Al caminar por la ciudad, por los parques o los pasillos de la Universidad, quizás sin buscarlo, te has topado con una caravana de hormigas que, van y vienen, cargando retazos de hojas que las sobrepasan en tamaño. Y aunque son silenciosas y muy pequeñas, son verdaderamente poderosas.
En Colombia habitan cientos de especies de hormigas. Estos insectos son sociales y están organizados en jerarquías de castas: reina, obreras, soldados y machos reproductores. Cada una con una tarea clara dentro de la colonia.
La reina cumple con su función de reproducción; la obrera se encarga de traer alimento, mantener el nido y cuidar las larvas en desarrollo; las soldados protegen el nido; y las hormigas macho que son los reproductores, los cuales tienen una vida muy corta, solo participan en la reproducción.
Una de las más conocidas es la hormiga arriera, o Atta cephalotes. Se puede reconocer por su color café y su cuerpo cubierto de espinas. Y aunque benefician a algunas plantas y enriquecen los suelos, en muchas zonas de Colombia esta especie se ha convertido en una plaga.
Las hormigas han desarrollado una relación simbiótica fascinante con un hongo. Cuando ves a las arrieras transportando trozos de hojas más grandes que ellas, no lo hacen para alimentarse directamente: están cultivando. Llevan ese material vegetal a su nido, donde alimentan al hongo del cual sí se nutren. Son agricultoras ancestrales que llevan millones de años perfeccionando este sistema.
Tatiana Rojas, estudiante de décimo semestre de Biología de la Universidad del Valle, ha dedicado su tesis a estudiar la diversidad de hormigas en agroecosistemas, especialmente en cultivos de caña del Valle del Cauca. “Me interesa cómo conservar la biodiversidad sin dejar de lado la producción agrícola. Estudié las franjas de vegetación dentro de los cultivos y cómo estas afectan la presencia de diferentes especies de hormigas”.
Estos pequeños insectos no solo remueven la tierra y airean el suelo, sino que también dispersan semillas, controlan poblaciones de otros insectos y hacen parte de redes ecológicas. Pero como todos los animales, se enfrentan a distintas amenazas como: la pérdida del hábitat, el uso indiscriminado de pesticidas y los monocultivos a gran escala, como la caña, que disminuyen su diversidad y afectan los ecosistemas en su conjunto.
“Son animales que merecen nuestro respeto, aunque sean pequeñas y muchas veces incomprendidas, cumplen funciones vitales. Debemos evitar pisarlas, manipularlas o tratarlas como plagas sin sentido. Son testimonio de millones de años de evolución y cooperación” afirmó Tatiana Rojas.
Finalmente, es importante aprender que, incluso, los organismos más pequeños, pueden sostener estructuras colosales. Que el trabajo en equipo, el cuidado mutuo y la adaptación constante son formas silenciosas pero poderosas de habitar el mundo.
Por Melissa Pantoja Osorio, Agencia de Noticias Univalle












