Lo que pasa en la U

Los males de Colombia nacen de la indiferencia

Miércoles, 06 Junio 2018
Agencia de Noticias Univalle

Palabras exsenadora y egresada del programa Académico de Psicología de la Universidad del Valle Claudia Blum durante la ceremonia de grado Univalle, Junio 2 de 2018, en la jornada de la mañana.

La exsenadora Claudia Blum fue la primera mujer en presidir el Senado de Colombia y autora de varias leyes tales como la que estableció la pedagogía constitucional y electoral en colegios, y que se extiende a universidades y escuelas; o como el Ministerio del Medio Ambiente, que se diseñó para asegurar un uso sostenible de los recursos y el bienestar de las generaciones futuras.

En sus palabras la egresada sostiene que los males de Colombia nacen de un hábito de indiferencia emocional e individual frente al futuro común. Nos quejamos de la inseguridad y la violencia diaria, pero nos auto-marginamos de las discusiones públicas y académicas para recuperar la justicia, hoy en cuidados intensivos por corrupta e ineficaz; nos abstenemos de exigir cambios que le devuelvan su papel como garante de la convivencia.

Hoy, al presenciar este momento tan especial en sus vidas siento un enlace con mi pasado en esta Universidad donde comencé hace más de 40 años una historia profesional llena de retos, alegrías, dificultades y logros.

El regreso a mi Alma Máter es uno de esos instantes en que nos preguntamos qué hemos logrado con el paso del tiempo. Y en los que tratamos de visualizar qué sigue. No es extraña esta reflexión, pues siempre queremos estar seguros de que recorremos el trayecto que nos propusimos; el que podemos corregir y ajustar y revisar una y mil veces, sin perder el norte

El regocijo de este día ofrece también una oportunidad de examinar algunos aspectos de nuestro país. Y como es natural, por mi experiencia en el mundo de la política, pienso que muchas cosas serían distintas si cada colombiano recupera el papel que corresponde a todo ciudadano, y se esfuerza en lograr sus metas aplicando un compromiso activo con la transformación social.

Cada historia de vida, con sus satisfacciones, dificultades y decisiones, es un camino que todos construimos a pesar de tener una dosis de misterio y azar.  Muy joven tomé la decisión de estudiar psicología. Apliqué perseverancia para graduarme y no me detuve en el empeño, pues me había casado poco antes de entrar a la Universidad, eran los primeros años de vida de mis dos hijos, y eran los tiempos del movimiento universitario de Univalle en los 70 palpable por su activismo político. Años de notable liderazgo estudiantil, pero también épocas de violencia y agresión.

Cuando terminé mi pregrado, no podía imaginarme hasta dónde llegaría el camino que apenas iniciaba. Pero sí tenía, como todos ustedes, muchos sueños, vitalidad para ponerme metas y conseguirlas, e interés por el país y sus problemas.

Pocos años después de mi grado, a comienzos de los 80, cuando empezaba a cumplir mis retos profesionales perdí a mi papá, asesinado por las Farc. Al poco tiempo falleció mi mamá en un absurdo accidente automovilístico. Son tristezas que pocas veces queremos recordar pero que es necesario compartir para liberarnos y transformar esa aflicción en optimismo. Por ser la mayor de tres hermanos, mi niñez está llena de recuerdos de mi papá, a quien acompañaba a sus lides del campo. En su afán por enseñarme a vencer temores, él me expuso a juegos y tareas que en esos tiempos eran reservados a los hombres. Mi papá, el mismo que me formó el carácter para asumir riesgos y resistir la adversidad. Y memorias de mi mamá, que estuvo también en un auditorio como este, orgullosa de mis logros, mostrándome con su ejemplo y sentido de equilibrio a encontrar siempre el lado positivo de las cosas.

