“Uno no abandona la tierra, identifica si hay que abonar, remover o sanar”, dicen en el campo para referirse a la relación con la siembra y el territorio. Esta frase también podría expresar el desafío que la Universidad del Valle tiene para asumir las violencias de género.
A la par del profundo dolor e indignación que generó el ataque violento contra dos estudiantes en el campus universitario La Carbonera, en Palmira, se gestó un proceso de acción y diálogo sin precedentes. Este lamentable suceso, lejos de paralizar la opinión, actuó como un catalizador, abriendo espacios para la reflexión y la búsqueda de soluciones en la comunidad universitaria.
La estudiante Luciana Ortega, una de las voces activas en estos debates, destaca que “las mesas de diálogo y discusiones en las facultades permitieron que nos sentáramos como iguales, escucháramos los diversos puntos de vista y contáramos nuestra experiencia con las rutas de atención”.
Desvelando lo cotidiano: la materialidad de lo sutil
“¿Cómo se puede prevenir una tragedia como la ocurrida?”, “¿Cómo te das cuenta de quién puede ser un agresor?”, "No es justo que a una familia se le trunque su vida”, son voces, muchas veces masculinas, que resuenan entre los pasillos de los campus de la universidad.
Este temor surge de una comprensión crucial: no existe un "prototipo" de persona violenta. No se trata de un perfil estereotipado por su apariencia, clase social o profesión. Para la profesora Rosa Emilia Bermudez “ las violencias de género son hechos que se ejercen en la cotidianidad, de forma reiterada y sistemática, [...] hacen parte de una cultura de subvaloración a las mujeres y a la representación de lo femenino en nuestra sociedad”. Ella es la Secretaria General de la Universidad y participó de la formulación de la Política de Equidad de Género y No Discriminación como integrante del Centro de Investigaciones de Estudios de Género, Mujer y Sociedad . Además, ha vivido en carne propia la discriminación y las violencias, por eso trabaja para que ninguna persona se sienta insegura en la institución.
Ser conscientes de estas violencias es uno de los mayores desafíos: las señales a menudo se manifiestan en detalles como celos excesivos, control sobre la vestimenta, comentarios despectivos o chistes sexistas. Para Valentina Bará, coordinadora de Ultravioleta, líder de la Juntanza Feminista y de Género de la Universidad, esta situación revela que la violencia contra las mujeres está naturalizada. Es frecuente que la gravedad de estos actos se mida con una especie de "violentómetro", subestimando aquellos que parecen insignificantes. "Las violencias suelen medirse mucho, como en el 'violentómetro', pero no hay una violencia que pese más que otra", resalta Valentina Bará.
Al revisar este "violentómetro" nadie debería sentir tranquilidad al pensar que "solo fue un chiste y no un golpe". Como argumenta Catharine Mackinnon en Only Words, la violencia, incluso cuando se expresa "solo con palabras", tiene consecuencias reales y dolorosas. Estudiantes y docentes se reconocen en esta realidad y comprenden que la clave no se trata únicamente de identificar los posibles agresores, sino poner en el centro del debate las formas de relación e interacción cotidianas. "Así como hoy sucedió un feminicidio, otros días, somos acosadas", expresa una estudiante en las asambleas, evidenciando que el problema es sistémico y abarca múltiples formas de agresión.
El reflejo global: un desafío estructural
Las universidades, como instituciones que reflejan la sociedad, no son ajenas a la problemática global de la violencia de género. En Estados Unidos, por ejemplo, se registró el asesinato a tiros de una estudiante en la Universidad Estatal de Kennesaw. En México, el feminicidio de Lesvy Berlín Rivera Osorio sucedió en los alrededores de la UNAM. En Colombia, el homicidio de una estudiante de Comunicación Social en su residencia en el departamento de Norte de Santander se sumó a este recuento doloroso que evidencia la magnitud y universalidad de la problemática.
Es crucial recordar que el agresor de las estudiantes fue, a su vez, ex estudiante de la institución y terminó con su vida después del suceso. "Pasó por la universidad, ¿y qué le enseñamos?", cuestiona Luciana Ortega, líder del Comité Regional de DDHH. Esta pregunta subraya la urgencia de comprender que la prevención de las violencias contra las mujeres hace necesario abordar los mandatos de masculinidad y el rol de las instituciones en la formación ciudadana.
