Por Carmiña Navia
Profesora jubilada de Univalle
Para abordar el tema, lo primero es definir la palabra, ya que aunque se difunde un poco más que antes, la verdad es que pocos y pocas comprenden de fondo su significado. Su práctica indiscutiblemente es ancestral, no así su uso en nuestro idioma, y ya sabemos: lo que no se nombra, no existe o al menos no se quiere que exista. En español la propuso por primera vez en 1921 el escritor español Miguel de Unamuno quien insistió en la necesidad de diferenciar el amor de hermanos: fraternidad; del amor de hermanas que él denominó sororidad. Unamuno plantea en un artículo de Caras y Caretas (Buenos Aires, Marzo 1921) que así como paternidad y maternidad no son lo mismo, fraternal y hermandad femenina no lo son tampoco porque hermano y hermana no son iguales, insiste entonces en la necesidad de introducir términos como sororidad y sororal -derivados del latín- para solucionar esta carencia. Igualmente en el prólogo a su novela La tía Tula, introduce la palabra para calificar la hermandad femenina.
En otros ámbitos e idiomas, el término empieza a manejarse en Estados Unidos alrededor de los años 70, acompañando a la segunda ola del feminismo. Es en estos días que Kate Millet y otras empiezan a hablar de sisterhood, como una alternativa a las “hermandades masculinas” corrientes en la Universidades norteamericanas. Una vez acogido el término la historia de las mujeres y los hombres se empieza a revisar con nuevos ojos y se descubre la ancestralidad de estas prácticas. No podemos olvidar que vivimos en una sociedad patriarcal que se sostiene muchas veces en la rivalidad entre mujeres, rivalidad que intentan inyectarnos de múltiples maneras. Superar esa rivalidad y llegar a acogernos como hermanas, exige una nueva conciencia y un proyecto político amplio que nos dibuje una línea de unidad en nuestros horizontes.
Estas prácticas femeninas han estado presentes en la historia humana siempre, pero se han ocultado o silenciado porque a la hegemonía masculina le convenía introyectar en nuestros inconscientes la tradición de la in-sororidad, precisamente para mantenernos separadas y en canchas enemigas. Por otro lado las mujeres no hemos tenido la fuerza suficiente para realizar y proyectar nuestras propias representaciones lingüístico-literarias. Es claro sin embargo que el poder de los hombres en las relaciones de género no fue siempre compacto (estos procesos y hechos los describió muy bien Foucault, al examinar las grietas del poder y los ejercicios de los micro-poderes). En los intersticios de las hegemonías masculinas las mujeres logramos mantener nuestra propia energía y resistir.
La palabra es aceptada y oficializada en la Real Academia de la Lengua española en Diciembre de 1918, pero definirla no es simple, porque sus connotaciones son amplias y su universo extenso. Voy a dar algunos rasgos que me parecen los carriles más significativos: Supone una amistad y afecto entre mujeres, una escogencia y un apoyo decidido y definitivo de género.
Yo creo, sin embargo que la aproximación más exacta sería: pacto entre mujeres. Este pacto es interpretable desde muy diversos ámbitos: Pacto de género, pacto político, pacto social, vecinal, religioso… {Pacto poético el que vivimos en estos encuentros...}
Estos pactos y apoyos permiten a las mujeres situarse en el mundo de manera más firme y generar alternativas culturales, espirituales y políticas que sustenten un mundo más igualitario y armónico, en el que las voces de las mujeres pese tanto como las voces masculinas.
RASTREOS HISTÓRICOS DE LA SORORIDAD.
Construir la sororidad requiere de nosotras afianzar nuestra propia imagen y potencialidad como mujeres, aceptarnos en primer lugar a nosotras mismas y acoger a la otra en su mismidad, para ello es necesario que tengamos espejos en los cuales mirarnos y que nuestra imagen nos lance hacia adelante y rompa todo trazo de inmovilidad o parálisis. Estos procesos suponen la capacidad de representarnos que muchas veces no hemos tenido las mujeres. Ya sabemos que el arte y la poesía se adelantan desde el inconsciente a anunciar en el mundo las posibilidades ignoradas.
En este nivel de las representaciones podemos traer algunos ejemplos de los varios que hay:
A lo largo de la historia estos apoyos y abrazos solidarios entre las mujeres se han repetido y recreado siempre. En 1405, en medio de un debate sobre la “peligrosidad” de las mujeres y su poder de seducción, la escritora italiana Christine de Pizan publica sus celebrada obra: La ciudad de las damas, en la que asume la defensa de las virtudes y los aportes de las mujeres en la sociedad en su conjunto. En este texto ella propone las alianzas y los apoyos como forma de la que mujeres se sitúen socialmente y sobre todo propone algo muy importante: Que nos valoremos a nosotras mismas y nos habite el orgullo de ser mujeres.
