De monitora a profesional en el Área de Asuntos Étnicos
Por Laura María Parra
Durante varios años habitó como guardiana de los libros de la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle. Llegó como monitora de encuadernación y después ganó un concurso de nombramiento. Estudió Filosofía, Trabajo Social, una especialización y la Maestría en Filosofía. A partir del martes 16 de julio, María Eugenia Marínez se desempeña como profesional en el Área de Asuntos Étnicos. Es una de las ganadoras de la Convocatoria de Ascensos de la Institución.
“Voy a extrañar la vista hacia la Colección de Referencia, una sala donde están las enciclopedias, los libros que más amo. Elegí ubicarme en la entrada de la Biblioteca, hoy para mí, constituye la metáfora de mi salida hacia otra dependencia.”
Su amor por la lectura inició cuando tenía 13 años y su madre llevó a casa una enciclopedia que le regaló la señora donde trabajaba haciendo el aseo. En esos años de preadolescencia, María Eugenia perdió un año escolar, y encontró el tiempo perfecto para leerla. En el aparente aburrimiento de las vacaciones largas de final de año, y la sensación de pérdida, encontró un aliciente creativo y quedó atrapada en la lectura. Con la paciencia del día a día, leyó en orden y en desorden.
“ Esa Enciclopedia me dio demasiadas herramientas. Había muchos autores referenciados y el vocabulario que se gana leyendo es inigualable”.
Quienes ingresan a la Biblioteca, deben pasar por su lado para salir y mostrarle los libros que salen del edificio. Siempre está sentada frente al computador con su cuerpo erguido y entrecierra los ojos con agudeza. Revisa que no se roben los libros. Los quiere. Ha visto cómo se diezma la colección de la biblioteca por gente que no los devuelve. ¿Quién no quiso robarse un libro? Ella no.
En su adolescencia compró en la librería Atenas en el Centro de Cali todos los libros que pudo, a $5.000 cada ejemplar. Compraba aquello que le llamara la atención y que por supuesto, alcanzara con su diezmado presupuesto. Desde Así hablaba Zaratustra hasta La lucha sexual de los jóvenes, ediciones con un papel tan delicado y frágil, que parecían de mentira. Dejó de comprarlos cuando entró a la universidad a estudiar filosofía y se llenó de fotocopias y de libros prestados. En su familia no objetaron la idea de que su hija estudiara esa carrera tildada por muchos de poco práctica.
“Recuerdo que por quebrantos en su salud, mi mamá tuvo que ser internada en el Hospital San Juan de Dios. Cuando ingresé a la sala, ella muy orgullosa le decía a las enfermeras: ‘ella es mi hija, la que fue a la universidad, de la que les he hablado tanto’. No pensé que eso fuera importante. De hecho, me gradué de filosofía por ventanilla. Ahora que lo pienso, habría sido muy bonito si mis papás hubiesen asistido y sentir en carne propia lo que es estar en la ceremonia “
Mientras ascendía laboralmente dentro de la biblioteca, quiso complementar su formación ingresando al programa académico de Trabajo Social, gracias a los beneficios de estudio de la Universidad. No sabía si en algún momento iba a ejercer, pues su cargo es operativo y no exige ninguna profesión.
“Aún así, sentía deseos de seguir estudiando para afincarme en el mundo y cambiarlo”.
Fiel a sus raíces de mujer afro tumaqueña y su infancia en el distrito de Aguablanca, dedicó su trabajo de grado en Trabajo Social a explorar las experiencias de madres de jóvenes infractores que habitan ese territorio.
“Hice entrevistas a 78 mujeres y fue una cosa curiosa porque yo quería hacer visibles esas experiencias. Entonces, escribí cuentos a partir de esos testimonios. Eran historias muy duras.”
Con estos textos descubrió su potencial como escritora y fue entrelazando la narración con la conciencia étnica, de clase y de género. Así se cuestionó dónde están las afroescritoras y su rutina cambió. Levantarse a las 4:00 a.m, hacer desayuno, viajar desde su casa en las afueras de Jamundí hasta Cali, llevar a sus hijas al colegio. Trabajar. Llegar cansada. Leerlas, releerlas. Hablar de ellas. Hacer que el trabajo de estas mujeres no se pierda. Con este objetivo en mente, creó el blog horizontefemenino, donde ha reseñado a casi 300 autoras latinoamericanas, entre ellas 30 colombianas y 36 con raíces afro.
