Talento Vallecaucano

Sebastián Muñoz, un matemático puro

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Martes, 01 Septiembre 2015
Agencia de Noticias Univalle

Por Francisco Quintero, para el Periódico Campus. Agosto 2015.

Colombia ha sido, a través de la historia, un país de reinas y de futbolistas, pero no de matemáticos y menos de grandes matemáticos. Para ilustrar lo poco afortunados que hemos sido en este campo de la ciencia, basta mencionar que entre los considerados más grandes matemáticos colombianos de la historia, dos de ellos acabaron en la desprestigiada política: Antanas Mockus y Sergio Fajardo. Y un tercero, Néstor William Otero Carvajal, es ahora técnico de fútbol, deporte del que se dice “muchos cobradores de pelota quieta parecen desafiar las leyes de la física”.

Lo más cercano que hemos tenido en Colombia al concepto de gran matemático al estilo de Descartes, Euclides, Arquímedes, Newton o Leibniz, ha sido Julio Garavito Armero (1865 -1920), matemático, astrónomo, físico y filósofo, quien –no podía ser la excepción- también incursionó en la política como Concejal de Bogotá y Diputado a la Asamblea de Cundinamarca y por cuya iniciativa se fundó la Oficina de Longitudes de Colombia.

De hecho, los trabajos en astronomía de Garavito hicieron que la Unión Astronómica Internacional, postulara en 1970 su nombre para un cráter de la luna, de 80 kilómetros de ancho, foramen situado –oh coincidencia- al noroeste de la llanura de Pincaré, en homenaje a un grande, sino el más grande, de los matemáticos universales: Jules Henri Poincaré (1854 -1912).

Modernamente, de Garavito los colombianos conocen muy poco, a no ser por su adusto rostro que ilustra el devaluado billete de 20 mil y en una que otra estampilla en desuso que exhiben filatelistas en vitrinas empolvadas.

Lo poco afortunados que hemos sido en las matemáticas nos lo recuerdan cada año las pruebas Pisa, donde entre los países evaluados ocupamos los últimos lugares en el mundo.

¿Deficiencias en los programas educativos? Sebastián Muñoz, estudiante de quinto semestre de Matemáticas de la Universidad del Valle, condecorado semanas atrás por la Fundación de la Universidad del Valle que preside el gobernador, Ubeimar Delgado, cree que sí: “Me di cuenta de las falencias desde el colegio”.


En dicha ceremonia, Sebastián recibió, junto a un puñado de destacados profesores y alumnos del Alma Mater de los vallecaucanos, una medalla por ocupar el primer puesto –cinco en promedio- entre los estudiantes de Matemáticas de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas.

¿Por qué se decidió por las matemáticas? “Son divertidas. Bueno, ahora”, aclara Sebastián, “Yo no entré a estudiar matemáticas a la universidad sino economía”. En economía ocupó el primer puesto, pero se retiró en el primer semestre cuando descubrió que lo suyo eran las matemáticas.


“Siempre me gustaron más”, afirma.  De chico le llamaron la atención los números revueltos con algo de ciencias sociales y filosofía. De hecho habla con interés de Gottfried Leibniz, como el hombre que lo sabía todo. El último genio universal.

Sebastián insiste sin embargo, en que no es genio a pesar de haber sido el primero en la lista de admitidos por la Universidad del Valle y de ocupar el tercer puesto a nivel nacional en las pruebas ICFES.

“No soy un estudiante cinco en todo”, aclara. Como ejemplo cita que en Constitución Política sacó 4,9 y que aún no ha visto una materia: deportes, porque a priori sabe que le va a dañar el promedio. “Sé que es una mala decisión, pero no soy bueno para los deportes. Creo que le haría bien a mi salud hacer alguna práctica deportiva para no morirme tan rápido”.

Contrario a lo que podría pensarse, a Muñoz el tema de las notas no lo trasnocha. “Ahora que las tengo tan altas me esfuerzo por conservarlas porque sé que es algo inusual y sería una lástima echarlo a perder”.

Con esa misma claridad sostiene que “estudiar matemáticas en función del promedio y lo que demandan los cursos de la carrera es un grave error grave: Es confundir la evaluación con la vocación, un camino directo a la mediocridad”.

Y así como poco le interesan los deportes, tampoco le llama la atención la enseñanza de las matemáticas. “Me interesan en cuanto a la investigación y a intentar aportar trabajo propio, mas no  la cátedra. Esta es una profesión muy competitiva. En esto están las mentes más brillantes del mundo y lo que quiero es investigar y hacer ciencia”.

Aunque le encantan los videojuegos como DotA, entiende que son una pérdida de tiempo. “Un día dije hasta hoy con esto. Para aprovechar mi tiempo libre tomé la decisión de quedarme sólo con juegos que no sean en línea pues para mí representan una tentación y una adicción terrible”.

Confiesa no tener muchos amigos aunque no es tímido. No suele ir a fiestas porque no le gustan: “Me gusta más escuchar música que salir a bailar. No sé y no me interesa bailar”.  Aunque sí es de los que van a cine con el imperativo de calificar una película. De las últimas que vio recuerda “A Girl Walks Home Alone at Night”, de la directora americana-iraní Ana Lily Amirpour, hablada en farsi (persa) y grabada en blanco y negro.

¿Cómo son sus fines de semana? “Normales”, precisa este fan de Soda Stereo, que habla un inglés fluido y cuyo número preferido es el 2, por ser (trivialmente) el único primo par y el que gobierna el sistema binario de la computación. “Soy muy tranquilo, no doy problemas en mi casa”, pues como a muchos matemáticos, lo único que le interesa son cosas trascendentales, como los siete problemas del milenio.

Comenta que tardó 10 días estudiando el Teorema de la Descomposición Cíclica, un tema de algebra lineal, útil en la física cuántica y en la computación. “Como estudiante es uno de los resultados clásicos que más trabajo me ha costado entender y dice mucho acerca de lo simple que es realmente la estructura subyacente de los espacios vectoriales de dimensión finita en relación con un operador lineal fijo. La mera demostración son cinco páginas”.

Poco después supo que con la guía de un buen profesor, hubiera tardado tres días. “Había algo que no estaba en el libro, un libro excelente pero que no tenía la visión que me habría dado un profesor que, en diez palabras, me habría ayudado a entender la idea que guiaba todo el argumento de manera mucho más fácil”, concluye.

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