En 1635 la pintora barroca, italiana: Artemisia Gentileschi expone su obra, El nacimiento de Juan Bautista. Este cuadro muestra claramente dos pequeños grupos de personas, en una esquina, fuera del foco principal, aparece el que podría ser Zacarías firmando el nombre de su hijo; en el centro de la escena, cuatro mujeres se ocupan de las labores propias del dar a luz, estas mujeres en colaboración se ocupan sororalmente de la vida. Un par de siglos después la escritora norteamericana Louisa May Alcott publica en 1868 su novela Mujercitas, en la que se presenta la sociedad desde un ámbito femenino.
Más adelante: 1915, en Estados Unidos, la escritora Charlotte Perkins Gilman, publica su novela: “Tierra de ellas”, una utopía feminista en la que no sólo se introduce la palabra sororidad, sino que se traza un cuadro narrativo en el que se detallan aspectos definitivos de esta práctica y del mundo utópico que logra construir. En el nivel literario, una de las creaciones más antiguas la encontramos en la pequeña narración de Ruth en las Escrituras hebreas. En ella Ruth, en una decisión fundante de la sororidad espiritual afirma ante Nohemí: Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Esta pequeña pieza literaria opone resistencia a la rivalidad promocionada entre suegra y nuera, mostrando una relación de mujeres en mutuo apoyo sororo.
Si rastreamos con ojos nuevos la historia de Occidente, vamos a encontrar espejos de sororidad por doquier, de mujeres que han roto siempre la rivalidad con el centro y se han hermanado en un camino conjunto: en el ámbito espiritual, las beguinas, en el ámbito político, primero a lo largo de la ilustración y posteriormente en las primeras agrupaciones feministas, la lucha por el voto y por el avance en las diversas conquistas de derechos. Es imprescindible para hallar nuestras identidades en el mundo, recuperar nuestra memoria femenina autónoma y sorora, en esa memoria anclaremos nuestros mañanas.
AVANZANDO AL FUTURO
Tenemos que pensar hacia el mañana en dos aspectos: ¿Cómo tejer redes de sororidad en medio de un sistema que nos enfrenta a unos humanos con otros y nos pone a las mujeres a competir por un reconocimiento del centro? Además: ¿Por qué o para qué la sororidad en nuestras vidas? Esta última pregunta nos la pueden ayudar a responder los grupos feministas que tejiendo relaciones de apoyo han logrado la conquista de diversos derechos: las sufragistas, las Católicas por el Derecho a Decidir o las distintas redes alrededor de los problemas de la salud de las mujeres, las mujeres y abuelas de la Plaza de Mayo o las mexicanas unidas en torno a los feminicidios en Ciudad Juárez. Desde el mismo corazón de la opresión puede surgir el abrazo sororo que se convierte siempre en camino de liberación.
Es importante que nuestra mirada al ayer se afiance en nuevos paradigmas construidos desde nosotras mismas, eso es lo único que nos da capacidad de auto representarnos en resistencia frente a los “espejos” que nos han impuesto. Luisa Muraro, feminista italiana muy importante, habla en su libro del mismo nombre, de la necesidad de recuperar El orden simbólico de la madre. Por fuera de este orden las mujeres estamos sometidas al discurso patriarcal y a los roles que él nos asigna. Su planteamiento central es que la relación con la madre es una relación definitiva en la construcción de nuestra propia identidad y que esa relación ha sido quebrada por el sistema patriarcal y sus representaciones que pretenden mantenernos como mujeres en orillas opuestas.
La madre ha sido convertida en el patriarcalismo en una funcionaria del padre y no podemos rescatarla si no logramos reconstruir nuestra relación con ella. Esa reconstrucción pasa por restaurar en cada una de nosotras el orden simbólico materno. Muraro afirma que la inmensa labor del feminismo puede perderse en una o dos generaciones si no devolvemos a la sociedad la potencia simbólica contenida en la relación femenina con la madre, neutralizando así el dominio masculino.
Todo niño (varón o mujer) nace en una relación simbiótica con la madre, en ella aprendemos a hablar, la lengua es un don de la madre... pero esta relación se quiebra en el momento en que el infante empieza a ser regido por la ley del padre, el don de la lengua entonces empieza a regirse por esa ley paterna, consumando así “el asesinato materno” ... Los varones se benefician de esta ley, no así las mujeres quienes permanecemos huérfanas de la lengua materna y eso trae consecuencias nefastas:
El mundo decible en virtud de la lengua materna es sustituido por el mundo de la experiencia convenida, decible según reglas convencionales. No sostengo que el primero sea más bello y rico que el segundo, a veces ocurre lo contrario. Pero aquel está en correspondencia con la lengua viva y puede desarrollarse por sí mismo, mientras que este es fijo, y solo cambia cuando se tiene el poder de manipular sus reglas.... La experiencia femenina privada de la posibilidad de auto-significación se encontraría así totalmente a merced de los códigos culturales vigentes y de quienes tienen el poder de manipularlos. [Luisa Muraro, EL ORDEN SIMBÓLICO DE LA MADRE]
Resulta imprescindible reconciliarnos con nuestra madre, recuperar la relación originaria, recuperar la herencia de la lengua materna y con ello la capacidad de simbolizarnos. En medio de este proceso rompemos con la ubicación de rivalidad en la que hemos sido colocadas y encontramos un camino real y posible para el hermanamiento entre mujeres. Dar a nuestras madres el lugar que les corresponde como dadoras y cuidadoras de la vida en la sociedad y en el planeta, esa es nuestra tarea pendiente. Cuando demos a la madre la autoridad que le corresponde, en ella beberemos para concedernos una a otras la autoridad que nos afiance y nos permita construir la cultura de la sororidad, podemos recoger las palabras de una experiencia en este sentido:
... la confrontación con los hombres, debo decir que ante todo, es una confrontación dentro de nosotras. Es un salto simbólico incluso respecto a las formas de feminismo que hemos conocido y hemos realizado hasta este momento... hemos tenido una práctica en la cual la primera autoridad era otra mujer. Y así hemos creado el orden simbólico de la madre, porque el orden simbólico de la madre no es otra cosa que reconocer a la madre como origen, el primer otro que es otra más grande... (Ana María Piussi: La mediación femenina se abre volviendo a dar. En: RECETAS DE RELACIÓN, Educar teniendo en cuenta la madre; Cuadernos inacabados N°47).
