desde el lugar de autoridad docente y reproduciendo discursos coloniales, racistas y patriarcales. 

Por ejemplo, a las estudiantes trans se les sigue llamando por su «nombre muerto» con la excusa de que figura en su documento, a pesar de que la ley es clara. Esto tiene que ver con las pedagogías de la crueldad: estoy enseñando al resto cómo comportarse y que no pasa nada si se incumple la norma. Son, en definitiva, formas de ejercer esa crueldad.

Siguiendo su explicación, podría decirse que las pedagogías de la crueldad afectan a todas las personas, incluso a las personas que ejercen violencias. 
No negamos las violencias que ejercen las mujeres ni que los varones la sufran. Existe una confusión entre lo que es bullying, lo que es violencia general y lo que es violencia de género; esta falta de distinción hace que se vacíe el contenido del concepto. Creo que debemos trabajar en cambiar la categorización: en vez de hablar de "violencia de género", podríamos hablar de "violencias patriarcales" o "violencias machistas", ya que el término actual, de alguna forma, nos encorseta. 

¿Por qué insiste en que deberíamos volver a los términos de violencia machista y violencia patriarcal? 
Nosotros tenemos un femicidio cada 27 horas en Argentina. Exactamente, hasta el 26 de enero teníamos 25 femicidios, casi uno por día. Si no trabajamos en sensibilizar, difícilmente terminaremos con el sistema patriarcal. 

Cuando habla de la violación cruenta, Rita Segato dice: ninguna violación es por deseo sexual. Las violaciones son de unos varones que le están mostrando su masculinidad a otros varones apropiándose de este cuerpo que vale menos, que es el cuerpo de la mujer o el cuerpo de una disidencia. 

Cuando una mujer agrede a un varón de determinada manera es una violencia, no una violencia de género. Cuando a una mujer la roban en la calle o la atracan no es violencia de género. No estamos negando que exista la violencia, pero no es nuestro foco. Así como alguien que trabaja sobre infancias, su foco no son los adultos; nuestro foco son las violencias patriarcales hacia las mujeres y las disidencias. 

Volvamos a la idea inicial sobre las personas que se sienten “acusadas” o “perseguidas” por los protocolos de violencia de género. 
Los mecanismos que se emplean para atender las situaciones de violencia son individualizantes y no podemos excluirlos a todos. Yo no me paro en una postura punitivista. Si excluyes a la persona, va a repetir lo mismo en otra institución; porque no pasó por un proceso de reflexión o transformación. Tenemos que trabajar todos para que esa estructura se desarme. No alcanza con atender al individuo de uno en uno. 

Por supuesto que también las violencias no son todas iguales. No es lo mismo un abuso sexual donde hay que correr rápidamente esta persona del lugar de trabajo a un una violencia psicológica. Se trabaja distinto, se atiende distinto y eso hace también tan complejo el tema de la violencia, porque no hay casos universales y no hay soluciones estandarizadas. 

¿Ha trabajado con hombres que ejercen violencias y que llegan a sus talleres después de haber sido denunciados? 
Sí, nos ha pasado que docentes con denuncias por violencia de género participan en los talleres de Ley Micaela. Son bienvenidos, porque lo mejor que puede ocurrir con alguien que ha sido denunciado es que haga parte de estos. Si no,¿cómo va a reflexionar ese varón si está solo en su casa o rodeado de otros como él? 

Cuando explicas qué es el feminismo y que han malinterpretado consignas como “Muerte al macho” —porque no es que quieras matar a ningún varón, sino al sistema—, ellos mismos dicen: “Pensé que el feminismo era otra cosa”. 

Lo mejor es que sume a cuestionarse; así nos vamos pensando entre todos. Yo llevo 20 años formándome en género y todo el tiempo estoy aprendiendo; los talleres también me construyen, me construyo con otros. Sin duda, poner el énfasis en las pedagogías nos permite cuestionar otras formas de violencia que no tienen que ver con el género. 

¿Qué le diría a nuestra comunidad universitaria para finalizar? 
Creo y confío que la única manera de transformar la sociedad es con otras pedagogías, por ejemplo, las pedagogías críticas feministas populares. Lo digo como docente. La docencia es un espacio transformador, si no reflexionamos no hay forma. Por ejemplo, ¿cómo podemos reaccionar? puedo reaccionar hablando, transformando a partir de una reflexión colectiva, no desde el asesinato. En un momento en que las juventudes están tan odiantes y con mucha incertidumbre porque no sabemos cómo va a ser el futuro, hay que dialogar.

En la foto, arriba: Gabriela BardWigdor y Paola Bonavitta, investigadoras del Conicet.

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