Recientemente Cali se vio estremecida por un hecho controversial: una mujer que se desplazaba en su vehículo por la calle 5 con carrera 84ª fue sorprendida por unos asaltantes, quienes le hurtaron su celular.
Esta mujer persiguió a los presuntos asaltantes y en el hecho atropelló a un motociclista, al parecer cómplice del ladrón, que se había atravesado para impedir la acción. Este hombre murió en el accidente. El primer ladrón fue detenido y está en poder de las autoridades, quienes comprobaron que tenía el celular robado, y la mujer bajo protección policial.
El suceso ha puesto en el debate público el problema de que los ciudadanos, ante la impotencia y frustración, tomen la justicia por sus propias manos.
Para Pedro Rodríguez, psicólogo clínico de la Universidad Católica Andrés Bello, Doctor (Ph.D.) en Psicología de la Universidad Central de Venezuela y docente del Instituto de Psicología de la Universidad del Valle, este evento debe generar varias reflexiones.
Dice el docente que, si bien no se pueden conocer con precisión las circunstancias y motivaciones que llevaron a que la mujer atropellara al motociclista, el problema radica en el modo en que se leen socialmente eventos de esta naturaleza. “Hay una polarización de dos visiones: quienes consideran que es algo lamentable, en el que perdió la vida un ser humano, independiente de que pueda ser un asaltante; y la segunda visión que es la que legitima este tipo de eventos, por tomar la justicia por las propias manos. Ahí es donde creo que debemos detenernos con cuidado como sociedad.”
Este problema no es una realidad única y exclusiva de Colombia. A lo largo de América Latina se han presentado estos eventos. El profesor Rodríguez señala que este tipo de fenómenos dan cuenta de la disconformidad, desesperación y frustración de los grupos sociales ante las medidas ineficaces de seguridad de los gobiernos nacionales y locales.
“Es un problema grave porque el exterminio de un asesino o un delincuente por parte de un ciudadano crea nuevos delincuentes, genera el peligro de situaciones anómicas que terminarán siendo, sin duda, mucho más costosas. Creo que los temas de esta naturaleza deben ser llevados con cuidado y responsabilidad, porque las narrativas que se producen por el miedo y la rabia pueden ser muy intensas e irracionales, y pueden legitimar acciones que eventualmente pueden ser más costosas socialmente que las que inicialmente intentaron combatir”.
Por otra parte, los discursos que gobernantes y funcionarios han generado ante lo que se suele denominar sensación de inseguridad. “El término preciso es percepción de inseguridad, el modo en que un grupo social percibe cuán seguro se encuentra. Noto con preocupación que las declaraciones frecuentes de mandatarios y funcionarios tienden a ir hacia el problema de la sensación, lo cual incrementa la frustración, miedo y descontento de los grupos sociales que terminan percibiendo que tales respuestas, lejos de atacar los problemas de fondo, intentan diluir la problemática de la violencia.”
Dice el profesor de que los gobernantes tienen el reto de construir narrativas o discursos socialmente realistas ante los problemas de inseguridad.
¿Qué pueden hacer los ciudadanos?
Ante esa percepción de inseguridad, las personas y comunidades deben tomar acciones que los conviertan en seres activos, adelantando actividades de prevención, acciones comunitarias que incrementen las posibilidades de rescatar espacios que pueden ser focos potenciales de violencia.
“Los problemas psicosociales no se van a resolver con actos impulsivos y violentos. Los problemas psicosociales se resuelven cumpliendo un acuerdo social mínimo, que en estos casos implica un respeto a la vida, la organización comunitaria constructiva, las acciones pertinentes de los cuerpos de seguridad y la utilización eficiente de los canales sociales para que los delincuentes paguen la condena justa que deben pagar por sus actos”.












