El Pacífico resonó en Francia

La música del Pacífico colombiano nos conecta con los ríos, el océano y la selva. Tiene el poder de evocar los sonidos de la vida cotidiana de las comunidades que habitan esta región, y de transmitir la memoria colectiva de un territorio profundamente ligado a la naturaleza.
La Universidad del Valle resonó con fuerza en un escenario global: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos 2025, en Niza, Francia.
Las Conferencias de las Naciones Unidas sobre los Océanos son momentos cruciales para que la sociedad civil se una y comparta sus preocupaciones y visiones sobre el futuro del océano.
Del 9 al 13 de junio, la Universidad del Valle embarcó en esta travesía con el proyecto “Tejiendo Saberes Amanecer Guapireño y los Legendarios Hermanos Torres”. Esta investigación fue liderada por la profesora María Ximena Alvarado Burbano, vicedecana de investigaciones de la Facultad de Artes Integradas, en compañía de la profesora de la Escuela de Música de la Universidad del Valle, Natalia Puerta, quien fue co investigadora. Ambas trabajaron de la mano con la escuela Tejiendo Saberes de Guapi, Cauca.
En la inauguración de la Cumbre, ante presidentes y cancilleres de todas partes del mundo, los maestros del Pacífico colombiano, el corazón de nuestro proyecto, ofrecieron el concierto inaugural. Sus voces, sus instrumentos, no solo interpretaron melodías; tejieron lazos, contaron historias de resiliencia y conexión con la naturaleza, dejando a la audiencia cautivada.
Dentro de agenda académica de la Cumbre se abrió a la sabiduría ancestral. La profesora Alvarado, junto a los maestros Nani Valencia Anderson, Steven Obregón y Jimmy Mansilla de la escuela Tejiendo Saberes, dirigieron un conversatorio que fue un puente entre mundos. Explicaron cómo las músicas tradicionales y las comunidades del Pacífico colombiano, a través de sus prácticas culturales, se convierten en verdaderos centinelas de los ecosistemas marinos. Los aplausos y los elogios, incluso del embajador de Colombia y otros representantes gubernamentales, confirmaron que el impacto del mensaje fue profundo.
La Embajada de Colombia en Francia organizó un emotivo encuentro con la comunidad colombiana. En esta ocasión, la Agrupación de Maestros del Pacífico tuvo un papel destacado, fortaleciendo los lazos culturales y el sentido de pertenencia.
También, se llevó a cabo un intercambio cultural en el Conservatorio de Música de Niza, con talleres, conversatorios y una muestra de música. Estos eventos permitieron a los estudiantes locales no solo tocar nuestros instrumentos, sino también sentir la profundidad de nuestra música tradicional y la relevancia de nuestro proyecto. Fue un encuentro donde la curiosidad y el respeto mutuo crearon una melodía única.
Esta participación tan significativa, impulsada por la Embajada de Colombia en Francia, contó con el respaldo incondicional de la Universidad del Valle y su Vicerrectoría de Investigaciones.
“Fue una experiencia profundamente enriquecedora, un orgullo para la Universidad del Valle haber estado presente en un evento de tan alto nivel, no solo representando la investigación, sino también el alma creativa de una región. La cálida acogida, los auditorios llenos y los comentarios entusiastas de todos los asistentes, dibujaron una historia de éxito. Esta aventura en Niza no fue solo un viaje; fue la confirmación de que la cultura, cuando se entrelaza con el conocimiento, tiene el poder inmenso de transformar y construir un futuro más consciente y sostenible”, destacó la profesora María Ximena Alvarado Burbano.
La participación en este escenario internacional no solo evidencia la calidad del trabajo académico y artístico que realiza Univalle, sino que también visibiliza el valor de las expresiones culturales del Pacífico colombiano como una fuerza viva para el cuidado del territorio, el diálogo de saberes y la construcción de un futuro más sostenible.

Por: Melissa Pantoja Osorio

Carpintero Habado: Arquitecto de la naturaleza

¿Sabías que el macho de esta especie es quien pasa la noche con los polluelos, protegiéndolos dentro del nido, mientras la hembra colabora activamente en su alimentación y cuidado?

