Las emociones hacen parte de la existencia humana y están presentes en cada experiencia de la vida; sin embargo, aprender a manejarlas no se enseña con claridad en las familias y los colegios.
"La educación emocional" fue el eje central de la reciente emisión del programa radial Sanemos Juntos, conducido por Fulvia Carvajal, directora de Comunicaciones de la Universidad del Valle. En este espacio, la psicóloga Diana Riaño compartió su experiencia profesional alrededor de la importancia de reconocer y gestionar las emociones.
“Si cuando me siento frustrada, grito, insulto o me aíslo, no es porque la emoción sea mala, es porque no he aprendido a gestionar lo que esa emoción me está diciendo. Las emociones son como señales de tránsito: me avisan que hay algo que atender, pero yo decido si acelero, si freno, si giro o si sigo derecho”, explica Riaño.
Esta psicóloga enfatiza que las emociones no son “enemigas”, ni un problema que hay que erradicar. Por el contrario, son información valiosa que le indica a la persona lo que sucede y lo que necesita.
“La tristeza, la rabia, la frustración, el miedo, la ansiedad, todas tienen un mensaje. Cuando no sabemos leer ese mensaje o cuando intentamos evitar sentir, esas emociones se nos devuelven con más fuerza. Lo que evitamos, se multiplica”, explica Diana Riaño.
¿Cómo tener una buena salud emocional?
Lo primero es identificar la emoción. Muchas veces las personas se sienten “mal”, pero no logran ponerle nombre a lo que sienten. No saben si es tristeza, rabia, frustración o angustia. Esta falta de claridad impide avanzar hacia la gestión.
Segundo, no somos lo que sentimos. “No soy la tristeza, no soy la rabia, soy un ser humano que, en este momento”, se está experimentando tristeza o rabia. Entender esta diferencia permite dejar de “pelear” con la emoción y empezar a dialogar con ella.
Tercero, validar las emociones. Especialmente en el caso de los hombres, durante generaciones se les ha enseñado que la tristeza es un signo de debilidad, por lo tanto, estar vulnerable les resulta inaceptable. Entonces, muchas veces transforman la tristeza en rabia, la angustia en irritabilidad, la frustración en violencia verbal o física, dado que la ira sí es una emoción que está validada para ellos.
Cuarto, la falta de gestión de las emociones “pasa factura”, tanto en las relaciones de pareja, de familia, como con los hijos. Al no saber cómo gestionar las emociones y carecer de educación emocional, los malentendidos crecen y las discusiones escalan. Además, se normaliza la violencia cotidiana: palabras que hieren, silencios que duelen, rechazos, distancias, exigencias.
Quinto, la gestión de las emociones es una habilidad que se aprende. Aunque “nadie nos enseña cómo gestionar lo que sentimos”, y se tiende a creer que es algo natural, la educación emocionar se aprende, como aprender a leer o a conducir.
Sexta. Observa cómo reaccionas. Dormir puede ser una estrategia válida si después de dormir te sientes mejor y con más recursos para enfrentar lo que te pasa. Pero dormir para huir dele sientes, tarde o temprano esa emoción regresa y más fuerte. Es como cuando intentas tapar una olla a presión: la presión no desaparece, se acumula”, subraya Diana Riaño.
Empezar a educarnos
Las personas que aprenden a gestionar las emociones, atienden a ellas lo más pronto posible. Eso no significa que “nunca más sentir rabia o tristeza, sino saber elegir conscientemente la respuesta”.
“Así como todos entendemos que hay que lavarse los dientes tres veces al día para evitar las caries, también deberíamos entender que la higiene emocional es igual de necesaria. Revisar cómo me siento, qué pensamientos me están acompañando, qué necesito, qué me duele, qué me molesta, qué me alegra. No esperar a que el malestar sea insoportable para poder buscar ayuda”, recomienda la psicóloga.
A pesar de que cada vez se habla más de salud mental, aún persisten muchos mitos y resistencias. Para algunas personas, buscar un psicólogo o un psiquiatra sigue asociado con estar “loco” o estar “mal”, cuando en realidad debería ser visto como un acto de autocuidado, de responsabilidad personal y social. Aun más, es un acto de “amor propio y amor hacia los demás”.












