En un país marcado por los feminicidios y el conflicto armado, 400 mujeres provenientes de Asia, América y Europa se citaron en la Conferencia “Floreceremos porque la guerra no puede acabar con nuestras raíces”. Una alianza decolonial y antirracista que busca soluciones sostenibles a los conflictos modernos desde las comunidades.
Por: Laura Parra Rodríguez,
Agencia de Noticias de Univalle
Fotografías: Mujeres Tejiendo Futuro
Cuatrocientas mujeres y disidentes de género buscan chaquetas para acostumbrarse a la altura de Bogotá — Bakatá en lengua Muisca— y descargan maletas cargadas de ropa, proyectos y familiares. Las saluda el corredor de bosque de los cerros orientales, un verde que asombra a las recién llegadas del desierto y que observan desde el patio de un centro de eventos en Teusaquillo. Para evitar la dispersión e invitarlas a entrar al salón, las Mayoras Muiscas convocan, con sahumerio y salvia, a las mujeres visibles y las invisibles:
-¡Bertha Cáceres!
-¡Bienvenida!
-Lesvy Berlín
-Bienvenida
Con este ritual de armonización inicia el encuentro “Floreceremos porque la guerra no puede acabar con nuestras raíces”, entre el 11 y el 15 de febrero en de la capital colombiana. Un llamado a las mujeres de pueblos originarios del mundo, campesinas, afrodescendientes y urbanas interesadas por los feminismos decoloniales, y que por primera vez se realiza en el país de las tres cordilleras andinas.
Allí, el árabe, el kurdo, el español, el francés, el creol y una decena de lenguas originarias se vuelven cotidianidad. Entre las participantes más esperadas está Betiana Colhuan Nahuel, la primera autoridad espiritual del pueblo Lafken Winkul Mapu en cien años, un estatus moral y espiritual comparable al Dalai Lama.
Como ella, todas las mujeres de están reunidas para analizar el colonialismo y su impacto directo sobre el cuerpo-territorio de las mujeres. “No es biológico, es político”, es la frase que resume la intención del evento que se articula en torno a los ejes de defensa corporal, educación, ciencias de las mujeres, comunicación alternativa, las economías alternativas y salud.
En una charla informal, una de las asistentes titula el evento como “La Tercera Internacional Feminista”, en referencia a las Internacionales Socialistas, cuando Clara Zetkin propuso el Día Internacional de la Mujer y se creó una agenda por los derechos de las trabajadoras. Si hace un siglo las protagonistas eran mayoritariamente europeas, hoy el pulso lo marcan las mujeres del sur.
Un patriarcado global
Mariyam Fathi viene de Irán. No usa velo; luce unos crespos cortos que en su país serían imposibles de conocer. “Tenemos una cultura misógina en la que niños y niñas crecen odiando a las mujeres”, dice en un español no nativo, fluido y amplio, resultado de su exilio. Para ella, esta persecución se ensaña especialmente contra las mujeres kurdas, como Mahsa Amini, asesinada por la policía religiosa islámica de Irán “por tener unos mechones por fuera del velo”. Evento que desembocó las protestas bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad" (en kurdo: Jin, Jiyan, Azadî). No es para menos, casi 2.000 mujeres han sido ejecutadas desde 1979, y al menos 233 entre 2000 y 2022.
Esta cultura “cultura misógina” que se encubre bajo “el pudor” en Irán; en el continente Americano se expresa con al menos 20.000 feminicidios en los últimos cinco años, la mayoría cometidos por personas del círculo cercano de las mujeres que aluden sufrir de “celos”.
“Nos dicen que no valemos, que somos basura. Mientras el patriarcado exista, ni siquiera las universidades serán seguras”, expresa indignada Araceli Orozco, madre de Lesvy Berlín, asesinada en la Universidad Autónoma de México –UNAM–. Hasta la fecha el grupo de madres buscadoras ha rastreado que el primer feminicidio relacionado con las mujeres de la universidad ocurrió en 1972 y que cada vez son más crueles. El grupo de madres buscadoras, al que pertenece Araceli, rastreò que el primer feminicidio relacionado con las mujeres de la universidad ocurrió en 1972
Intervención internacional desde Irán a la arena Haitiana
Las guerras en Irak, Afganistán y Siria nos enseñaron los impactos de la invasión internacional con la excusa de “salvar a las mujeres”. Una cara que conoce muy bien Haití, donde “ los Cascos Azules de la ONU llegaron a estabilizar el país, pero dejaron tras de sí a los Petits MINUSTAH”, denuncia Vanessa Jeudi, Socióloga y activista Haitiana especialista en las violencias de género en la región.
Jeudí se refiere a los miles de niños nacidos de abusos sexuales cometidos por las fuerzas internacionales y su testimonio coincide con las alertas de UNICEF (2025): la violencia sexual contra menores en Haití ha crecido un 1000% en el último año. “No es caos; es una herramienta de poder”, exclama con rabia.
Con estos ejemplos se devela una trampa: creer que Irán es el pasado religioso o que Haití es un residuo del caos colonial, en vez de una realidad posible relacionada al control de territorios estratégicos que no exime a ningún país.