Este comportamiento colaborativo es una de las características más llamativas del Melanerpes rubricapillus, conocido como uno de los grandes “arquitectos de la naturaleza”.
Esta ave tiene una amplia distribución que abarca desde Centroamérica hasta el norte de Colombia y parte de Venezuela. En Colombia, su presencia se extiende a lo largo de las cordilleras, y en los últimos años ha incrementado su rango geográfico hacia el suroccidente del país, estableciéndose también en nuestra región.
El Carpintero Habado tiene un inconfundible tamborileo sobre los árboles y cumple un papel esencial en los ecosistemas: es uno de los principales constructores de cavidades naturales en árboles viejos, donde se reproduce, duerme y también ofrece refugio a otras especies que reutilizan estos espacios, como el periquito de anteojos (Forpus conspicillatus) y el Sicalis coronado (Sicalis flaveola).
La profesora Lorena Cruz Bernate, bióloga con énfasis en zoología y docente del Departamento de Biología de Univalle, lidera investigaciones sobre esta ave. Explica que “su lengua le permite, casi que, en algunos casos, arponear algunas de esas larvas que se encuentran en pequeñas galerías realizadas por algunos insectos en los árboles para su reproducción”.
Un aspecto fundamental del Carpintero Habado es que construye sus nidos sólo en árboles muertos, evitando dañar ejemplares vivos. Al usar este tipo de árboles, no solo favorecen la salud del bosque, sino que contribuyen a la renovación del hábitat. De ahí la importancia de conservar estos troncos, incluso si han perdido parte de su estructura. Como lo sugiere la profesora Cruz Bernate, una alternativa segura es dejar tocones de 4 o 5 metros de altura: estos no representan un peligro para las personas y continúan siendo útiles para las aves.
Entre 2019 y 2020, investigadores de Univalle realizaron un estudio detallado sobre su historia natural. “Los estudios que hemos realizado en el Campus de Univalle con el Carpintero Habado han aportado los primeros datos específicos sobre la reproducción, el tamaño del nido, el tamaño y forma de las cavidades que construyen, la tasa del crecimiento de los polluelos”. Es la primera vez que se obtiene información detallada sobre la reproducción del Carpintero Habado.
“Cada nido fue monitoreado desde su descubrimiento hasta el momento de la salida de las aves jóvenes. El comportamiento reproductivo de los adultos fue cuantificado en detalle. Los períodos de incubación por hora fueron más largos durante las etapas tempranas del desarrollo embrionario, y estos períodos aumentaron con el tamaño de la nidada y la intensidad de la lluvia. La tasa de alimentación aumentó con el tamaño de la nidada y la edad de los polluelos”.
Además, el campus universitario es uno de los principales puntos de conteo de aves en la ciudad, y desde hace varios años se realiza allí un seguimiento constante a la avifauna. Estas acciones no solo permiten conocer cómo fluctúan las poblaciones, sino también proponer medidas para su protección.
¿Cómo podemos ayudar?
Conservar los árboles viejos, evitar la poda indiscriminada, mantener a nuestras mascotas dentro del hogar y sembrar especies nativas. Estas son acciones clave para proteger al Carpintero Habado y a muchas otras aves urbanas.

Su tamborileo no es solo un sonido del bosque: es un llamado a conservar, a aprender y a convivir con las especies que comparten nuestro entorno.

Por: Melissa Pantoja Osorio

Premio Codazzi 2025: Un reconocimiento con participación univalluna

La Asociación Colombiana de Facultades de Ingeniería (Acofi) y el Servicio Geológico Colombiano (SGC) fueron reconocidos con el Premio Codazzi 2025 por el desarrollo del Modelo Nacional de Riesgo Sísmico para Colombia (MNRS), un proyecto que involucró el trabajo colaborativo de trece universidades del país, incluida la Universidad del Valle.

Colombia: un país expuesto a la amenaza sísmica

​Colombia es un país sísmicamente muy activo. Su ubicación geográfica, en la convergencia de tres placas tectónicas (Nazca, Suramericana y Caribe), y la existencia de más de 23 volcanes activos en su territorio provoca que diariamente se presenten, en promedio, 62 movimientos telúricos. Esta situación representa una amenaza considerable, ya que el 87 % de la población nacional vive en zonas de amenaza sísmica alta o intermedia.
Este panorama fue lo que motivó la creación del Modelo Nacional de Riesgo Sísmico, una herramienta diseñada para estimar los daños y las pérdidas económicas, estructurales y humanas que podrían sufrir los hogares colombianos en caso de un evento sísmico.

Un modelo con cuatro componentes clave

El MNRS tiene cuatro componentes: el Modelo de Amenaza Sísmica, el Modelo de Exposición, el Modelo de Fragilidad y Vulnerabilidad, y el Modelo de Riesgo Sísmico.
Entre 2013 y 2020, el SGC y la Fundación Global Earthquake Model realizaron el Modelo de Amenaza Sísmica, mapeando los posibles eventos telúricos en las distintas regiones del país. A partir de este insumo, en 2021, se estableció el convenio entre el SGC y Acofi (que incluyó la participación de trece de sus universidades asociadas) para avanzar en el desarrollo de los tres modelos restantes.
El Modelo de Exposición contó con la participación de ocho universidades, entre ellas Univalle. Estas instituciones conformaron equipos de docentes y estudiantes de pregrado y posgrado para hacer un muestreo de las viviendas de 65 municipios, que representan el 60 % de la población nacional. El levantamiento de la información se realizó mediante una herramienta digital, que facilitó el proceso incluso en el contexto de la pandemia de Covid-19.
“Muestreamos más de 70.000 predios, identificando su sistema constructivo y estructural, y haciendo una estimación de los riesgos asociados a este frente a los sismos esperados”, explicó Albert Ricardo Ortiz Lasprilla, profesor y director de la Escuela de Ingeniería Civil y Geomática de la Universidad del Valle, quien coordinó el equipo junto al docente Jhon Jairo Barona Mendoza.

 


Jhon Jairo Barona Mendoza y Albert Ricardo Ortiz Lasprilla, profesores e investigadores de la Escuela de Ingeniería Civil y Geomática de la Universidad del Valle.

 Simultáneamente, se desarrolló el Modelo de Fragilidad y Vulnerabilidad, que implicó un análisis detallado de las diferentes tipologías constructivas identificadas, evaluando su comportamiento estructural ante posibles eventos telúricos.
Finalmente, al integrar los datos de los modelos de exposición y vulnerabilidad, se construyó el Modelo de Riesgo Sísmico, con participación también de la Universidad del Valle. Esta herramienta permite estimar los daños y las pérdidas en términos económicos, estructurales y humanos que se presentarían ante un sismo determinado. Dicha información es clave para que los gobiernos comprendan el contexto del riesgo telúrico en sus territorios, identifiquen los retos normativos e infraestructurales, y tomen decisiones informadas.
“El proyecto reveló que, desafortunadamente, no estamos bien preparados para las amenazas sísmicas. Solo entre el 6 % y el 20 % de las viviendas cumple con una estructura capaz de resistir el sismo de diseño, lo que evidencia que aún queda mucho por hacer”, señaló el docente Ortiz Lasprilla.

