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Jesús Martín Barbero: un tribuno romano en el trópico

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Lunes, 21 Junio 2021
Agencia de Noticias Univalle

El gran intelectual fue una figura fundamental para todas las escuelas de comunicación social.

Por Hernán Toro, docente de la Escuela de Comunicación Social de Univalle.
Tomado de El Tiempo

La muerte de Jesús Martín Barbero, filósofo, antropólogo y semiólogo, profesor universitario, el pasado 12 de junio en Cali, desató una avalancha de comentarios elogiosos a través de las redes sociales, las versiones digitales e impresas de los diarios, los comunicados de duelo de instituciones consagradas a la comunicación y el periodismo de América Latina y de personas que le conocieron a lo largo de su fructífera y apasionada vida profesional. Fue autor de una veintena de libros, incontables artículos publicados en revistas especializadas del continente y de España, gestor de proyectos y de programas en Colombia y en un buen número de países latinoamericanos, protagonista de una infinidad de conferencias y participante en cuanto foro había para confrontar públicamente sus visiones.

Es muy probable que la etapa más fructífera de su vida intelectual haya transcurrido en Cali, en la Universidad del Valle, donde fundó la Escuela de Comunicación Social a mediados de los años 70. Se jubiló a finales de los años 90, pero su legado es imborrable e innegable. Jesús Martín Barbero trazó el camino de la Escuela de Comunicación Social, reconocida varias veces como la mejor de Colombia, con una espada de luz.

Sus alumnos recuerdan de él sobre todo los silencios que provocaba en sus cursos. Se detenía en medio de una reflexión, y las moscas dejaban de volar, las hojas de los árboles de caer y los estudiantes suspendían por algunos minutos más la satisfacción de sus urgencias fisiológicas. Podía hablar por 4 horas sin percatarse de que el tiempo pasaba.

Planteaba paradojas, retos, visiones nuevas que chocaban con las comúnmente aceptadas, todo con un tono enardecido de orador de plaza pública. Quienes dictábamos cursos en salones aledaños no podíamos no escuchar sus intervenciones vehementes, enfáticas y casi rabiosas, y algunas veces suspendíamos nuestras clases para escuchar, risueños y cómplices, alcahuetas casi, lo que se tramitaba al lado. Todo parecía resumirse en este principio: los fenómenos de la comunicación no podían reducirse a los agenciados por los medios. El Departamento de Ciencias de la Comunicación se convirtió, bajo su conducción intelectual y ética, en un hervidero de ideas y de propuestas novedosas que puso en entredicho la base conceptual de los programas académicos del país.

Sus estudiantes salían entusiasmados a visitar plazas de mercado, cementerios, bares, bailaderos de salsa, estadios de fútbol, juntas de acción comunal, supermercados, iglesias, recodos del río Cauca de donde los trabajadores extraían arena, con el propósito de entender de qué manera la gente se comunica en lugares así. Cargados de cámaras fotográficas, filmadoras manuales, grabadoras de sonido, carnets de notas, y sobre todo con la sensación de estar emprendiendo un lance emocionante, partían hacia la aventura. Es decir, hacia lo desconocido, hacia lo imprevisible, como corresponde a la etimología de la palabra "aventura". Uno de los gestos de Jesús que sus estudiantes conservan reverencialmente en su memoria son las notas al margen de los escritos que le presentaban, que muchos guardan en sus archivos personales como verdaderas reliquias paganas.

¿Cuál pudo haber sido esa piedra de toque que desencadenó la afluencia de nuevas concepciones en los estudios de comunicación en Colombia y en América Latina? Quizás la respuesta esté contenida en una experiencia que tuvo Jesús y otros colegas en los primeros años de la Escuela en una sala de cine de Cali durante la presentación de la película mexicana La de la mochila azul (1979, con Pedrito Fernández). Muertos de la risa a causa de las truculencias emocionales y de las ridiculeces personificadas en la película, el grupo de intelectuales fue interpelado a viva voz por un espectador energúmeno, quien, con el apoyo iracundo de otras personas, los amenazó con sacarlos a patadas de la sala si seguían burlándose de lo que ocurría en la película.