Redes de transformación: educación y conciencia
Uno de los retos más significativos es explicar la profunda interconexión de las violencias de género. Como toda violación de un derecho humano fundamental, implica la vulneración de otros, las diversas expresiones de la violencia de género están íntimamente ligadas. Para evidenciar esta complejidad, la universidad ofrece a su planta docente los diplomados sobre enseñanza con perspectiva de género, una iniciativa fundamental para sembrar conciencia.
Esta "semilla" ya está dando frutos concretos. Los cerca de 200 docentes que han pasado por esta formación participaron activamente en los debates en sus facultades, conformaron grupos más pequeños y compartieron las experiencias que han incorporado en sus clases. "Incluso docentes que nunca se habían preocupado, empezaron a prestar atención a lo que decían estudiantes y colegas", afirmó una profesora durante una asamblea.
En paralelo, se alzó una demanda significativa por parte del estudiantado: el aumento de la cobertura de los cursos de "Género, Pluralidad y Diversidades”. Hasta el momento se ofrece el curso en seis sedes y seccionales, a lo que se suman los seis cursos en Cali, pero la propuesta del estudiantado es que sea obligatorio. “Esto significa una reforma curricular, que en este momento no se puede dar”, aclara la profesora Rosa Bermúdez, sin embargo, esta solicitud la llena de emoción “el hecho que el estudiantado pida mayor cobertura habla de la recepción positiva de este curso y de su efecto transformador”.
Profesorado, estudiantes y personal trabajador gestó sus propios espacios e identificaron ideas que se llevaron a una mesa de diálogo con las directivas de la universidad, así como mesas de diálogo en facultades y programas en los que se asumieron compromisos particulares.
Hacia un futuro transformador
La Universidad del Valle es una de las primeras en el país en incorporar una política institucional de género y va más allá del protocolo de atención que solicita el Ministerio de Educación Nacional, trae a colación la profesora de la Escuela de Trabajo Social y Desarrollo Humano, Adriana Granados Barco, quien realizó su tesis de doctorado sobre el orden de género en las universidades y ha seguido de cerca las acciones de la institución desde la década de 1980.
Para Granados Barco “este orden sigue muy instalado”, a pesar de que el 2010 la Universidad empezó a cuestionar y visibilizar de las violencias basadas en género y desde el 2015 se trabaja en la política y su implementación. Ella enfatiza en que “los esfuerzos deben ser múltiples, continuos” y no limitados a la política, que es “solo una herramienta” y ve en las reflexiones y acciones generadas recientemente “una oportunidad de hacer cambios simbólicos, académicos e institucionales”.
La esperanza también es sostenida por la profesora Bermúdez, “llevamos una década construyendo una capacidad institucional para asumir la equidad y la igualdad de género”. En este tiempo, se ha logrado una apertura que posibilita el debate institucional, este logro es el que “permite en la actualidad asumir este reto de transformación cultural y ético con una participación activa de todos los estamentos”, agrega.
Las estudiantes son conscientes de los "límites institucionales", sin embargo, reconocen que las mesas de negociación y el trabajo conjunto entre directivas y la comunidad estudiantil son un paso crucial. "Si bien se alcanzaron cosas muy importantes, obviamente falta y siempre van a faltar… [pero] va a sentarse una mesa de reestructuración y mejoramiento, justamente de la política, la ruta y el área de género", señala Valentina Bará.
Finalmente, esta coyuntura dejó la certeza de que la universidad debe ser un espacio seguro para todas, todes y todos. Para ello, se requiere un compromiso individual, colectivo e institucional permanente y la Universidad debe estar alerta a los sucesos que vayan emergiendo. Dar continuidad a este tema es el camino que posibilita la vivencia de una universidad con mayor equidad, donde las violencias de género se presenten cada vez menos y haya una sanción social que contribuya a que sean eliminadas.
Por: Laura Parra Rodríguez, Agencia de Noticias Univalle