Premio Codazzi: reconocimiento a un proyecto de país

El Premio Codazzi, otorgado por la Sociedad Colombiana de Ingenieros en honor a Agustín Codazzi y Lorenzo Codazzi, es una de las distinciones más prestigiosas de la ingeniería en Colombia. Este busca exaltar los mayores aportes al conocimiento ingenieril en el país, ponderando especialmente su impacto social.
En esta edición, el galardón fue concedido a Acofi y al SGC por el documento Modelo Nacional de Riesgo Sísmico (MNRS): un modelo de referencia y datos abiertos para Colombia, reconociendo así la labor de las más de 80 personas vinculadas a la investigación a través de las universidades asociadas.
“Este premio es muy importante para todos los que hicimos parte de la investigación, pues Agustín Codazzi es una figura emblemática de la historia colombiana. Sin embargo, lo más valioso ha sido participar en este proyecto de país, con la Universidad del Valle como un referente por el compromiso y la calidad del trabajo de su equipo”, destacó el profesor Ortiz Lasprilla.


Desde la Universidad del Valle celebramos este reconocimiento a Acofi, SGC y a todas las universidades participantes, y aplaudimos especialmente a los integrantes de nuestro equipo:

  • Albert Ricardo Ortiz Lasprilla (docente, investigador y director de la Escuela de Ingeniería Civil y Geomática de Univalle)
  • Jhon Jairo Barona Mendoza (docente e investigador de la Escuela de Ingeniería Civil y Geomática de Univalle)
  • Pedro Steven Torres Arbeláez (profesional coordinador estructuras)
  • Lina Marcela Espinal Zapata (profesional coordinador SIG)
  • Sebastián Castillo (estudiante de pregrado)
  • Bayron Salazar Manrique (estudiante de pregrado)
  • Lizette Tello Cifuentes (estudiante de posgrado)
  • Daniela Lasso (estudiante de pregrado)
  • Esteban Sepúlveda (estudiante de pregrado)
  • Sarah Velasco (estudiante de pregrado)
  • María del Pilar Caicedo (estudiante de pregrado)


¡Gracias por representar a Univalle en este gran proyecto nacional!

