A lo largo de sus 75 años de historia, la Universidad del Valle ha formado a cantidades de talentos. Algunos, ingresaron a empresas e instituciones en el país para aportar sus conocimientos y valores a la transformación del país. Otros, llevaron las banderas de Univalle por el mundo y se destacan en múltiples campos del conocimiento. Además de ellos, hay un grupo especial de personas que trabaja día a día por ofrecer esa enseñanza de calidad que recibieron a nuevas generaciones; una de ellas es Cecilia Madriñán.
El comienzo de su historia con la que llama "nuestra amada universidad" tiene lugar en 1966, cuando ingresó al programa de química, en la primera cohorte de la recién bautizada Facultad de Ciencias Naturales y Exactas. Al comenzar su aventura como “orgullosamente univalluna”, la entonces estudiante Cecilia tenía muchos compañeros y muy pocas compañeras.
“El número de mujeres que ingresábamos éramos minoría. Tengo muchas anécdotas porque teníamos asignaturas donde asistíamos 50 hombres y 2 mujeres y nuestros compañeros no nos miraban como iguales. Se reían, nos hacían chistes poco amables. Era un reto estar en esos salones. Tuve un profesor que luego fue colega muy cercano, pero antes me decía: ‘señorita Madriñán, ¿usted qué está haciendo aquí? esto no es para mujeres’”. Para la joven Cecilia, cada confrontación era un reto para destacar por su buen desempeño, para avanzar y graduarse, lo que logró en 1970.
De esos años, la profesora Madriñán conserva en un lugar especial de su memoria al movimiento estudiantil que se gestó a finales de los años 60 y comienzos de los 70 pues influyeron su vida y la de miles de jóvenes alrededor del mundo. Recuerda además la importante participación de las mujeres. Muchas de ellas fueron líderes y ella encontró espacios de participación.
“Viví toda esa actividad mundial durante mi tiempo como estudiante y creo que a todos los que la vivimos nos marcó política e ideológicamente. Nos hizo comprometernos socialmente, más allá de nuestra formación disciplinar y académica: pensábamos en el país, en el mundo, en lo que debía y debe cambiarse para tener una sociedad más justa y equitativa. Eso determinó el rumbo de nuestras vidas”, afirma.
Al terminar su carrera, la oportunidad de trabajar con el profesor Álvaro Alegría en el área de bioquímica de la Facultad de Salud la mantuvo dentro de su Alma Máter, pero ahora como asistente de investigación en un proyecto que estudiaba virus financiado por la Fundación Rockefeller. Aunque el tema distaba de los conocimientos obtenidos en su formación sus ganas de aprender le permitieron ser parte del equipo durante dos años. Sus expectativas la llevarían aún más lejos.
EL interés por el tema de los alimentos la llevó a aplicar a una beca de la Organización de los Estados Americanos -OEA para obtener experiencia en el Departamento de Ciencias de los Alimentos en la Universidad de Buenos Aires al lado de un reconocido investigador de apellido Cataño. Fue, a pesar de no incluir ninguna titulación, uno de los procesos más importante en su vida profesional, pues dejó huellas en su quehacer como química y en su futuro como docente.
En su regreso a Colombia, Cecilia Madriñán tuvo un corto paso de un año por Laboratorios Squibb, una farmacéutica norteamericana, donde se dedicó al análisis de control de calidad. El llamado de su vocación por la docencia vio la luz a través de un concurso de la Universidad Nacional sede Palmira donde comenzó a dictar clases en el programa de agronomía y zootecnia.
Sin embargo, el mismo interés por los alimentos que la alejó de su primera casa, con ruta a Argentina, la regresaría a ella. Corría el año 1981 cuando la profesora Madriñán entró a la antigua Sección de Alimentos de la Facultad de Ingenierías a través de concurso. Desde entonces, jamás se ha alejado de la Universidad del Valle en la que ha crecido y a la que ha visto crecer.
La Sección de Alimentos Dónde inició su labor docente pasó de tener sólo una Tecnología en Alimentos y servir como apoyo a los demás programas de la Facultad de Ingenierías en su ciclo básico, a ser un departamento y luego una escuela, una especie de hija grande y fuerte, con programa académico de Ingeniería de Alimentos y, poco después, con nivel de maestría, doctorado y un grupo de investigación de relevancia nacional.
Por su parte, gracias al plan de capacitación de docentes en la Universidad del Valle, aplicó a la Universidad Politécnica de Valencia, en España, para hacer estudios de maestría. Una ilusión que, una vez materializada, representó uno de sus mayores sacrificios: estar separada de sus hijos. “Ya me había casado, tenía mis dos hijos pequeños. Los primeros meses estuve a punto de regresarme. No hacía sino llorar por mis hijos, por haberlos dejado. Estuve a punto de tirar la toalla, pero con el apoyo espiritual, moral e intelectual del papá de mis hijos, mis amigos y compañeros, pude pasar ese remesón”.
