Talento Vallecaucano

Palabras del egresado Andrés Mompotes durante la Ceremonia de Grados

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Miércoles, 22 Diciembre 2021
Agencia de Noticias Univalle

El egresado de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Valle Andrés Mompotes Lemos, actual director del periódico El Tiempo, fue invitado a la Ceremonia Solemne de Grados a dar unas palabras a los nuevos egresados de la institución.

La Dirección de Comunicaciones comparte con la comunidad universitaria las palabras que este egresado compartió con los asistentes a la ceremonia.


Cali, diciembre 17 del 2021

Buenas tardes. Un saludo especial a todas las personas que reciben su grado, a sus familiares, a la comunidad académica y al rector, Édgar Varela, por su invitación para permitirme ser parte de este momento tan especial, en este estadio acostumbrado a acumular emociones e historias que hacen parte de la ciudad.

Hoy vengo, orgulloso y agradecido, a hablarles de los regresos.
De la importancia de volver.

De volver para reflexionar sobre las raíces de lo que somos, de retornar para darles nuevos significados a las experiencias que nos definen, de regresar en los recuerdos para acariciar la atmósfera de momentos que, como este, ustedes tienen el privilegio de respirar esta tarde envueltos en el aroma de los sueños que se cumplen y de los que se vienen por realizar.

En mi caso, uno de esos regresos ocurrió un día de febrero de 1994. En ese entonces, volví a Cali convertido en corresponsal de EL TIEMPO. Mi primer gran reto profesional. Siete meses antes había puesto en pausa mi último semestre de comunicación social en esta, nuestra universidad, para viajar a Bogotá y vincularme a la primera escuela de periodismo del diario.

Me había ido con un morral lleno de deseos de escribir para contar realidades y había regresado con la certeza de que no hay nada más difícil que pretender abarcar la realidad solo con las palabras.

Eso lo constaté a las pocas horas de haber aterrizado en Cali, ahora con carné de periodista. Mi primera asignación, al día siguiente, fue ir a registrar la herida dolorosa que el río Fraile había abierto, con una espesa y ruidosa avalancha, en un costado del municipio de Florida.

Muchas cosas se quedan para siempre de momentos como ese. El dolor de los sobrevivientes por sus muertos y la desesperanza de quienes escarbaban en el barro en busca de algún vestigio de lo que fueron viviendas habitadas por ilusiones. Y un dato anecdótico que, contado ahora, puede sonar tan curioso como siniestro. Mientras caminábamos con dificultad sobre esa sopa oscura de fango un grito advirtió a lo lejos: ¡Avalancha, avalancha!

Al principio, ese grito no movió ni un centímetro a quienes estábamos parados sobre las ruinas frescas de la tragedia. Pero a esa primera advertencia, de una voz masculina, se sumaron otras, de voces más jóvenes y distintas. Allí fue cuando salió corriendo el primero. Hacia cualquier lado para alejarse del miedo. A él lo siguieron otros. En pocos segundos, los que huíamos en manada ni siquiera mirábamos hacia atrás para no ver las fauces del río enfurecido. Cuando nos sentimos a salvo, la verdad nos humilló: todo era mentira.

Nunca hubo una nueva avalancha. Ni indicios de ella. A estas alturas no importa siquiera cuál fue el origen de esa alerta sin fundamento. Lo que importa es que al volver a ese recuerdo he podido reconocer la verdadera estampida que estuvo a punto de devorarnos esa mañana: la del alud de fango que nace de una mentira esparcida en cadena.

¿Y por qué regresar a ese momento se hace tan relevante en este ejercicio de la memoria? Porque se enlaza con uno de los desafíos que encaramos sin remedio y que ustedes, especialmente, tendrán que enfrentar en el camino de construir las metas que tienen por delante, con la obligación de aplicar esas máximas del conocimiento académico y el método científico que se sustentan en la observación, el análisis, la confrontación y la verificación de los hechos para darle sentido a la verdad.

Ese reto, que es capaz de hacer ver como una parodia inofensiva aquel rumor de la avalancha mentirosa, es el de combatir el poder destructor de las noticias falsas y realidades artificiales, que se esparcen por las redes sociales y ecosistemas digitales con una velocidad de contagio superior a la de cualquier pandemia.

En este instante inolvidable de sus vidas, sentados frente a la inminencia de un futuro emocionante, ustedes no pueden olvidar que han sido formados para ser un antídoto contra ese virus.

Ahora tienen la misión superior de salir a la sociedad a defender esa búsqueda de la certeza que se construye a partir de la capacidad de discernimiento y la consulta de fuentes confiables. Herramientas que proceden del saber universitario y que trascienden el ámbito académico si se aplican en cada momento de la vida diaria.

Dar esa pelea no será fácil. La velocidad con la que se propaga una noticia falsa a través de las redes sociales es superior, por mucho, al ritmo paquidérmico de una noticia confirmada y confiable. Estudios que usan modelos estadísticos sostienen esa tesis al medir el origen de las interacciones, es decir al cuantificar el crecimiento exponencial que adquiere una noticia mentirosa en las conversaciones sociales y al identificar la carga de emotividad que es capaz de provocar. Eso es lo que buscan los algoritmos, con su olfato entrenado, para hacer que una información sea más visible que otra. Ese vértigo es el que provoca el contagio social.