TIC para la vida: tecnologías al servicio del agua y el territorio

Colombia, un país bañado por ríos, quebradas y lluvias, aún tiene sed en su corazón rural. Este preciado líquido es mucho más que un recurso natural: es motor de vida y pilar del desarrollo social. El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas ha sido enfático al señalar que el acceso al agua no es solo una necesidad básica, sino un derecho humano esencial para vivir con dignidad y garantizar otros derechos fundamentales. En Colombia, esta afirmación resuena con especial urgencia.
A pesar de ser una de las naciones más ricas en recursos hídricos del mundo, las cifras revelan un rostro distinto: en 2023, el Ministerio de Vivienda reportó que 3,2 millones de personas en zonas rurales —una cuarta parte del país— no tienen acceso a agua potable. En cuanto al saneamiento básico, cerca de 1,5 millones de personas hacen sus necesidades fisiológicas al aire libre, y solo se trata el 52 % de las aguas residuales. Aunque la Constitución de 1991 consagró el acceso a los servicios públicos como un derecho, en muchos rincones del país este sigue siendo un privilegio.
Frente a esta paradoja hídrica, el Instituto CINARA de la Universidad del Valle, en alianza con la organización Aquacol, desarrolló una estrategia que conjuga saberes comunitarios con herramientas digitales. De este esfuerzo nació Nuestra Agua, un sistema de información diseñado desde y para las comunidades rurales, que utiliza Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), así como herramientas propias de los sistemas de información geográfica, para fortalecer la gestión colectiva del agua.
Actualmente, el sistema opera en cuatro acueductos comunitarios del suroccidente colombiano: Acuabuitrera, en el corregimiento La Buitrera de Cali; ASAVLASI, en la vereda La Sirena, también en Cali; Acueducto de Mondomo, en el corregimiento de Mondomo, municipio de Santander de Quilichao (Cauca); y Acuasur, en el municipio de Jamundí (Valle del Cauca).
“Trabajamos situando el agua como eje fundamental de la sociedad, no solo por lo que representa en términos biofísicos, sino también políticos, económicos y culturales”, afirma Federico Pinzón, profesor e investigador adscrito a CINARA.
Lejos de ser un lujo, el uso de las TIC se convierte en una herramienta clave para transformar vidas. Nuestra Agua permite registrar, almacenar y compartir datos fundamentales como el estado de la red, la calidad del agua o los cambios en el entorno natural. Es, en palabras sencillas, una especie de “Waze del agua rural”: cada dato registrado alimenta un mapa vivo del territorio. Esta información, al estar sistematizada y disponible, posibilita a las comunidades identificar riesgos, localizar infraestructuras comprometidas, activar respuestas colectivas y tomar decisiones frente a eventuales afectaciones causadas por obras externas.
“Cada acueducto cuenta con su propio usuario y contraseña, lo que le da acceso individualizado a su sistema de información. Esta herramienta permite visualizar y gestionar datos propios, fortaleciendo la toma de decisiones de manera autónoma y contextualizada en cada territorio. Así, se responde a las particularidades de la gestión del agua en cada comunidad, se promueve la gobernanza y se potencia la capacidad organizativa de las comunidades”, explica Jorge Luis Amaya Domínguez, presidente de Aquacol desde hace tres años.
En zonas donde la conectividad, la electricidad o la cobertura móvil son intermitentes, esta iniciativa, en principio, podría parecer imposible. CINARA demostró que la tecnología no necesita imponerse: puede adaptarse al ritmo de las zonas rurales y convertirse en una aliada si nace de las necesidades de la comunidad. A través de metodologías como la investigación acción participativa y la ciencia ciudadana, fueron los habitantes de los territorios quienes diseñaron sus sistemas de información.
Gracias al trabajo colaborativo entre la academia y la comunidad, el sistema abre la puerta a que, si un operario detecta turbiedad en el agua o identifica señales de deforestación en la cuenca, pueda registrar una alerta en tiempo real. Pero su valor no radica solo en los aspectos técnicos: también funciona como un escudo para proteger el territorio. Si una obra daña una tubería, el sistema ofrece pruebas; si un proyecto urbanístico amenaza un nacimiento de agua, proporciona evidencia para sustentar la oposición. La información deja de ser un privilegio de expertos o funcionarios y se convierte en una herramienta de lucha, dignidad y autonomía.
“El sistema, que inicialmente fue pensado como un catastro técnico para mejorar la toma de decisiones en torno al agua potable, ha derivado en usos mucho más amplios y potentes. Hoy se utiliza como herramienta de resistencia frente a procesos de expansión urbana o en defensa del territorio”, explica Federico Pinzón.
La lógica detrás de esta herramienta es tan sencilla como poderosa: si el Estado no diseña soluciones para las realidades rurales, ¿por qué no hacerlo desde las propias comunidades? Lejos de reemplazar el conocimiento comunitario, esta tecnología lo organiza, lo protege y lo amplifica.
El monitoreo del agua en Colombia no es un asunto técnico menor: es una problemática estructural de altísima complejidad que atraviesa lo ambiental, lo político y lo empresarial. Las herramientas del Estado, muchas veces centralizadas y desconectadas del territorio, no han logrado responder con eficacia a esta urgencia. En ese vacío, iniciativas como Nuestra Agua cumplen un papel vital.
En Colombia, la calidad del agua para consumo humano se evalúa según los lineamientos de la Resolución 2115 de 2007, que establece el Índice de Riesgo de Calidad del Agua (IRCA). Sin embargo, en muchos acueductos rurales resulta difícil responder a este indicador. Según cifras de 2010, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) monitorea la calidad del agua en apenas 154 puntos de su red básica. Esta cobertura no alcanza siquiera el 30 % de las zonas hidrológicas del país, esto evidencia una cobertura insuficiente para un monitoreo efectivo.
Esa brecha técnica tiene efectos directos en la salud pública. De acuerdo con el Ministerio de Ambiente (2017), el 60 % del agua que llegaba a los hogares colombianos no está en condiciones óptimas de potabilización. Pero más allá del déficit operativo, el problema también es de confianza y legitimidad. En territorios donde operan grandes proyectos extractivos, como el Cerrejón en La Guajira, el monitoreo lo realizan consultoras privadas contratadas por las propias empresas. Esto ha generado una percepción generalizada de sesgo en la producción de conocimiento técnico, y una creciente desconfianza de las comunidades hacia las instituciones ambientales.
La fragilidad institucional es reconocida incluso por los organismos de control. En 2019, la Contraloría General de la República advirtió que ni la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) ni las Corporaciones Autónomas Regionales (CAR) cuentan con la capacidad administrativa suficiente para ejercer un control ambiental riguroso. En este escenario, la emergencia de herramientas comunitarias como Nuestra Agua no solo responde a una necesidad técnica: es también una apuesta política frente a un modelo de control ambiental que, lejos de garantizar derechos, reproduce desigualdades.
“Este logro no puede atribuirse a una sola persona ni a un esfuerzo aislado. Desde el nacimiento de CINARA, hace más de 30 años, uno de los principales objetivos ha sido fortalecer la gestión comunitaria del agua. En 2006, el Instituto CINARA, bajo el liderazgo de la profesora Mariela García, logró promover espacios de diálogo entre los acueductos comunitarios y la Superintendencia de Servicios Públicos. El objetivo era claro: fortalecer las capacidades locales y mejorar las plataformas existentes para que las comunidades pudieran contar con su propio sistema de información. Desde entonces han surgido varios intentos por desarrollar un sistema de información para las comunidades rurales”, dice Pinzón.
En lugares como Acuasur, donde antes se registraban múltiples variables por hora en cuadernos fáciles de extraviar, hoy el respaldo de la información en la nube se presenta como una posibilidad concreta. Una revolución de lo cotidiano. Y con ello, se abre también un nuevo horizonte en el rol de las comunidades: más allá de ser proveedoras de mano de obra o usuarias del recurso, ahora cuentan con una herramienta que no solo refuerza el papel histórico que han ejercido como defensoras ambientales, sino que amplía de forma significativa su capacidad de acción.
Lo que hoy se conoce como el sistema de información comunitario es el resultado de casi veinte años de trabajo colectivo, sostenido y profundamente comprometido con la autonomía de los territorios. Las comunidades no solo se apropiaron de la herramienta, sino que la integraron a sus dinámicas organizativas, celebrándola y asumiendo su gestión de forma autónoma.
Para el Instituto CINARA, este proceso representa una forma distinta de hacer investigación, que responde a las necesidades reales de los territorios, reconoce el valor de los conocimientos locales y se compromete con la transformación social. En contextos donde los derechos básicos se convierten en un privilegio, contar con datos propios y sistematizados no es solo una mejora técnica: es una apuesta política por democratizar la información, fortalecer la gobernanza comunitaria y transformar la forma en que se habita y se protege el territorio.


Por: Carol Tatiana Cadena Banguera

Detrás de la luna, una mirada fantástica a la historia reciente de Cali

A veces los hechos no son suficientes para entender la realidad, y tenemos que recurrir a la ficción para poder comprenderla. Esa es la premisa bajo la cual podemos enmarcar el libro Detrás de la luna, de autoría del profesor de la Escuela de Estudios Literarios Alejandro José López y publicado por el Programa Editorial de la Universidad del Valle.