Jesús relató en diversos sitios que, a partir de ese momento, no pudo estar atento a lo que acontecía en la pantalla, sino en discernir qué había visto el público y en lo que él y sus colegas no habían visto. Días después, Jesús le pidió a uno de sus alumnos que asistiera a la presentación de la película y entrevistara a las personas a la salida. “¿Qué fue lo más importante que usted vio en la película?”, le preguntó el estudiante a un viejito que acababa de abandonar la sala. “El burrico”, respondió. “¡¿El burrico?!”, reaccionó el estudiante. “Sí, sí”, insistió el viejito, “el burrico que pasa por la plaza”. El estudiante tuvo que asistir por segunda vez a la proyección de la película para ver por fin un burro que transitaba cansino tirado del cabestro por un campesino al fondo de una imagen cuyo primer plano estaba ocupado por una pareja de enamorados que se confesaban apasionadamente su ardiente amor. “Ellos ven una cosa, nosotros otra”, concluyó Jesús. ¿Cómo olvidar las charlas a gritos y a carcajadas en la cafetería de la Librería Nacional acerca de la telenovela Gallito Ramírez, que examinábamos con pasión escandalosa, ante la mirada sorprendida e incrédula de la respetuosa y callada clientela que tomaba té helado?

Leerlo requiere de la artesanía del repaso, del resaltado, de la toma de apuntes, de los mapas. Jesús fue un guía de primera importancia para orientarnos acerca de los problemas que debíamos investigar, las lecturas que requeríamos hacer, los énfasis que debíamos resaltar. Con Jesús aprendimos a interrumpirnos en las discusiones, a hablar a gritos, a tratar de persuadir al otro con vehemencia.

Su escritura es densa y curva, categórica, plena de referencias textuales, pero su oralidad era tremendamente fuerte y convincente. Parecía un tribuno romano enardecido. Vehemente, categórico, furioso. Era también un excelente lector, y quienes recibimos su influjo vemos allí también una prodigiosa donación de la vida. Viniendo de alguien como el autor de este artículo que admira a Borges por muchas razones, pero sobre todo por haber escrito esa magnífica frase que dice “Que otros se jacten de los libros que han escrito. Yo me enorgullezco de los que leído”, resaltar ese rasgo lector de Jesús no es un hecho en absoluto nimio.

La creación de la “Cátedra para el desarrollo de la Comunicación Social Jesús Martín Barbero”, hecha en 2012 por la Universidad del Valle (es decir, 16 años después de su jubilación), es solo una muestra de más de su importancia.

Jesús se sintió bien en Colombia desde su llegada. Le atraía mucho el desorden, la multiplicidad de culturas, la polifonía de sus calles, la diversidad geográfica, las singularidades de su lengua (que él evocaba muerto de la risa, con sus equívocos de sentido: “¿Le provoca un tintico?”, frase incomprensible para él -el tintico lo hacía pensar en un vino tinto- dicha por una casera el primer día en que despertó en Colombia). Su encuentro en la vida con Elvira Maldonado, una santandereana risueña de armas tomar y excelente sentido del humor, consagró su anclaje en este país, ratificado luego con el nacimiento de sus hijos Alejandro y Olga. Estaba claro que Colombia sería el país de su vida y de su muerte.

A partir de los años 70, cuando se trasladó de una vez por todas a este país, Jesús introdujo en el ámbito nacional perspectivas analíticas que problematizaron la visión imperante sobre los fenómenos de la comunicación social, cuestionó la naturaleza de los programas académicos que entonces reinaban en las universidades, obligó a repensar el perfil profesional de los egresados de las facultades de comunicación social.