Ya como psicóloga, comencé mi trabajo en el colegio INEM. Inolvidable experiencia que me permitió aprender sobre el comportamiento de la gente, y me abrió los ojos ante un mundo complejo, donde una realidad social difícil afectaba a cientos de jóvenes llenos de ilusiones. La inquietud por las crisis del país en el que crecerían nuestros hijos y las nuevas generaciones fue emergiendo desde esos años.

Luego vendría la decisión de unirme al grupo de caleños que fundó el diario El Pueblo. Buscamos crear nuevos lugares para la reflexión y opiniones alternativas en una ciudad dominada por periódicos de orientación conservadora. Allí como periodista, encontré el ambiente ideal para dar vía libre a inquietudes intelectuales y culturales en el suplemento Pinocho dirigido a los niños, y en la revista Contrastes de contenido literario para jóvenes y adultos. Era además un mundo donde vivía la actualidad política en el día a día, y se alimentaba mi sensibilidad sobre la ciudad  y el país.

Luego vino mi trabajo en la Fundación Proartes. En esos difíciles años 80, cuando la ciudad caía en manos de las mafias, al tiempo que llegaban aquí cientos de miles de compatriotas desplazados por la violencia y los desastres naturales, organizamos con entusiasmo los Festivales de Arte de Cali. Aprendí que, por difícil que parezca, es posible convocar al Estado y a los sectores privados en causas de beneficio común.  Es primordial saber plantear los proyectos, de manera concreta y clara. Así fue como abrimos áreas masivas para la democratización de las bellas artes convencida de que la cultura ayuda a reforzar nuestra identidad diversa y creativa y a fusionarnos como comunidad.

Y luego llegó la política. Mundo donde incursioné en nuevos desafíos. En un universo donde los cacicazgos regionales, las intrigas, las amenazas, la corrupción y la ambición de poder son reglas omnipresentes, la fuerza interior que me inculcó mi familia apareció una y otra vez para no rendirme y lograr resultados. Una fuerza y una pasión por la vida que NOS es transmitida por generaciones. Esa pasión que me fluía en las venas desde niña cuando escuchaba las historias del valiente bisabuelo alemán que llegó en el siglo XIX a las selvas del Pacífico colombiano, y que después de atravesar mares y sobrevivir enfermedades y aventuras tropicales, decidió tomar riesgos y crear su hogar en el Valle del Cauca, inconforme con una Alemania nacionalista que tenía los primeros síntomas de las exclusiones étnicas y religiosas.

A veces no somos conscientes de cómo nos marca la historia de vida que han tenido nuestros antepasados.

En el Congreso comprobé que cuando se trabaja con amor, por los principios, con pasión y perseverancia, asumiendo riesgos y venciendo temores, los logros son posibles incluso en luchas que asumí a pesar de que algunos las consideraron inviables. Como la ley que estableció la pedagogía constitucional y electoral en colegios, y que debe extenderse a universidades y escuelas; o como el Ministerio del Medio Ambiente, que se diseñó para asegurar un uso sostenible de los recursos y el bienestar de las generaciones futuras. Hoy con mucha razón criticado por la politización y exagerada burocracia de sus 35 corporaciones autónomas regionales.  

O las figuras jurídicas como la extinción de dominio de bienes ilícitos y la extradición, que impulsé entre 1995 y 1997, en medio de amenazas de las mafias del narcotráfico; aunque algunos cuestionan que nuestra Justicia no es capaz de juzgar a todo criminal, y defienden visiones nacionalistas que pocos países mantienen, estas herramientas son vitales para enfrentar el crimen trasnacional, que ha sido fuente de violencia, corrupción y degradación ética. Los estatutos anticorrupción que impulsamos con aliados de diversas tendencias ideológicas también parecen insuficientes por la extensión de ese delito; pero fueron un avance, pues en los años 70 y 80 altos dirigentes y élites políticas parecían intocables. Hoy no lo son, y lo importante es que existan denuncias y no se caiga en la complicidad frente al robo público que ocurre desde el favor personal que hace un político a votantes o a amigos, hasta los grandes contratos que dilapidan nuestros recursos.