Al cuarto día del encuentro, el hijo de una lideresa de Tumaco es asesinado.
—¡No queremos y no nos da la gana que asesinen a las guaguas todas las semanas! —rugió una voz desde el fondo, rompiendo la parálisis.
¡Van a volver, las balas que disparaste van a volver!, una consigna latinoamericana, se alza fuerte entre las jóvenes. Sin disputas explícitas, pero con cuidado, las más pacifistas dejan de cantar. Las sanadoras siguen en lo suyo, con respeto e insistiendo en alzar el humo para acompañar el “buen partir” del joven asesinado, ritual que continúan hasta el día siguiente.
El gozo y las pedagogías de la esperanza
Con los ánimos abajo, Lolita Chávez Ixcaquic encendió el auditorio:
“Tuve que ser feminista clandestina en mi pueblo. Pero con las hermanas redescubrí el clítoris y el placer. Conocer su función es una revolución que al patriarcado y al fascismo les genera odio”.
Para Lolita, es necesario romper con los tabúes de la izquierda y los movimientos indígenas tradicionales, “el placer es el acto de autonomía más radical”. Si el sistema necesita mujeres sufrientes para sostener la guerra, una mujer que goza es una mujer que ya no puede ser controlada. Con ella coincide Avelina Rogel autoridad espiritual de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador:
“Cargamos con los muertos que nos arrebataron, pero queremos que los niños y esas niñas también tengan referencia de que vivimos en alegría”
La evidencia de que el activismo gozoso logra grandes avances quedó demostrado con la campaña argentina por el aborto legal que impulsó más de 200 "pañuelazos" en todo el mundo, llegando incluso hasta en las montañas del Kurdistán. Aunque ese año el senado argentino votó en contra, “ganamos en las calles con la despenalización social, y eso es lo que permite que en 2022 sea ley”, recuerda una integrante de la Campaña Nacional argentina.
“No se necesita de los Estados” dice Bertita, hija de Berta Cáceres, “nosotros hicimos asambleas para refundar Honduras”. Un ejercicio en el que los habitantes decidieron votar sus propias reglas de convivencia en por del cuidado de la naturaleza, el respeto por la diversidad, la equidad y el cuidado a la infancia. Normas que permanecen apesar del doloroso asesinato de Berta Cáceres.
La memoria de las abuelas
Una de las propuestas centrales del evento es recuperar los saberes ancestrales, que tradicionalmente han conservado las mujeres. “Recetas para curar el dolor de estómago” son comunes en los relatos de las abuelas, expresó una participante. Sin embargo, “esto no es suficiente” afirma Adriana Guzmán, feminista Comunitaria boliviana” es necesario politizar el conocimiento” mediante la artículación de ese saber que se usa en la intimidad con los procesos colectivos.
“Las mujeres que se encuentran en territorios citadinos tienen la sensación de no tener territorio, y eso es una dificultad porque es necesario reconocerse”, expresa la Mayora Avelina Rogel, guía espiritual de la CONAIE ecuatoriana. Su propuesta radica en entender que “cada espacio local está vinculado a redes más amplias de comunidad y cuidado”. Con esto claro, será más fácil sanar las heridas y “sanar la pacha mamita”.
Kurdistán: un laboratorio de democracia directa
Mientras esta discusión ocurre, otras mujeres mueven los brazos, aprietan el estómago y respiran fuerte. “Todo el tiempo los medios dicen ‘no se defendió’, pero no nos enseñan a hacerlo”, manifiesta una compañera que prefiere no ser identificada.
El revuelo no está en los golpes que todas se atreven a dar, sino en el modelo de Rojava —la región autónoma en el norte de Siria— basada en la democracia directa, en la que las decisiones se toman en cada clan. “En Rojava tenemos puestos dobles: hay una mujer y un hombre para cada cargo de representación”, Berivan Khalid. Al principio, cuentan, los hombres las trataban como suplentes; hoy, tras diez años de cambio cultural, la copresidencia es innegociable.
Esta experiencia causa escepticismo porque la paridad hace parte de una estrategia que incluye ejércitos que defienden los poblados de las milicias de ISIS u otras guerrillas islámicas. No obstante, para la mayoría no deja de resultar fascinante un sistema que logra paridad real en medio del desierto y en el que los niños y niñas crecen considerándola “natural”. ¿Será que las feministas de Abya Yala crearán su propio ejército? El debate enciende las conversaciones de pasillo y es muy pronto para saberlo.
Internacionalizar las causas
Al final de la jornada queda claro que “se necesita internacionalizar las causas para que ganen legitimidad y apoyo”, argumenta una de las participantes del encuentro que prefirió no ser identificada. El trabajo estratégico permite identificar patrones de agresión antes de que se repitan y hacer denuncias colectivas al mismo tiempo.
Sin embargo, para Adriana Guzmán, activista del Feminismo Comunitario boliviano, esto no puede significar “copiar modelos extranjeros”. Es necesario evitar “colonizar la esperanza”, debido a que en “Abya Yala ya tenemos nuestras propias formas y procesos”.
La solidaridad internacional debe ser distinta a la colonialidad.