Este es un libro de cuentos que busca pensar la historia reciente de la ciudad de Cali. Aunque los fénomenos sociales del último siglo están bien documentados gracias a ejercicios académicos del Departamento de Historia de Univalle o de la Academia de Historia del Valle, para el profesor Alejandro se hacía necesario volver la mirada desde la literatura sobre esos hechos que marcaron la vida de una ciudad. Y es la literatura fantástica la puerta desde la cual se ingresa y se revisan esas historias.

Producido gracias a un proyecto de investigación-creación, financiado por la Vicerrectoría de Investigaciones, Detrás de la luna rastrea la memoria de la ciudad, apartándose un poco del camino del realismo, para iluminar desde allí una comprensión distinta de la vida y de la realidad.

Los hechos que Alejandro López aborda en este libro son hitos de la ciudad. Es la oportunidad de revisar, por ejemplo, los hechos del 26 de febrero de 1971, generados a partir de la muerte de Jalisco, sobre los cuales escritores de la región como Gustavo Álvarez Gardeazábal, Gabriela Castellanos y Andrés Caicedo ya habían narrado en su literatura. O también sucesos como la explosión del 7 de agosto de 1956, un hecho que marcó un antes y un después en Cali.

Este libro también es la ocasión de abordar personajes tan significativos para la ciudad como el músico y compositor Antonio María Valencia, quien dio nombre al Conservatorio de Cali, un hombre talentoso y extraordinario, pero con una vida difícil y quizá dramática; o como el “Loco Guerra”, recordado por bendecir o maldecir a quienes transitaban espacios como la Avenida Sexta, el Paseo Bolívar o el Puente Ortiz.

Detrás de la luna es un gran esfuerzo por revisitar la memoria histórica de la ciudad a través de historias seductoras, atractivas, que propician el goce y el deleite del lector.

Alfredo Carvajal: “Testigo de excepción”

Además de haber sido el eficiente director de valorización, fue Alcalde de Cali, Comisionado de Paz en el gobierno de Belisario Betancourt, Presidente de Ecopetrol y miembro de la junta de la Agencia Nacional de Hidrocarburos.

Por: Eduardo José Victoria Ruiz, columnista de El País.

Con este título, la Universidad del Valle publicó la autobiografía de Alfredo Carvajal Sinisterra, ACS. Con la asesoría editorial de Raúl Fernández de Soto y de Luis Guillermo Restrepo y prólogo de Carlos Caballero Argáez, es un interesante viaje a través del tiempo en el que la vida del líder empresarial es un hilo conductor para recorrer a Cali, a Colombia y los hechos más trascendentales del mundo en sus casi 90 años.

Cada paso ha dejado enseñanzas que ACS comparte con el lector. La historia de Carvajal y Cía. Con sus 120 años acompaña gran parte de la vida del autor, resaltando con justicia los aportes de las diferentes generaciones, entre las cuales Manuel Carvajal, su hermano mayor, ocupa lugar destacado. Sin haber culminado sus estudios, Manuel Carvajal regresó de Europa ante la crisis mundial y asumió las riendas de la empresa. Parte de sus banderas fueron la diversificación, mirada global, alianzas, internacionalización, la creación de la Fundación Carvajal y especialmente un clima laboral óptimo, derivado en positivas condiciones para los colaboradores. Alfredo Carvajal, cuando terminó estudios en Filadelfia, asumió la dirección de relaciones industriales de la empresa e implementó una serie de beneficios en salud y bienestar, siendo precursores de acciones posteriormente asumidas por medicinas prepagadas y por las cajas de compensación familiar.

La preocupación por lo público ha ido en el ADN de la familia. Manuel Carvajal fue ministro en dos oportunidades y ACS además de haber sido el eficiente director de valorización, fue Alcalde de Cali, Comisionado de Paz en el gobierno de Belisario Betancourt, Presidente de Ecopetrol y miembro de la junta de la Agencia Nacional de Hidrocarburos. Los saltos entre el servicio público y la actividad privada, entre ellas la presidencia de Carvajal SA, fueron etapas aleccionadoras relatadas en el libro, dejando evidencia de su impronta, sin vanidad, sino como rastro de lo que se puede y se debe hacer.

Esa parábola vital ha sido afectada por hechos que impactaron la vida del autor, como la II Guerra Mundial, el 9 de abril de 1948, el Frente Nacional, la avalancha de Armero o la salvaje toma del Palacio de Justicia, los que describe con tanta claridad que la obra se vuelve un buen libro de historia.

La obra es para múltiples públicos: debería ser leída por todos aquellos interesados en mantener cohesionadas las familias alrededor de sus empresas. La unión familiar, espiritualidad, responsabilidad social, creatividad, integridad, sencillez, desarrollo personal, respeto y la confianza son banderas inalterables que han asumido las seis generaciones a partir del fundador, Manuel Carvajal Valencia. Sin reatos ACS recuerda: “Mis tíos compartían principios fundamentales del cristianismo, como la caridad y el amor por el prójimo” pero a la vez “debemos velar porque el progreso sea sano, acelerado y consistente”, por ello es también una obra de ética empresarial que debería ser texto en las facultades de administración.

Es evidente que el libro son las reflexiones del testigo del paso del tiempo en su cuerpo y en su entorno, pero que jamás ha abandonado la curiosidad ni el deseo de estar vigente. Por ello, en la etapa final del libro, ACS se convierte en analista de grandes temas de hoy: el calentamiento global, la inteligencia artificial, el perjudicial centralismo de Colombia y es duro en el análisis de las políticas del actual gobierno, entre ellas la fracasada paz total.