Cuando ingresó a la Maestría en Filosofía ya había hecho la Especialización en Desarrollo Comunitario de la Escuela de Trabajo Social de la universidad. Estaba empeñada en unir sus pasiones.
El profesor Delfín Grueso ya la conocía como estudiante de pregrado y en la maestría tuvo la oportunidad en el semillero de investigación Praxis.
“Recuerdo que María Eugenia llegaba a clase con sus hijas, su enorme capacidad crítica y comentarios a los textos de sus compañeros y su trabajo. Estoy muy feliz por su ascenso” —evoca el profesor Grueso.
En la maestría se enamoró de la filosofa política y feminista Nancy Fraser y eso la inspiró a escribir ensayos sobre la redistribución y el reconocimiento de los pueblos afro, dos de ellos publicados por la Editorial Universidad del Valle y compilados por el profesor Delfín Grueso."
"Allí afinqué esta visión del mundo que tengo ahora como mujer afro feminista y esperaría transmitirle a mis hijas lo que pienso sobre ciertas cuestiones. Como mi mamá murió joven y yo andaba en la academia preocupada por otras cuestiones, hay muchísimas cosas que uno siempre le quiere formular a su mamá. No quería que mis hijas se quedaran con preguntas sin resolver, eso está en mi blog."
Como mujer polifacética, María Eugenia encarna el planteamiento de su coterráneo, el autor tumaqueño Robert Rosero, quien sugiere que el escritor debe expresarse en todos los formatos, incluidos los artículos de investigación, o “literatura académica”, la poesía y la narración. En todos los géneros su mirada es expectante, detallista, minuciosa y crítica.
Conservaré mis ojos,
dije a la muerte.
Me reservo mirar este dolor
sin parpadeos
Esta estrofa es de su poema Gertrudis Hernández, dedicado a esta lideresa asesinada el 9 de julio de 2021 en Cúcuta (Norte de Santander) e incluido en el libro Morir es un país que amabas de Escarabajo Editorial (2022), una publicación que reunió a 414 poetas de Colombia en memoria de los líderes sociales asesinados después de la firma del Tratado de Paz con las FARC-EP en 2016. También publicó su libro de poesía La oscura cicatriz de algún silencio (2021) con la editorial Apidama que dirigen el poeta Alfredo Ocampo y Guiomar Cuesta, docente, poeta e investigadora feminista de talla internacional. Además, es una de las poetas seleccionadas en Luz al vórtice de las palabras, cartografía poética de mujeres colombianas de Martha Cecilia Ortiz Quijano.
"Quiero que mis hijas no tengan nada de qué avergonzarse… pienso que uno debe aportar. Ese es el tipo de persona que quiero ser. Así de simple. Uno deja a sus hijos aquí."
Es la ética de la nueva profesional de Asuntos Étnicos de la universidad donde inició como monitora y bibliotecaria. Basada en ella espera acompañar al estudiantado en riesgo de desertar de sus estudios y en búsqueda de su identidad.
"La Universidad es un mecanismo de resistencia. Lo que más lamento de mi adolescencia en el Distrito de Aguablanca es llegar del colegio y encontrar con que mataron a fulanito, mataron a menganito… así que estudiar es una forma de ir derrumbando ese mundo de violencia y construir otros cimientos. Además, da la posibilidad de contrastar tus opiniones. Tú perfectamente te sientas frente al computador o compras libros, pero ¿cómo dialogas tú con el autor, diálogos con otros? ”
María Eugenia sonríe. Su nuevo trabajo la emociona porque significa la posibilidad de construir con otros, de aportar desde su vasta experiencia a los jóvenes, de no ser mezquina con el conocimiento y los aprendizajes que ha ganado gracias a la universidad pública.