Retomemos la otra pregunta: ¿Para qué la sororidad en nuestras vidas? Una cultura sorora nos lleva a marcos diferentes, amplios y novedosos para desarrollar nuestras vidas. En primer lugar la lucha en situaciones adversas se hace menos difícil si la hacemos con el apoyo de otras... igualmente la conquista de los derechos, a lo largo de siglos se ha logrado en medio de esos apoyos y nunca individual o solitariamente. Pero quizás lo más importante es que nuestras narrativas se reinventan y nos permiten reconocernos plenamente a gusto con nuestro ser de mujeres.
Marcela Lagarde habla de “aculturación feminista” para plantear la necesidad de una nueva forma de estar en el mundo y de entenderlo. Yo pienso que es pertinente hablar de una aculturación sorora, para rediseñar nuestras prácticas, nuestros afectos, nuestras motivaciones, nuestras escogencias. Hemos sido educadas en la enemistad, en la sospecha frente a la otra... ahora se trata de educarnos y transmitir a las nuevas generaciones el encuentro sincero, la acogida profunda, el apoyo entre hermanas.
Esta aculturación requiere una nueva mirada al pasado, una relectura que rescate a las ancestras del silencio y olvido y las convierta en portadoras de legados imprescindibles. Para referirme al campo de la espiritualidad por ejemplo, todo el mundo sabe quién es Ignacio de Loyola, pero muy escasamente se ha oído nombrar a Mary Ward o a Hadewich de Amberes, buscadora espiritual y poeta tan significativa como Juan de la Cruz. Se requiere una nueva mirada a los legados poéticos, científicos, artísticos, históricos... para beber en ellos nuestros caminos a la identidad colectiva.
En este camino realizaremos un encuentro con el affidamento lo que nos permitirá reconocer la autoridad de nuestras maestras, sin temor a perdernos en ese reconocimiento sino con la certeza de que en él encontramos nuestra propia valía. El affidamento está lejos de las relaciones jerárquicas y de poder que establece la sociedad patriarcal. La práctica del affidamento hace parte de la importante tarea que es rediseñar todo lo relativo a la mediación. Concedernos autoridad unas a otras es escoger a nuestras compañeras de género como mediadoras en el saber, en el camino artístico, en lo espiritual y religioso, en lo político.
Voy a citar un texto amplio de Marcela Lagarde porque me parece importante para iluminar nuestro planeamiento:
En el proceso de aculturación feminista, algunas feministas que se esfuerzan por construir los derechos y la autoridad de las mujeres en la sociedad, no reconocen ni los derechos ni la autoridad de otras mujeres. Los experimentan de acuerdo con la mecánica patriarcal: los derechos de una mujer quitan algo a otra mujer... La autoridad es vivida como autoritarismo o discriminación por superioridad... Si algunas mujeres destacan o son reconocidas, eclipsan a otras. En cambio cuando se avanza en la aculturación feminista (sorora digo yo) la autoridad de unas se traslada a las otras, unas pueden sentirse orgullosas de los logros de otras, hacerlos suyos y elevar la autoestima y lograr la autoestima social de las mujeres... La autoridad se convierte así en estímulo personal y colectivo y agrega valor simbólico y político a las acciones de las mujeres. (Marcela Lagarde: ACULTURACIÓN FEMNISTA, Centro de Documentación sobre la Mujer, Buenos Aires).
Para no seguir reproduciendo la cultura patriarcal tenemos que abordar y resolver el tema de la mediación. La mediación femenina nos abre las puertas de un horizonte completamente nuevo que nos libra de conceder autoridad en distintos ejes, sólo a la palabra de los varones, y nos exige refundar el canon político, artístico y literario, ideológico y religioso... para centralizar la palabra femenina y lanzar al futuro el legado de las mujeres hasta hoy ignorado y subvalorado totalmente. La humanidad entera se beneficiará porque el mundo se ha construido con el aporte del 100% de su población y en el sistema patriarcal “la otra mitad del cielo” no ha sido tenida en cuenta.
Carmiña Navia Velasco
Julio de 2025