La profesora Cecilia vivió esos dos años de maestría como una experiencia maravillosa y, aunque tenía la oportunidad de avanzar para obtener el doctorado, el tiempo alejada de sus hijos se le hizo más que suficiente. Fue mayor el afecto aplazado que sus ánimos de invertir dos años adicionales para obtener un nuevo título.
Regresó a Colombia y a la Universidad en 1990 a continuar enfocada en la enseñanza y en la investigación y, aunque realmente nunca las ha dejado de lado, abrió una nueva puerta al servicio de la comunidad universitaria con su llegada a la Vicerrectoría de Bienestar en el 92.
“Nunca había ocupado cargos administrativos. No sé quién me recomendó, pero cuando me ofreció el profesor Galarza la Vicerrectoría de Bienestar yo sólo podía pensar: ‘¿sí seré capaz?’. Consulté a mis compañeros antes de tomar una decisión y todos me apoyaron. Pasamos toda clase de situaciones, pero fue un trabajo muy satisfactorio. ¡Terminé quedándome cinco años!”.
Durante el que quizás sea uno de los tiempos más largos de alguien al frente de Bienestar Universitario, la profesora Madriñán, de la mano de su equipo impulsó trabajos en la cafetería, creó la Sección de Desarrollo Humano y Promoción Socioeconómica con su Programa de Padrinazgo y logró el reconocimiento de los grupos estudiantiles por resolución. Además, enfrentó los cambios necesarios para la continuidad del Servicio Médico Familiar ante la aprobación de la Ley 100 de 1993.
Aunque hubo momentos especialmente difíciles, la profesora recuerda otros cambios, mucho más populares, entre los estudiantes que disfrutaron de la escena cultural univalluna de esa época. “¿Sabes qué había en esa época? ¡Las rumbas eran en la cafetería! Las pasamos al CDU, las dejamos en manos de los grupos estudiantiles y las rentas se convirtieron en un apoyo económico para ellos. También nos tomamos la Plazoleta de Banderas cada 15 días y cada mes con actividades culturales enormes, orquestas importantes que venían a Cali a presentarse y las traíamos a la Universidad”.
Cuando terminó ese tiempo, volvió a su escuela, aunque nunca la dejó del todo y, definitivamente, su estadía de tiempo completo no sería muy prolongada. Apenas dos años después, un reemplazo temporal en la dirección de la sede de Univalle en Zarzal la llevaría a enamorarse de un lugar hasta entonces desconocido.
“En 2002 por una comisión de estudios, el profesor Henry Jiménez, que era el director de Zarzal, colega y amigo, me pidió que cubriera su puesto por algunos meses. Acepté el reto por esos meses, pero al poco tiempo de regresar a mi escuela, él terminó su período y la directora de Regionalización me pidió ser directora en propiedad. Ya conocía la dinámica de trabajo, a la gente maravillosa y a su compromiso con la calidad. ¡Y ya han pasado 20 años! Después de llegar al pueblo sin conocerlo, puedo decir que me siento ya zarzaleña.”
Con todos los aprendizajes, los trabajos hasta la noche y las satisfacciones, Cecilia Madriñán es consciente de que su trabajo como directora y como docente en la universidad es un ciclo y, eventualmente, se acercará el momento donde lleguen a su fin. A pesar de esta conciencia, la dicha de haber vivido estas experiencias y la certeza de que el trabajo continuará con los y las próximas lideresas formadas en la Universidad del Valle, la hace sentir tranquilidad por el futuro de la institución.
A pesar de este camino dedicado a los demás, la profesora Cecilia Madriñán no se ve a sí misma como una directiva, como gestora. Para ella, su esencia y su misión siempre ha sido la formación y remarca la importancia de que todos los que detentan cargos administrativos y hacen parte de la planta docente continúen con su misión educativa.
“Fundamentalmente somos docentes, formadores, profesores. Para mí ha sido muy enriquecedor no perder el contacto con mis estudiantes y mantenerme actualizada en los temas de mi disciplina porque me lo obliga mi papel como docente. A pesar de estas otras responsabilidades, es importante acomodar nuestro tiempo y horario para seguir siendo formadores, seguir en contacto con nuestra disciplina porque al terminar estos roles administrativos, volveremos a nuestra misión de formadores”.
En ese trasegar por la academia, la profesora Cecilia ha pasado 40 años formando generaciones de estudiantes e investigadores en Univalle: un tiempo que es toda una vida, pero, para ella es una vida que no hubiera querido vivir de otra forma.