Al final, después de destacar a sus amigos, a sus colaboradores y a su familia, nos queda la sensación de haber compartido largas charlas con un ser humano extraordinario y un líder empresarial de aquellos que tanto necesita el país para desarrollarse con equidad social.

 

Somos seres emocionales. Una realidad para gestionar

Las emociones hacen parte de la existencia humana y están presentes en cada experiencia de la vida; sin embargo, aprender a manejarlas no se enseña con claridad en las familias y los colegios.

"La educación emocional" fue el eje central de la reciente emisión del programa radial Sanemos Juntos, conducido por Fulvia Carvajal, directora de Comunicaciones de la Universidad del Valle. En este espacio, la psicóloga Diana Riaño compartió su experiencia profesional alrededor de la importancia de reconocer y gestionar las emociones.

“Si cuando me siento frustrada, grito, insulto o me aíslo, no es porque la emoción sea mala, es porque no he aprendido a gestionar lo que esa emoción me está diciendo. Las emociones son como señales de tránsito: me avisan que hay algo que atender, pero yo decido si acelero, si freno, si giro o si sigo derecho”, explica Riaño.

Esta psicóloga enfatiza que las emociones no son “enemigas”, ni un problema que hay que erradicar. Por el contrario, son información valiosa que le indica a la persona lo que sucede y lo que necesita.

“La tristeza, la rabia, la frustración, el miedo, la ansiedad, todas tienen un mensaje. Cuando no sabemos leer ese mensaje o cuando intentamos evitar sentir, esas emociones se nos devuelven con más fuerza. Lo que evitamos, se multiplica”, explica Diana Riaño.

¿Cómo tener una buena salud emocional?

Lo primero es identificar la emoción. Muchas veces las personas se sienten “mal”, pero no logran ponerle nombre a lo que sienten. No saben si es tristeza, rabia, frustración o angustia. Esta falta de claridad impide avanzar hacia la gestión.

Segundo, no somos lo que sentimos. “No soy la tristeza, no soy la rabia, soy un ser humano que, en este momento”, se está experimentando tristeza o rabia. Entender esta diferencia permite dejar de “pelear” con la emoción y empezar a dialogar con ella.

Tercero, validar las emociones. Especialmente en el caso de los hombres, durante generaciones se les ha enseñado que la tristeza es un signo de debilidad, por lo tanto, estar vulnerable les resulta inaceptable. Entonces, muchas veces transforman la tristeza en rabia, la angustia en irritabilidad, la frustración en violencia verbal o física, dado que la ira sí es una emoción que está validada para ellos.

Cuarto, la falta de gestión de las emociones “pasa factura”, tanto en las relaciones de pareja, de familia, como con los hijos. Al no saber cómo gestionar las emociones y carecer de educación emocional, los malentendidos crecen y las discusiones escalan. Además, se normaliza la violencia cotidiana: palabras que hieren, silencios que duelen, rechazos, distancias, exigencias.

Quinto, la gestión de las emociones es una habilidad que se aprende. Aunque “nadie nos enseña cómo gestionar lo que sentimos”, y se tiende a creer que es algo natural, la educación emocionar se aprende, como aprender a leer o a conducir.

Sexta. Observa cómo reaccionas. Dormir puede ser una estrategia válida si después de dormir te sientes mejor y con más recursos para enfrentar lo que te pasa. Pero dormir para huir dele sientes, tarde o temprano esa emoción regresa y más fuerte. Es como cuando intentas tapar una olla a presión: la presión no desaparece, se acumula”, subraya Diana Riaño.

Empezar a educarnos

Las personas que aprenden a gestionar las emociones, atienden a ellas lo más pronto posible.  Eso no significa que “nunca más sentir rabia o tristeza, sino saber elegir conscientemente la respuesta”.


“Así como todos entendemos que hay que lavarse los dientes tres veces al día para evitar las caries, también deberíamos entender que la higiene emocional es igual de necesaria. Revisar cómo me siento, qué pensamientos me están acompañando, qué necesito, qué me duele, qué me molesta, qué me alegra. No esperar a que el malestar sea insoportable para poder buscar ayuda”, recomienda la psicóloga.

A pesar de que cada vez se habla más de salud mental, aún persisten muchos mitos y resistencias. Para algunas personas, buscar un psicólogo o un psiquiatra sigue asociado con estar “loco” o estar “mal”, cuando en realidad debería ser visto como un acto de autocuidado, de responsabilidad personal y social. Aun más, es un acto de “amor propio y amor hacia los demás”.

 

Curso-Taller de Fotografía de naturaleza: Macro y Aves

La Universidad del Valle invita a participar del Curso-Taller de Fotografía de Naturaleza, una experiencia única donde se enseñarán técnicas avanzadas de fotografía macro y fotografía de aves. Este curso, abierto a docentes, estudiantes, investigadores o amantes de la fotografía, proporcionará las herramientas necesarias para llevar las habilidades al siguiente nivel.

Impartido por el biólogo y fotógrafo Francisco López-Machado, los participantes aprenderán a capturar la esencia de la naturaleza de manera profesional, aplicable a proyectos científicos, académicos o, ¡simplemente, para disfrutar de la fotografía como pasatiempo!

Fecha de inicio: 6 de septiembre de 2025
Fecha de finalización: 25 de octubre de 2025
Horario: sábados de 8:00 a.m. a 12:00 m.
Ocho (8) jornadas de cuatro (4) horas para un total de 32 horas
Fecha límite de inscripción y pago: 1 de septiembre de 2025
Inversión: $700.000 COP
Cupos limitados

Información e inscripciones: http://ciencias.univalle.edu.co/extension 

Univalle recibe reconocimiento por estar "Pilas con el ambiente"

La Universidad del Valle, en un firme compromiso con la sostenibilidad ambiental, fue reconocida por segundo año consecutivo gracias a su activa participación en la iniciativa nacional "Pilas con el ambiente". Esta alianza estratégica busca promover el manejo adecuado de las pilas y acumuladores usados, un tipo de residuo que por su composición química, si no se gestiona correctamente, representa un riesgo significativo para el ambiente y la salud pública.

