Dentro del cuerpo de quien lucha por su vida en una UCI, el caos celular estalla con la misma fuerza que la incertidumbre sobre su recuperación. Buscando aportar en la identificación de los estados más críticos donde se pueda intervenir para optimizar la supervivencia de estos pacientes, una bacterióloga egresada de la Universidad del Valle lleva a cabo una investigación sobre nutrientes esenciales en personas críticamente enfermas.
Por Salomé Mizrachi
Agencia de Noticias Univalle
Nuestros cuerpos son una casa, cada extremidad es un cimiento, y los componentes celulares dan profundidad a una arquitectura perfecta. No importa si hace sol, llueve o si la tempestad golpea, nuestro cuerpo nos resguarda. Pero cuando un huracán cae, las estructuras se sacuden, las ventanas estallan y aquello que antes era refugio queda expuesto. Lo mismo ocurre con nuestros cuerpos cuando cae sobre ellos una gran cantidad de estrés producto de un accidente traumático o cuando una enfermedad crónica alcanza su cúspide.
Sobrevivir a la tormenta, pese a lo agotador, es solo la mitad del trabajo. La verdadera labor comienza cuando el viento cede y se debe volver a levantar la casa. Cuando se piensa en salud, celebramos el fin de la crisis, pero olvidamos el camino de regreso. Es un sendero lleno de escombros difíciles de remover, tales como una lesión permanente o un tratamiento extenso. A estos se suman secuelas invisibles pero persistentes, reflejadas en la salud mental y en la dificultad social para regresar a la rutina.
Maryory Galvis Pedraza, egresada de Bacteriología y Laboratorio Clínico de la Universidad del Valle y candidata a doctorado en Epidemiología de la Universidad de Groningen en los Países Bajos, trabaja en la ingeniería de este retorno que requiere acciones precisas. Sus investigaciones además de explorar el peligro inmediato, buscan identificar las piedras angulares que permiten al paciente encontrar el pase en su camino a la recuperación física.

A nivel celular
La vida comenzó con la conformación de la célula, estructura encargada de transformar nutrientes en energía, brindar estructura al cuerpo y dividirse para crear nuevas células. Pero, ¿cómo funciona este mecanismo? El motor de la célula es la mitocondria, un órgano celular independiente con un ADN distinto al encontrado dentro del núcleo celular. Esto se debe a la relación endosimbiótica desarrollada hace millones de años por células primitivas con la mitocondria para beneficio mutuo, mientras la mitocondria suministraba energía, la célula le otorgaba protección del exterior. Por ello, dentro de cada una de las 30 billones de células navegando en nuestros cuerpos, coexisten dos tipos de información genética: la encargada de configurar la identidad de la persona y la de origen mitocondrial.
Pero, cuando el cuerpo se enfrenta a un estrés extremo, esta central energética colapsa y libera su ADN ajeno hacia el torrente sanguíneo. Este fenómeno ocurre cuando un paciente alcanza un estado crítico que requiere su ingreso a una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), ya sea por traumas severos, fallas orgánicas múltiples, o infecciones generalizadas como la sepsis. Sin embargo, esta situación no ocurre en solitario, los pacientes enfrentan un estado inflamatorio que afecta todos los procesos metabólicos detectados por cambios en diferentes marcadores —nutrientes, vitaminas y minerales— llamados micronutrientes, los cuales son clave para mantener sanas las células, proteger su material genético y garantizar su producción de energía.
La investigación de Maryory busca entender el desbalance de nutrientes esenciales en personas bajo cuidados intensivos, analizando además los fragmentos de material genético liberados en su sangre debido al daño celular. Los datos obtenidos se observan en relación con resultados clínicos del paciente, sirviendo como una guía predictiva sobre el tiempo de hospitalización en la UCI. Bajo esta lógica, un cuerpo con mayores alteraciones en sus marcadores médicos requerirá una estancia prolongada en el hospital.
