Talento Vallecaucano

Estudiar para instruir a las nuevas generaciones: la apuesta de Enrique Sinisterra, graduando a sus 89 años

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Miércoles, 03 Noviembre 2021
Agencia de Noticias Univalle

“Hay programas en donde el profesor se puede formar sentado en un aula; pero a mí me parece que hay que untarse de barro. En mi caso, haber trabajado con las manos, es decir, haber tenido una experiencia previa antes de la docencia, me ha ayudado a ser, más que profesor, mejor maestro cada día. El profesor enseña una materia más o menos bien; pero el maestro, además de enseñar la materia, da formación moral y ciudadana, enseña a vivir en sociedad. Por eso es para uno mucho más gratificante que le digan maestro a que le digan profesor”.

Con estas palabras Enrique Sinisterra O’byrne trae a la memoria lo que fueron sus días entre ese barro -o concreto- al que, como alfarero, dio la forma de lugares que actualmente son construcciones emblemáticas a nivel nacional. Ese trabajo de campo que lo llena de orgullo siempre estuvo a la par de su labor docente en la Universidad del Valle donde hoy, a sus 89 años, obtuvo su título como magíster en Internacionalización de Empresas del Sector de la Construcción.

“Empecé a trabajar desde que era estudiante. Con dos compañeros de estudio hicimos una asociación -Rivera, Salcedo & Sinisterra- y trabajamos en uno de los edificios del Centro Urbano Antonio Nariño. Después trabajé con otro compañero, Diego Peñalosa. Con Peñalosa & Sinisterra hicimos muchos trabajos en Cali. Después de esa asociación, comencé a trabajar como Enrique Sinisterra o Sinisterra y asociados”, expresó el profesor y graduando.

Dentro de las obras más significativas del docente en el Valle del Cauca están, además de las restauraciones de la iglesia de La Merced y la Casa Cural de Guacarí, la Clínica Fundación Valle del Lili, el Coliseo cubierto, el velódromo y varios edificios de la que, en ese momento, no sospechaba que sería su casa: la Ciudadela Universitaria de Meléndez.

“Dentro de la Universidad construimos los auditorios, el edificio de ciencias, la biblioteca, el edificio donde actualmente funciona la Escuela de Arquitectura -entonces Facultad-, aunque en ese entonces se hizo como vivienda para los deportistas que participaron en los Juegos Panamericanos de 1971”, recordó Enrique Sinisterra. Estas edificaciones fueron, precisamente, las que le dieron el reconocimiento para ser llamado como profesor a la Universidad del Valle.

“Cuando la construcción de las obras para los Juegos Panamericanos cumplió sus metas, la universidad me llamó para que diera la clase de programación y control de obra, que no existía en la entonces Facultad de Arquitectura. Entonces, entré como profesor asociado a crear esa clase de programación de obras. Posteriormente, me vincularon como profesor de medio tiempo y así seguí hasta mi jubilación”, recapitula el docente.

Su labor como docente, según recuerda, alcanzó las cinco décadas. Como él mismo dice, se acabó los botones que entrega la Universidad del Valle para premiar el tiempo de servicio. Cuando se le consulta, después de tanta experiencia en la institución, acerca de por qué no fue profesor de tiempo completo, recuerda que su razón de ser en la docencia siempre estuvo ligada al quehacer. “Prácticamente, mi fortaleza como docente era que enseñaba lo que estaba haciendo, no era teórico. Claro que eso es muy importante, porque si se enseña sobre teoría es más fácil, pero cuando se saben cómo las minucias del oficio, el aprendizaje es mucho más”, enfatiza.

Si bien estas edificaciones de la Universidad son parte del corazón del suroccidente colombiano, hay otras obras fundamentales de la infraestructura nacional donde su labor en programación y control de obra fue indispensable: las hidroeléctricas del Alto de Anchicayá y Salvajina. Esta experiencia fue seguida por la asesoría en la construcción de hidroeléctricas por fuera del país como la del río Paute en Ecuador.