Cuando las facultades de comunicación social de toda América Latina concebían sus curriculums académicos centrados alrededor del periodismo, que ellas asimilaban a la comunicación, Jesús planteó un programa de estudios en torno a los procesos comunicativos que se desarrollaba de manera viva entre la gente de todos los sectores de la sociedad. Las repercusiones y ecos de sus impugnaciones epistemológicas alcanzaron entonces los espacios académicos de otros países de América latina y el Caribe y luego -como invitado- se desplazaba con regularidad y fascinación desde México hasta Brasil, desde Ecuador hasta Chile, desde Perú a Argentina.

Jesús -que nació en Ávila en 1937- nunca dejó de ser español hasta las raíces. Las reuniones con él parecían discusiones en un bar de obreros de la construcción de Vallecas, el conocido barrio popular de Madrid. Nunca dejó de ser español, por más que haya recibido el título de ciudadano colombiano -ofrecido por el gobierno colombiano y no solicitado por él: era su punto de honor-. No perdonaba la siesta, esa saludable práctica genética española; era hincha a morir del Atlético de Madrid -en todo caso, era impensable que lo fuera del Real Madrid: un espíritu anarquista no puede compartir jamás valores de la realeza-; se podía inferir por sus comentarios que seguía al dedillo la marcha de los asuntos de sociedad en España, para lo cual veía cada día, como en un rito matinal religioso, los noticieros de la televisión española de la cadena Ser. Cuando al vaivén de sus tantos viajes a España por razones académicas, que él aprovechaba para duplicarlas por un fin de semana en razones personales, viajaba a Ávila, a compartir en la barra de un algún bar estruendoso con sus amigotes de infancia los recuerdos de una etapa de sus vidas marcada por los estragos de la guerra civil.

"Chus", le llamaban sus amigos, entre los cuales se encargó siempre de destacar con especial afecto al anarquista del pueblo. Releía con frecuencia a los hermanos Manuel y Antonio Machado, y recordaba con tristeza el exilio y muerte de Antonio en Colliure, Francia. Hace poco, al saludarlo antes de que él dictara un seminario para profesores de la Universidad del Valle, minutos después de haber visto el partido Barcelona - Atlético de Bilbao por la Copa del Rey en el lobby del hotel donde se hospedaba, explicaba las características técnicas del partido y su desarrollo ¡asociándolos a los problemas autonómicos de España! De Jesús privilegio su imagen concentrada en un radio transistor, de ésos que todavía existían hace unos veinte años, mientras se acercaba al edificio de Comunicación Social; cuando nos cruzamos, separó el radio de su oreja enrojecida por la presión y me dijo, henchido de orgullo: “¡Ah, el navarro ése!”. El “navarro ése” era Miguel Indurain, imbatible en el Tour de Francia, cuyas etapas él seguía con fervor.

Hace dos años, en abril de 2019, algunos profesores nos desplazamos a Bogotá con el fin de rendirle un homenaje personal y privado a Jesús, de quien sabíamos que no se encontraba en condiciones de viajar a Cali. Era un homenaje que tenía el sabor de una despedida. El ambiente estuvo, sin embargo, distendido y alegre. Jesús se veía muy contento, y en cierto momento se puso a cantar en voz baja y con los ojos semicerrados y dirigidos al pasado, a mi lado, sin un motivo aparente, la letra de la canción de Georges Moustaki "Ma liberté", que tanto amaba: "Ma liberté/ devant tes volontés/ mon âme était soumise./ Ma liberté/ je t'avais tout donné/ ma dernière chemise". Jesús era un hombre libre; por su libertad, era capaz de entregar hasta su última camisa. Luego leyó unos poemas suyos, que llevaba manuscritos. En dos o tres ocasiones tuvo que detener la lectura pues las lágrimas le impedían continuar. Eran poemas que hablaban de sus años de infancia y adolescencia en Ávila, y en los que no faltó la mención al anarquista de su alma.

Que su trabajo, hecho visible en sus portentosas conferencias, en numerosos libros e innumerables artículos, en proyectos académicos materializados en distintos países latinoamericanos sea reconocido internacionalmente, da a entender el orgullo que sentimos, profesores y estudiantes, al haber sido sus alumnos.

Depositamos estas palabras como flores rojas en su tumba.

 

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