Salud

La salud mental y cerebral, una deuda en la construcción de paz en Colombia

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Jueves, 13 Noviembre 2025
Agencia de Noticias Univalle

En los pliegues más íntimos del cerebro habitan recuerdos de violencia, pérdidas y resistencias. No se ven, pero laten como cicatrices invisibles que moldean la vida entera. La investigación que hoy emerge desde Colombia nos recuerda que la paz no solo se firma en los territorios, también debe sembrarse en la mente y en la memoria de quienes han cargado con la guerra.

Por Salomé Mizrachi Medina
Estudiante de Comunicación Social
Agencia de Noticias Univalle

Como un bosque que alguna vez fue frondoso, la mente humana guarda en sus raíces la memoria de lo vivido. Allí se entrelazan los recuerdos, los afectos y las resistencias, como árboles que se sostienen unos a otros en equilibrio con el entorno. Pero cuando la violencia irrumpe, actúa como una tala indiscriminada: derriba lo más alto, seca la tierra y deja un paisaje erosionado, incapaz de regenerarse con la misma vitalidad. El vacío que queda tras la deforestación no es solo físico, también es simbólico: lo que alguna vez dio cobijo y alimento se convierte en un terreno baldío, vulnerable al paso del tiempo y a las inclemencias de la intemperie.

En Colombia, esa deforestación invisible se ha dado en millones de cerebros y cuerpos atravesados por más de seis décadas de conflicto. Recientemente, Juan Felipe Cardona Londoño, profesor titular de la Facultad de Psicología y Director del Grupo de Investigación en Neurociencias y Psicología Clínica de la Universidad del Valle, ha liderado un estudio publicado en Nature Medicine y una correspondencia en Nature, en conjunto con Catalina Trujillo-Llano, Magíster en Psicología de la Universidad del Valle y candidata a Doctora en Neurociencia Clínica de la Universidad de Greifswald, Alemania; Johnny Miller, fotoperiodista norteamericano y Agustín Ibáñez, neurocientífico perteneciente al Global Brain Health Institute (GBHI) del Trinity College Dublin de Irlanda. En estos trabajos se resalta cómo la salud mental y cerebral es un componente esencial en la construcción de paz en Colombia.

El profesor Cardona, nos comenta cómo el trauma del desplazamiento, la desposesión y la violencia territorial no solo se expresa en el dolor emocional, sino también en el desgaste neurológico. El cerebro, como ese bosque arrasado, revela cicatrices profundas: un envejecimiento acelerado, una mayor vulnerabilidad a enfermedades mentales y neurodegenerativas, y una memoria colectiva que, aunque truncada, busca caminos de regeneración.

Las huellas del conflicto armado

Colombia arrastra un conflicto que no ha dejado de arder por más de seis décadas y cuya persistencia ha naturalizado la violencia en la vida cotidiana. En muchas regiones del país, habitar bajo la amenaza constante del desplazamiento o la pérdida se asume como un destino inevitable, mientras que en las grandes ciudades la guerra se percibe como un problema lejano, ajeno a la vida urbana. Esta distancia, sin embargo, es engañosa, debido a que los efectos del conflicto atraviesan generaciones y se inscriben en la mente de quienes lo padecen. Como afirma el profesor Felipe Cardona, “el cerebro no existe aislado, pues lo moldea la vida, la historia, el contexto”. La historia de violencia territorial y desarraigo que han vivido millones de colombianos no solo fractura proyectos comunitarios, sino que también deja marcas comparables a las de una lesión física o una enfermedad crónica, afectando la salud mental y cerebral con una profundidad que rara vez se reconoce en la agenda pública.

El acuerdo de paz de 2016 representó un hito histórico al abrir la posibilidad de reconciliación nacional, pero su alcance resultó insuficiente para desmontar las desigualdades estructurales que han sido el combustible de la guerra. Hoy, el resurgimiento de la violencia en distintas regiones como el Catatumbo recuerda que la firma de un documento no basta para sanar heridas profundas. Frente a esta realidad, se advierte que la salud mental no puede seguir tratándose como un tema secundario, ya que el trauma psicológico derivado del desplazamiento y la exposición a la violencia territorial constituye un determinante central de la salud pública y los derechos humanos. Ignorar esta dimensión equivale a desatender uno de los pilares de la paz, porque los efectos del conflicto se manifiestan en tasas elevadas de depresión, ansiedad y estrés postraumático que, acumulados durante décadas, han configurado una de las cargas de salud mental más persistentes y extendidas del mundo.