En depuración
La hipótesis inicial de la bacterióloga planteó que la cantidad de ADNmt presente en sangre al momento del ingreso a UCI sería útil para prever el daño celular y la recuperación física a largo plazo (12 meses). No obstante, los resultados indicaron que no existe una correlación significativa entre ambos factores, así que los niveles no resultaron ser herramientas factibles para predecir que un paciente puede alcanzar la recuperación física.
A pesar de este hallazgo, el monitoreo constante de los pacientes para observar cómo enfrentan el Síndrome Post-Cuidados Intensivos (PICS) —el conjunto de desafíos físicos, psicológicos y cognitivos que sufren los sobrevivientes tras ser dados de alta— reveló una disminución significativa del ADNmt en casi todos los pacientes estudiados después de un año. Así , los resultados demostraron la existencia de un proceso real de sanación celular, donde el material genético dispersado por el daño inicial logró depurarse con el tiempo, marcando el camino hacia la recuperación, pero dejando preguntas abiertas para futuras investigaciones. Esto sucede porque las verdades absolutas no existen en este campo, tal como afirma Maryory: “En la ciencia no puedes solo lanzar una hipótesis, predicarla y esperar que se cumpla solo por intuición”.
Multifactorial
Tras analizar el daño genético, el siguiente paso para Maryori implicó un enfoque en el comportamiento de los micronutrientes en los pacientes. A diferencia de la idea común de los niveles de vitaminas o minerales como simples indicadores para saber si alguien está “bien nutrido” o no, estos valores funcionan como señales compuestas. Es decir, no solo reflejan las reservas del cuerpo, sino también la intensidad de la enfermedad, la inflamación, y cómo el organismo está respondiendo al estrés agudo. Debido a esto, el nivel de un micronutriente puede significar cosas distintas dependiendo de la historia clínica del paciente.
Otro aspecto clave de la investigación es la comparación de múltiples “compartimientos” del cuerpo: lo que una persona ingiere, lo que se mide en sangre, y lo que se elimina en la orina. Lejos de coincidir a la perfección, estos tres niveles muchas veces cuentan historias diferentes. Esto pone en evidencia que, en situaciones críticas, el cuerpo no sigue reglas simples e interpretar los datos requiere considerar múltiples dimensiones al mismo tiempo.
En general, el proceso investigativo de Maryory aporta una visión más realista y matizada de cómo funcionan los micronutrientes en una enfermedad grave. Más allá de buscar respuestas simples, abre la puerta a nuevas formas de entender el riesgo, la recuperación y la atención médica en cuidados intensivos. En el futuro, este enfoque podría ayudar a desarrollar herramientas para anticipar complicaciones y personalizar tratamientos, reconociendo al cuerpo humano como un sistema profundamente interconectado.
Gambito de dama
Maryory es una experta en ajedrez, un deporte donde el sacrificio es una herramienta estratégica: a veces es necesario entregar una pieza para lograr la ventaja necesaria con el fin de conseguir la victoria. Esta misma lógica rige el mundo de la investigación, donde un hallazgo no es un fin en sí mismo, sino un escalón necesario hacia la solución de un problema mayor. Se trata de dejar un rastro para quienes vienen atrás. Los métodos científicos no surgen de un esfuerzo aislado, sino de un trabajo en equipo que se nutre de conocimientos previos para avanzar. Desde este postulado, la investigación de Maryory se convierte en una guía, un conjunto de granos de arena científicos diseñados para facilitar a médicos intensivistas y nutricionistas el manejo con precisión de los micronutrientes, mejorando así la supervivencia y la calidad de vida de los pacientes tras su paso por la UCI.
Para la epidemióloga, el valor fundamental reside en la capacidad de transmitir un mensaje claro a la comunidad académica: “Por aquí no es, arriésguense, nosotros encontramos esto y quizás ustedes encuentren algo más, pero este terreno ya ha sido explorado”. Al final, el rigor científico demuestra que cada resultado, incluso el negativo, constituye un avance esencial para la futura creación de guías de práctica clínica globales. Se trata del mapa que permitirá a los profesionales de la salud tratar con mayor exactitud a los pacientes críticos, optimizando su recuperación y su bienestar posterior.