Con un recorrido profesional tan cargado de símbolos arquitectónicos, una carrera docente de medio siglo y 87 años de vida resulta al menos curioso que alguien decida volver a las aulas como estudiante. Sin embargo, para el profesor Enrique Sinisterra, hace parte de su lema de vida: comprobar a través de la práctica todos los planteamientos teóricos.

“¿Por qué volver al estudio? Yo fui uno de los gestores de la Maestría en Internacionalización de Empresas del Sector de la Construcción y también era coordinador, tanto de la maestría como de la especialización. Entonces, cuando salió la primera promoción, yo quise comprobar que lo que estábamos ofreciéndole a los alumnos, a las nuevas generaciones de profesionales, era tan bueno como yo creía. La mejor manera de comprobarlo era cursar la maestría”, ratifica.

Durante este proceso, el profesor Enrique Sinisterra no sólo corroboró la calidad de la maestría que habían ideado desde la Escuela de Arquitectura, sino que también se recordó a sí mismo que el mayor oficio de los docentes consiste en aprender. “La maestría tiene grandes fortalezas, despierta en uno ese promotor, ese espíritu de empresario que a veces dejamos escondido. Además, lo más importante es que nos enseña a pensar; no es tanto lo que aprendemos a memorizar de uno o de otro autor, sino que nos enseña a pensar y buscar las mejores oportunidades”.

En esa perspectiva de visualizar oportunidades, la maestría ideada por el profesor Sinisterra y sus compañeros proyecta una estrategia fundamental para las nuevas generaciones. “La maestría es internacional, pero el énfasis lo dirigimos a la exportación porque nuestro país, en este momento, todo se importa. Hasta las ideas vienen de afuera. Nosotros somos un país lleno de ideas, lleno de iniciativas y si contamos con las herramientas para exportarlas seremos aún más fuertes”.

Con ese espíritu, al igual que el país, lleno de ideas e iniciativas, Enrique Sinisterra hace un llamado a todas las generaciones a aprender de los demás, a cuidar los unos de los otros y a despertar la empatía y el sentido de comunidad para fortalecernos como sociedad.

“Las comunidades humanas están compuestas por grupos de personas diferenciadas por sus edades. Tenemos niños, tenemos jóvenes, tenemos adultos y tenemos mayores. Somos una sucesión o una cadena en la que vamos pasando casi sin darnos cuenta, pero cada grupo depende o influye armónicamente del otro.

El niño depende de sus padres hasta llegar a la adolescencia. El adolescente pasa a la juventud. En la juventud se avanza hacia la edad adulta y el adulto evoluciona hasta el grupo de los mayores, en el cual ya estoy yo.

Pero esa evolución debe ser armónica y cada grupo tiene una obligación: obligación de instruir y arropar al grupo que le precede o que le sigue. En mi caso, el adulto mayor tiene la obligación de transmitir a la nueva generación sus experiencias, sus aciertos de vida, pero también sus equivocaciones para lograr, de esa forma, un mejoramiento que pudiéramos calificar como generacional.

Para mí no es aceptable que un niño o un adolescente cuestione a un joven. Ni tampoco es aceptable que un joven cuestione a un adulto como está ocurriendo hoy en día. Ni tampoco para mí es aceptable que un adulto ignore a los mayores, o peor, le niegue su derecho a trabajar como está ocurriendo con los viejos; ni que los mayores, como lo soy yo ahora, seamos indiferentes con la nueva generación.

La comunidad humana es un proceso dinámico y circular. Nunca termina. Todos en su momento somos, obligatoriamente, responsables o dependientes del grupo que nos sigue o nos precede, con el final de dar un mensaje necesario, reconociendo los errores para que no se repitan.

 La mentalidad del Oriente ha sido mucho más respetuosa de ese concepto de comunidad que los occidentales, pero, finalmente, este es lugar tenemos y tenemos que tratar de mejorarlo”.

 

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