Salud

¿Cómo superar una tusa?

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Jueves, 21 Agosto 2025
Agencia de Noticias Univalle

¿Quién no ha vivido una tusa? Esa experiencia compartida por muchos, pero vivida de forma única por cada persona, fue el tema central de una reciente emisión del programa radial Sanemos Juntos, conducido por Fulvia Carvajal, directora de Comunicaciones de la Universidad del Valle.

En este espacio, Beatriz Eugenia Guerrero Arias, fonoaudióloga y magíster en Lingüística y español, egresada de la Universidad del Valle y Beatriz Eugenia Concha García, fonoaudióloga y psicóloga egresada de Univalle, compartieron su experiencia profesional sobre este tema.

¿Qué es la tusa?
No es solo tristeza, ni despecho. El término “tusa” proviene de la mazorca: es la parte que queda cuando se le han quitado los granos, es decir, lo que queda cuando nos sentimos vacíos. Así se siente una persona que ha perdido un vínculo importante.

Aunque la tusa duele, también puede transformarnos, nos obliga a mirar hacia dentro, a reconocernos sin el otro, a reconstruirnos desde la falta. Porque la tusa, más que extrañar a la persona, es el duelo por lo que fuimos en esa relación, por lo que proyectamos y por lo que no fue.

Se trata de un proceso que puede ser vivido con rabia, tristeza, negación, o culpa, pero cada quien lo transita a su manera. Lo importante es reconocer el dolor sin juzgarlo, darle un lugar, nombrarlo, y, sobre todo: no quedarnos atrapados en él.

Es importante aclarar que la tusa no solo aparece en relaciones largas. Una ruptura adolescente, aunque desde afuera parezca "menos importante", puede vivirse con la misma intensidad que un divorcio. La magnitud no la define el tiempo, sino el grado de implicación emocional, las expectativas puestas y los deseos compartidos.

De igual manera, la tusa no es solo por la pareja. También duele perder al compañero de vida, al padre o madre de los hijos, a la persona con quien se compartían sueños, rutinas, mascotas, espacios. Es un duelo múltiple que incluye rupturas simbólicas: de roles, de rutinas, de futuros imaginados.

Crear esa idea de que el otro es nuestro todo, que sin él o ella no somos nada, nos deja vulnerables a formas tóxicas de vinculación y cuando la relación termina, nos enfrentamos al abismo de no saber quiénes somos sin el otro y en ese abismo aparecen reacciones diversas: algunos lloran, otros huyen, otros buscan sustituir rápidamente, pero “un clavo no saca otro clavo, solo deja otro hueco”. La tusa requiere ser vivida, no tapada, porque el dolor que se evita, se repite y el que se elabora, se transforma.

A los hombres, muchas veces, no se les permite llorar, ni mostrar vulnerabilidad, se les exige seguir adelante como si nada. Eso puede llevar a conductas autodestructivas o violentas. Por eso es tan importante educar en emociones, desde la infancia, y permitir que los niños y niñas aprendan a perder, a frustrarse, a esperar y lo más importante, a reconstruirse.

Escribir, cantar, bailar, hablar, compartir el dolor, es parte del proceso. Si bien es cierto que después de una tusa nadie vuelve a ser el mismo, también es cierto que esa transformación puede ser luminosa. Podemos salir de ahí más fuertes, más sabias y más auténticas.

“El dolor es inevitable, pero el sufrimiento no tiene que ser eterno”.

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