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Formación, mundo común e infraestructura civilizatoria: una reflexión sobre el futuro de las humanidades

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Viernes, 09 Enero 2026
Agencia de Noticias Univalle

 

Por: Julio César Vargas Bejarano
Profesor titular, Universidad del Valle, Decano de la Facultad de Humanidades. Dedico este texto a la Dra. Luz Mary Sánchez, cuyas observaciones fueron decisivas para esta reflexión.

1. Formación de la subjetividad y formación para un mundo común
Goethe y Thomas Mann advierten que la formación entendida como un proceso cuya meta es alcanzar la genialidad, el reconocimiento o la riqueza a toda costa, sin importar los caminos a seguir, significa más una degradación del espíritu humano, que su esplendor: una pérdida o reducción del mundo. Y la pérdida del mundo es el movimiento contrario a la formación; se origina por la desorientación del sí mismo, por la falta de autoconciencia, que derivan en la desconfianza ante el otro, en privilegiar los intereses personales sobre el bien común, en la apatía ante los asuntos públicos y en la desesperanza.

El maligno –que seduce a Fausto– es una metáfora para desenmascarar los peligros de la ilusión. Desde sus inicios en la tradición griega, el oráculo de Delfos advierte que para cultivar el espíritu hace falta conocerse así mismo. El autoconocimiento es el fundamento de la formación humanista. Conocerse a sí mismo es una labor compleja, que se evidencia en la claridad en las metas personales, en los recursos con que cuenta cada uno y en el reconocimiento de las debilidades. Sin embargo, para alcanzar tal claridad hace falta valentía para superar la ilusión o el autoengaño. El autoengaño es la argucia del dios proteo, cuyos diversos rostros dificultan identificar su identidad. Sus innumerables semblantes no son una falla moral individual, sino una estructura fenomenológica del aparecer, que sólo se disipa mediante la apertura a lo otro, a lo extraño. Las epifanías en las que nos damos cuenta de que algo no es como creíamos, suceden a partir de la respuesta a lo extraño, al otro que nos interpela. En este movimiento de apertura a lo extraño, a la alteridad tiene lugar la formación de la subjetividad.

Pero la formación no está focalizada exclusivamente en la subjetividad, como si esa dimensión singular –única e irrepetible- estuviera atomizada o desvinculada de los otros. Antes bien, la formación es una fluctuación permanente entre la constitución de la singularidad –esencialmente indefinible o inexpresable, según el dictum medieval– y la interacción con la alteridad. Un componente central de la formación es la apertura a la acción o interacción con los demás, no sólo exige el conocimiento de la tradición cultural y de las instituciones en las que está inserto el individuo, sino también comprometerse en procesos de renovación de carácter comunitario, sí político.

La apertura a los otros y el compromiso para la participación en el espacio público se efectúan mediante el discurso, la deliberación y los debates. La apertura al mundo social y político también exige mirar más allá de los intereses personales y del círculo de amigos, para acceder a una visión amplia, que respete la diversidad y que esté en disposición de cumplir los acuerdos y compromisos pactados. Los vínculos intersubjetivos se conforman gracias a la confianza y a la credibilidad ante la palabra empeñada por el otro y en el respeto a las normas y principios que fundan la institucionalidad. Todos estos valores y disposiciones son posibles cuando el cuerpo social tiene la moral alta, esto es, con una disposición anímica de comprometerse en los asuntos comunes.

Sin embargo, la formación humanista no sólo configura sujetos capaces de apertura y deliberación, también permite habitar, sostener y transformar instituciones, formas sedimentadas de intersubjetividad. Uno de los retos del mundo actual es el fortalecimiento de las instituciones sociales y políticas por parte de los/as ciudadanos/as. Más que un aparato burocrático, el sentido de las instituciones está en dar continuidad al mundo común, en garantizar que los acuerdos que sustentan las normas deben cumplirse y ser efectivos. Las instituciones políticas y sociales fungen como el puente entre el pasado y el futuro y la formación humanista tiene una vocación intrínseca a la construcción, mantenimiento y renovación de las instituciones. Esta es quizás la tarea más crítica de la política, si de las democracias contemporáneas.