También hubo proyectos que presenté y no fueron aprobados. Como los controles a la financiación de campañas, hoy desgastadas por el derroche de maquinarias unipersonales que resta equilibrio a la democracia; o como el Código de Ética del Congresista que tanto rechazo generó entre legisladores; o las propuestas de reforma a la Justicia que propuse en varias reformas políticas sin éxito, en buena medida por la oposición de los magistrados. No me di por vencida y los presenté una y otra vez porque en las aulas de esta Universidad aprendí a defender mis convicciones. De hecho, las voces solitarias se necesitan para poner los problemas sobre la mesa, generar opiniones sobre ellos, y para que algún día sean asumidos con decisión. Nunca duden de que cada uno de ustedes es apenas uno de los eslabones de la cadena que debemos construir como sociedad para poner en marcha procesos complejos que, como telarañas de hilos frágiles, pueden romperse con facilidad.

Cerré ese paso por el Congreso después de ser elegida en 2005 como la primera mujer que presidió el Congreso de Colombia.  Presidencia que dediqué a darle mayor visibilidad a ese órgano para el bien de la democracia. Lo hice al concluir proyectos como el muchas veces frustrado canal de televisión del Congreso; al fortalecer las oficinas de prensa y brindar seminarios para periodistas sobre temas constitucionales; al permitir las visitas organizadas para colegios y universidades; y al consolidar las oficinas de atención al ciudadano y las páginas informativas en medios virtuales. El Congreso debía abrirse al escrutinio y con estas acciones permitimos que los ciudadanos supieran cómo actúan los elegidos. Bien sea para premiarlos o para castigarlos. En los años 90 pocos se informaban sobre lo que allí sucedía. Hoy, podemos evaluar su trabajo, saber qué ideologías representan, quiénes fallan y quiénes cumplen a cabalidad su función.

Con la misma pasión de mis 16 años en el Senado, asumí en 2006 la Embajada de Colombia ante la ONU desde donde impulsé nuevas resoluciones en temas de derechos humanos para los afrodescendientes que hoy no acceden a los derechos sociales y económicos reconocidos para todos, y sobre el empoderamiento económico de las mujeres que en muchos países viven al margen del desarrollo. Después de cuatro años de intenso trabajo logré que Colombia fuera elegida al Consejo de Seguridad, con el escepticismo de embajadores colombianos y de la misma Cancillería. Así, aunque el universo de la diplomacia parece restringir más la iniciativa individual pues existe una línea de política exterior para cumplir, poco a poco encontré el espacio en el que podría hacer un aporte. Y no dudé en hacerlo.

Para muchos estas historias sobre la política pueden parecer lejanas. Pero la política nos afecta en cada esfera de nuestra vida. Por eso, para hacer los cambios que tanto anhelamos para el país no hay que ser elegidos a un cargo público; simplemente debemos recuperar la esencia de ser ciudadanos, de actuar como tales, dejar la apatía y aportar desde cada profesión al mundo que compartimos.

Los males de Colombia nacen de un hábito de indiferencia emocional e individual frente al futuro común. Nos quejamos de la inseguridad y la violencia diaria, pero nos auto-marginamos de las discusiones públicas y académicas para recuperar la justicia, hoy en cuidados intensivos por corrupta e ineficaz; nos abstenemos de exigir cambios que le devuelvan su papel como garante de la convivencia. Nos desanima la pobreza, la crisis social y el atraso económico, pero damos la espalda a las noticias sobre el derroche del erario, los desfalcos a los fondos de la paz, los auxilios y las mermeladas. Rumores que quedan circunvolando en las redes sociales, mientras los votos de muchos reeligen una y otra vez a los mismos políticos deshonestos e inescrupulosos. Nos indigna la violencia contra la mujer y las dificultades que padecen las madres jefas de hogar, pero no actuamos con decisión en familia o en comunidad para empoderar a las niñas a que conozcan sus derechos y a que lideren cambios sociales, y a los niños para que se formen en una cultura de respeto. Exigua es nuestra contribución para apoyar líderes jóvenes, preparados y transparentes. Nos dejamos llevar por el conformismo cuando caemos en la abstención y renunciamos a ejercer el derecho al voto y a exigir resultados a los gobernantes.

