Este egresado de la Universidad del Valle es el gestor detrás de Puerto Antioquia; lleva ahora su modelo al negocio del gas: una apuesta logística que busca asegurar el abastecimiento energético del suroccidente y abrir nuevas oportunidades industriales.
Por: Narciso De la Hoz G.
Texto y foto tomados de Forbes Colombia.
Óscar Isaza Benjumea habla como quien todavía se sorprende de su propia historia. “Yo soy parte de los colombianos que soñamos en este país”, se jacta. Hijo de un maquinista ferroviario sindicalizado y de una modista, criado entre Darién y Cali, quiso ser ingeniero de petróleos porque se imaginaba “jeque”.
La muerte de su padre lo obligó a cambiar de rumbo: estudió ingeniería civil y física en la Universidad del Valle, sobrevivió a la convulsión política de los años setenta, pasó por Venezuela, por Antioquia, por Colpuertos -donde aprendió la práctica real del negocio portuario- y terminó, tras un despido político, administrando estaciones de gasolina familiares en Buenaventura.
Allí comenzó su verdadera escuela empresarial. Lideró la Cámara de Comercio local y, cuando la Ley 1ª de 1991 abrió la puerta a la modernización portuaria, fue uno de los estructuradores de la Sociedad Portuaria de Buenaventura. Pidió un crédito de $92 millones en el Banco Cafetero para comprar acciones. Después vendrían Caldera en Costa Rica, TCBuen con socios de Barcelona, y más tarde Puerto Antioquia, el proyecto que transformará la logística del Urabá.
Forbes Colombia lo llamó alguna vez “el magnate de los puertos”, aunque él prefiere definirse como “gestor”: alguien que identifica un terreno, obtiene licencias, arma el modelo financiero, consigue socios y levanta deuda. Empaqueta infraestructura.
Hoy ese mismo modelo lo aplica a un activo menos visible, pero más estratégico: el gas natural importado.
El 10 de febrero cerró la financiación por US$130 millones para la Regasificadora del Pacífico, en una operación liderada por la Financiera de Desarrollo Nacional (FDN) y BTG Pactual. Isaza aporta US$40 millones de capital propio. En total, US$170 millones para montar una solución logística que, en sus palabras, “mata dos pájaros de un tiro”: darle independencia energética a Buenaventura y al suroccidente del país, y reforzar la seguridad de abastecimiento en un momento en que Colombia dejó de ser autosuficiente en gas.
Con el cierre financiero asegurado, la Regasificadora del Pacífico ya está en ejecución. Isaza ordenó la fabricación de equipos criogénicos y dos barcazas para transportar el GNL desde una unidad flotante en Buenaventura hasta una planta en Buga, conectada al sistema nacional. La operación arrancaría entre agosto y septiembre.
Puerto Antioquia: el sueño hecho realidad
Isaza habla de Puerto Antioquia como si fuera un hijo. “Yo soy el creador, soñador, gestor y papá”, dice. Y no es una metáfora menor: el proyecto le tomó más de una década, le “sacó canas” y lo obligó a desplegar su principal habilidad, la misma que hoy reivindica como su ventaja competitiva: trabajar con las comunidades.
Cuando llegó a Urabá, en 2014, descubrió una geografía y una oportunidad. Un millón de hectáreas productivas -tres veces el Valle del Cauca- con 55.000 hectáreas de banano, pero sin infraestructura portuaria eficiente. Los barcos cargaban fondeados en bahía y mover 300 contenedores refrigerados podía tomar hasta tres días. “Dije: si hacemos un puerto, eso se hace en cinco o seis horas”.
A partir de ahí, el método: registrar la marca, acercarse a las comunidades, estructurar el modelo financiero, identificar la demanda -el banano- y anticipar la infraestructura que venía. Las vías 4G, el Túnel del Toyo, la reducción de tiempos entre Medellín y Urabá. No era solo un puerto, era una apuesta logística de largo plazo.
Isaza insiste en una idea que desafía los temores habituales del sector: más puertos no destruyen valor, lo expanden. “Funcionan como estaciones de gasolina: puede haber más, baja el volumen al comienzo, pero el mercado crece y todos se recuperan”. Hoy, dice, los terminales de Buenaventura operan con ocupaciones superiores al 70%, una señal de que el país necesita más capacidad.
Ese aprendizaje se convirtió en modelo. En infraestructura, explica, los proyectos se estructuran como una vivienda: 70% deuda, 30% capital. Él entra temprano, arma la operación, consigue socios -bananeros, constructores, fondos, navieras como CMA CGM- y luego diluye su participación. Se queda con una porción minoritaria, pero suficiente. “Yo empaco infraestructura”, resume.
Regasificadora del Pacífico: el siguiente paso
Ese mismo esquema es el que ahora traslada al gas. La Regasificadora del Pacífico, en esencia, es una solución logística antes que energética. Un sistema que combina una unidad flotante de almacenamiento (FSU) en Buenaventura, barcazas con isocontenedores criogénicos y una planta de regasificación en Buga -en una zona franca de 10 hectáreas- conectada al sistema nacional de transporte.
El diseño responde a una restricción estructural: no existe gasoducto entre Buenaventura y el interior. Por eso la “R” -la regasificación- se desplaza tierra adentro, a Buga. El gas llega en estado líquido, se transporta en contenedores, se calienta, se convierte nuevamente en gas y se inyecta al sistema que conecta desde La Guajira hasta el suroccidente.
Pero la apuesta es más amplia. Para Isaza, el proyecto no solo resuelve un cuello de botella, sino que redefine el mapa energético regional. “El servicio más costoso es el que no se tiene”, dice. En un país donde la molécula de gas sigue viajando desde campos como Cusiana o Ballenas, la posibilidad de importar desde múltiples orígenes -Estados Unidos, Perú, Argentina, Trinidad y Tobago o incluso Qatar- introduce redundancia y resiliencia.
Y abre, además, una nueva capa industrial. El frío del GNL, explica, puede aprovecharse en centros de datos o procesos productivos. La regasificación deja de ser solo un eslabón energético y se convierte en plataforma para nuevas industrias. “Llega la industria criogénica”, anticipa.
Como en los puertos, la lógica es la misma: identificar la brecha, diseñar la solución, financiarla, ejecutarla. Solo que esta vez no se trata de contenedores, sino de energía. Y en un país que empieza a depender del gas importado, esa diferencia lo cambia todo.