2. El desafío tecnológico: de la sustitución a la complementariedad crítica
Los valores y disposiciones mencionados constituyen el sentido de las ciencias humanas y sociales; valores perennes cuya consecución es resultado de un trabajo arduo sobre sí mismo. Sin embargo, la formación humanista no se limita a la esfera subjetiva y psicológica, sino que tiene una función decisiva para comprender y afrontar los problemas más urgentes del mundo. La degradación del espíritu no sucede sólo a escala individual, sino que afecta el orden social, cultural y político. Algunos fenómenos estructurales que contribuyen a la fragmentación y/o cierre del mundo – fenómenos que, en este espacio, sólo puedo enumerar –, que deben ser atendidos con urgencia y que las humanidades pueden ayudar a comprender y contrarrestar, son:

1.La creciente polarización entre fuerzas políticas de extrema derecha y extrema izquierda, las burbujas informativas que generan las Inteligencias Artificiales Generales en las redes sociales y que refuerzan visiones segmentarias o ideologizadas de la realidad.
2.La mutación del régimen de la atención: economías de la distracción que
dificultan precisamente el trabajo de autoconocimiento.
3.La experiencia de pérdida de resonancia, de incapacidad de inscribir la propia vida en un sentido compartido.
4.El riesgo de reducir las humanidades a un componente decorativo de la formación, el ‘brochazo de cultura general’.

Podríamos plantear – con razón – que los valores y principios de la tradición humanista no pueden ser reemplazados por las nuevas tecnologías; pero lo decisivo no está allí, sino en que las nuevas tecnologías llegaron para quedarse y que si no existe una sana distancia con respecto a ellas – de manera que éstas no reemplacen el pensamiento, el juicio estético y político, y la creatividad personal – entonces producen sujetos sin mundo. En este sentido, las humanidades son más urgentes que nunca, pues resisten a la homogenización del pensamiento y a las directrices e intereses de estas nuevas tecnologías de la información. La nueva tarea de las ciencias humanas es acompañar críticamente la configuración del espacio digital y los nuevos modos de vida que emergen en él.

3. Las humanidades como infraestructura del mundo común
Que el sentido de las humanidades no se limita a las disciplinas que conforman las ciencias humanas, nos permite identificar una tesis central: las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften, en la tradición de Dilthey, Husserl, Gadamer, entre otros), no se oponen a las ciencias naturales, sino que dan cuenta de una infraestructura civilizatoria invisible, equivalente a las infraestructuras materiales y científicas que sostienen la vida social. Esta infraestructura simbólica comprende los lenguajes de interpretación, los marcos de reconocimiento mutuo, las tradiciones de memoria, las normas éticas compartidas y las prácticas de cuidado e imaginación política que hacen posible la existencia del mundo común. La trama de esta infraestructura son las mediaciones simbólicas y la experiencia sensible, corporal, que hacen posible la vida social y que, desde Husserl y Heidegger constituyen el mundo de la vida como estructura histórica de sentido. Enumero algunos temas constitutivos del mundo de la vida: los lenguajes que nacen de mundos entornos y culturales definidos y que permiten interpretar la experiencia; prácticas de interacción que permiten el reconocimiento mutuo; tradiciones que ordenan la memoria y permiten proyectar el futuro; normas éticas compartidas, indispensables para la convivencia social; prácticas de cuidado del otro, de escucha y de imaginación política; diversas maneras de vivir la sexualidad y de expresar el género, entre otros.

Tal es el campo en donde florecen las humanidades, de ahí que el reto más urgente sea la respuesta moral ante la interpelación del otro, el respecto a las diversas maneras de habitar el mundo, de expresar los sentimientos y de sentir la corporeidad, la innovación en modo de narrar y sostener la vida en común. Allí operan las humanidades, de manera que antes que defenderse a sí mismas, su tarea primordial es – como afirma Albert Camus – “sostener el mundo”, un mundo donde hay espacio para la pluralidad de perspectivas, la libertad y la inclusión con equidad. En última instancia, las humanidades no son un adorno cultural: son la condición de posibilidad de que exista un nosotros.

 

 

 

 

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