“No podemos permitir que la alimentación se convierta en una relación sufrida. Comer debe ser un acto amoroso”
Es normal que a lo largo de la vida cambiemos nuestra relación con la comida: en los gustos, en las cantidades, en los horarios. Sin embargo, hay momentos en los que esas transformaciones dejan de ser simples adaptaciones y se nos convierten en un problema. Un problema que, en la mayoría de los casos, no tiene que ver solamente con el alimento, sino con la forma en que nos percibimos a nosotros mismos.
El tema “Trastornos en la alimentación. De comer demasiado a no comer nada” fue el eje central de una reciente emisión del programa radial Sanemos Juntos, conducido por Fulvia Carvajal, directora de Comunicaciones de la Universidad del Valle. En este espacio, Carolina Zapata Galeano, médica egresada de la Universidad Libre y médica psiquiatra de la Universidad del Valle, compartió su experiencia profesional sobre este tema que afecta a tantas personas.
La relación con la comida se construye desde el nacimiento. A lo largo de la vida, se moldea según nuestras vivencias, crisis personales o situaciones emocionales. “A veces, la comida funciona como un flotador emocional: algo que nos ayuda a transitar el dolor o la ansiedad”, comenta la médica. Pero cuando este vínculo se convierte en la única herramienta para enfrentar la realidad, cuando se prolonga en el tiempo, cuando se transforma en una obsesión, debemos detenernos y prestar atención.
Para la psiquiatra, hay señales que no se pueden ignorar: la preocupación excesiva por el peso, la distorsión de la imagen corporal, la pérdida progresiva de peso, especialmente en adolescentes, y el cambio en la forma de relacionarse con el alimento.
La médica Carolina Zapata advierte que muchas veces la pérdida de peso no es notada a tiempo por la familia. A veces pasan semanas, meses, incluso años, antes de que alguien se dé cuenta de que un adolescente ha perdido seis o siete kilos, por eso es importante compartir las comidas en familia, observar, conversar, prestar atención a lo que se dice y a lo que no cuando se está en la mesa.
El gusto por ciertos alimentos también habla de nosotros. Muchas personas encuentran refugio en los dulces, y no es casualidad: el azúcar suele estar vinculado a recuerdos de la infancia, a momentos de tranquilidad o, en contraste, a momentos de gran ansiedad.
También hay factores económicos y de tiempo que afectan la alimentación. En un mundo acelerado, muchas veces se opta por alimentos ultraprocesados que no requieren preparación, a costa de una nutrición adecuada.
El entorno social y cultural también tiene un gran impacto. Hoy, los modelos de belleza impuestos por las redes sociales promueven cuerpos extremadamente delgados, muchas veces inalcanzables, y eso genera una presión constante, sobre todo en los jóvenes. Cada cuerpo es distinto y tiene su propia estructura. La médica insiste en que es fundamental aceptar esa corporalidad y construir desde ahí una relación sana con el cuerpo y la comida. No se trata de encajar en un molde, sino de entender quiénes somos y qué necesita nuestro organismo.
Esta presión social también se vive con fuerza en disciplinas como la danza, el modelaje o el deporte, donde se exige un patrón corporal específico. Por ejemplo, en los últimos años, la cultura coreana ha influido notablemente en adolescentes que buscan replicar la apariencia de sus ídolos: quieren su delgadez, su tipo de piel, su dieta. En ese intento, muchas veces terminan adoptando conductas alimentarias extremas que los afectan profundamente.
Los trastornos alimentarios no son una moda ni un estilo de vida. Son enfermedades médicas serias que afectan tanto la salud física, como la emocional. Pueden causar daños en órganos vitales, alteraciones hormonales, problemas gastrointestinales, deficiencias cognitivas, entre otros. En los casos más graves, se cronifican. Las cifras son alarmantes: entre el 10% y el 20% de los casos pueden volverse permanentes, y de ellos, el 10% termina en muerte. El 5% se relaciona directamente con el suicidio.
La anorexia, por ejemplo, se manifiesta en la pérdida significativa de peso, la restricción alimentaria, los ayunos prolongados y el uso de laxantes o vómitos inducidos. En adolescentes mujeres, un signo alarmante es la desaparición de la menstruación, lo que indica que el cuerpo ya está comprometido nutricionalmente.
En la bulimia, en cambio, se alternan atracones de comida con episodios de culpa y vómito. Estos comportamientos pueden presentarse incluso en adultos, y tienden a volverse repetitivos e incontrolables.
Sin embargo, para muchas personas, acudir al psiquiatra sigue siendo una decisión difícil. Todavía existe un estigma, un temor asociado a la locura o a lo irreversible, por eso es tan importante explicar que “el tratamiento no solo involucra medicamentos para estabilizar procesos biológicos, sino también un acompañamiento emocional, una escucha profunda que ayude a sanar desde la raíz. Ambos enfoques deben ir juntos”.
“Cuando una persona llega a consulta, el primer paso es entender en qué momento del trastorno se encuentra. Algunos pacientes están comenzando y no necesitan medicación; otros requieren atención médica urgente y un equipo interdisciplinario: nutricionistas, psicólogos, pediatras, endocrinólogos, trabajadores sociales y, en muchos casos, la familia porque el síntoma no siempre pertenece solo al paciente. A veces es la expresión de un entorno familiar silenciosamente enfermo. Muchas adolescentes, por ejemplo, heredan sin saberlo los mandatos de una madre obsesionada con la delgadez, que pesaba la comida, que vivió a dieta toda su vida. Estos mensajes quedan instalados en el inconsciente y pueden manifestarse años después, sin que nadie lo note”, señala.
Carolina Zapata lo resume con una frase que suele repetir a sus pacientes: “El cuerpo es la casa que habitamos y esa casa debe estar bien por dentro.” Cada cuerpo es único, y no todo lo que funciona para uno funcionará para otro. Por eso, más allá de modas o tendencias, lo más importante es tener una alimentación adecuada a nuestras necesidades reales, guiada por profesionales que nos ayuden a hacerlo con conocimiento, respeto y cuidado.












