Tal vez, antes de llevar sobre su espalda la tosca etiqueta de pandilleros, y mientras la sociedad se ocupaba de excluirlos y negarles oportunidades básicas para formarse y surgir como correctos ciudadanos, jóvenes de las comunas 13, 14, 15, 16, 20, 21 de Cali, cumpliendo una cita sin pactar, se reunieron todos los días en la misma esquina de su barrio a reír de los mismos chistes, escuchar la misma música, a compartir sin excepción un amor profundo por las calles de su barrio.
Como todos los muchachos de su edad esperaron impacientes las mañanas del sábado para jugar un partidito con un balón duro, y las tardes para caer a la casa de la vecina que tenía el turno de armar la fiesta para bailar, beber a escondidas, dar un par de caladas a un cigarrillo barato y volver a bailar. Simplemente jóvenes divirtiéndose, jugando a comerse el mundo que para ellos terminaba a las veinte calles de su amado barrio.
Sin embargo, cuadras más allá, parchados en esquinas distintas y guiados por ese instinto juvenil descontrolado, otros muchachos, muy seguramente, empezaron a hacer lo mismo; iniciaron entonces las pequeñas rencillas de honor, los odios blandos entre vecinos de la ciudad. Como sucedió y sucede con todas los parches de barrio en Cali, se citaron en un potrero a pelear con los puños desnudos y corrieron eufóricos, lanzado risotadas, cuando la policía llegaba a disipar los altercados.
Pero meses más tarde un compañero del grupo pudo haber sido asesinado. Seguramente así nacieron así las promesas de venganza, las amenazas firmadas con sangre, las fronteras impenetrables. A la esquina de siempre, a ese santuario del barrio, empezaron a llegar la marihuana, el alcohol y las armas. Dejaron de escucharse las carcajadas y empezaron a sonar cada vez más fuerte los disparos y los llantos de las madres.
Probablemente empezaron a ser reconocidos como los muchachos malos, los bandidos, los dueños criminales del barrio. Llegaron también más jóvenes a la esquina y fueron adoctrinados para aprender a odiar al prójimo. Dejaron de estudiar, de soñar, de regresar a su casa antes de la madrugada para abrazar a sus hermanos. La vida se había tornado hostil, era momento de apostarle al cambio.
Ayer, 405 jóvenes de eso parches, a los que muchos en esta ciudad conocen como pandillas, se reunieron en el Coliseo Mariano Ramos para firmar un pacto con la Alcaldía y la Policía Metropolitana de Cali para poner fin su accionar violento y delictivo. El Instituto Cisalva de la Universidad del Valle, fue el encargado de operar la parte técnica de este proyecto de apoyo para los jóvenes en situación de vulnerabilidad, para lo cual conformó equipos de trabajo con psicólogos, trabajadores sociales, economistas, y otros profesionales en ciencias sociales, quienes hicieron un acompañamiento a los jóvenes junto con un grupo de líderes comunitarios y los Gestores de Paz de la Policía Metropolitana de Cali.
Según lo indica Cisalva, para alcanzar los objetivos propuestos en este programa de inclusión social, se elaboró una hoja de ruta personalizada para cada joven beneficiario, en la cual se registran sus propios compromisos y avances respecto de las cinco dimensiones identificadas: salud, educación, desarrollo económico, ciudadanía, arte y cultura.
Mauricio Vásquez, coordinador del proyecto, indicó que el programa está generando intervención con los jóvenes a nivel individual, grupal y familiar, con el propósito de impactar positivamente también a sus respectivas comunidades y a toda la ciudad.