El otro ingrediente que favorece esta cascada de destrucción de la verdad es que muchas personas no solo se sienten atraídas por las noticias falsas debido a sus técnicas fantásticas, de hecho al primer contacto no tienen cómo saber si son ciertas o no, se sienten seducidos por ellas por otra razón, porque son las que más reivindican sus miedos, preferencias e ideologías, las cuales comparten con sus entornos de conversación más cercanos. Es decir, porque son las que replican cómodamente su visión del mundo.

Y el mundo es una amalgama de colores que es imposible explicar y comprender usando únicamente tonos de blanco y negro. Mantener esa urgencia de descubrirlo y confrontarlo, exponiéndose a las ideas contrarias, disruptivas y novedosas es algo que caracteriza la experiencia del universitario en cualquiera de sus niveles y en cualquiera de los títulos a los que esté aspirando, pero especialmente en los años del pregrado, que son como el primer paso a la adultez.

A esos años hay que volver cuantas veces sea necesario para recordar esa curiosidad, sin prejuicios, que le da forma al conocimiento. Volver para refrendar esa actitud que permite evolucionar en nuestras ideas. Repasar cómo era eso de descubrirnos en el diálogo con los otros, iguales a nosotros pero distintos. Todo eso que sucede en los rincones de las cafeterías y territorios de la universidad dispuestos para los encuentros presenciales, el eco de las voces y las miradas intensas de las discusiones frente a frente, esas que la pandemia intentó arrebatarnos durante meses interminables.

De mi ejercicio de la memoria para enaltecer esos momentos, ocurridos hace tres décadas, me llega el calor de las discusiones con las ventanas abiertas en el edificio 383 de la sede de Meléndez -corazón de la Escuela de Comunicación Social-, las reflexiones punzantes de profesores como Jesús Martín-Barbero que eran capaces de sacudirnos del sopor de la tarde en nuestros asientos, la oportunidad de escribir reseñas literarias para La Palabra -el periódico símbolo de la Universidad que estaba recién creado- y las tertulias improvisadas con compañeros que eran una mezcla de universos y estratos tan disímiles como maravillosos mientras Cali y el país enfrentaban el estallido de las bombas del narcotráfico, los asesinatos de líderes políticos, la urgencia de una nueva constitución y las protestas estudiantiles que salían en busca de un camino distinto, en busca de futuro.

La herencia de esas experiencias, sumada a otras tan fundamentales de años previos y posteriores, hacen parte de lo que me trajo de regreso aquí, agradecido con la universidad y sus maestros, con el orgullo y la responsabilidad de ser el director general de un periódico de 110 años de historia, que no solo se ha consolidado como el diario más influyente del país, sino que además es el medio colombiano con la mayor audiencia en internet. Y hago referencia a esta característica digital de EL TIEMPO no para hacer la enumeración de un dato, sino para hacer notar la importancia de aprovechar el enorme potencial de la web y de las redes sociales en beneficio de la democracia y la masificación del conocimiento, pero sin dejar de advertir los riesgos y las perversiones que se derivan de la inadecuada instrumentalización de sus promesas en una era en la que estamos expuestos a toneladas de información, como nunca antes.

Solo en un minuto de lo que llevo pronunciando estas palabras han sido subidas más de 500 horas de video a Youtube, hubo 575.000 trinos en la red social que dio origen a la palabra tuitear, Facebook Live recibió 44 millones de visitas y los usuarios de Tik Tok vieron 167 millones de videos. Ese es el tamaño de la información a la que se enfrenta cada individuo con una responsabilidad ética que no puede descargarle toda la culpa a un algoritmo, sino que debe empezar por reconocer sus faltas por no hacer uso de una actitud crítica que permita el filtro de todo lo que le llega por los canales digitales. Se trata entonces de reconocer que el vector del virus de la desinformación es cada persona y que cuando esta comparte una noticia mentirosa, porque a su vez se la compartió un amigo o un familiar, tiene tanto o más poder que el de la visibilidad inicial que le dio una máquina de inteligencia artificial.

La tarea es encarar esa avalancha de lodo. No se puede huir de ella como lo hicimos despavoridos quienes hace ya casi 28 años pretendíamos salvarnos de un falso alud de barro y piedras en las riberas del río Fraile. Hay que enfrentar ese “lodo tóxico”, como lo llamó hace poco María Ressa al recibir el premio Nobel de paz, tras fustigar a los gigantes globales de internet por infectar a la gente con miedo y odio. Transformar esa realidad implica, por lo tanto, que cada individuo se asuma como sujeto manipulable para empezar a combatir esa premisa con un criterio que confronta y busca fuentes ciertas antes de dejarse llevar por el instinto de sus emociones y juicios previos.

Enfrentados al dios implacable de la velocidad digital, a la inexorable avalancha de la inteligencia artificial, a la cosmología omnipresente del algoritmo, no queda más remedio que volver con urgencia a la certeza de lo humano. No para rebelarse en tribus que solo se aferran a la nostalgia del pasado, sino para llenar de sentido a este mundo de la automatización imparable, para dotarlo de alma y cuerpo, de solidaridad y empatía, de esa auténtica noción de la realidad que se alimenta de los hechos.

Es decir, para iluminar con la ética y la verdad los lugares inciertos hacia donde vamos.

Muchas gracias.

 

 

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