La evidencia comparada refuerza la gravedad de este panorama. Mientras que en los países del norte global, la edad es el principal factor de riesgo para padecer enfermedad de Alzheimer o de Parkinson, en Colombia —y en buena parte de América del Sur— los determinantes más significativos son otros: altos niveles de ansiedad y depresión, bajo nivel socioeconómico y escasa escolaridad. Estos hallazgos revelan cómo la adversidad crónica moldea el cerebro y acelera su deterioro, exacerbando las vulnerabilidades de una sociedad que además enfrenta una rápida transición demográfica. El país envejece sin haber preparado un sistema de salud capaz de responder a las crecientes demandas de una población adulta mayor que, más allá de la edad, arrastra décadas de exposición a la violencia. Si se continúan ignorando los determinantes neurológicos y sociales del conflicto, la carga de enfermedad que se avecina será insostenible: un peso que pondrá en jaque no solo al sistema sanitario, sino también a la posibilidad misma de construir una paz duradera.

En estado de sindemia

El concepto central que articula la investigación liderada por el profesor Cardona, es el de “sindemia”, es decir, la suma de múltiples factores adversos que no solo coexisten, sino que se potencian entre sí, multiplicando sus efectos. En Colombia, la pobreza, el despojo territorial, el desplazamiento forzado y la violencia se entrelazan con desigualdades históricas para configurar un escenario en el que la salud mental y cerebral de millones de personas se ve comprometida. Como explica el profesor, “un factor diferencial para que tengas un envejecimiento no saludable es estar expuesto a situaciones de riesgo, es no tener las necesidades básicas satisfechas”. No se trata solo de hambre, abandono o carencias materiales, la desigualdad en Colombia es también un determinante neurológico que acorta la vida saludable de comunidades enteras.

La evidencia científica refuerza esta afirmación. Estudios en Latinoamérica muestran que los países con mayores niveles de desigualdad registran reducciones en el volumen cerebral y alteraciones en la conectividad funcional, lo que se traduce en un deterioro cognitivo acelerado. En este marco, el conflicto armado y el desplazamiento no son simples contextos externos, sino determinantes neurológicos tan significativos como los genes o las enfermedades. El entramado adverso descrito se denomina como exposoma, que combina factores físicos, sociales y sociopolíticos que erosionan la capacidad del organismo para resistir, precipitando procesos de envejecimiento prematuro y debilitando la salud mental.

Un mecanismo clave para entender esta realidad es la de alostasis, que define la capacidad del cuerpo para adaptarse al estrés y mantener el equilibrio interno. No obstante, cuando la exposición a la violencia es constante —como ocurre en poblaciones desplazadas o sometidas a amenazas continuas— este mecanismo se quiebra. La respuesta biológica deja de ser suficiente, se instala un desequilibrio y comienza un desgaste interno que se manifiesta en el cuerpo y en el cerebro. Tal como señala el profesor Cardona, “se está interactuando continuamente con el contexto y eso va a determinar la forma como se vive y envejece. Entonces, para que haya una buena salud mental y cerebral tiene que haber una transformación social”. Reconocer esta sindemia es, en última instancia, comprender que la salud individual depende de un cambio colectivo y estructural.

Una agenda pendiente

El trauma psicológico que deja el conflicto armado no es un asunto privado ni puede considerarse secundario. Es un determinante clave de los derechos humanos, la salud pública y la posibilidad misma de reconstruir el tejido social. A pesar de esto, las prioridades de la política pública suelen enfocarse en infraestructura, empleo o restitución de tierras, dejando en segundo plano el cuidado psicológico. Esta omisión alimenta un ciclo de deterioro colectivo, pues sin sanar las heridas invisibles, la paz nunca será completa.

Frente a este panorama, los investigadores proponen la aplicación del enfoque One Health en Colombia. Esta perspectiva subraya la interconexión entre la salud humana, la salud animal y la salud ambiental, y permite entender que la crisis de salud mental no puede separarse de la degradación ecológica causada por la narco-deforestación ni de las desigualdades estructurales. Para avanzar, es necesario financiar investigación interdisciplinaria que articule neurociencia, salud pública y ciencias sociales, con el fin de comprender cómo la violencia se incrusta biológicamente y se transmite de manera generacional.

El desafío no se limita al terreno de la ciencia. Los planes de intervención deben construirse a la medida de las comunidades, reconociendo diferencias sociales y económicas. No son iguales las necesidades de una persona mayor de clase alta que las de alguien que se ha enfrentado al desplazamiento y la violencia en más de una ocasión. Por eso, las intervenciones deben ser diferenciales y co-diseñadas con las comunidades marginadas, para que respondan a realidades locales. Como advierte el profesor Felipe, la ciencia y la política deben trabajar juntas, no solo en Colombia, sino en toda América Latina, porque ningún país de la región está preparado para enfrentar el envejecimiento de poblaciones marcadas por el trauma.

Como un bosque que intenta reverdecer tras la tala, el país carga raíces desgarradas y suelos debilitados que aún guardan la posibilidad de renacer. Atender las huellas de la violencia no significa solo reconstruir lo perdido, sino cuidar los brotes frágiles que insisten en levantarse. Sanar esas cicatrices invisibles es hoy un reto ineludible para la paz.

 

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