Sueño con que más y más egresados de la Universidad del Valle demuestren que es posible luchar por un país distinto. Que es posible enfocarse al logro individual contribuyendo con cada acto al avance social y al bienestar de las personas. Que es posible trabajar por Cali, por el Valle y por Colombia sin caer en la inacción y el egoísmo, escenario aprovechado por la politiquería, el clientelismo y la corrupción. Si en los años 70 nuestra universidad era líder en el país en la discusión de los grandes temas nacionales, con tendencias ideológicas de todo tipo, en nuestras manos y en nuestro desempeño diario en cada campo profesional en que trabajemos, está la posibilidad de que ese liderazgo pueda recuperarse. No podemos dejar que Univalle caiga en la inmovilidad política o en el discurso vacío y manipulable que no conduce a ningún destino. No es a través de paros que se logran los cambios  sino de foros. No dejemos perder la discusión y la práctica constructiva sustentada en el debate argumentativo que tanto nos enseñaba el profesor Estanislao Zuleta en estos recintos. No permitamos que unos cuantos pretendan tomarse la vocería de un mundo donde el resto guarda silencio, en lugar de estimular la diversidad de pensamiento.

Estimados amigos y graduandos:

La vida es un aprendizaje. Al haber subido este nuevo peldaño estarán reviviendo épocas de infancia y juventud, a veces escondidas en rincones de la memoria. En cada diálogo con los suyos y cada experiencia pasada, emergen las motivaciones, las fortalezas, los temores y los valores que aparecen en nuestros retos profesionales. Ustedes conocen sus esfuerzos y los de sus familias para llegar hasta este punto, pero es en este momento cuando comienza la verdadera lucha.  No se desalienten. Tómenlo como un nuevo paso hacia el futuro universo de grandes desafíos y éxitos mayores. Reflexionen en todo lo que han alcanzado, sin perder sus orígenes.

Tan importante como estar abiertos al futuro es aprender del pasado, con la humildad de reconocer avances y desaciertos para definir con claridad el papel que debemos cumplir.

Los invito a que en su día a día hagan este ejercicio. Debemos valorar lo que nos gusta; reconocer lo que debería cambiar, lo que debe permanecer; lo justo, lo injusto. En el fondo, se trata de asumir las luchas que enfrentamos como individuos y como sociedades con naturalidad y sin la arrogancia de creer que solo uno tiene la razón, o de tener que saberlo todo de antemano.  Sin el miedo a equivocarnos para siempre. Con la confianza de saber que podemos siempre corregir el camino.

No traigo estas reflexiones por haber sido concejal, senadora o embajadora. Las evoco como mujer, como profesional que se ha trazado retos personales sin dejar de preocuparse por el país, como madre que ha dado su mejor esfuerzo para formar sus hijos como ciudadanos que le sirvan a la sociedad.  Tengo la certeza de que lo que vivimos al crecer hace la diferencia entre vivir la vida con temor, o ser capaces de asumir riesgos para explorar lo inédito; entre ser conformistas, o tener visión crítica y defender convicciones con independencia. Entre quedarse en la tristeza de una experiencia dolorosa, o tener la actitud de aprender de ella y mirar hacia adelante con esperanza. Porque la vida nos permite precisamente eso: parar, reflexionar, actuar. Intentar mejorar siempre. Y de esta manera, nos permite escoger, mejorar lo que podemos hacer por nosotros, por nuestras familias, por nuestra comunidad, por el país, una y mil veces.

Muchas gracias.

 

 

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