"Pilas con el ambiente" es una corporación sin ánimo de lucro respaldada por la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI) y los principales importadores y distribuidores de pilas y acumuladores en el país. Su misión da cumplimiento a la Resolución 1297 de 2010 del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, mediante la recolección, el transporte y el tratamiento seguro de estos residuos, para evitar que terminen en rellenos sanitarios, botaderos a cielo abierto o espacios inadecuados.

Desde el año 2017 la Universidad participa del programa, en el marco de la estrategia nacional de programas posconsumo del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, con el objetivo de fomentar un cambio de hábito en los consumidores y la comunidad en general, incentivar la disposición adecuada de las pilas y acumuladores que han llegado al final de su vida útil y aplicando el principio de responsabilidad extendida del productor.

En el año 2024 se recolectaron más de 181 kilogramos de pilas y acumuladores usados en las sedes de Meléndez y San Fernando. En lo que va corrido de 2025, ya se han gestionado 68 kilogramos, lo que evidencia el compromiso sostenido de la comunidad universitaria con la disposición adecuada de estos residuos peligrosos.

Esta colaboración es fundamental para el Sistema de Gestión Integral de Residuos Sólidos (SGIRS) de la Universidad, pues contribuye a la protección del suelo y el agua de la contaminación por metales pesados como mercurio, cadmio, plomo, níquel y litio, presentes en las pilas. Y va en concordancia con los principios rectores de la Política Ambiental de la Universidad del Valle, establecida por la Resolución del Consejo Superior No. 009 de 2014, que guía las acciones institucionales hacia la conservación, protección y mejora del ambiente.

¿Cómo puedes participar en el programa?

La comunidad universitaria y la ciudadanía en general pueden depositar sus pilas y acumuladores usados en los contenedores designados en las sedes de Meléndez y San Fernando, según su volumen y tipo de almacenamiento:

● Si tienes más de 30 kilogramos de este tipo de residuos o se trata de acumuladores de gran tamaño como baterías de UPS, no debes depositarlos en el contenedor de pilas convencionales. Realiza el reporte para coordinar la recolección con el gestor correspondiente, escribiendo a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
● Si cuentas con un mini contenedor en tu oficina o espacio, una vez esté lleno puedes llevar las pilas y acumuladores al contenedor principal ubicado en el pasillo del edificio E20 (Facultad de Ciencias Naturales y Exactas), en la sede Meléndez y en el edificio 116 (Ciencias Básicas, Morfología y APH) de la sede San Fernando.

El reporte oportuno de estos residuos es fundamental para garantizar su manejo seguro, el cumplimiento de los protocolos ambientales establecidos, contribuir a mejorar el manejo ambiental de residuos especiales en el campus y hacen parte de la estrategia institucional para un consumo responsable y una gestión sostenible.

¿Y qué pasa después con las pilas?

Los contenedores principales -cuya capacidad es superior a 30 kg- deben estar al 80% de su capacidad de almacenamiento antes de programar su recolección; esta medida es clave para optimizar las rutas de transporte y reducir la huella de carbono de la operación logística.

El programa “Pilas con el ambiente” realiza recolecciones periódicas en los puntos establecidos y en empresas o instituciones que lo soliciten. Las pilas recolectadas se transportan hacia centros de acopio autorizados, donde se realiza una separación técnica de sus componentes, lo que permite reintegrar muchos de ellos a procesos productivos y evitar así que terminen contaminando el suelo o los cuerpos de agua.

Al participar en este programa, Univalle no solo cumple con su misión educativa y de investigación, sino que ejerce un liderazgo en la construcción de una sociedad más consciente de su responsabilidad ambiental. Cada pila depositada correctamente es un paso más hacia un futuro más sostenible y saludable para todos.

Cali también fue calipso

Cali siempre ha sido receptora de músicas caribeñas, por suerte, nunca se ha liberado de ese extraño influjo; mágico, seductor, rítmico, capaz de redefinir la identidad popular afrodescendiente de la ciudad.
Cuando niño, recuerdo, que al pasar por algunas casas del barrio el Peñón, se filtraba por los alfeizares de las ventanas una música proveniente del mar, melodías dulces y reveladoras en la voz de quien ya era famoso en el mundo entero, la voz de Harry Belafonte, el creador del calipso.
Luego, ya adulto, por años escuché de los labios cantores de las islas caribeñas el inmortal verso – La luz del día llega y me voy a casa -. Lo escuché en Ocho Ríos con el ritmo del oleaje de los cantores jamaiquinos; de los jóvenes músicos de Old Providence y Santa Catalina, de los niños y folcloristas de San Andrés, de las señoras cuando cocinaban y de los hombres cuando iban a las faenas de la pesca. Pareciera que ese verso cantado formara parte de un poema santificado, convertido en la plegaria de una religión mestiza, consagrada a enaltecer los quehaceres cotidianos, una religión cuya única fe es cantar en melodías asincopadas, de progresiones armónicas o sucesión de acordes.
Porque así están compuestas las canciones de Harry Belafonte, llamado con justicia: El rey del calipso o calypso, el género musical que perdura en el extenso Caribe insular y en algunos países de la costa caribeña.
Sí, por años mis oídos se acostumbraron a la voz delicada de Belafonte y a su poesía, hasta que llegué a pensar que ese era el tono cotidiano de una comunidad que habita desde New Orleans hasta las costas de Colombia y Venezuela, pasando por Trinidad, Jamaica, Gran Caimán, Bahamas, Martinica y todas las poblaciones que diversifican el idioma inglés en palabras rítmicas, pobladas de metáforas, o un canto acompañado por una progresión de acordes, rica en estribillos al son de tambores, arpegios de guitarra y melodías de mandolina, que parecieran salir del mar o caer de las noches estrelladas sobre playas de ensueño, de anemonas y corales, porque Belafonte, su máximo cultor, no pudo jamás separar sus creaciones del mar de Jamaica, de esa gente con la que compartió su vida desde sus ocho años hasta los trece.
El calipso, llamado en sus orígenes africanos “cayso”, es una canción popular afroamericana. Nació, como el vallenato, destinado a transmitir historias, noticias y sucesos cotidianos. Su origen nos remite a Trinidad y Tobago, donde ha debido llegar con los africanos que viajaban maniatados en las carabelas españolas. Después de renacer en las plantaciones de caña de azúcar, a golpe de perrero en la espalda del hombre esclavizado, se diversificó. El género, como toda evolución artística, no estuvo exento de las vicisitudes sociales, y así fue como llegó a Venezuela, viajando en los labios de los esclavos que eran separados de sus familias, y aunque es un género anglófono y contadas veces francófono, en Venezuela el calipso mutó en un estilo llamado calipso callao, o calipso territorial, acompañado con más instrumentos, pero siempre cantado en inglés.
Su historia está unida a la historia de América. Cuando el calipso renació, estuvo arrullado por tambores, maracas, mandolinas, guitarras y dos curiosos instrumentos de origen insular: el tinafono y el jawbone.
La mandolina, un instrumento cardófono con una caja de resonancia cóncava o plana, de ocho cuerdas, afinadas como un violín, -sol-re.la-mi- pulsadas con un plectro similar al que usan los guitarristas del rock, su función es mantener la melodía, entrar y salir en los compases cuando el cantor hace silencio.
El jawbone es un instrumento único, originario del Caribe insular. Se fabrica con la parte inferior de la mandíbula del caballo, a veces hervida y secada al sol y muchas veces puesta sobre un nido de hormigas con el fin de que la liberen de residuos orgánicos y los molares se aflojen y produzcan el “castañeteo” que se logra dando el primer golpe con la mano y el segundo frotando los molares con una bagueta de madera.
La tubba o “tináfono” es la usual tina de lavar la ropa convertida en un bajo. Para lograr su resonancia la voltean boca abajo, le abren un orificio en la mitad por donde sale una cuerda que se amarra a la parte superior de un pedazo de palo, la parte inferior del palo se apoya en el borde de la tina y la cuerda es tensada por el músico logrando tonalidades de acompañamiento. En ese instrumento se comprueba el oído musical y el talento rítmico de los músicos intérpretes del calipso.
El Steel drums o el tambor metálico. Originalmente se fabricó con barriles de acero llamados Steel drums, templados en escalas cromáticas por los mismos músicos artesanos. Los intérpretes de este instrumento se llaman: calipsonianos, su mejor interprete es el anciano costarricense Walter Ferguson.
Los hechos de la vida de Belafonte son todos importantes. Harold George Bellafonti nació a la vida en Nueva York hacia 1927 y podemos decir que no murió, que alcanzó la inmortalidad y se despidió del mundo en Manhattan, en West Side, el veinticinco de abril de 2023, a los 96 años. Era hijo de un cocinero de barco nacido en Martinica y de una bella mujer de Jamaica, a donde el matrimonio se mudó y donde Harry vivió de los ocho a los trece años. Luego tuvo la suerte de crecer en Harlem y vivir las influencias del movimiento llamado el Renacimiento de Harlem, renacimiento de las artes que se extendió desde 1920 a 1930, donde conoció al Duque Ellington, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, y se hizo amigo del poeta Langston Hughes, de quien con seguridad se influenció en sus versos.
Como Hemingway, como William Faulkner y tantos de su generación, participó en la Segunda Guerra Mundial sirviendo en la Marina de los Estados Unidos. Fue activista y luchó al lado de Martín Luther King jr por la igualdad de los negros en Estados Unidos. Fue amigo íntimo del actor Sidney Poitier a quien amó como a un hermano y de Marlon Brando a quien admiraba por la solidaridad que este sentía en las luchas por la igualdad racial. Su relación con la creación estuvo forjada por el fervor esencial de un solo pensamiento: “El papel del arte no es mostrar la vida, sino, enseñar cómo debe ser la vida”.
Su recorrido por la música fue insigne. En un comienzo, influenciado por Harlem y por el saxofonista Lester Young, se inició interpretando temas de jazz, blues, del pop y luego se decidió por el folk. Cierta noche, tocando en un garito llamado Village Vanguard fue descubierto por un ejecutivo de la RCA Víctor con quienes firmó el primer contrato.
Sospecho que otra música lo seguía desde su niñez. Recordemos que las primeras percepciones de la infancia y la creación artística suelen ser buenos amigos y quizás fueron el influjo de su vida en Jamaica, o la voz de sus padres las directrices de su destino hacia el calipso, esas voces le reclamaron ser el portador de unas raíces que nadie poseía y entonces, el arrullo del mar, el color azul del cielo estrellado sobre palmeras en playas coralinas, la danza al paso acompasado de las caderas del África lo inspiraron y lo coronaron como el rey del calipso, sin sospechar que el eco de sus melodías anidaría en tierras del Pacífico colombiano.

 

Por: Edgard Collazos Córdoba